Capítulo 68
Los hospitales tienen una cosa muy suya: consiguen que hasta la persona más atea negocie con Dios, con la Virgen de Candelaria o con el señor que inventó el suero fisiológico.
Yo estaba dispuesta a prometer lo que hiciera falta con tal de que mi padre siguiera respirando.
La habitación era blanca y tan poco acogedora como una multa. Una cama articulada, una butaca incómoda, una ventana con vistas a otra fachada… Si no te deprimías por enfermedad, lo hacías por la falta de calidez en interiorismo y arquitectura.
Mi padre dormía con la piel grisácea y el ceño fruncido, como si incluso inconsciente estuviera corrigiendo mentalmente un artículo médico mal citado.
Vida tranquila y sin emociones fuertes. Esa era la prescripción. Sin emociones fuertes para él, porque yo había cruzado el Atlántico con el corazón metido en una centrifugadora y un expediente sentimental del tamaño de toda la jurisprudencia española.
Adrián apareció en el momento más oportuno del desastre, con planes de boda y destino laboral en la isla, y mi padre había decidido darme el susto de mi vida. Todo un Kinder Sorpresa de magnitudes cósmicas.
Mi ex estaba fuera. En la cafetería, en el pasillo o en ese limbo donde se quedan los hombres correctos cuando una no sabe si agradecerles algo o pedirles que se vayan a tomar por saco con educación.
Durante el vuelo trató de distraerme explicándome sus planes: volver a La Palma, firmar el contrato, esperar a que mi padre se hubiera recuperado, casarnos, construir por fin esa vida que llevábamos aplazando una década .
Yo lo escuché mirando por la ventanilla y pensando en la pulsera de mamá aguardándome en Cala Escondida.
Cuando terminó y me miró, esperando encontrar esa reacción femenina que venden en las películas, solo pude decirle un:
—Lo siento, pero no.
Cuatro palabras. Pequeñas. Feas. Necesarias.
Adrián no gritó. Ojalá lo hubiera hecho, porque a veces una bronca te permite agarrarte a algo. Se limitó a mirarme con paciencia.
—Pe-perdona, no pretendía sonar como un planificador vital, si necesitas otros tempos por lo de tu padre, yo…
Suspiré para mis adentros, porque, en el fondo, Adrián me daba lástima.
—Me refiero a que no vamos a casarnos, Adri.
Si me marché a Punta Salvaje, además de por ser la última voluntad de mi madre, fue para encontrarme, y lo hice.
Casarnos sería un error, porque entre tú y yo solo queda el recuerdo de lo que fuimos y un matrimonio no puede sostenerse solo con eso.
Eres un gran hombre, un gran médico y seguramente un gran futuro marido, pero no el mío.
Me contempló con un dolor tan contenido que me hizo sentir la peor persona de la Unión Europea, y mira que había competencia.
—¿No quieres casarte conmigo o no quieres la vida que puedo ofrecerte? —preguntó—. Ya te dije que me mudo.
Y ahí estuvo lo cruel. Que la respuesta era la misma.
—No quiero que lo hagas, a no ser que estés dispuesto a tener una vida allí, sin mí.
Le expliqué que lo sentía. Que no podía. Que no quería seguir convirtiendo su espera en mi coartada. Que Punta Salvaje no me había confundido, sino todo lo contrario.
No le hablé de Brody, porque mi decisión no iba de haber encontrado el amor de mi vida en otra persona, sino simplemente de que él no lo era.
Adrián se levantó para ir al baño y ahí se acabó la conversación, aunque siguiéramos sentados juntos otra hora. Los finales largos son una tortura infravaloradísima , así que me puse Orcando y dejé que el audiolibro obrara su magia.
Mi padre abrió los ojos.
Nada de monitor pitando ni enfermera entrando con cara de Anatomía de Grey y gritando aquello de: «¡Apártese, está fibrilando! ¡Que alguien saque a esta mujer fuera! Traigan el carro de paradas y avisen al doctor Macizo».
Solo abrió los ojos, enfocó el techo, torció la boca y dijo:
—Esta almohada es una indecencia.
Se me escapó una risa.
—Buenos días a ti también, papá.
Qué raro se me hacía llamarlo así ahora. Giró la cabeza hacia mí.
—¿Cuánto llevo dormido?
—Un rato.
—Preciso como un informe clínico.
—Soy conductora, no doctora.
—Podrías haberlo sido.
—Si me gustara estudiar y las heridas de bala, probablemente. La media no me daba ni para podóloga.
Me observó con esa mirada suya que siempre me había puesto nerviosa, como si pudiera leer la tensión arterial de mis mentiras.
—¿Adrián está aquí?
—Sí.
—Ha hecho un sacrificio enorme por ti. —Ahí iba.
Yo sin querer darle malas noticias y él presionando.
Así no se podía—. Me jubilo este año. El hospital necesitaba cubrir mi plaza y sugerí su nombre.
Les pareció un gran fichaje. Cobrará menos, bastante menos, pero la vida aquí también es más barata. Aceptó porque ha venido a por todas.
Retorcí mis dedos sobre el regazo. Ese «a por todas» era un «a por ti».
—No tuviste que hacerlo. No debiste meterte.
—¿Por qué?
—Porque no lo quiero.
Lo dije muy bajo. Con vergüenza. No porque fuera una revelación nueva, sino porque decirlo delante de mi padre hacía que sonara oficial.
Él no respondió al momento.
—Entiendo.
—¿Entiendes?
—No soy idiota, Verónica. Solo torpe en algunas áreas.
—¿En algunas?
Me miró mal. Pero muy poquito.
—No tenía ni idea de que lo vuestro estaba acabado. De haberlo sabido, yo no…
La voz se le apagó. Y ahí, por primera vez en mucho tiempo, no vi al catedrático ni al médico. Vi a un señor mayor, cansado y asustado, con pinta de haber intentado ayudar y haber metido la pata hasta el fémur.
—No pasa nada. No tenías por qué saberlo. Hace mucho que no nos contamos este tipo de cosas.
Aquello sí le dolió. Se le notó en cómo apartó la vista hacia la ventana.
—Nunca quise que fuera así. Seguro que a tu madre sí se lo hubieras contado, siempre estuvisteis muy unidas.
—Ella era mi madre.
—Y yo tu padre.
La frase no tuvo filo. Tuvo cansancio.
—No siempre lo parecía. No es un reproche…
—Yo trabajaba mucho: las guardias, las clases, los congresos. Elena entraba en una habitación y la llenaba. Yo entraba y la gente se sentaba recta. A veces envidiaba vuestra complicidad, si soy honesto. Después vino el divorcio, su enfermedad, y la distancia creció sin que supiera cómo atajar.
Noté el picor en los ojos y lo odié con todo mi ser. Yo no había venido a hacer terapia familiar entre goteros.
—No hace falta que te esfuerces —dije—. Sé la verdad, por qué te comportabas así conmigo.
Mi padre volvió la cabeza.
—¿Qué verdad?
Saqué aire.
—Mamá me dejó una carta junto a una pulsera y una llave. Sé lo que ocurrió el verano antes de vuestra boda, leí su diario y ahora entiendo muchas cosas…
Mi padre entrecerró los ojos con resignación.
—Tu madre y sus cosas. Mira que le dije que no te contara nada —murmuró—. Pero ella, a su modo, siempre hizo lo que le dio la gana, incluso después de muerta.
El mundo hizo una pausa dentro de mí.
—¿Sabías lo que pasó aquel verano?
—Sí.
—¿Los escarceos de mamá?
—Sí, claro.
—¿Sí, claro? Papá, no te estoy diciendo que mamá escondiese tickets de compra del Zara, sino que se tiró a tres hombres antes de darte el «sí, quiero».
—Me lo contó nada más llegar.
—¿Y te casaste con ella igual?
—Adoraba a tu madre.
—Eso no responde.
—Sí responde, solo que no te gusta lo que oyes.
Me levanté de la butaca porque necesitaba moverme o iba a arrancarme la piel a tiras.
—¡Pasó un verano con tres hombres!
—No hace falta que hagas leña del árbol caído. Elena solo había estado conmigo y necesitaba experimentar antes de unirse a mí para siempre. Yo la entendí y la perdoné.
—Es que eso son tres posibilidades de que yo no sea hija tuya.
Se lo aclaré por si, por muy catedrático que fuera, no lo pillaba.
—No vino embarazada de nadie, Vero. Eso te lo puedo asegurar.
—¡Sí lo hizo! ¡Soy sietemesina! ¡Tú y yo no nos parecemos!
—A tu madre le vino la regla en nuestra noche de bodas.
La frase se estampó contra la pared, contra el gotero y contra mi cara.
—No necesitaba ese dato.
—Yo tampoco necesitaba recordarlo con este nivel de precisión. Fue incómodo y bastante decepcionante para un recién casado de veintitantos con expectativas absurdas.
—Papá, por favor.
—Tú has abierto la investigación.
Me tapé la cara con las manos.
—Hay mujeres que tienen sangrados estando embarazadas.
—¡Tu madre no estaba embarazada! —replicó con insistencia—. Naciste cuando naciste porque te dio la gana, cosa que, visto tu carácter, tiene bastante sentido.
—No tiene gracia.
—Un poco sí.
Lo miré con ganas de lanzarle la jarra.
—¿Y mis ojos?
—Mi madre los tenía iguales.
No recordaba a mi abuela paterna. Había muerto antes de que yo naciera. En mi cabeza era una foto en blanco y negro, un nombre mencionado en comidas familiares y poco más.
—Nunca me lo dijiste.
—Nunca preguntaste.
—Porque nadie habla de genética en la sobremesa como quien comenta el gazpacho.
Él alzó una ceja, agotado, pero con un brillo raro en la mirada.
—Podemos hacernos un test si eso hace que te quedes más tranquila. Yo no tengo ninguna duda, pero si tú sí la tienes…
—¿Lo harías?
—Por supuesto .
Sin orgullo herido, sin teatro.
—Y deja que te diga una cosa, aunque no saliera coincidencia —añadió—: quiero que tengas claro que tú siempre serías mi hija.
Puede que no sea el padre más cariñoso del mundo, ni el hombre con el que puedas tener más feeling , pero soy el tuyo y, aunque te parezca mentira, te quiero y deseo que seas feliz.
Eso sí te lo digo con toda la certeza que tengo.
No lloré. Bueno, quizá un poco sí. Pero no como en las películas.
No hubo música. Solo mi padre, en una cama de hospital, diciendo tarde y mal lo que quizá yo había necesitado oír toda la vida.
—Anda, ven aquí, mi niña.
Me acerqué, él levantó un brazo con cierta torpeza. Lo abracé, su mano cayó en mi espalda. Ligera al principio. Después un poco más firme. Olía a hospital, a jabón neutro y a mi padre, que era una mezcla que yo no sabía que recordaba hasta que aspiré.
Cuando me separé, a los dos nos brillaban los ojos.
—Deberías descansar —dije, enjugándome las mejillas con la manga.
—Deberías hablar con Adrián.
—Lo hice en el avión.
—¿Y?
—Creo que le rompí el corazón a un médico brillante. Mi currículum sentimental sube de nivel.
—Procura no hacerlo con el siguiente.
Me reí. Esta vez de verdad.
Mi padre cerró los ojos, agotado, pero con la boca un poco más suave.
Fui a Punta Salvaje convencida de que el misterio era una paternidad. Que, si resolvía eso, lo resolvía todo. Pero la carta de mamá no decía «ve a buscar a tu padre» en ningún punto.
Decía que fuera. Que viviera. Y yo lo había confundido con un misterio porque era más fácil buscar un origen que a una misma.
Y quizá por eso dolía tanto admitirlo: porque no había viajado hasta Punta Salvaje para descubrir de quién venía, sino para decidir, por fin, hacia dónde coño quería ir.