Capítulo 65
Adrián me miraba con la paciencia de un hombre que ha ensayado este momento suficientes veces como para no necesitar una respuesta de inmediato.
Y la cajita seguía abierta en su mano.
El anillo brillaba con una falta de vergüenza absoluta, ajeno a que mi ex acabara de aparecer en Cádiz sin avisar, anunciar que había dejado Houston por mí y plantarme una propuesta de matrimonio justo después de que Brody Pache me hubiera alineado cada maldito chakra sobre una sábana en su taller.
El universo, cuando se ponía creativo, no se conformaba con empujarte. Te ponía tacones y luego engrasaba el suelo para que la hostia fuera de las épicas.
Yo seguía con la camiseta mal puesta, el pelo como si me hubiera atacado una banda de palomas dispuestas a hacerse un nido y las piernas con el temblor del segundo orgasmo.
Detrás de mí sentía a Brody sin tener que mirarlo.
En la nuca, en la espalda, en esa parte del cuerpo que sabe cuándo alguien importante está sufriendo aunque no diga ni Pamplona.
India también estaba ahí, claro. El universo jamás iba a regalarme una tragedia griega sin público adolescente.
Adrián sonrió apenas y ese fue el problema.
Si hubiera venido desencajado, con exigencias, yo habría podido agarrarme a algo.
La rabia, por ejemplo. Una emoción muy útil en estos casos.
Pero él no estaba fuera de sí, porque era un hombre paciente.
Estaba entero, sereno, convencido de que por una vez estaba haciendo lo correcto, lo que yo esperaba de él y quizá, en un pasado, unos meses atrás, habría sido así .
El hombre con el que llevaba teniendo una relación de diez años acababa de aceptar una oferta en el hospital de La Palma por la que tendría un sueldo mucho peor.
Había entendido que si me quería no debía pedirme que cambiara mi vida por la suya, sino cambiar la suya por mí.
No era cruel, no era egoísta, no era un villano con música de peli de suspense. Era Adrián siendo razonable, generoso y oportuno con la misma precisión con la que alguien te clava un cuchillo limpio sin ensuciarse la camisa.
—Adrián… —No me salían las palabras. O al menos unas con las que no herirlo—. Yo… —pronuncié, apagada.
Separé los labios para añadir algo más. Algo sensato, que no sonara a rechazo ni a culpa ni a todo lo que no podía decirle delante de Brody y de India. Que no apagara aquellos ojos avellana cargados de esperanza y entusiasmo.
Entonces el soniquete de mi móvil interrumpió la escena. Lo había dejado en la cocina antes de ir al taller. Me giré a duras penas, topándome con lo que ya sabía.
Brody estaba a dos metros, rígido, expresión ladeada, mirando a algún punto del suelo, mientras India corría en busca de mi teléfono con un «yo te lo traigo» que me anudó las tripas.
El sonido y la realidad cortaron la escena como una piedra contra un escaparate.
Un tono, dos tonos, tres… Al cuarto apareció entre mis dedos.
—Ten.
Miré la pantalla.
Hospital General de La Palma.
El estómago se me cayó al suelo, o mejor dicho, al subsuelo, porque aquello no podía significar nada bueno.
Adrián cerró la cajita de golpe, sin dramatismo, y su cara perdió esa suavidad esperanzada para dar paso a la expresión del médico.
Respondí.
—¿Sí?
Al otro lado se oyó una voz femenina pronunciando mi nombre completo cerrado con interrogante.
—Soy yo.
—Soy la doctora Méndez, del Hospital General. Llamamos por su padre, Ricardo Francisco Olmedo.
El pasillo, la entrada, la casa, todos los ojos clavados en mí se alejaron un poco. Sentí el teléfono pegado a la oreja y mi mano de pronto demasiado torpe para sostener nada.
—¿Qué le ha pasado a mi padre?
La doctora habló con voz medida. Episodio cardíaco. Ingreso, estable, observación, pruebas. «Sería recomendable que viniera». Una batería de frases que sonaron como disparos directos a mi corazón.
—¿Sigue ahí? ¿Me ha entendido, señorita Francisco?
¿Lo había hecho?
—¿Hola?
—Eh, sí, claro, disculpe, es que estoy en shock .
Y lo estaba. La doctora me dijo que era comprensible y que, aunque mi padre estuviese fuera de peligro, que hubiese pedido que no me molestaran, debería ir y acompañarlo.
Papá no era un hombre fácil. Tenía la ternura de una mesa de notario y esa habilidad suya para hacerme sentir una versión defectuosa de la hija que habría podido ser si no me hubieran pesado tanto los estudios.
Pero era el hombre que me enseñó a leer las matrículas de los coches en los viajes para que no me mareara.
El que me llevaba a la librería los viernes por la tarde y me dejaba escoger un libro aunque luego fingiera que la fantasía le parecía una pérdida de tiempo.
El que corrió detrás de mi bici sujetando el sillín hasta que me solté, aunque después dijera que no había sido para tanto.
El que me llamaba Verónica con los dos apellidos cuando estaba enfadado y Vero cuando creía que yo dormía para depositar un beso suave en mi sien.
El mismo que se divorció de mamá. Al que hice culpable en silencio porque ella nunca volvió a ser la misma y después se la llevó el cáncer.
No era perfecto. No obstante había estado ahí desde que nací y fue la persona que me sostuvo en sus brazos por primera vez. El primero que me abrazó cuando ella falleció y yo no podía perder a nadie más cuando el duelo seguía formando parte de mí.
—Saldré en el primer vuelo —respondí antes de colgar.
Adrián me tomó por los hombros con firmeza, no para invadirme, sino para sujetarme.
—¿Está estable?
Deduje que habría podido escuchar la conversación.
—Sí.
—¿Consciente?
—Episodio cardíaco fruto del estrés —mascullé, y la voz se me quebró—. Ingresado. Tengo que irme. Ahora. —Noté cómo se me humedecían las mejillas.
Las lágrimas cayeron sin que pudiera controlarlas.
Iba a ser verdad eso de que las desgracias nunca venían solas .
—Yo me ocupo. Coge tus cosas, ahora mismo reservo dos pasajes de vuelta.
No me soltó un «tranquila», que es la frase más inútil del idioma cuando alguien se está deshaciendo.
Adrián hizo lo que Adrián sabía hacer: organizar para que alguien hecho pedazos no tuviera que esforzarse.
Vuelo, coche, empujarme a hacer la maleta.
Yo asentí a todo porque en ese momento necesitaba a alguien que se encargara de cualquier cosa mientras yo solo podía pensar en que tal vez iba a perder también al hombre que me había criado.
—Dame diez minutos.
Él asintió. Me soltó. Me giré y deshice parte del camino.
Brody estaba unos pasos más atrás, junto al inicio del pasillo, con India a su lado. Lo había oído todo. No hacía falta repetirlo. Él tenía esa forma de entender las desgracias antes de que una terminara de ponerles nombre.
No dijo nada. Y eso me dolió más que si hubiera gritado.
—Mi padre —pronuncié temblorosa cuando estuve a su lado—. Ha tenido un problema en el corazón. Está estable, pero tengo que ir a La Palma de inmediato.
Tragó. Su nuez subiendo y bajando. Las manos a los lados del cuerpo, enormes, inútiles por una vez. Manos hechas para arreglar cosas y sin nada que arreglar porque los corazones no están hechos de madera.
—Me voy contigo.
Lo dijo bajo, sin titubeos.
—No puedes. —Mi rostro seguía empapándose y me daba rabia—. Está la exposición, es tu oportunidad, Brody, debes aprovecharla.
—Pero…
—No hay peros, no puedes dejar sola a India; Harley tiene mucho trabajo en el campamento, el bar y está el taller. Aquí te necesitan y yo debo ir. No puedo quedarme. Lo entiendes, ¿verdad? —Quise asegurarme.
Miró a India de soslayo. Ella tenía los ojos brillantes y la boca cerrada con una fuerza que no le pegaba nada.
Me abrazó con fuerza.
—Lo siento mucho, Vero.
La acaricié.
—Yo también…
Brody se limitó a mover la cabeza. Como si aceptar mi partida le costara años de vida.
—¿Necesitas que te ayude con la maleta? —preguntó .
Negué. Si me tocaba me quedaría pegada a su pecho y no me movería jamás.
Subí las escaleras sin ver bien los escalones. Por una vez el miedo se había ido a otro lugar más importante.
Entré en la habitación y abrí la maleta encima de la cama. Metí la ropa sin criterio, el neceser, el cargador, las sandalias. Las manos me temblaban. Cerré como pude y salí.
Brody estaba esperando en el pasillo para ayudarme.
No dijo nada. Solo cogió el equipaje para bajarlo, porque era Brody y porque Brody cuidaba así, quitándote peso.
India me agarró del brazo.
—Yo te ayudo a bajarlas —murmuró—. No te vas a caer, te lo prometo.
Se me escapó una risa rota que me llenó de ternura.
—Gracias por el apoyo.
Bajamos. Mis ojos abandonaron los escalones para afianzarse varias veces en los amplios músculos de la espalda que había amado estas semanas con una intensidad absurda.
Al llegar al último peldaño no calculé bien, el tobillo se golpeó contra el quicio de la pared y bajé la vista por inercia.
La pulsera.
Ahí estaba, como una advertencia final de lo que había ocurrido entre aquellas cuatro paredes. Azul y blanca, con el abalorio marino que ya no era un objeto sino un nudo.
Mi madre, Punta Salvaje, el verano, Brody, todo concentrado en algo tan pequeño que cabía entre dos dedos.
Supe de inmediato lo que tenía que hacer.
Me agaché, me la quité y se la tendí a él cuando se plantó frente a mí esperando que diera el último paso.
No se movió cuando se la puse en la mano. Sus dedos estaban abiertos. Los míos temblaban.
—Necesito que te la quedes. No puedo llevarla a Cala Escondida —dije, y la voz me salió desde un sitio demasiado profundo—.
Pero quiero que la dejes tú por mí. Hay muchas cosas entre nosotros que todavía no se han resuelto, cosas que nos hemos dicho y otras que no, y sé que esto parece lo que no es.
Así que déjala hasta que regrese a por ella.
Miré hacia la puerta, hacia Adrián, hacia el coche que me aguardaba fuera. Él siguió la dirección que tomaba mi mirada hasta que regresé a él. Sabía cuánto le importaba que lo mirara a los ojos.
Lo tomé de la cara .
—Oye, quiero que te quede claro que volveré, Brody. Te lo prometo.
Cerró los dedos alrededor de la pulsera. Uno a uno con temor.
Apoyó la frente contra la mía, mientras su agitada respiración me mostraba que no estaba tan tranquilo como aparentaba.
—Céntrate en lo que de verdad importa y ve con tu padre, eso es lo único que debes hacer ahora.
Lo importante. Lo urgente. Lo que tocaba.
Tenía razón y aun así me partió igual. Presionó los labios en el punto exacto donde estuvo su frente unida a la mía y ese simple gesto me destrozó.
—¿Estás lista? —preguntó Adrián asomándose.
—Sí, voy.
Salí temiendo desmoronarme en cualquier instante.
Mi ex tenía el maletero abierto. Brody le tendió la maleta sin mirarlo.
—Gracias —le dijo Adrián.
—Cuídala como merece.
—Lo haré.
Y acto seguido cerró el portón para abrirme la puerta.
Entré en el coche antes de que mi cuerpo se arrepintiera y echara a correr. Porque no, no quería irme y, aun así, debía hacerlo.
Adrián arrancó.
Miré por la ventanilla. La casa de los Pache quedó atrás, blanca, viva, remendada, con la luz de la entrada encendida y Brody de pie junto a la puerta con la pulsera de mi madre cerrada en el puño, e India diciendo adiós.
«Harley. ¡Mierda, Harley, ni siquiera había podido despedirme de él!».
Apoyé la mano contra el cristal, con los dedos rígidos, tratando de sujetar un poco más aquella imagen antes de que la carretera la hiciera pequeña y yo los perdiera de vista.
Antes de que Punta Salvaje desapareciera detrás de nosotros y mi promesa fuera lo único que quedara en la palma vacía.