Nunca serás mi romcom Capítulo 66
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Capítulo 66

La escultura seguía donde la dejé, tapada como si la muy cabrona también necesitara guardar luto.

Con la misma sábana sobre la que Vero y yo… Mejor no pensar en ello. Pensar era una forma elegante de abrirme la yugular yo solo.

No tenía cojones de levantar la tela desde que ella se marchó con Adrián, con el puto Adrián de las narices.

No había dormido apenas.

Me senté un rato en la silla del fondo cuando empezó a amanecer y desperté con el cuello hecho mierda y la misma sensación de vacío pegada al pecho.

Seguía con la camiseta del día anterior, tenía serrín hasta en las pestañas y una barba que ya empezaba a parecer una declaración de abandono personal.

Y, aun así, ahí estaba, porque cruzar el patio y subir a mi cuarto sería peor.

Demasiado silencio. Su aroma pegado a mis sábanas. Sus risas rebotando en rincones en los que ya no estaba. Sus jadeos almacenándose en mi boca y aquellos ojos que contenían todo lo que me moría por ver.

No había sido capaz de lavar la taza que dejó junto al fregadero.

Las chanclas atravesadas en el patio como estrategia para Garfio.

Así que me quedé en el taller, trabajando o intentándolo.

No en su escultura. En cualquier otra cosa: una mesa pendiente, un marco, una puerta de armario.

Lo que fuera menos acercarme a la puta escultura .

Porque sabía perfectamente lo que iba a pasar en cuanto levantara la sábana y la tocara.

Que volvería a verla tumbada sobre la sábana. Desnuda, entregada. Mirándome mientras memorizaba su piel con las manos llenas de virutas.

Todo iba bien hasta la llegada de Adrián.

Hasta su entrada, su beso, su declaración, la cajita y el jodido anillo. El pack completo.

El médico de los cojones se había marcado un «si tú me dices ven, lo dejo todo» en la entrada de mi puñetera casa, con su cajita, su vida impecable y esa cara de hombre que sabe conjugar futuro sin que le tiemble la voz.

¿Y qué narices era yo? ¿Una maldita ONG? ¿Placeres sin fronteras? ¿El voluntario que te folla, te arregla la vida y luego te carga la maleta para que vuelvas con el hombre serio?

Porque había hecho justamente eso y encima le dije que la cuidara. A ese nivel de subnormalidad llegamos los artesanos cuando nos ponemos finos: hasta la derrota la entregamos bien lijada.

Apreté demasiado la lija contra el borde de la madera.

—¡Eres gilipollas, Pache!

La pulsera de Vero chocó contra la mía al mover la mano.

Bajé la vista. La suya con una tortuga azul; la mía, blanca. Pequeña. Ridícula para todo lo que removía.

No había sido capaz de quitármela ni de llevarla a Cala Escondida, porque, si era franco conmigo mismo, sabía de sobra que no iba a volver.

Adrián sí había sido capaz de hacer más cosas en cinco minutos que yo en mes y medio.

Vino a buscarla. Plantó una vida entera delante de ella y se la llevó.

¿Qué coño había hecho yo además de follármela como si compitiera con el orco de sus audiolibros?

Nada. Bueno, sí, callarme como un imbécil y no decirle lo que de verdad sentía, lo que de verdad quería.

Porque resulta que, a mis treinta y siete años, seguía teniendo la inteligencia emocional de un gnomo de jardín.

Sabía lo que sentía por ella y, sin embargo, me callé.

Lo sabía cuando se quedaba dormida encima de mí, cuando llenaba la casa de ruido, cuando me miraba como si yo fuera algo más que un simple carpintero cansado en un pueblo perdido .

Y no, no dije nada porque el miedo hacía eso: te convencía de que todavía quedaba tiempo hasta que aparecía un médico elegante, con un pedrusco en el bolsillo, y te pasaba por encima sin mancharse los zapatos.

Me reí por lo bajo.

—¡Buen trabajo, Brody!

La lija resbaló.

El canto metálico me abrió el nudillo.

—¡Hostia!

La sangre salió enseguida.

Me quedé mirándola un segundo antes de chuparme el corte por pura costumbre y darle una patada a la caja de herramientas.

La caja salió disparada contra la pared y lo que había en su interior se desparramó por todas partes.

«Perfecto. Madurez emocional nivel bosque quemado».

La puerta del taller se abrió justo después.

Harley apareció con una botella de ron en una mano y la misma cara de entierro que debía de llevar yo.

Nos miramos un segundo.

—Bonito ambiente —dijo—. Huele a muerto…

—Soy yo, que no me he duchado, aunque todavía estamos a tiempo si damos caza al médico correcto. Sé dónde enterrarlo.

A estas alturas de la película sabía que India le habría ido con el cuento a mi hermano.

Entró, cerró con el pie y dejó la botella sobre el banco.

Llevaba arena pegada en las piernas, la camiseta del campamento arrugada y el gesto torcido. Muy torcido.

No preguntó cómo estaba.

Menos mal.

Cogió dos vasos de una estantería y sirvió ron sin preguntar.

—India me ha puesto al día esta mañana.

Parecía mentira que yo la hubiera criado…

—Eso nunca es buena señal.

—Según India, el médico empezó dando vibes de marido premium , pero luego se le puso cara de cringe . Tú sigues siendo el crush , el shippeo no ha muerto y todo esto solo está chill por la llamada de teléfono.

—No estoy lo bastante borracho para entender eso.

—Yo apenas empiezo a dominar. Te lo resumiré: nuestra hermana apuesta por ti; el problema es que estás más jodido que el novio de la prota de una peli de Antena 3 a las tres de la tarde.

—Esos siempre mueren .

—Por eso mismo.

—Voy a tirar a nuestra hermana al mar.

—Pesa poco. Volverá flotando.

Me tendió un vaso. Bebí.

Harley apoyó la cadera en el banco y miró alrededor hasta detenerse en la sábana que cubría la escultura.

No dijo nada al principio.

—¿Es la pieza en la que estabas trabajando?

—Exacto, la que cierra la colección. No he podido tocarla.

Harley apuró otro trago.

—Pero Vero dijo que volvería, ¿no? —preguntó comedido.

—La gente dice muchas cosas cuando se va. Mira Elena…

Harley soltó aire por la nariz.

Me apoyé contra la mesa e hice crujir mi cuello.

—Vero no es su madre.

—Puede que sí, puede que no, no lo sabemos. Lo peor de todo es que no puedo odiar al médico, porque yo habría hecho lo mismo si fuera a perder a Vero: jugar todas las cartas.

—Eso jode muchísimo.

—Ya lo creo. Cruzó el Atlántico. Vino a buscarla, dio la cara, le ofreció todo y yo me quedé mirando como un capullo sin posibilidades. Ni siquiera lo intenté, lo ayudé a meter la maleta en el coche y le pedí que la cuidara. Soy lo puto peor.

Harley hizo una mueca.

—Qué asco dan los hombres decentes cuando no somos nosotros.

Eso me arrancó una risa pequeña que apenas duró.

—¿Y tú? —pregunté—. Tienes cara de que te han atropellado dos veces.

Mi hermano se terminó el vaso de golpe.

—Más bien seis. El vasco se fue y digamos que yo también le puse las cosas fáciles.

Levanté la cabeza.

—Joder, lo siento, no tenía ni idea… ¿Ha sido hoy?

Hizo un aspaviento con la mano.

—Qué va, ayer. Y como soy imbécil preferí dormir en el campamento antes que venir aquí a contarle a mi hermano que he dejado al único tío que me hacía feliz para que pueda morir ahogado por una ola gigante, que es un detalle precioso por mi parte.

Muy generoso. Muy gilipollas. Casi bíblico.

Ahora dime, ¿quién es el más patético de los dos?

—Estamos como para presentarnos a un concurso.

Harley volvió a llenar los vasitos mientras la verdad y el dolor flotaban entre frases de mierda y ron barato.

Nos quedamos un rato así. Bebiendo.

Dos tíos hechos polvo vaciando tragos uno detrás de otro.

—Lo peor —dijo Harley al rato, mucho más lento— es que ni siquiera puedo enfadarme bien.

—¿Por?

—Porque fui yo quien lo dejé.

Resoplé una risa.

—Eres catedrático en cagarla con los tíos.

—Habló el botones del amor. Te dejarían propina por tus servicios al menos.

—Cabrón.

—Nuestro destino está escrito. Terminaremos solos, en una residencia que admita una tortuga adicta a los zapatos y con más vida sexual que tú y yo juntos. Menuda vejez nos espera.

Toqué la pulsera de Vero con el pulgar. Harley la observó de reojo; después me miró a mí.

—Me he enamorado como un imbécil. Que es mi especialidad.

—¿Más que Garfio de una chancla?

—Peor. Somos patéticos, Pache.

En esta familia los hombres sabíamos sostener casas, bares, talleres y críos.

Lo de sostenernos a nosotros mismos nos salía bastante más regulero.

Los vasos volvían a estar llenos; esta vez no fui yo quien los rellenó.

—A este ritmo vamos a terminar muy pedos.

—Hoy no abro el bar —farfulló.

—¿Y eso?

—Me faltan camareros y me sobra depresión.

—India puede ayudar.

—India puede hundir un negocio en cuarenta minutos y hacerse viral. Además, es menor.

—También es verdad.

Y justo entonces la puerta se abrió de repente.

Después llegó la voz: alta, cantarina, conocida.

—¡¿Cómo que faltan camareros?! El puesto es mío.

Harley dejó de respirar.

Mi hermano se quedó completamente mudo. Yo giré la cabeza hacia la puerta sin dar crédito, con el pulso acelerado .

«¡Hostia puta! ¡No puede ser!».

Quizá la cosa todavía pudiera salir bien, porque la persona que acababa de entrar era capaz de joderle la vida, o de arreglársela a uno de los dos.