Nunca te cases con un Highlander (Los Mackay de Dun Ugadale 2) Capítulo doce #2
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Capítulo doce #2

Volvió a sonreír y Lorena tuvo que contener el impulso de borrar toda aquella alegría de su cara.

Se alegró de verla salir de la cocina. Sabía que tendría que hablar con ella y averiguar qué tareas había pensado asignarle.

Lo que realmente la haría feliz sería trabajar en la cocina, aunque probablemente no se lo permitirían siendo la esposa del hermano del terrateniente.

Pero Helena era la esposa del terrateniente y, al parecer, se ocupaba de resolver los asuntos de todo el clan. Se metió el último trozo de bannock en la boca y se levantó.

—Muchas gracias por los deliciosos bannocks.

Se acercó a Maude.

—Yo preparo unos bannocks con un poco de canela.

La cocinera sonrió.

—¿De verdad? Suena muy interesante. Quizá puedas enseñarme a hacerlos.

—La verdad es que me gusta trabajar en la cocina. Me encantaría enseñarte. —Al ver que Maude mostraba interés, continuó—. También sé preparar de otras maneras los pasteles de carne y las tartas de manzana.

—Bueno, la verdad es que me vendrían muy bien más manos en la cocina, sobre todo para cocinar. ¿Por qué no hablas con Helena y le preguntas si puede prescindir de ti para que vengas a echar una mano?

Su alegría se vio empañada por la mención de tener que pedir permiso a Helena, pero, a pesar de lo molesta que estaba con ella desde su llegada, tenía que admitir que era cariñosa y amable.

En realidad, no había ningún motivo para detestarla.

Lo que la irritaba era que todo el mundo no dejara de repetir lo maravillosa que era Helena.

Llegó a su dormitorio y entró en la habitación. Craig yacía inmóvil, con el pecho subiendo y bajando. Se acercó a él y debió de sentir su presencia, porque abrió los ojos.

—Ahí estás. Pensaba que me habías abandonado.

—No. Solo he bajado a desayunar.

Él alargó la mano.

—Ven aquí.

Ella se sentó junto a él, en el borde de la cama.

—¿Cómo te encuentras?

—Con calor. Me duele todo. Y estoy deseando salir de esta cama.

—No creo que eso vaya a ocurrir pronto. Recuerda que yo estuve enferma más de una semana.

Él hizo un gesto con la mano.

—Tú eres mujer.

Ella lo miró con el ceño fruncido.

—Creía que eso ya lo habíamos dejado claro durante el viaje hasta aquí. No veo qué tiene que ver ser mujer con tener la enfermedad del sudor.

—No quiero discutir contigo. —Le tomó la mano y le acarició los nudillos con un dedo—. Creo que ya hemos discutido bastante durante el viaje.

Por mucho que le molestara darle la razón otra vez, asintió. El viaje había resultado mucho más agotador por todas las discusiones absurdas que habían mantenido.

—¿Sabes adónde te enviará Robin cuando te recuperes?

—Todavía no. Las cosas cambian constantemente, así que lo que necesita vigilancia esta semana puede que no la necesite la siguiente. —Trazó círculos sobre su mano—. ¿Esperas que me vaya durante mucho tiempo?

Ella resopló.

—Creía que eras tú quien le había pedido a Robin que te enviara lejos durante mucho tiempo.

Él se echó a reír.

—Sí, lo hice, ¿verdad?

Ella se lo pensó un momento, preguntándose si era buena idea. Encogiéndose de hombros para sus adentros, dijo:

—Creo que voy a trabajar en la cocina.

—¿Helena ha dicho que le parece bien?

Respiró hondo, intentando calmarse. Hacía más de una hora que no oía un elogio hacia aquella mujer.

—Todavía no he hablado con ella.

Craig la observó un instante y luego la atrajo hacia él para que se tumbara a su lado.

—Tengo la sensación de que no te sientes cómoda con Helena.

Como estaban disfrutando de un momento tranquilo y agradable, decidió bajar la guardia, aunque probablemente acabaría arrepintiéndose.

—Debes comprender que haya cierta incomodidad entre nosotras. Se suponía que yo iba a casarme con el terrateniente, pero él te convenció para que ocuparas su lugar y así poder casarse con Helena.

Él le tomó la mano y le besó el dorso.

—Ya te lo dije antes: para mí no fue ningún sacrificio. Robin no habría permitido que ni Finn ni yo permaneciéramos solteros para siempre. Si tenía que casarme, mejor con una mujer hermosa.

Intentó no sonrojarse, pero fue imposible.

—Una mujer que no hace más que pelearse contigo.

—No todo el tiempo —respondió en voz baja.

Se volvió para quedar de lado, mirándola.

—Hemos tenido algunos momentos mucho más agradables que nuestras peleas.

—¡Estás enfermo, Craig!

—Vaya. Nunca estoy demasiado enfermo para hacer el amor con mi esposa.

Sintió la reacción inmediata de su cuerpo ante aquellas palabras. Antes de que pudiera responder, se oyó un ligero golpe en la puerta. Lorena se incorporó rápidamente y se arregló la falda.

—Sí.

La puerta se abrió y Helena entró. Echó un vistazo a los dos y dio un paso atrás.

—Lo siento, no quería interrumpir nada.

Lorena se puso en pie, apartándose los mechones de pelo que se habían soltado de la trenza.

—Mi marido se olvida de que está enfermo.

Helena se echó a reír.

—Pensé que era un buen momento para que habláramos. Creo que no te di la bienvenida como es debido y luego Craig enfermó. ¿Quieres acompañarme a mi estudio?

—¿Dónde está el estudio de Helena? —preguntó Lorena cuando la mujer salió de la habitación.

—Al salir de esta habitación, gira a la izquierda. Está al final del pasillo.

—Pareces cansado —dijo Lorena.

—Sí. Voy a dormir un rato. Disfruta de tu visita con Helena.

Con una profunda inspiración, Lorena se inclinó y besó a Craig en la frente sin saber muy bien por qué. Luego, con un nervioso cosquilleo en el estómago, salió de la habitación como si fuera camino de su ejecución.

El estudio de Helena estaba decorado con mucho gusto. Perfecto. Igual que la mujer. Lorena permaneció de pie junto a la puerta. Helena le sonrió.

—¿Quieres sentarte? ¿Te apetece un té?

—No, acabo de tomar té y unos deliciosos bannocks en la cocina.

—¿Has conocido a Maude? Es una cocinera excelente.

—Sí. Me ha gustado mucho hablar con ella y contarle algunas recetas que he probado. De hecho, esperaba poder trabajar en la cocina.

Helena frunció el ceño.

—Oh.

Lorena contuvo la respiración hasta que la mujer volvió a hablar.

—Esperaba formarte para que fueras mi ayudante.

Por las pelotas de San Esteban. No solo iban a negarle el trabajo que realmente quería, sino que además tendría que recibir formación de la perfecta Helena. La mujer que le había robado a su marido. Quizá sería mejor acompañar a Craig en la misión que Robin le asignara.