Capítulo cinco
Lorena daba vueltas en la cama, con el camisón y las sábanas empapados de sudor.
Tenía el pelo pegajoso y, aunque ya no tenía fiebre, seguía sintiéndose débil y con náuseas.
Su hermano nunca le había permitido tener una doncella personal, por lo que siempre había sido ella quien buscaba una criada para que le preparara el baño.
Echó un rápido vistazo al espejo y se dio cuenta de que si la veían con ese aspecto quizá empezarían a preparar su entierro.
Abrió la puerta y examinó el pasillo. No había criadas.
Volvió a la habitación e intentó desenredarse un poco el pelo.
Sin mucho éxito, cogió una bata del pie de la cama y se la puso.
No había dado más que unos pocos pasos fuera de la puerta cuando tuvo que apoyarse en la pared, superada por un ataque de debilidad.
—¡Lady Lorena! —Uno de los guardias se acercó a ella—. ¿Os encontráis mal, milady?
—Sí. ¿Puedes buscarme una criada y pedirle que me prepare un baño?
Él la observó durante un momento.
—¿Podéis volver a la cama?
Ella asintió.
—Sí.
Se enderezó, volvió muy despacio a la puerta y entró en el dormitorio.
Se llevó la mano a la frente. No tenía fiebre, pero la debilidad y los dolores corporales continuaban.
Empezó a verlo todo negro, respiró hondo y llegó hasta la cama, donde se desplomó.
Un rato después, unos suaves golpes en la puerta le hicieron darse cuenta de que se había quedado dormida.
—Sí.
Una de las criadas entró con un grupo de hombres que llevaban la bañera y cubos de agua. Ella se quedó tumbada en la cama observándolos, demasiado débil para moverse. ¿Cómo iba a bañarse sin ahogarse?
—Vaya, ¿qué es esto?
Bridget había entrado en la habitación y se acercó a Lorena.
—Voy a darme un baño.
La curandera negó con la cabeza.
—No creo que sea una buena idea, muchacha. Pareces muy débil. Podrías ahogarte.
La debilidad, las náuseas y los dolores corporales la abrumaron y comenzó a llorar.
—Necesito un baño.
En ese momento, Craig entró en la habitación, limpio, con el pelo aún húmedo por haberse bañado en el lago y con un montón de ropa sucia bajo el brazo.
—¿Qué pasa?
Dejó la ropa junto a la puerta y se acercó a Lorena. Sentándose a su lado en la cama, la rodeó con un brazo y miró a Bridget.
—La muchacha quiere darse un baño, pero está muy débil. Me temo que se ahogue.
—¿No hay criadas que la ayuden?
—No, todas están preparando la cena. Yo no puedo ayudarla porque voy a ver a una de mis futuras madres; su marido ha venido a buscarme porque ella tiene dolores y él está muy nervioso.
Craig miró a Lorena y le secó las lágrimas de la cara con el pulgar.
—Yo te ayudaré a bañarte.
Con aquel problema aparentemente resuelto, los hombres, la criada que los había acompañado y Bridget salieron de la habitación.
Lorena suspiró y se recostó contra el poderoso pecho de Craig.
—No puedes ayudarme con el baño.
Él se encogió de hombros.
—Todo el mundo se ha ido. Parece que, si quieres bañarte, tus opciones son limitadas.
Ella bajó la cabeza y el cabello grasiento y pegajoso le cayó sobre la cara.
La mayor parte de su vida se había bañado sola, ya que había pocos sirvientes tanto allí como en la casa de su difunto marido.
Sopesó las dos opciones. Seguir con el cuerpo maloliente y pegajoso o permitir que aquel hombre —su marido, se recordó— la ayudara.
—Sí. No es momento para modestias. —Levantó la vista hacia Craig—. Te preguntaría si alguna vez has ayudado a una muchacha a bañarse, pero me da miedo tu respuesta.
Él sonrió.
—Levántate para que pueda quitarte la ropa.
Afortunadamente, estaba demasiado enferma para preocuparse por estar desnuda delante de su nuevo marido.
Con una delicadeza que no habría creído posible en un guerrero, Craig le quitó la bata y le subió el camisón por el cuerpo hasta sacárselo por la cabeza.
Antes de que pudiera sonrojarse, la levantó y la llevó hasta la bañera.
La dejó deslizarse suavemente dentro y ella suspiró cuando el agua caliente la cubrió.
—Tendrás que decirme dónde están tus jabones especiales y esas cosas.
Su voz sonaba bastante ronca. Ella se incorporó y, cuando se dio cuenta de que los pechos habían quedado fuera del agua, volvió a hundirse y señaló el armario.
—Hay una caja ahí con mi jabón y mis aceites, que suelo echar al agua.
Él le llevó las cosas, con aspecto un poco nervioso. ¿Temía que se ahogara mientras él la observaba?
—Tendrás que ir a la cocina a buscar una toalla caliente para secarme.
Craig carraspeó y sonrió. Una sonrisa muy extraña.
—Ahora mismo vuelvo. No te ahogues.
Lorena vertió el aceite en el agua y se recostó para relajarse.
***
Craig se secó el sudor de la frente y respiró hondo.
Cuando se ofreció a ayudar a Lorena con el baño, sabía que sería difícil verla completamente desnuda, pero no tenía ni idea de hasta qué punto.
Era una mujer hermosa. Toda curvas suaves, pechos turgentes y un trasero generoso.
Cómo iba a superar aquel baño sin meterse con ella en la bañera y ahogarlos a los dos sería todo un reto.
Debía recordarse a sí mismo que, aunque fuese su esposa y tuviese derecho a disfrutar de su cuerpo, estaba enferma.
Contó con los dedos. Llevaba enferma desde el día de la boda: ocho días.
Hacía poco había pasado un día sin fiebre y, cuando ambos pensaron que la enfermedad había remitido, los síntomas regresaron durante otro día o dos.
A ese paso, nunca saldrían del castillo de Clyth.
Lo que era más importante, nunca tendría la oportunidad de recorrer con las manos aquellas encantadoras curvas.
Cuando entró en la cocina para coger el paño de lino con el que secarla, Agnes, la cocinera del castillo, se volvió hacia él desde la gran olla en la que estaba echando verduras.
—Su señora necesita comer. Cada vez que le envío algo con una criada, me lo devuelve.
Se echó el paño al hombro.
—Estaré en nuestra alcoba un rato, así que, si envías comida, me aseguraré de que coma.
Agnes asintió.
—También le enviaré uno de los tónicos curativos de Bridget para la paciente.
Cuando entró en el dormitorio, Lorena dormía profundamente dentro de la bañera. Le dio un golpecito en la mejilla.
—M’eudail.
Ella abrió lentamente los ojos y sonrió. El corazón le latía con fuerza y tuvo que hacer acopio de todo su autocontrol para no sacarla de la bañera. Le lanzó la toalla más pequeña.
—Toma, puedes lavarte tú sola, ¿verdad?
Lorena se incorporó, sin duda olvidando que sus hermosos pechos, coronados por pezones rosados, quedaban totalmente expuestos ante él. Cogió la toalla y la enjabonó.
—Cuando termines, te ayudaré a lavarte el pelo.
Se apartó de ella y comenzó a pasear por la habitación, esforzándose por mantener la calma.
—¿Ya has terminado?
—¿Qué prisa hay? Estoy disfrutando de algo por primera vez en mucho tiempo.
Al darse cuenta de que estaba actuando por motivos egoístas, sonrió.
—Sí, lo siento, muchacha. Puedes tomarte tu tiempo.
En ese momento llamaron a la puerta y rezó para que fuera una criada que pudiera hacerse cargo de aquella tarea. Abrió y allí había una criada, pero llevaba una bandeja con comida.
—Aquí está la cena de lady Lorena.
Se pasó los dedos por el pelo.
—Sí. Puedes dejarla sobre la mesa de allí.
Señaló en dirección a la cama. Salió al pasillo con la criada.
—¿Podría ayudar a mi esposa a bañarse?
—No, lo siento, lord Craig, pero estamos preparando la comida para llevarla al gran salón para la cena.
Él asintió.
—Sí. No te entretengas en tus tareas,.
En cuanto cerró la puerta, una voz suave, como la que había oído tantas veces en la oscuridad de la noche compartiendo cama con una mujer cálida, dijo:
—¿Puedes peinarme ahora? Me estoy quedando dormida otra vez.
«Puedo hacerlo. Puedo hacerlo. Puedo hacerlo.» Sonrió a su esposa.
—Sí. Voy a por la jarra.
Consiguió lavarle el pelo y luego aclarárselo. No habría sido tan difícil si ella no hubiera estado gimiendo de placer mientras el agua recorría su cuerpo. Dejó la jarra en el suelo y cogió la toalla.
—Lista.
Sujetándola por debajo de los brazos, la sacó de la bañera.
—Oh, Craig, me estás haciendo daño.
—Lo siento.
La sacó de la bañera y la secó lo más deprisa que pudo, manteniendo los ojos cerrados la mayor parte del tiempo.
—¿Dónde tienes más ropa de dormir?
Ella señaló el armario. Él la envolvió en la toalla, procurando no ver más de su hermoso cuerpo. Tras ponerle un camisón limpio y la misma bata que llevaba antes, la acompañó hasta la cama.
—Métete. Te han traído la cena.
Ella lo miró con extrañeza.
—¿Pasa algo? Estás muy raro y pareces tener mucha prisa.
—No, en absoluto. Solo tengo ganas de verte acomodada en la cama.
—Después de comer, necesito sentarme junto a la chimenea y secarme el pelo mientras me lo cepillo.
Ahora que estaba vestida y acomodada en la cama, con las mantas prácticamente hasta la barbilla, tal y como él se las había colocado, sintió que se calmaba. Acercó una silla a la cama y se sentó.
—Agnes me ha dicho que me asegure de que comas. Parece que cree que devuelves demasiada comida en las bandejas que te envía.
—Sí. A veces tengo mucha hambre y otras siento que, si como un bocado, lo vomitaré todo.
Craig se acomodó y apoyó un pie sobre la rodilla.
—Recuerdo cuando tuve la enfermedad del sudor. No es algo que quiera volver a pasar.
La conversación entre ellos era bastante agradable.
Ella parecía menos arisca cuando estaba enferma.
Quizá podría hacer que enfermara más a menudo.
Cuando lo pensó mejor, se dio cuenta de que, si ella estuviera continuamente enferma, nunca conseguiría llevarla a la cama para hacer otra cosa que no fuera cuidarla.
Charlaron amistosamente mientras ella comía. Luego la sentó junto a la chimenea para que pudiera cepillarse el pelo.
—Volveré después de cenar para ver cómo estás.
Al abrir la puerta, añadió:
—Agnes también ha enviado una poción curativa para que te la tomes. Te la daré cuando vuelva.
***
—¿Dónde has estado? —preguntó Giles mientras se acercaba a él.
—En el infierno.
—¿Qué?
—Nada. No te preocupes. Tengo hambre y también necesito un vaso de whisky.
Giles lo miró y se encogió de hombros. Ambos se dirigieron a la mesa. Giles ya había comido, así que se sentó con Craig mientras este cenaba y luego siguió con una taza de whisky y mucha conversación para retrasar su regreso al dormitorio hasta que Lorena se durmiera.
***
Lorena se sentó a cepillarse el pelo y empezó a sentirse débil de nuevo. Que Craig la ayudara a bañarse no había sido agradable. Al principio se sintió avergonzada cuando le quitó la ropa y la metió en la bañera.
Él también parecía un poco nervioso. Aunque estaba bastante segura de que las mujeres desnudas no eran ninguna novedad para él.
Era amable y considerado. Ella se resistía a tener un marido amable y considerado.
Desde luego, no quería otro marido como el que había tenido antes, pero tampoco quería enamorarse de un hombre con el que se hubiera casado y que acabara controlándola. Esos días habían quedado atrás.
Estaba luchando contra la enfermedad; de lo contrario, no tendría ningún problema en mantenerlo a distancia.
Tenía que ser más fuerte. Lo que quería era que se marchara para no hacer el ridículo enamorándose de un hombre que algún día la decepcionaría.
Si no era con los puños, lo más probable era que fuera con otra mujer.
Había aprendido un poco sobre Craig MacKay cuando visitó Dun Ugadale, ya que David estaba tratando de emparejarla con el laird MacKay. Vio cómo las muchachas se derretían por él, lanzándole miradas. Sin duda, una vez que la hubiera llevado a la cama, se aburriría y acabaría buscando otras mujeres.
Cuando David le dijo que Robin MacKay había firmado el acuerdo de compromiso, no se alegró, pero tampoco se enfadó tanto como cuando su hermano aceptó que Craig ocupara el lugar del laird.
Era un hombre al que le gustaban las muchachas, y ellas a él.
No tenía ningún deseo de que un marido infiel la tomara por tonta.
Se secó el pelo y empezaba a sentirse bastante somnolienta cuando Craig regresó al dormitorio. Más valía que empezara su campaña para levantar un muro entre ellos. Enderezó los hombros.
—¿Por qué sigues aquí?
Él se detuvo en seco y la miró.
—¿Qué quieres decir?
—Pensaba que volverías a tus obligaciones en Dun Ugadale. Estoy segura de que el laird te necesita.
Él se llevó las manos a las caderas, tensando la leine sobre el musculoso pecho y separando las solapas del cuello para dejar al descubierto parte del oscuro vello rizado que ella sabía que conducía a un lugar muy interesante.
Pero no podía permitir que aquello la distrajera de su propósito de alejarlo.
—Le envié un mensaje a Robin cuando enfermaste —dijo él mientras se desvestía—. Él sabe que volveré cuando te mejores.
Ella hizo un gesto para que se marchara y volvió a la cama.
—No hace falta que te quedes aquí y me trates como a una niña. Hay sirvientes que me ayudan.
—Sí. Como el que vino a ayudarte con el baño.
Ella tiró de las sábanas y lo miró fijamente.
—Podría haberlo hecho yo sola.
—¿Qué te pasa, esposa? Apenas podías mantenerte en pie cuando entré en la alcoba. Si te hubieras bañado tú sola, es muy probable que ahora estuviéramos preparando tu funeral.
Ella volvió a hacer un gesto para que se marchara.
—Bueno, ya estoy lista para dormir, así que puedes irte.
—¿Qué te pasa, muchacha? Pienso dormir aquí, como he hecho desde que nos casamos.
Ella resopló y levantó la barbilla.
—Prefiero dormir sola. Nunca te he pedido que durmieras aquí.
Él empezó a quitarse las botas.
—¿Te has tomado la poción curativa que Agnes te ha enviado?
¿Por qué tenía que ser tan amable? ¿Por qué tenía que preocuparse por ella? Ella quería que, si no desaparecía de su vida, al menos se marchara de su habitación. Craig MacKay era un hombre del que resultaba muy fácil enamorarse.
Una vez desnudo, se dirigió al otro lado de la cama y se metió en ella.
—Estoy cansado, Lorena. No quiero discutir contigo. Hoy he trabajado duro en las justas y necesito dormir.
—¡Ja! Un guerrero fuerte. Agotado por un día en las justas. —Se apartó de él—. Supongo que los hombres MacKay no son tan fuertes como los Gunn.
Él gruñó y ella sonrió. Su plan había comenzado.
Lo alejaría y se quedaría en paz, sin la amenaza de David, gracias a la advertencia de Craig de que nunca más volviera a ponerle la mano encima.
Satisfecha, cerró los ojos e inmediatamente las imágenes de Craig ayudándola a bañarse y asegurándose de que tomara la poción curativa le provocaron un vuelco en el estómago.
Seguramente era la enfermedad del sudor.