Nunca te cases con un Highlander (Los Mackay de Dun Ugadale 2) Capítulo cuatro
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Capítulo cuatro

Lorena durmió casi todo el día. Él salió de la alcoba a tiempo para la cena. La mayoría de los invitados a la boda ya se habían marchado a sus casas. Los únicos que aún permanecían en el gran salón eran los que habían viajado desde otros clanes y pasaban allí la noche.

Giles le hizo señas para que se acercara a donde estaba sentado hablando con Knox. Craig pidió a una de las sirvientas que le trajera una cerveza. Ella se alejó apresuradamente, contoneando las caderas y mirando por encima del hombro.

—Parece que tienes una oferta, ya que no vas a tener noche de bodas —dijo Knox mientras veía a la muchacha salir de la sala.

—Ahora soy un hombre casado, ¿o es que no te acuerdas de la boda de esta mañana? —preguntó Craig.

—Sí. Pero tu esposa está enferma y no vas a hacer lo que estoy seguro de que habías planeado.

Knox le sonrió con aire burlón mientras daba un sorbo a la bebida. Craig negó con la cabeza.

—No me tomo mis votos a la ligera.

Knox se recostó en la silla y lo observó.

—No pensabas casarte con Lorena.

—No, pero eso no me da derecho a romper los votos que acabo de hacer.

Knox dejó la bebida sobre la mesa y observó a Craig.

—Hablas en serio, ¿verdad?

Cansado de la conversación, Craig miró a Giles.

—Ya que vamos a estar aquí atrapados durante un tiempo, pienso aprovechar las justas. ¿Quieres acompañarme?

Giles asintió.

—Sí. Quizá deberías enviar un mensajero a tu hermano para que no se pregunte qué te ha pasado.

La joven sirvienta dejó una jarra de cerveza delante de él, inclinándose tanto que los pechos le rozaron los hombros. Knox sonrió a la muchacha.

—Felina, estás perdiendo el tiempo con este.

Ella retrocedió y, cuando Craig volvió la vista para darle las gracias por la cerveza, le guiñó un ojo.

—He oído que tu nueva esposa no se encuentra muy bien. Así que, si cambias de opinión...

Él negó con la cabeza y se volvió hacia su primo.

—Sí, Giles, las justas mañana a primera hora.

Se bebió la cerveza de un trago. Después de hablar un rato con los dos hombres e ignorar a Felina, Craig se levantó.

—Me voy a la cama. Más vale que guarde fuerzas para ganaros a los dos mañana en las justas.

Salió del gran salón y se dirigió al dormitorio de Lorena.

Ella seguía dormida. Puede que no tuviera la noche de bodas que había planeado, pero estaba claro que no iba a dormir en el suelo.

Después de quitarse la ropa, utilizó el cuenco de agua tibia que había sobre la mesa, cerca de la puerta, y se lavó.

Tras secarse con la toalla que colgaba junto al cuenco, se acercó a la cama y miró a su nueva esposa.

Era una muchacha muy bonita, pero no sabía nada de ella.

No había sido muy agradable cuando visitó su clan mientras el Gunn intentaba obligar a Robin a casarse con ella.

Pero, por lo que Robin le había contado, había sufrido abusos tanto de su hermano como de su difunto marido.

Eso sin duda la habría vuelto un poco huraña.

Se metió en la cama junto a ella. El calor que desprendía su cuerpo le preocupó. Con un suspiro, se levantó de la cama, se vistió y bajó a la cocina. Todo estaba en silencio, pero había un hombre barriendo el suelo.

—¿Me puedes traer un cuenco con agua fría? —preguntó Craig—. Y unos paños de lino.

El hombre le entregó una jarra.

—El arroyo no está lejos de aquí. Solo tienes que dirigirte hacia el norte durante quilómetro y medio. No tiene pérdida. Es el agua más fría que vas a encontrar. —Señaló con la cabeza una pila de paños de lino en una estantería detrás de Craig—. Los paños están ahí.

Después de darle las gracias, Craig se dirigió al arroyo y llenó la jarra con agua muy fría. Cogió unos cuantos paños de la estantería y regresó al dormitorio.

Lorena yacía muy quieta. Le quitó las sábanas y le subió el camisón, y luego comenzó a limpiarla con el agua fría.

Su piel era suave como la seda y tersa como el trasero de un bebé.

El corazón comenzó a latirle con fuerza cuando la giró para poder limpiarle la parte posterior de las piernas.

Tenía un trasero redondeado y tentador. Tenía que terminar con aquello cuanto antes.

Ella abrió los ojos y frunció el ceño.

—¿Quién eres?

Él siguió limpiándola.

—Soy tu marido.

Ella negó con la cabeza y se humedeció los labios.

—No, él está muerto.

Él sonrió.

—No, ese no.

—¿Avery está muerto?

—Sí.

—Bien. —Volvió a humedecerse los labios—. ¿Me puedes dar un poco de agua?

Craig dejó el paño húmedo junto a la jarra sobre la mesa, al lado de la cama, y cogió una de las tazas de un estante situado sobre el espejo.

Vertió agua en la taza, pero parecía que ella se había vuelto a dormir, aunque pensó que era mejor despertarla para que pudiera beber.

No le costó mucho espabilarla un poco y darle la vuelta, procurando mantener cubierto todo lo posible su hermoso cuerpo.

Le acercó la taza a los labios y, con la otra mano, le sujetó la cabeza y la incorporó ligeramente.

Ella bebió con avidez y él tuvo que detenerla. Le retiró la taza.

—No bebas demasiado de golpe.

—Tengo sed.

Ella lo miraba con el pelo enmarañado cayéndole sobre la frente y cubriéndole un ojo, el camisón resbalándole del hombro y los ojos somnolientos, y él se dio cuenta de que no era la esposa con la que se había casado para salvar a su hermano, sino su mujer, una mujer muy deseable.

Y allí estaba, en su noche de bodas. No tenía sentido seguir con esos pensamientos.

Pasarían días antes de que pudiera hacerla suya.

—Sé que eres joven, pero debes tomártelo con calma. No querrás que te vuelva a subir la fiebre.

Ella asintió y señaló la taza que él sostenía. Él volvió a acercársela a los labios y ella bebió más despacio aquella vez. Sonrió y se limpió la boca con la mano.

—Gracias.

—Vuelve a dormir. Es lo mejor para ti.

La volvió a tapar y, tras quitarse la ropa una vez más, se metió en la cama junto a ella. Se tumbó boca arriba, con las manos detrás de la cabeza, pensando en su nueva condición de casado.

Esperaba, o más bien deseaba, que su vida no cambiara demasiado. La llevaría a Dun Ugadale, la dejaría allí y luego partiría hacia la siguiente misión que Robin le había encomendado.

Tras unos minutos de reflexión, Lorena se giró hacia él y apretó los suaves pechos contra su costado. Iba a ser una noche muy larga.

***

Lorena se despertó de un sueño profundo, todavía sintiendo calor, pero no tanto como la última vez que se había despertado.

De repente se dio cuenta de que no estaba sola en la cama.

El brazo de un hombre la rodeaba por la cintura y al mirar por encima del hombro vio que se trataba de Craig. Su marido.

Ay. Lo había olvidado por un momento.

Entonces, cuando intentó apartarse de él, se dio cuenta de que no llevaba ropa. ¡Desnuda! ¡Desnuda! Apartó el brazo que la sujetaba y, echándolo hacia delante con fuerza, le dio un codazo en el abdomen.

—¡Joder! —gritó Craig mientras la soltaba y se incorporaba apoyándose en los codos, mirándola con el ceño fruncido—. ¿Por qué demonios has hecho eso?

—¡Estáis desnudo!

—Sí. Así es como duermo.

—¿Por qué estáis en mi cama?

Se pasó los dedos por el pelo.

—Soy tu marido.

—No te he dado permiso para dormir en mi cama.

Craig se inclinó hacia delante hasta quedar nariz con nariz con ella.

—¿Dónde esperabas que durmiera?

—¿Dónde dormías antes?

—En otra habitación, pero ahora tengo una esposa que dispone de un dormitorio, así que decidí dormir con ella.

Se levantó de un salto y se dirigió, sin el menor pudor, al cuenco de agua y se salpicó la cara con el líquido refrescante. Se volvió y la miró, las manos apoyadas en las caderas… caderas estrechas bajo un pecho musculoso y sobre un...

Volvió a humedecerse los labios. Craig gimió.

—Deja de mirarme así o volveré a la cama en un segundo, y no soy el tipo de hombre que se aprovecha de una mujer enferma, aunque sea mi esposa.

Mientras él se esforzaba por ponerse los pantalones, ella se recostó, con la cabeza palpitándole.

Se sentía un poco más fresca que durante el desayuno de boda del día anterior, pero todavía tenía náuseas y le dolían los huesos.

Eso no le impidió admirar el pecho de Craig mientras se ponía la camisa.

Los músculos se le tensaban y una ligera capa de vello negro recorría el centro de su impresionante pecho, formando una flecha que descendía hasta la parte que ella había alcanzado a ver cuando él se paseaba desnudo.

Respiró hondo y notó que la fiebre volvía a subirle.

—Le pediré a la curandera que venga a verte. Estaré en las justas la mayor parte del día.

Ella frunció el ceño.

—¿Por qué sigues aquí?

—Me estoy vistiendo.

—No, me refiero a por qué vas a estar en las justas. ¿Por qué no te vuelves a casa?

Él negó con la cabeza mientras se calzaba las botas.

—Estás demasiado enferma para viajar, Lorena.

—Sí, pero eso no significa que tú no puedas volver a casa.

Se sentó en el borde de la cama, con las manos entrelazadas colgando entre las rodillas abiertas.

—¿De qué estás hablando? —Señaló con la mano entre los dos—. Sé que tienes fiebre, pero estoy seguro de que recuerdas que ayer nos casamos.

Ella resopló.

—Sí, lo recuerdo. Pero eso no significa que tengamos que vivir juntos.

—¿Era eso lo que tenías planeado? ¿Así fue tu primer matrimonio?

Ella negó con la cabeza.

—No. Ojalá hubiera sido así.

Craig se puso de pie y se ajustó el cinturón.

—No vivimos en lugares separados. Yo tampoco quería este matrimonio, pero no voy a negarlo fingiendo que no ha ocurrido. —Se acercó y le apoyó la palma de la mano en la frente—. Vuelves a tener fiebre. Seguramente por eso dices tonterías.

Ella golpeó el colchón con las manos a ambos lados de las piernas. No había sido una buena idea, porque el dolor de cabeza empeoró.

—No estoy diciendo tonterías.

Después de peinarse rápidamente, Craig se dirigió hacia la puerta.

—Voy a enviar a la curandera para que te vea. Pasaré más tarde, después de las justas.

***

Entró en el gran salón. Giles estaba sentado de nuevo con Knox y estaban comiendo pan, queso, manzanas y carne frita. Se unió a ellos y pidió una jarra de sidra de manzana.

—¿Bebiste demasiado anoche? —preguntó Knox.

—No. Es solo que no me gusta beber cerveza antes de participar en las justas.

Cogió pan, mantequilla y carne frita.

—¿Cómo está Lorena? —preguntó Knox mientras se bebía de un trago una jarra llena de cerveza.

—Sigue enferma. Ayer la curandera dijo que era la enfermedad del sudor. Yo la tuve el año pasado y puede hacer que uno se sienta muy mal durante una semana o dos.

—Supongo que, como la muchacha no puede viajar, te quedarás con nosotros una temporada —preguntó Knox.

—Sí. La tonta quería que me fuera a casa. —Sacudió la cabeza—. Donde vaya yo, irá mi mujer.

—A Lorena no le gusta que le digan lo que tiene que hacer y lo que no.

Knox apoyó los antebrazos sobre la mesa.

—Entonces ya era hora de que aprendiera que lo que dice un marido es lo que se hace.

—No sé mucho porque Lorena es muy reservada, pero estoy bastante seguro de que lo pasó mal con Avery cuando estaba casada con él. Solo sé que estaba muy feliz cuando regresó aquí después de que muriera.

—Sin embargo, por lo que le contó a Robin, tu padre no la trataba mucho mejor cuando vivía aquí.

Knox parecía un poco culpable.

—Sí, le pegó varias veces. Siempre intenté detenerlo, pero cuando se enfada, no hay quien lo pare.

Giles miró a Knox y luego a Craig.

—Parece que la muchacha lo pasó realmente mal.

Ninguno dijo nada más mientras terminaban de comer. Craig llamó a una de las sirvientas.

—¿Puedes pedirle a la curandera que examine a mi esposa? Esta mañana todavía tenía fiebre.

—Sí, le diré a Bridget que la vea.

Knox se puso de pie y miró a los dos hombres.

—¿Estáis listos para que os den una paliza?

—Cuando quieras. —Craig se levantó y se ajustó la espada—. Estoy deseando enseñarte cómo los MacKay se ocupan de fanfarrones como tú.

Con una risa estruendosa, salieron del gran salón y se dirigieron al campo de entrenamiento.