Nunca serás mi romcom Capítulo 67
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Capítulo 67

La voz me atravesó la borrachera como una bofetada con anillos.

No. No podía ser.

Mi cuerpo hizo algo ridículo: dejó de pertenecerme. El vaso se me quedó en la mano, el ron me quemó la lengua y Brody giró la cabeza hacia la puerta con esa cara suya de «como esto sea una alucinación, que nos pille con alcohol en sangre».

Y entonces llegó el grito.

—¡Hostia puta!

Ahí sí reaccioné.Porque el amor de tu vida puede reaparecer cuando tú ya lo has enterrado entre serrín, ron y autocompasión barata, pero, si además lo hace gritando como si le estuvieran amputando una extremidad, el cerebro necesita reiniciarse con Windows 98.

La puerta terminó de abrirse y apareció en todo su esplendor.

Iker. El vasco. El tío que debería haberse largado con su padre, con su vida de olas gigantes, patrocinadores, la sombra de Nazaré pegada al cogote y mandíbula indecente.

Iker estaba frente a nosotros, en el taller de Brody, con una mochila al hombro, el pelo revuelto por el viento y una chancla medio levantada, como si acabara de sobrevivir a un ataque zombi de baja estatura.

Sentí tantas cosas a la vez que ninguna encontró salida. Alegría, miedo, rabia, ganas de besarlo, ganas de pegarle con uno de los martillos de mi hermano y una necesidad absurda de preguntarle si había comido. Muy digno todo. Muy hombre independiente.

—¡¿Qué haces aquí?! —solté .

Iker señaló hacia abajo con una indignación tan seria que casi me desmontó.

—Por ahora, sobrevivir a esa tortuga que ha querido comerme. ¿No la alimentáis bien o qué?

Miré al suelo. Garfio asomaba por detrás de la puerta con su parche torcido, el ojo bueno fijo en el pie de Iker y la energía sexual de un marinero con permiso de fin de semana.

—Tiene disforia de especie —le aclaré, como si al decir eso todo cobrara sentido.

Brody, desde el banco, con la botella en la mano y la dignidad enterrada junto a la mía, gritó:

—¡Lánzale tu chancla y te dejará en paz!

—¿Qué?

—La chancla, Euskadi. O te viola el empeine —le insistió.

Iker se quitó la chancla con una mezcla preciosa de confusión y fe en la fauna local, la lanzó hacia el fondo del patio y Garfio salió detrás con una velocidad ofensiva para un animal que parecía una piedra con patas.

Iker cerró la puerta tras de sí, alucinado.

—¿Piensa que es un perro?

—Mucho peor —murmuré—. Su compañera sexual.

Iker me miró divertido. Levanté un dedo.

—No. Ni una pregunta. No estamos en un punto emocional que permita hablar de la vida íntima de una tortuga tuerta.

Él sonrió y yo casi me fui a la mierda allí mismo.

Porque lo había dado por perdido. Me había hecho a la idea.

Me había arrancado el corazón con mis propias manos, lo había envuelto en papel de periódico y había escrito encima: «Harley Pache, idiota oficial, no abrir antes de dos o tres crisis nerviosas».

—Iker —repetí, con la voz más ronca de lo previsto—. Puedes responderme. ¿Qué haces aquí?

La sonrisa se le apagó lo justo para que me entrara frío por dentro.

—No podía irme sin decirte algo.

Ahí estaba. La segunda despedida. La puñalada con giro de muñeca.

—Pues dilo —dije, apretando el vaso—, antes de que tu padre venga a por mí con una pala y haya cavado mi fosa en el mirador.

Iker negó.

—No lo hará. Ya no está aquí; se ha ido.

Parpadeé.

—¡¿Cómo que se ha ido?! ¿Sin ti?

—Sip. Ha vuelto a Getxo.

Brody nos miró a los dos. A mí, convertido en una tragedia con camiseta arrugada. A Iker, con toda la pinta de haber venido a reescribir el final. Mi hermano se levantó, cogió la botella y pasó por nuestro lado.

—Yo voy a por tabaco.

—Pero si no fumas.

—Y tú no sabes gestionar sentimientos y aquí estamos, cada uno con su cruz.

Abrió la puerta, miró a Iker de reojo y añadió:

—Si lo rompes más, te uso para lijar puertas.

—Brody… —mascullé.

—¿Qué? Estoy siendo hospitalario.

Y se largó. La puerta se cerró.

Iker dio un paso hacia mí. Solo uno, y, aun así, mi cuerpo se puso en alerta como si acabaran de anunciar una auditoría de Hacienda, una invasión alienígena y una visita sorpresa de mi ex, todo junto.

Retrocedí hasta topar con la mesa de trabajo. Iker siguió avanzando hasta apoyar las manos a ambos lados de la madera, encerrándome en una jaula de brazos. Demasiado cerca.

—Ayer recibí un mensaje.

—Como sea de tu padre para pedir mi dirección, no estoy.

—De una discográfica importante.

Mi cerebro tardó en girar.

—¿Qué?

—Vieron el vídeo cantando en el bar. Dicen que creen que puedo tener una carrera en la música; al parecer, no se me da mal.

Lo miré.

Claro que podían creerlo. Tenía voz, cara, cuerpo y esa actitud de tío roto que a las fans les hace perder la cabeza en los conciertos.

—A mí no me extraña. Eres guapo, tienes carisma y eres un surfista de éxito. Serían gilipollas si no te lo hubieran ofrecido. ¿Eso era lo que me querías decir antes de largarte?

Iker bajó la mirada a mi boca.

—¿A qué viene tanta prisa, jefe?

Me entró calor en sitios bastante poco literarios.

«¡Este tío nunca va a ser tu romcom , despierta, Harley!».

—A que me estás poniendo de los putos nervios.

No juegues conmigo, Iker, joder. Por si no te has dado cuenta, llevo encima más ron del recomendable y estoy en una situación que podría clasificarse como mapache atropellado intentando montar un mueble de IKEA con las instrucciones en sueco. Así que no me jodas más.

Su boca rozó la mía con intención de torturar.

—No pensaba hacerlo. O al menos, solo en el sentido más figurativo de la palabra.

Se pegó a mí. Me mordió el labio y yo, que cinco minutos antes estaba en fase viudo frente al ataúd, casi me descompuse.

— Acho , tío, joder, en serio… ¿Qué cojones es esto? ¿El polvo de despedida?

—Prefiero el de bienvenida. ¿Recuerdas que me he postulado a ser tu camarero?

Abrí mucho los ojos. La borrachera, el miedo y la erección mental me iban a cámara lenta.

—Iker…

—Anoche fui al mar —siguió—. Necesitaba escucharlo sin mi padre dentro de la cabeza, a solas, y me habló.

Me acarició la muñeca, justo donde yo estaba apretando el vaso como si fuera lo único que me sujetaba al planeta.

—Lo escuché y entendí que no quiero volver a competir.

El pecho me dolió.

—Mi felicidad sigue estando en el agua, pero no así. No jugándome el cuello para demostrar que sigo siendo el de antes. Me hace feliz enseñar. Ver a los críos subirse a una tabla con miedo y bajar creyéndose inmortales, eso sí me gusta, y lo he descubierto gracias a ti.

Su mano subió por mi brazo.

—Y cantar. Me flipa cantar; otra cosa que te debo. No sé qué saldrá de lo de la discográfica, pero es mío. Por primera vez en años, algo es mío y no de mi padre, ni del circuito, ni de Nazaré.

Tragué saliva.

—Y sí —añadió, con una media sonrisa—, servir chupitos calientes en un puñetero bar con vistas al acantilado también me gusta, solo por verte celoso y frunciendo el ceño. Aunque sea temporal.

Se acercó a mi boca sin besarme.

«Cabronazo».

—Pero lo que de verdad me gusta eres tú.

Me reí fatal.

—No digas esas cosas si no quieres que haga el ridículo.

—Me pillé de ti nada más verte. No porque fueras el más guapo, ni el más listo, ni porque tengas un culo de vicio .

—¡Oye!

—Bueno, también por eso, que para mí eres la puta hostia.

Se me escapó una risa tonta, la muy traidora.

—Sobre todo, lo que me volvió loco fue que nunca me trataste como los demás. Tú veías al tío, no al surfista profesional, a la estrella.

Los ojos empezaron a arderme. ¡Qué humillante!

Llorar en un taller, borracho, con olor a madera y una tortuga masturbándose con una chancla a tres metros.

—Nunca me he sentido tan querido —siguió—. Ni tan respetado. A tu lado me gusto más, Harley, y lo quiero todo contigo.

Ahí me rompió. Entero. Porque nadie me había dicho algo así jamás. Nadie había mirado mis manías de cerca, mi mala leche y mis miedos, y había decidido escogerme y quedarse.

—Te quiero con locura, txiki . Y ahora sé que puedo vivir sin surfear olas gigantes, pero me ha bastado un día sin ti para verme en el infierno. Si no estás a mi lado, no puedo ser feliz, eso sí lo tengo claro.

Me pasé una mano por la cara.

—¿Estás seguro?

Iker sonrió.

—Tanto que le he dicho a mi padre esta mañana que no vuelvo a Getxo.

Me he pasado tres horas con la de la inmobiliaria porque ya había dejado el apartamento y he alquilado una casa preciosa en el pueblo de al lado.

Está a siete kilómetros. Puede que no cocine tan de la hostia como tu hermano o como tú, pero, si te mudas conmigo, prometo aprender de los mejores y comprar un café decente para que podamos beberlo por las mañanas con vistas al mar.

Me rozó la nariz con la suya. Era la proposición más increíble que nadie me había hecho.

—¿Qué me dices, txiki ? ¿Te vienes a vivir conmigo?

No contesté al instante. Porque mi cabeza buscó la trampa. La caída. El «era broma». El «solo hasta septiembre».

Pero él seguía ahí. Esperando. Temblando un poco también, el muy vasco.

—Sí.

La palabra salió un poco floja; carraspeé.

—¡Sí, joder!

Lo besé. A saco. Con todo lo que no había sabido pedir. Con la rabia de haberlo soltado. Con la alegría salvaje de tenerlo delante. Con la certeza absurda de que igual, por una vez, no tenía que perder.

Iker me levantó del suelo y me sentó sobre la mesa de trabajo. Mi camiseta salió volando.

—Menos mal —murmuró contra mi boca—. Estaba de los putos nervios.

Solté una carcajada medio llorosa.

—Pues disimulas como el culo.

Tiré de la cinturilla de su pantalón para traerlo de vuelta.

—Y, para que conste, yo también te quiero. Mucho, de una forma bastante vergonzosa para mi marca personal de señor borde y de mal carácter.

Iker sonrió contra mi boca.

—Me vale.

—Más te vale. Acabas de alquilar una casa a siete kilómetros de mi familia, de mi bar y de una tortuga que se folla calzado. Esto no es amor, es una enfermedad grave.

—Es amor y del grande.

Lo miré.

—Vale —murmuré—. Pero, si no aprendes a hacer café, te dejo —mentí nervioso.

—Aprenderé rápido.

Desde el fondo del taller se oyó la chancla arrastrándose y unos gemidos un tanto hoscos.

Iker miró hacia allí.

—¿Qué me dices? ¿Le enseñamos cómo se folla a la tortuga?

—Ni de coña. Bastante tengo con competir contra una puta tabla de surf, el mar y ahora también una chancla sexy .

Iker soltó una risa ronca contra mi cuello.

—No puedo creer que acabes de llamar sexy a una chancla.

—Estoy enamorado y borracho. Mi criterio está muerto en una cuneta.

Me besó otra vez y en esta ocasión ya no lo solté.

Mientras el viento del mar entraba por una ventana abierta del taller, las olas rompían ahí fuera y el vasco que casi dejo escapar me agarraba de la cintura como si pensara quedarse toda la vida, entendí algo importante:

Hay gente que nace para perseguir olas gigantes. Otros descubrimos tarde que la verdadera locura no es surfearlas, sino encontrar a alguien capaz de hacerte querer volver siempre a la orilla.