Nunca serás mi romcom Capítulo 70
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Capítulo 70

Mi padre tenía aspecto de hombre recién salido de una guerra contra su propio orgullo.

Y, para sorpresa de absolutamente nadie, la iba ganando el orgullo, porque Ricardo Francisco Olmedo podía llevar una vía en el brazo, una bata de hospital con la espalda mal cerrada y el medio culo al aire, pero, aun así, conservaba esa forma suya de mirar el mundo como si le estuviera corrigiendo un examen.

—No pongas esa cara —me dijo desde la cama.

—¿Qué cara?

—La de estar decidiendo si me metes en una residencia, me adoptas o me grapas al colchón.

—Estoy valorando opciones. También puedo atarte con el cable del cargador, que es más sostenible.

La comisura de su boca se movió apenas. En mi padre aquello equivalía a una carcajada con palmas, sevillanas y confeti.

Llevábamos una semana rara. Rara de cojones.

El hombre que yo había convertido en un bloque de mármol con bata resultaba ser un tipo al que mi madre engañó, quiso mal a ratos, calló más de la cuenta y, aun así, estuvo ahí, torpe, seco y lleno de aristas.

No era perfecto. Tampoco era el villano de mi vida.

Y esa revelación, por algún motivo, me había dejado más agotada que odiarlo .

—Vete —dijo.

—¿Perdón?

—A Cádiz.

—Papá…

—Verónica.

Ay. El nombre completo. El arma nuclear de los padres.

—No empieces con el modo catedrático convaleciente, que es muy poco sexy y bastante manipulador.

—Tengo sesenta y siete años y estoy al borde de la jubilación, no necesito resultar sexy .

—Gracias a Dios.

—Y no estoy manipulando. Estoy diciéndote que vayas.

Hizo una pausa. Sus dedos buscaron los míos encima de la sábana.

—Esta semana te he visto hablar de ese pueblo, de esa gente, de él, y se te ve en la cara, hija, lo quieres.

Qué poca vergüenza tenía la cara. Una se maquillaba, se ponía sarcasmo, sujetador con aro y toneladas de corrector, y, aun así, la muy traidora iba por ahí enseñándolo todo.

—Ya te he pedido el Uber.

—¿Me has pedido tú un Uber?

—Soy enfermo, no inútil. —Se encogió de hombros—. Cuatro estrellas. Buen historial. Muy fiable. Tiene la dirección del apartamento.

Me incliné sobre él y lo abracé con cuidado, evitando cables, vía y ese orgullo familiar que tantas contracturas nos había provocado.

—Compra una pieza mañana —murmuró en mi pelo.

—Tengo ahorros, pero tampoco soy una señora de Sotogrande con perro heredero.

—Compra la más fea, entonces.

—Brody no hace cosas feas.

—Ahí tienes la respuesta y un ingreso que acabo de hacerte directo a tu Mastercard.

Lo besé en la mejilla y salí antes de convertirme en una masa de hojaldre.

En el ascensor, me apoyé contra la pared y miré mis manos.

Fui a Punta Salvaje creyendo que buscaba un padre secreto y encontré al mío, vivo e imperfecto.

Fui buscando una verdad sobre mi madre y encontré una versión suya con arena en los pies y unas ganas tremendas de vivir antes de elegir.

Fui pensando que el amor era una cosa que se sostenía con paciencia y llamadas programadas, y terminé aprendiendo que también podía ser una risa en una cocina, una mano llena de serrín y un hombre mirándote como si no quisiera arreglarte nada, solo sentarse contigo entre los escombros y construir desde ahí.

Las puertas se abrieron .

Le escribí a Mila: «Al final sí. Voy».

Su respuesta llegó tan rápido que debía llevar el móvil en la mano esperando. Me mandó un GIF de una mujer llorando de alegría. Otro de una actriz de Friends celebrando y tres emojis de fuego seguidos. Típico de Mila.

El coche paró delante de mí. Abrí la puerta trasera sin apartar los ojos de la pantalla, porque Mila ya estaba escribiendo otra cosa. Y con Mila siempre hay otra cosa.

—Hola —saludé, sin mirar al conductor—. Necesito que me lleve a mi apartamento, pero, si puede esperarme abajo, que tengo que hacer la maleta y coger un vuelo que voy a reservar ahora mismo, se lo agradecería.

Tiré el bolso al asiento, me puse el cinturón, arrancó y yo seguí con el pulgar en la pantalla.

—Lo siento, señorita. No puedo hacerlo, es imposible.

Mi respiración dio un sobresalto.

Primero por el acento, que no era canario. La voz era grave, conocida. Tenía esa forma de asentarse que tienen las voces de la gente que no habla de más.

Alcé los ojos. Primero vi sus manos en el volante. Grandes. Morenas. Con esas venas marcadas que deberían estar reguladas por Sanidad. Dos pulseras azules y blancas con tortugas rodeándole la muñeca.

Después vi sus ojos en el espejo interior.

Brody.

—¿Qué…? —la voz me salió rota—. ¿Qué haces aquí?

—Vengo a entregarle algo que me dejé olvidado en el asiento trasero la primera vez que la vi.

El semáforo se puso en rojo. Frenó.

«¡¿Qué?! ¡¿Cómo?! ¡¿Cuándo?! ¡¿Dónde?!», las preguntas se me acumulaban sin poder pronunciarlas.

—Mi corazón.

Solté un grito de animal atropellado por una declaración romántica con retraso. Abrí la puerta en pleno semáforo, salí, rodeé el capó, abrí la del copiloto y trepé encima de él como pude, con bolso, piernas, ansiedad y cero coordinación.

—¿Estás loca? —dijo, aunque ya me estaba agarrando por la cintura.

—Muchísimo.

Y lo besé. Como se besa a alguien que se te ha quedado atravesado trece años, tres semanas y un verano entero.

Con rabia, alivio y toda la estupidez que me había traído hasta aquí.

Brody hizo un sonido hondo contra mi boca y me sujetó más fuerte, y el mundo se redujo a su respiración y esa forma suya de incendiarme la boca.

—Ay, Dios —susurré—. Cómo te quiero.

—Yo también te quiero, desde el principio, desde Madrid.

—Podrías haber empezado por ahí y ahorrarnos media novela.

—No quería asustarte.

—Cariño, apareciste en mi habitación verde, desnudo, la polla en color carne y armado con un remo. El listón del susto estaba ya en Mordor.

Él soltó una carcajada y yo supe que ese sonido era el más bonito del mundo. Volví a besarlo incansable.

Los coches de detrás pitaron con la delicadeza de una manada de ñus hasta arriba de cafeína.

—Nos van a multar —murmuró Brody.

—Tengo varios amigos en tráfico, es lo que tiene ser exconductora de guaguas. Y, si eso no funciona, que me multen, me da igual, porque necesito que interiorices que no quiero vivir en ningún sitio donde no estés tú.

Se le borró la sonrisa. No por tristeza. Por impacto.

—Quiero mudarme a Punta Salvaje —seguí—.

Me gusta trabajar en el bar, las cuestas asesinas, escuchar a mi jefe refunfuñando, a India metiéndose donde nadie la llama, a Garfio intentando encontrar una compañera sentimental en mi fondo de armario y tu taller lleno de cosas que no sé nombrar pero que me dan ganas de tocar y desnudarme.

Ah, y quiero comprarte una pieza mañana, aunque tenga que vender un riñón, varias bragas usadas y mi Kindle.

Bueno, mi Kindle no, que me ha hecho un préstamo mi padre.

—No tienes que comprarme nada.

—Necesito una excusa legal para mirarte como una señora rica mira un Velázquez; además, me hace ilusión, he sido tu musa y tu inspiración.

Brody soltó una risa baja. Entonces bajó los ojos a su muñeca, se quitó la pulsera y tomó mi mano con delicadeza.

—Te dije que la dejaras en Cala Escondida —murmuré.

—Hay veces que es mejor no arriesgarse. —La deslizó con suavidad en mi muñeca—. Esos amantes no volvieron a verse. Yo sí quiero volver a verte, cada vez que me acueste, cada vez que me levante, cada vez que te empotre contra cualquier superficie, todos los días de mi vida.

—Amén .

Las cuentas azules y blancas cayeron sobre mi piel como si hubieran estado esperando ese sitio desde siempre.

«Qué hija de puta mi madre», pensé, con todo el amor del mundo.

Ni muerta había perdido la manía de tener razón. Me había dejado una carta, una llave y una pulsera como quien deja una trampa preciosa dentro de un sobre. Yo había ido a Cádiz buscando una respuesta. Y resulta que la muy cabrona no quería que encontrara eso, sino una vida por vivir.

Levanté los ojos hacia Brody.

—Por cierto, ¿tú y mi padre…?

—Mejor te lo cuento de camino al aeropuerto, digamos que Mila me ha echado una mano con la logística.

No sé de qué me sorprendía.

—Bueno —dije, no sin antes comerle la boca hasta que el semáforo volvió a ponerse en rojo—. Vuelvo a mi asiento y arrancas, que tengo que preparar la maleta y regresar contigo a casa.

Brody sonrió con esa calma suya que siempre llegaba tarde y, aun así, me desmontaba entera.

—A casa —repitió.

Y fue una tontería. Dos palabras. Nada más.

Pero, al escucharlas con su voz, con la pulsera de mi madre en la muñeca y su mano todavía en mi cintura, entendí por fin lo que Elena Sánchez Robles había intentado transmitirme.

Que hay sitios a los que no se vuelve. Se llega para quedarse.