Nunca te cases con un Highlander (Los Mackay de Dun Ugadale 2) Capítulo trece #2
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Capítulo trece #2

No estaba trabajando en la cocina, sino siguiendo a Helena y aprendiendo un oficio que, en principio, no le interesaba.

Aunque tenía que admitir que visitar a la joven embarazada había resultado interesante.

Mucho más, desde luego, que vendar a dos mujeres que se habían peleado por una col.

Era casi la hora de la cena cuando regresaron al broche.

Del interior de la cocina llegaban hasta el gran salón unos aromas maravillosos.

Vio a Craig sentado a una mesa, con una jarra de cerveza en la mano, hablando con Robin y Finn.

Para no molestarlo, subió a su dormitorio para lavarse antes de cenar.

Una pequeña bolsa descansaba en el suelo de la habitación, recordándole que Craig partiría al día siguiente.

Una sensación de inquietud y tristeza la invadió.

Sí, cuando se habían casado quería que cada uno hiciera su vida y que apenas pasaran tiempo juntos.

Seguía sin querer confiar en él y mantenía el corazón bien protegido.

Eso era lo que se repetía mientras se lavaba la cara y se peinaba.

Él cumpliría con su deber hacia el laird y el clan y se iría de misión en misión, mientras ella construiría su propia vida allí, en Dun Ugadale.

Cuando volvieran a coincidir, compartirían su pasión y luego volverían a separarse.

Exactamente lo que ella quería. O, al menos, lo que había querido en otro momento.

Ahora sus sentimientos eran un completo caos.

Se sentía incómoda junto a la perfecta Helena y seguía molestándole que no le hubieran permitido trabajar en la cocina.

Aunque, siendo sincera, disfrutaba del trabajo que hacía.

Le gustaba más atender a las mujeres embarazadas que coser cortes o curar brazos rotos a niños que se caían de los árboles.

Con un profundo suspiro, se miró una vez más en el espejo y bajó las escaleras.

Craig seguía hablando con Robin, pero cuando Helena entró en el gran salón justo después de ella, la atención de Robin se centró inmediatamente en su esposa.

Craig se volvió entonces hacia Lorena y Helena y, aunque no la miró como Robin miraba a su esposa —lo cual a ella le parecía bien—, le sonrió y se levantó cuando se acercó a la mesa.

—Buenas noches, esposa. —Le acercó una silla y ella se sentó.

—Marido. —dijo ella—. Veo que has hecho las maletas para el viaje de mañana.

—Sí. Saldremos al amanecer.

Las lágrimas que le llenaron los ojos la humillaron. Por suerte, Finn le hizo una pregunta a Craig y ella pudo volver la cabeza para contenerlas. Era ridículo. Si él veía que estaba alterada, seguramente se reiría de ella y nunca se lo perdonaría.

Las criadas llegaron de la cocina con bandejas de venado, verduras en conserva, aromáticos pasteles de carne, pan y queso. Era evidente que Craig se había recuperado de la enfermedad por la cantidad de comida que amontonó en su plato y que luego empezó a devorar.

—¿Sabes cuánto tiempo estarás fuera? —preguntó ella con un tono que esperaba que sonara indiferente.

O bien él comprendió que estaba preguntando algo más, o simplemente quería burlarse de ella.

—¿Por qué? ¿Me echarás de menos, querida?

La pregunta implícita en sus ojos la sorprendió por un instante, pero no iba a darle la satisfacción de creer que, efectivamente, lo echaría de menos.

—No te hagas ilusiones, marido. Solo me interesa saber cuánto tiempo tendré la cama para mí sola, ya que ocupas mucho espacio. Y roncas.

Él dio un sorbo a la cerveza.

—Tú también.

Ella inspiró bruscamente.

—¡Yo no ronco!

Él se echó a reír.

—Sí que roncas.

Mientras ella intentaba calmarse, él se inclinó hacia ella.

—Puede que disfrutes de toda la cama para ti sola, pero sé que echarás de menos mi contacto.

Ella se echó el pelo hacia atrás y resopló.

—Podré vivir sin él.

Él empezó a decir algo más, pero Robin lo llamó y ambos reanudaron la conversación. Ella empujó la comida con el tenedor e intentó convencerse de que el gran zoquete que la abandonaba no tenía ninguna importancia. Ella tenía su trabajo; él tenía el suyo. Era justo como a ella le gustaba.

Unas horas más tarde, sentada frente al espejo en camisón, se cepillaba el pelo. La puerta se abrió y Craig entró. Se acercó a ella y le quitó el cepillo de la mano. Para su sorpresa, empezó a cepillarle el cabello.

—Tienes un pelo tan sedoso, Lorena.

Ella lo miró en el espejo. Él le devolvió la mirada con aquella suave sonrisa que ya había aprendido a interpretar como el preludio de sus intenciones.

Sí, ella también las deseaba. Él había tenido razón cuando dijo que echaría de menos su tacto.

Era cierto. También echaría de menos su cuerpo duro y cálido con el que acurrucarse cuando tenía frío por la noche.

Craig dejó el cepillo sobre la mesa y se inclinó para rozarle el cuello con los labios y luego besarla bajo la oreja.

—Ven a la cama, mo chridhe . Pasará algún tiempo antes de que pueda volver a hacerte el amor.

Deseaba responder con algún comentario sarcástico, pero por dentro estaba ardiendo y no se le ocurría nada.

Se levantó y tomó la mano que él le tendía.

La condujo hasta la cama y ella se sentó en el borde mientras lo observaba desvestirse.

Era todo ángulos y músculos. Sus dedos ansiaban tocar aquellos cálidos hombros y recorrer su pecho hasta el oscuro vello que rodeaba su miembro.

Mientras lo contemplaba, este se movió y siguió creciendo.

—¿Te gusta lo que ves, muchacha?

—Oh, sí.

Él subió a la cama a su lado y le quitó la camisola por la cabeza. Alargó la mano y comenzó a frotarle lentamente un pezón con el pulgar, arrancándole un leve gemido. Rodeándole los hombros con un brazo, la atrajo hacia sí y ambos se tumbaron.

—Quiero tomármelo con calma. Quiero guardar este calor mientras esté fuera, en la fría oscuridad, pensando en ti y en lo mucho que me enciendes.

Ella acercó la boca a la de él.

—Tú también me enciendes.

Con un gemido, él cubrió su boca con la suya y comenzó la danza de los amantes que tendría que conservar en su memoria mientras él estuviera lejos.