Nunca te cases con un Highlander (Los Mackay de Dun Ugadale 2) Capítulo uno
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Capítulo uno

Craig, su primo Giles MacKay y los seis guardias que los acompañaban se acercaron al castillo de Clyth, con el estandarte de los MacKay ondeando al viento mientras cabalgaban.

Era un típico día de finales de verano en las Highlands, aunque sin lluvia.

Habían disfrutado de un viaje seco desde Dun Ugadale.

Giles miró a su alrededor, observando las colinas y el broch, y se volvió hacia Craig.

—Parece bastante seguro. Aunque hay cosas que se podrían mejorar.

Craig se echó a reír. Su primo, tan cercano a él como sus dos hermanos, siempre estaba buscando problemas y posibles amenazas antes de que surgieran. Eso lo convertía en un excelente vigía y en alguien con quien Craig siempre quería viajar.

—¿Quién va? —gritó un guardia desde lo alto cuando se acercaron a la muralla del castillo.

Craig alzó la vista, con ganas de poner los ojos en blanco ante la pregunta del hombre, ya que era obvio quiénes eran por el estandarte que llevaban.

—Craig MacKay, hermano del laird Robin MacKay, y Giles MacKay, primo del MacKay.

El guardia les hizo señas para que pasaran y entraron en el patio exterior.

La zona estaba llena de vendedores y pequeños agricultores, junto con miembros del clan que iban de un puesto a otro examinando sus mercancías.

Knox Gunn, el hijo del laird, se acercó a ellos con su habitual porte alto y rígido.

Craig no podía decir que le cayera bien, ya que realmente no había pasado mucho tiempo con él, pero parecía alguien a quien querría tener a su lado en una batalla.

—Estábamos esperando a vuestro laird.

Miró más allá de Craig, como si Robin se escondiera detrás de él. Craig le dio una palmada en la espalda a Knox y lo empujó hacia delante.

—Lo entiendo. Sin embargo, necesito hablar con tu padre.

Knox se apartó.

—Espero que no estés pensando en causar problemas. La boda es dentro de dos días. Tu hermano debería llegar muy pronto.

Craig se puso las manos en las caderas.

—Precisamente de eso quería hablar...

—¿Acabo de ver llegar a un MacKay?

El laird David Gunn se acercó a donde estaban y frunció el ceño.

—¿Dónde está tu hermano?

Craig miró a su primo y decidió que probablemente estaba buscando problemas. Sin embargo, salió a relucir ese lado juguetón suyo que tanto encantaba a las muchachas.

—Diría que ahora mismo Robin está en mitad de su boda con la señorita Helena Ross.

Knox gruñó, y Craig recordó que, cuando los Gunn visitaron al clan MacKay unas semanas antes, Knox, el heredero, parecía sentir algo por Helena.

El laird Gunn desenvainó la espada, al igual que Knox y los cinco guardias que estaban tras él.

Craig oyó el sonido de sus hombres desenvainando las suyas. Alzó las manos.

—No he venido solo para daros malas noticias. —Hizo una pausa y añadió—: He venido para ocupar el lugar de mi hermano.

Gunn lo miró fijamente y, si estaba sorprendido, no lo demostró. Como buen laird y guerrero, se guardó sus pensamientos para sí y no dejó que se le asomaran al rostro. Hizo un gesto hacia la torre del homenaje.

—Hablaremos de esto en mi estudio.

Todos envainaron las espadas y siguieron a Gunn y a sus hombres.

Craig se dio cuenta de que podía acabar en el calabozo, pero, teniendo en cuenta lo inflexible que se había mostrado Gunn cuando Robin le había pedido romper el compromiso con su hermana, estaba casi seguro de que estaría interesado en escuchar lo que tenía que decir.

Al menos esperaba que su instinto no le fallara.

No le habría supuesto ningún problema abrirse paso luchando para salir de la fortaleza si solo hubiera tenido que enfrentarse al Gunn, Knox y los guardias que rodeaban a su señor, ya que los guerreros MacKay eran bien conocidos por su éxito en la batalla, pero enfrentarse a todos los guerreros de la fortaleza y conseguir escapar sería todo un reto.

Subieron las escaleras y recorrieron otro pasillo hasta llegar a una gran sala al final. Cómodas sillas rodeaban una chimenea en la que ardía un pequeño fuego. Aunque se acercaba el final del verano, los antiguos castillos seguían siendo fríos incluso en esa época.

Los hombres de Gunn y la guardia de Craig se quedaron junto a la pared. Craig, Giles, Gunn y Knox lo hicieron en sillas de madera alrededor de una mesa muy gastada.

—¿A qué viene eso de que ocupes el lugar del laird en nuestro acuerdo?

Craig se recostó y cruzó los brazos sobre el pecho.

—No esperaba encontrarme con este problema, pero parece que el laird MacKay está enamorado de otra mujer. Sé, igual que él, que su deber es con su clan, pero al ver la desdicha de mi hermano, me ofrecí a ocupar su lugar.

El Gunn lo miró fijamente y luego negó con la cabeza.

—No entiendo que renuncie a su responsabilidad por algo tan tonto como el amor. Podría haber convertido a esa muchacha en su amante y seguir adelante con nuestro acuerdo.

Giles intervino.

—La señorita Ross no es del tipo de mujer que aceptaría ser amante de nadie.

Actualmente reside en el castillo de Dornoch, bajo la protección del laird de Sutherland.

Ha pasado casi toda su vida allí, criada por su tía.

Si MacKay hubiera convertido a la muchacha en su amante, cosa que sé que nunca habría hecho, habría provocado la ira de todo el clan Sutherland.

Reinó el silencio durante unos minutos. El Gunn no apartaba la mirada de los dedos extendidos sobre la mesa. Levantó la vista.

—¿Por qué debería aceptar esto?

—¿Quieres encontrar un marido para tu hermana? —Gunn asintió—. ¿Quieres una alianza con los MacKay?

El laird juntó las manos y se inclinó hacia delante.

—Sí. Lo sé, pero romper un acuerdo de compromiso es un insulto. ¿Cómo piensas compensarlo?

Craig se encogió de hombros.

—No estoy autorizado a ofrecer ninguna compensación, salvo casarme con tu hermana.

El Gunn no era ningún tonto. Sabía que echar a Craig con amenazas de una batalla inminente sería una decisión estúpida. Quizá se sintiera ofendido, pero también quería una alianza con los MacKay, y rechazar aquella oferta no era la mejor decisión ni para él ni para su clan.

—Necesito tiempo para considerar este giro de los acontecimientos.

—Si deseas que hable con tu hermana, estaré encantado de hacerlo. Si ella acepta mi oferta, quizá eso te tranquilice.

El laird echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada.

—No me importan los sentimientos ni las opiniones de Lorena. —Se golpeó el pecho con el pulgar—. Es de mi propiedad y yo decido lo que le sucede. Hará lo que se le ordene.

La ligera aversión que Craig sentía por el laird se convirtió en algo mucho más profundo.

Robin le había contado que la muchacha había sido golpeada tanto por su hermano como por su difunto marido, Avery Gordon.

Que un hombre pudiera levantar la mano contra alguien que estaba bajo su cuidado y protección iba en contra de todo lo que Craig creía.

También sabía que el Gunn le había dicho a Robin que, si no se casaba con Lorena la entregaría en matrimonio a un laird brutal de un pequeño clan de las Tierras Bajas.

Un hombre que ya había enterrado a dos esposas, ambas muertas en sendos «accidentes».

El laird se puso de pie.

—Espero que te quedes hasta que tome una decisión.

Craig asintió.

—Sí. Mis hombres y yo nos quedaremos fuera del castillo.

—No. —Gunn negó con la cabeza—. Os alojaréis aquí. Haré que una criada prepare una habitación para vos y vuestro primo.

A Craig no le gustó nada cómo sonaba aquello. Era casi como si los estuvieran reteniendo como prisioneros. Se movió en la silla, asegurándose de que la daga estuviera al alcance de su mano.

—Nos quedaremos fuera del castillo. No hay razón para denegar nuestra petición. Hemos venido aquí por voluntad propia con una oferta honesta. No tenemos intención de huir y no deseamos que se nos trate como a prisioneros.

Knox se inclinó y habló con su padre en voz tan baja que Craig no pudo oírlo. El hombre siguió mirando fijamente a Giles y a Craig.

—Muy bien. Podéis quedaros fuera del castillo hasta que tome una decisión.

Craig asintió.

—Me gustaría disponer de un momento para hablar con lady Gordon.

***

Lady Lorena Gordon se miró fijamente en el espejo del dormitorio.

Había visto llegar a los MacKay hacía un rato, así que era consciente de que había llegado el momento.

Iba a casarse con Robin MacKay y pasar el resto de su vida en Dun Ugadale.

No lamentaba abandonar el castillo de Clyth. Nunca había sido feliz allí.

Maldita fuera, nunca había sido feliz en ninguna parte.

Cuando su madre y su padre murieron tras precipitarse su carruaje desde un puente al río crecido, perdió a las únicas personas que se habían preocupado por ella.

Tal vez su madre no fuera demasiado cariñosa, pero al menos la reconocía.

Una vez, cuando tenía unos siete años, se había cruzado con su padre en un pasillo y él, sin reconocerla, la apartó de un empujón mientras se quejaba de que los niños corrían sueltos por el castillo.

Su hermano David, ahora laird, había pasado la mayor parte de su vida fuera, criado por otra familia y, cuando regresó para asumir el lugar de su padre, enseguida empezó a buscarle marido.

Fue el cocinero quien le recordó que Lorena solo tenía diez años y tres meses.

David era amable con ella en ocasiones, pero la mayor parte del tiempo la ignoraba, a menos que estuviera de mal humor; entonces conocía sus puños. Poco después de su regreso, aprendió a mantenerse alejada de él.

Había albergado grandes esperanzas cuando se casó con diez años y seis meses, pero su marido era brutal. Lo mejor que hizo por ella fue morir después de solo dos años de matrimonio.

¿Qué había en ella que hacía que nadie pudiera quererla?

Nunca pedía mucho. Como a todas las muchachas, le gustaba recibir la atención de los guardias, encontrar una o dos monedas en el estudio de su hermano para comprar algo brillante cuando llegaban los vendedores y hablar con las chicas del pueblo.

Justo antes de casarse con aquella bestia de Avery Gordon, las chicas con las que había estado cotilleando y yendo de compras descubrieron que era la hermana del laird.

—Pensábamos que eras una de las criadas del castillo —dijo Kiley. Entrecerró los ojos y estudió a Lorena—. ¡No pareces la hermana del laird!

—No. Tenemos madres diferentes. Creo que David se parece a la suya y me han dicho que yo me parezco a la mía.

Kiley se echó a reír.

—Debió de ser muy molesto para tu padre tener dos hijos y que ninguno se pareciera a él.

Lorena sonrió al verse en el espejo, recordando los buenos momentos que había pasado con las chicas del pueblo. Cuando regresó de su matrimonio, no sintió deseos de buscarlas. Sabía que probablemente estaban felizmente casadas y que tal vez incluso tendrían uno o dos hijos.

No quería ver su felicidad. No era que envidiara a sus maridos, pero sabía en el fondo de su corazón que ese tipo de felicidad nunca sería para ella.

Ahora la empujaban una vez más hacia un laird que no solo no la quería, sino que además estaba enamorado de otra mujer. Había oído las historias cuando visitó Dun Ugadale con su hermano. Quizá debería hacer lo que le dijo al MacKay y saltar desde el puente al río donde se ahogaron sus padres.

Apoyó la cabeza sobre los brazos cruzados y maldijo la lágrima que le resbalaba por la mejilla.

Era solo una más entre las muchas que había derramado a lo largo de los años.

Justo mientras se incorporaba y se secaba las mejillas, llamaron a la puerta.

Había llegado el momento. Era hora de cumplir con su deber y casarse con otro hombre que también la ignoraría mientras añoraba a su amor perdido.