Nunca serás mi romcom Capítulo 71
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Capítulo 71

Yo pensaba que una exposición de arte iba a ser super chill y aburridísima.

En plan: señores con gafas caras diciendo cosas raras delante de un trozo de madera para hacerse los interesantes, señoras con nombre rimbombante fingiendo que entienden algo y camareros pasando bandejas tan rápido que parecen personajes secundarios de Los juegos del hambre .

Y sí, era justo eso.

Pero también era el día en que mi hermano Brody parecía por fin el protagonista de su propia vida, así que me callé la boca, me puse el vestido que Vero me había ayudado a elegir y entré en aquella galería de Sotogrande como si no viniera de un pueblo donde la mitad de los gatos te juzgaban desde los tejados y la otra mitad robaban pescado de la lonja.

Sotogrande era otro planeta. Un planeta con césped peinado, coches brillantes, mujeres con bolsos que debían costar más que mi futuro universitario y señores con náuticos que hablaban bajito, como si el dinero les hubiera apagado el volumen de fábrica.

Había focos, copas de champán, flores en jarrones raros y gente con cara de haber nacido sabiendo diferenciar un vino bueno de uno de supermercado.

Yo solo sabía diferenciar un canapé con salmón de uno con algo verde sospechoso y gracias.

La colección que presentaba Brody se llamaba Vero al desnudo .

Sip. Así, sin anestesia.

Cuando lo vi escrito en la pared, casi me atraganto con una croqueta mini que no era croqueta ni era nada, pero estaba rica .

—Brody —susurré, acercándome a mi hermano—. A ti lo de poner títulos bonitos como que no…

Él me miró de lado con esa cara suya de «no empieces».

—Es el nombre de la colección y no hay nada más bonito que Vero al desnudo .

—Ya. También podrías haberla llamado Me he enamorado y no pienso disimularlo ni delante de unas ricachonas con pamela , pero supongo que no cabría en el cartel.

Vero estaba a unos metros, roja como un tomate cherry, mirando una de las tallas con los brazos cruzados y una sonrisa nerviosa.

Brody había hecho ocho piezas en maderas nobles, preciosas todas, con formas de mujer con muchas curvas, espalda, cuello, manos, pelo y posiciones sugerentes.

Y, si alguien no pillaba quién era la musa, era porque había venido sin gafas y con exceso de dioptrías.

Una señora con collar de perlas habló de «tensión entre deseo y vulnerabilidad». Un señor con barba blanca habló de «lenguaje orgánico» y «diálogo entre materia y emoción».

Yo asentí como si aquello tuviera sentido.

Claro que sí, guapi. Yo habría dicho «mi hermano está coladísimo por Vero y ha tallado la madera con sus hormonas en 4K», pero cada una aporta lo que puede.

Cogí otro canapé. El de queso con mermelada picante era una fantasía absoluta; tuve ganas de decirle a Harley que lo incluyera en el Bar Baridad.

Miré a Brody.

No paraban de acercársele. Gente rica, galeristas, coleccionistas, señoras con abanicos caros. Todos querían hablar con él. Todos decían que era brillante, que era el descubrimiento de la temporada, que su obra tenía una fuerza increíble.

Yo no sabía si Brody era el nuevo diamante de los Bridgerton, pero sí sabía que se había dejado la espalda criando, trabajando y arreglando todo lo que se rompía en casa desde que yo tengo memoria.

Brody intentó llenarme de recuerdos de mis padres, porque yo era muy chica(pequeña) cuando murieron.

De ellos tengo fotos, historias, vídeos en los que ellos me cantan y otro vídeo en el que mi madre me dice que no coma la arena de las plantas.

Pero no había escuchado nunca eso de «pregúntale a tu padre»; en mi casa era un «pregúntale a Brody o a Harley».

Un hermano que se hizo adulto a martillazos y otro que refunfuñaba como un señor de ochenta. Tuve normas raras, cenas improvisadas, discusiones por puertas abiertas, abrazos torpes y dos tíos que no sabían hacerlo perfecto, pero lo hicieron con todo lo que tenían.

Y no los cambiaría por nada. Ni por una familia de anuncio. Ni por una de esas de Navidad donde todo el mundo lleva jersey a juego.

Me picaron los ojos y miré hacia otro lado. Yo no había venido a ponerme intensa. Había venido a ejercer de hermana orgullosa, comer gratis y vigilar que nadie tocara las piezas con dedos grasientos.

Entonces vi a Harley.

Estaba junto a una pared, con una camisa negra que le quedaba tela de bien y cara de querer esconderse dentro de una maceta. A su lado, Iker. Alto, guapo, con pinta de no saber muy bien qué hacer con tanta señora oliendo a perfume caro preguntándole si era el chico que cantaba en Internet.

Y estaban juntos. Sin anunciarlo, sin montar numeritos. Harley apoyado en la pared, Iker rozándole los dedos. Pegados contra cualquier esquina como si la galería fuera un instituto y ellos dos se estuvieran saltando una clase entre las taquillas.

Me dieron ganas de gritar, no de vergüenza, de felicidad.

Mi hermano Harley, que llevaba toda la vida haciéndose el borde porque le daba pánico ser blandito delante de testigos, estaba allí, con un surfista buenorro mirándolo como si le hubiera cambiado la ruta entera.

Yo esperaba encontrar el amor mucho antes de los treinta y cuatro. Me niego a tardar tanto, de verdad. Pero verlos así me hizo pensar que, si tarda, por lo menos que llegue así de bonito.

—Mira a tu hermano —me dijo Vero, apareciendo a mi lado.

—Lo estoy viendo. Esto es histórico. Harley tiene novio oficial.

—No digas novio oficial, que le da un ictus.

—Pareja estable con derecho a morreo público.

—Eso son dos ictus.

Al fondo, Mila apareció vestida como si hubiera asaltado el armario de una marquesa y una villana de Disney al mismo tiempo.

Vestido verde esmeralda, pendientes gigantes, labios rojos, tocado capaz de captar señal de Marte.

A su lado, Germán, con traje de almirante, le tenía una mano en la cintura.

No, perdón. En la cintura no. Aquello iba bajando a lugares que prefería no mirar.

Mila ni se inmutaba.

—Me flipa —murmuré.

—¿El arte? —preguntó Vero.

—El salseo geriátrico.

—India .

—¿Qué? Es precioso. Perturbador, pero precioso; seguro que Juan y Medio y Toñi Moreno opinarían lo mismo.

Fue entonces cuando una mujer con un ovni en la cabeza se acercó a Mila.

No exagero. Bueno, un poco. Llevaba un sombrero plano, enorme, inclinado hacia un lado, color crema. Dijo algo en voz baja. Mila dejó de abanicarse. Germán levantó las cejas.

Me acerqué sin disimular, porque no nací para ser discreta y además era menor, lo cual me daba cierta inmunidad social.

Al parecer, alguien acababa de comprar cuatro piezas de golpe.

La señora señaló, muy fina ella, con una mano enguantada hacia el fondo de la sala. Yo no seguí el dedo con la mirada.

Lo seguí con los pies.

Crucé la sala esquivando pamelas, copas y un señor que decía «sublimación de la forma» soltando perdigonazos de baba.

Menos mal que lo esquivé. Llegué hasta un hombre alto, mayor, con el pelo blanco muy bien peinado, traje claro y una cámara antigua colgada al cuello como si fuera parte de él.

Tenía los ojos azules. Azules, clarísimos, enormes, de un tono parecido al de Vero, de esos que te hacen pensar que de joven debió de ser guapísimo y causar problemas en varias provincias.

Me planté delante.

—Disculpe, ¿usted ha comprado media colección de mi hermano?

El hombre bajó la vista hacia mí y sonrió con una calma muy de señor que ha visto mundo, mares y hoteles caros.

—Así es. Las piezas de su hermano son exquisitas. Hay una comprensión muy precisa del volumen, de la carne sugerida sin literalidad, del deseo como estructura interna de la forma.

Carraspeé.

—Sí. Exacto. Yo pienso lo mismo. Brody es muy… de estructura interna.

Le tendí la mano.

—Soy India, su representante.

«Aunque él no lo sepa».

—Luc Moreau.

Abrí los ojos tanto que casi se me salen y ruedan por el suelo carísimo.

—Espere. ¿El fotógrafo? ¿El amigo de mi padre ?

Su expresión cambió. Un fogonazo. Como si alguien hubiera encendido una luz en una habitación cerrada hacía mucho tiempo.

—¿Quién es tu padre?

— Diego Pache. Eran amigos de jóvenes, ¿no?

Y entonces lo vi, en su muñeca.

Una pulsera de cuentas azules. Con una estrella de mar.

No esperé a que contestara. Ni falta que hacía: estaba frente a la evidencia.

Me giré hacia la sala entera, cogí todo el aire que me cabía en los pulmones y grité:

—¡Veroooooooo! ¡He encontrado a tu padre!

Toda la galería se giró.

Brody dejó de hablar con un señor trajeado.

Harley abrió la boca.

Iker soltó una risa por la nariz.

Mila cerró el abanico de golpe.

Germán se puso blanco.

Vero, al fondo, me miró como si acabara de prenderle fuego al universo.

Y yo solo pude pensar una cosa: «Madre mía, qué final de temporada».