Capítulo 69
Las piezas estaban terminadas.
La mesa larga del fondo parecía un altar raro dedicado a las cosas que uno tarda media vida en atreverse a enseñar: esculturas cubiertas, peanas preparadas, cajas abiertas, herramientas limpias por primera vez en días y una lista de transporte clavada en la pared con cinta de carrocero.
La exposición era pasado mañana.
Todo estaba listo excepto yo.
Tenía la pulsera sobre la mesa, junto al móvil, encima de una mancha de tinte azul que llevaba años allí, desde que pinté la sirena.
No la había llevado a Cala Escondida.
Ni había subido al mirador para lanzarla al mar.
Ni había hecho ninguna de esas cosas que en mi cabeza sonaban simbólicas y precisas hasta que intentaba mover un pie.
Vero llevaba en La Palma desde el lunes.
Me había escrito al aterrizar, al llegar al hospital:
Le respondí algo útil, o eso intenté.
Como si pudiera acercarle un caldo de pollo o algo rico para su boca .
Al día siguiente me preguntó por las tallas.
Ojalá el no terminarlas sirviera para eso.
El miércoles vino una llamada. Su voz sonaba más baja, más cansada, pero seguía siendo ella. Me contó que su padre mejoraba, que, si todo iba bien, le daban el alta el lunes que viene, que Adrián seguía orbitando por allí como satélite de bata blanca y que ya habían hablado.
Eso me encogió por dentro.
—Le dejé claro que lo nuestro se terminó hace tiempo y que no se quedara con el puesto o en la isla por mí.
—Y ahí sigue…
Quién podía culparlo; yo, desde luego, no, porque habría hecho lo mismo si se tratase de Vero y tuviera la posibilidad.
—Voy a volver, Brody. Esto es temporal, tenemos muchas cosas que aclarar.
Eso sí que era cierto, pero no me veía diciéndole nuestro primer te quiero por teléfono.
—Solo digo que lo entendería si no lo hicieras. Él es médico, tu vida está en esa isla y…
—Como vuelvas a decir eso, cojo el primer avión, te parto una silla en la espalda y me vuelvo a La Palma solo para que aprendas.
Me reí, porque era eso o decirle que la echaba de menos de una manera que me estaba dejando inútil.
—No iba en broma, Brody, regresaré.
Y yo me agarré a esa frase como un imbécil.
Ayer solo fueron un par de mensajes y hoy no dejaba de torturarme con la idea de que Adrián la estaría consolando, convirtiéndose en su apoyo y haciendo flaquear su decisión.
A las seis y media, Harley atravesó la puerta con una bolsa de comida en una mano y mi vida analizada en la otra.
Desde que Iker apareció en su vida no había parado de llevarse sus cosas a la nueva casa.
Camisetas, libros, tazas. Una manta horrible que aseguraba odiar y que metió en una caja.
Cuatro plantas que India juró que morirían en menos de una semana si ella no se ocupaba de regarlas.
Y una bolsa entera de calcetines de colores.
Me alegraba por él. De verdad.
Mi hermana asomó por detrás con el pelo en dos trenzas y una camiseta con una tortuga pirata dibujada a mano.
Garfio se había erigido mascota del campamento y tuvo que posar como modelo textil para la última temporada de verano del Salitre.
—A ver si tú tienes más suerte —le dijo a Harley—, porque a mí no me deja pasar —masculló estirando la mano con las bolsas como si fuera el repartidor.
—Ya os he dicho que tendréis que esperar a la exposición para ver las esculturas. Ansias.
—Mila dice por WhatsApp que un artista que no enseña su obra antes de tiempo es o un genio o un capullo con complejo de da Vinci. Cito textual —refunfuñó mi hermana.
—Mila debería meter sus narices en sus asuntos.
India intentó levantar una tela y la alcancé para darle un manotazo antes de que tocara nada.
—Ni se te ocurra.
—Qué pesado. Si ya sé que son maderas con sentimientos integrados.
—Fuera.
—Antes de que me expulses, necesito preguntarte una cosa.
Ahí me tensé por instinto.
—¿Qué has hecho?
—Nada. María hace fiesta de pijamas para chicas todo el finde. Mañana no hay campamento ni motivo para que madrugue, así que… ¿puedo dormir allí? Porfi, porfi…
—No creo que…
—Venga, déjala —intervino Harley—. Son buenas niñas.
—¿Y si incendian la cocina? ¿O atascan los baños con toallitas? ¿O se hacen piercings con una aguja de coser y un mechero?
India abrió los brazos.
—¿Pero qué piensas que somos, influencers ? Solo nos hacemos rutinas de skin care , ponemos a parir a las pick-me del instituto y hacemos alguna coreografía. Cero agujas ni jugar con fuego, prometido.
—Lo que pienso es que tenéis catorce años, que es bastante peor.
—Quince en cuatro meses, gracias.
—Eso no ayuda a tu defensa.
Al final cedí. India chilló, nos estampó un beso a cada uno —el de Harley con más cariño que el mío— y puso un pie hacia la puerta.
—¡Sois los mejores! ¡Os quiero! Bye bye .
—Vale —le dije—, pero, cuando empieces la época de querer hacer cosas con chicos, pide condones.
Se giró. Cara de haber lamido una pila.
—No te preocupes. Todavía no sé si estoy preparada para el sexo, ni si me gustan los chicos o las chicas. Ya tendré tiempo para averiguarlo.
Harley sonrió. Yo dejé de respirar.
— Ciao , pescaos . —Y salió tan campante, con la mochila rebotando contra la espalda, como si no acabara de reventarme tres neuronas, una arteria y la poca paz mental que me quedaba.
La puerta se cerró. Aspiré aire.
—¿Cuánto dura la adolescencia? ¿Antes o después de que termine con todo el pelo blanco?
Harley se rio por la nariz.
—No está siendo tan terrible y tú lo llevas genial, hermano mayor.
—Dirás nosotros. Tú también contribuyes en la crianza.
—Claro. Yo aporto su tortilla española favorita y límites blanditos. Hablando de crianzas. —Se apoyó contra el banco de trabajo y cruzó los brazos—. He pensado en una cosa.
—Qué miedo.
—En Vero.
El nombre me golpeó el pecho, pegado todavía a la palabra crianza.
—¿En Vero? ¿No querrás proponerle que sea vuestro vientre de alquiler ahora que estás tan puesto en lo de fundar una familia?
—Me basta y me sobra con los niños del campamento, gracias. Pero tú ya deberías ir pensando en bebés.
—Por si no te has enterado, Vero no está. Vero se fue.
—No me seas Laura Pausini. Es cierto que Vero se marchó, pero no tiene por qué regresar ni tú esperar a que vuelva.
Lo miré.
—¡¿Pero qué cojones dices?!
—Digo que quizá merece que esta vez seas tú quien vaya a por ella. Como debió pasar en Madrid. Sin dejar que trece años conviertan esos espermatozoides tuyos en funcionarios de ventanilla un viernes a las dos.
—Harley.
—¿Qué?
—Eres un poeta de mierda.
—Pero tengo razón.
No contesté. Miré la pulsera.
—¿Adrián sigue en La Palma?
Si es que el capullo sabía dónde atizar.
—Sí. Vero me dijo que hablaron, que le pidió que no se quedara por ella. Pero ha aceptado el trabajo de todas maneras; me da la impresión de que piensa que puede recuperarla y ganar puntos.
—¿Y entonces qué cojones estás haciendo aquí?
—Preparar la exposición. Esperarla, como ella me pidió.
Harley soltó una risa corta, sin alegría.
—¿Y no piensas que por una vez podrías dejar de esperar a que la vida vuelva sola y moverte tú? Ve a por ella. Preséntate allí y dile que la quieres. Que la necesitas. ¿Se lo has dicho siquiera? Porque yo sí lo hice cuando creía que perdía a Iker y mira tú por dónde, funcionó.
Negué con la cabeza.
—No lo hice y, para tu información, voy a plantarme allí como un gorila territorial.
—No te pido que te subas a una farola de La Palma alzando a Vero en modo King Kong . Te pido que hagas lo que tendría que hacer cualquier hombre con dos dedos de frente que podría perder al amor de su vida. Mira y aprende de mi vasco: ve a por la chica y planta tu bandera.
Apreté la mandíbula. Harley sopló.
—Venga, hombre, si en el fondo te mueres de ganas. India va a pasar el finde fuera. Si pasa algo, me ocupo yo. La exposición no es hasta el domingo. Y, con lo bien que ha ido el bar, puedo pagarte un billete de ida y vuelta a las islas.
Lo miré.
—¿Harías eso por mí?
Harley puso los ojos en blanco como si la pregunta fuera una ofensa.
—¿Cómo no voy a hacerlo por un hermano que ha sacrificado todo por nosotros?
Me ardió la garganta.
—De hecho, ya te he sacado el billete. Solo hace falta que te duches, te quites la peste a serrín y cromañón, conduzcas hasta el aeropuerto y no pierdas el vuelo.
Me levanté de golpe.
—¿Que has hecho qué?
—Lo que oyes.
Se cruzó de brazos, pagado de sí mismo.
Nos miramos. Y ahí estaba, sin nombrarlo: los años, la casa, India, las facturas, las cenas frías. La vida que nos cayó encima y la manera absurda y feroz que encontramos de seguir siendo familia.
Mi corazón se puso a dar bandazos.
—¿A qué hora sale?
—Tienes cuatro horas.
Cogí la pulsera de la mesa .
—Me basta y me sobra. Te debo una.
—Me debes ser feliz. Así que a por ello, capullo.
Salí del taller con la pulsera en el bolsillo y el pulso marcándose un Ferrari.
No la iba a llevar a Cala Escondida. Todavía no. Primero iba a ir en busca de la chica. Y, si me dejaba, de su puto corazón.