Capítulo tres
Lorena se miró fijamente en el espejo. El vestido que llevaba era el mismo con el que se había casado con Avery.
Quizá debería ponerse otro, ya que este podía traerle mala suerte.
Aunque la única mala suerte que había tenido era un padre que no la reconocía y un marido y un hermano que la maltrataban.
No tenía nada que ver con el vestido que llevaba sino con ella misma.
Sus intentos de conseguir que su hermano y su marido la cuidaran nunca habían funcionado, ya que era obvio que la consideraban defectuosa.
Sí, podía responderles con dureza, pero era su única defensa.
Por lo que había visto hasta entonces, Craig MacKay era un hombre agradable, pero, si se permitía acercarse a él o incluso amarlo, sabía que al final él se volvería contra ella y le rompería el corazón.
No le importaría quedarse en el castillo de Clyth mientras él cumplía con sus obligaciones para con su laird, ya que Craig había dejado claro que no toleraría que David la golpeara.
Había visto la incertidumbre asomar a los ojos de su hermano por primera vez en la vida cuando Craig le habló en voz baja, pero con tono amenazador.
Quizá aquel matrimonio no fuera tan malo después de todo.
Sería aún mejor si él la dejaba allí en paz.
Tras soltar un profundo suspiro y echar un último vistazo al espejo, salió de la habitación.
Era hora de acabar con la boda. Su futuro marido y el sacerdote estaban conversando cuando entró en la estancia.
David estaba allí, junto con el primo de Craig, Giles.
Su hermano le hizo un gesto con la mano para que se acercara, como si estuviera retrasando las cosas.
Al parecer, era demasiado esperar que David se acercara a ella y la acompañara hasta donde estaban el sacerdote y Craig.
Cuando este se volvió hacia ella, casi se le cortó la respiración.
Llevaba el pelo oscuro recogido con una tira de cuero, pero parte del flequillo le caía sobre la frente.
Sus ojos verdes la cautivaron mientras se acercaba a él.
Era un hombre extraordinariamente guapo.
¿Iba a tener problemas con las muchachas que se le echaban encima?
Se encogió de hombros para sus adentros.
No importaba; pasarían la mayor parte de su matrimonio separados.
Después de dedicarles una cálida sonrisa, el sacerdote unió sus manos y comenzó la ceremonia.
La primera vez que se casó estaba muy emocionada, ansiosa por escuchar todas las palabras, todas las promesas y todos los votos que se pronunciaban.
Le llevó la noche de bodas darse cuenta de que Avery no tenía intención alguna de cumplir ninguno de ellos.
Apenas se había molestado en preparar el joven cuerpo de la doncella para invadirlo. Fue desagradable y doloroso, sin palabras de ternura por parte de su marido, que se apartó de ella cuando terminó y se quedó dormido de inmediato.
Se obligó a mirar a Craig mientras pronunciaban sus votos. Había honor y sinceridad en aquellos ojos, pero ¿debía creer lo que veía? Incluso le dedicó una leve sonrisa torcida cuando ella titubeó. Él le apretó las manos y de inmediato se sintió más tranquila.
Tonta. Eso era lo que era. Puede que ahora actuara como un hombre honorable, pero ¿qué pasaría cuando estuvieran solos?
Con todos esos pensamientos rondándole por la cabeza, se sorprendió cuando Craig se inclinó hacia delante y la besó en los labios.
Abrió los ojos de par en par justo cuando él se apartaba.
—Ya está.
Respiró hondo y lo tomó del brazo. Se dirigieron desde la iglesia al gran salón, donde se había preparado un banquete nupcial.
Como era muy temprano, sería más bien un desayuno.
Tomaron asiento en el estrado y pronto las criadas entraron en la sala llevando bandejas con huevos cocidos, cerdo frito, verduras y pan caliente.
Lorena miró la comida mientras el aroma llegaba hasta ella y el estómago se le revolvió de inmediato.
—¿Estás bien? Te has puesto muy pálida.
Craig la observó con expresión preocupada.
—Estoy bien. Creo que prefiero una taza de agua con hierbas en lugar de cerveza.
Se disponía a levantarse cuando Craig le puso la mano en el brazo y llamó a una de las criadas.
—Por favor, tráele a milady una taza de agua con hierbas. —Miró a Lorena—. ¿Alguna hierba en particular?
Sorprendida por lo que había hecho, asintió y se volvió hacia la criada, indicándole qué hierbas debía mezclar con agua caliente. Cuando la muchacha se alejó, miró a Craig.
—No tenías por qué hacerlo. Puedo servirme yo misma.
—Estoy seguro, pero es tu banquete de boda y no eres una doncella.
Antes de que ella pudiera responder, él se volvió hacia Knox, que estaba sentado al otro lado, y le hizo una pregunta.
A medida que avanzaba la comida, se fue encontrando peor.
El estómago seguía revuelto y empezó a sentir calor por todo el cuerpo.
Le latía la cabeza y, solo con ver la comida que tenía delante, sentía que iba a vomitar allí mismo, sobre la mesa, lo poco que había comido.
Morena, la criada que le había traído la bebida, regresó y la miró.
—¿Os encontráis mal, milady? Estáis muy pálida.
Al oír las palabras de Morena, Craig se volvió hacia ella y frunció el ceño.
—No tienes buen aspecto.
—No. —Sacudió la cabeza y luego hizo una mueca de dolor, ya que eso le agravó el dolor de cabeza—. Nunca me pongo enferma, pero creo que ha llegado el momento.
Craig se levantó y se acercó a ella.
—Permíteme acompañarte al dormitorio.
—No estoy segura de poder moverme.
Se puso de pie, tropezó y se desplomó en los brazos de su marido.
***
Craig la cogió justo a tiempo, antes de que cayera al suelo de piedra. La giró para sostenerla entre sus brazos y miró a la joven criada que había estado hablando con Lorena.
—Por favor, muéstrame el dormitorio de mi esposa.
La muchacha se dispuso a hacerlo y el Gunn levantó la jarra.
—¿Tienes tantas ganas de acostarte con la muchacha?
Por el habla pastosa y los ojos enrojecidos, era obvio que el laird no había tardado mucho en beber más alcohol del necesario.
—Mi esposa parece estar enferma. Tiene fiebre y está muy pálida. Voy a llevarla a su habitación. Por favor, que un sirviente llame a la curandera para que vaya allí.
Gunn tomó otro sorbo de lo que debía de ser whisky, pues estaba muy borracho, y llamó a otra joven criada.
—Ve a buscar a la curandera y envíala a la habitación de Lorena.
Craig salió de la estancia y siguió a la criada por un pasillo y un tramo de escaleras. Ella lo condujo hasta una habitación en una esquina. Entró y acostó a Lorena en la cama. Estaba ardiendo y tenía la cara enrojecida. Se volvió hacia la criada, que observaba a Lorena retorciéndose las manos.
—Por favor, desvístela y déjela en camisón. Esperaré a la curandera fuera de la puerta.
Como marido, tenía todo el derecho a quitarle la ropa, pero, teniendo en cuenta que acababan de casarse, pensó que era mejor que lo hiciera la criada o solo conseguiría que ella creyera que estaba impaciente por consumar el matrimonio, algo para lo que no se encontraba en condiciones.
Mientras esperaba, recordó que al entrar en la habitación había notado que nada parecía empaquetado ni preparado para la partida.
No había ningún baúl y todas sus baratijas estaban esparcidas sobre una mesa frente al espejo.
Estaba bastante seguro de que, si hubiera mirado en el armario, habría encontrado toda la ropa colgada.
Una mujer mayor se apresuró hacia él, seguida de la joven criada.
—Soy Bridget, la curandera del clan. ¿Qué le ha pasado a la pobre muchacha?
—Creo que tiene algún tipo de enfermedad. Tiene el cuerpo muy caliente y se desmayó en la mesa del comedor. También le pidió a una criada un poco de agua con hierbas porque dijo que tampoco se encontraba bien del estómago.
—Ah, la pobre chica. Y precisamente el día de su boda. —Miró a Craig—. Si deseáis volver al gran salón, puedo enviaros un mensaje después de examinarla.
Él negó con la cabeza.
—No me parece adecuado celebrar nada cuando la novia está enferma en la cama.
La curandera le dedicó una leve sonrisa y asintió.
—Podéis sentaros en esa silla.
Señaló las dos sillas que había frente a la chimenea, junto a la pared.
Craig se acomodó em una y observó trabajar a la curandera.
Había visto aquella enfermedad antes; de hecho, él mismo la había padecido aproximadamente un año antes.
Era obvio que no viajarían al día siguiente como había planeado.
También parecía evidente que no habría noche de bodas.
Apoyó la cabeza en el respaldo de la silla y siguió observando el trabajo de la curandera.
Lorena se despertó y él la oyó hablar en voz baja con ella.
Al cabo de un rato, Bridget dio instrucciones a la joven criada, que se marchó. La curandera se acercó a él.
—Padece la enfermedad del sudor. Si bebe mucho líquido y guarda reposo en cama, debería recuperarse en una o dos semanas.
—¿Una o dos semanas? ¿Cuándo podrá viajar?
Bridget lo observó durante un momento.
—Veamos cómo evoluciona. No recomiendo que viaje hasta que haya desaparecido la fiebre y se sienta con fuerzas para hacerlo. Le dio una palmada en el hombro—. Siento mucho que la pobre chica esté enferma el día de tu boda.
Por la expresión de la mujer, estaba seguro de que se refería a los planes que tenía para cuando terminara la celebración y se quedaran solos en la habitación. Se pasó la mano por la cara.
—Me quedaré con ella y me aseguraré de que no vuelva a necesitarte.
Una vez que la curandera salió de la habitación, Craig acercó la silla a la cama. Lorena se volvió hacia él.
—Siento estar enferma.
—No te preocupes. No es algo que puedas evitar.
Ella asintió y cerró los ojos. Sería una noche larga y, desde luego, no la que él había planeado.