Capítulo 64
La maleta avanzaba a trompicones por el empedrado, con ese ruido torpe de ruedas pequeñas contra adoquín que en cualquier otro momento me habría puesto nervioso. Ahora solo sonaba a final.
No miré atrás.
No porque no quisiera, sino porque sabía que, si lo hacía, quizá volvería a subir las escaleras, pediría que me devolviesen las llaves y llamaría a Harley para que regresara y se tragara todas aquellas palabras generosas, dignas y horribles que me había dicho para hacerse el correcto.
Y Harley vendría.
Yo le abriría, él gruñiría, pondría esa cara de estar hasta los cojones de mí y del mundo, y después follaríamos hasta reventar.
Ese era el problema.
Que Harley siempre dejaba su puerta abierta para mí. Incluso cuando no debía, porque era el generoso de los dos.
Bajé hacia la playa. Arrastré la maleta hasta una zona seca, me quité las zapatillas y seguí caminando hasta que el agua me cubrió los pies.
Fría, no mucho, lo suficiente.
El mar entraba y salía sin más. Agua que venía, agua que se iba, espuma, arena moviéndose bajo los talones, ese ruido de siempre que la gente se empeñaba en convertir en poesía porque no tenía que jugarse nada dentro.
Para mí ya no era libertad y tampoco una amenaza.
Era el mar, el que se convirtió en mi trabajo, mi hogar, mi cárcel a veces, mi idioma cuando era crío y todavía pensaba que entender una ola servía para entenderlo todo .
Qué inocente, joder.
Hundí las manos en el agua y me mojé la cara mientras el cielo se teñía de atardecer.
Por primera vez en meses no pensé en Nazaré. No vi la pared de agua, ni el blanco cerrándose encima, ni el fondo tragándome como si mi cuerpo no pesara nada. No sentí el golpe en las costillas ni el silencio de abajo.
Pensé en Harley.
En él cerrando cajones como si pudiera ordenar mi dolor, en sus calcetines ridículos, en su boca torcida cuando intentaba hacerse el cabrón sin que le saliera, en sus manos quietas cuando le costaba no tocarme, en la forma en que me había dicho que me fuera sin pedírmelo de verdad, porque él nunca pedía nada para sí mismo si pensaba que podía hacerle daño a otro.
Cabezota. Bueno. Demasiado bueno.
Me pregunté si seguía teniendo miedo a surfear grandes olas.
La respuesta no fue limpia; sin embargo, me azotó como una.
Los vascos somos muy de parecer claros por fuera y tener dentro un temporal que ni Dios entiende, aunque luego digamos «bien» y tiremos para adelante como si eso solucionara algo.
No era solo el agua. El miedo no estaba solo en la ola ni en volver a caer. Estaba en regresar a una vida donde todo volviera a tener medida, horarios, marcas, patrocinadores, mi padre opinando desde cada esquina. Daba igual que no estuviera delante, yo sabía que lo haría.
En volver a ser el hombre que existía solo cuando ganaba, el hijo que valía mientras aguantaba. Yo no sabía si quería regresar a ese surf. O si lo que me daba pánico era volver a perderme dentro de él.
Pensé en Mateo, el crío del campamento que temblaba antes de entrar al agua.
Siete años y medio, bañador de dinosaurios, rodillas finas, los puños cerrados, la barbilla arriba, mintiendo fatal cuando decía que no le aterraba.
Me vi agachado a su lado, hablándole bajo, diciéndole que no tenía que demostrar nada, que el mar no era un monstruo ni estaba habitado por tiburones asesinos —por lo menos en Cádiz—, pero tampoco un juguete.
Que solo había que mirarlo, respetarlo, entrar despacio, no molestar a sus habitantes y dejar que el cuerpo aprendiera antes que la cabeza.
Tardó tres días en mojarse por encima de las rodillas. Una semana en tumbarse sobre la tabla. Dos en reírse cuando una ola tonta lo tiró de culo .
Y me acordé de Harley aquel día, apoyado en su caseta, con una carpeta bajo el brazo, fingiendo revisar horarios mientras sonreía como un idiota al vernos.
Creía que no lo había visto. Siempre creía que no lo veía.
Pobrecito. Era pésimo escondiendo lo que le importaba, aunque tuviera la boca llena de ladridos para despistar.
Esa paciencia suya conmigo no había sido muy distinta.
Solo que yo era bastante más difícil que Mateo y menos listo.
El móvil vibró en el bolsillo.
Durante un segundo pensé que era él, y el corazón me dio un golpe tan fuerte que casi me cabreé conmigo mismo.
No lo era.
Fruncí el ceño al ver el nombre. Leí el mensaje dos veces, lo justo para que algo se me tensara en la nuca y el pulso se me instalara en la garganta.
«¿Y si…?».
No terminé la pregunta. No hacía falta, porque ya había tomado una decisión y, cuando tomaba una decisión, era irrevocable.
Dejé el móvil sobre la arena, con los dedos más firmes de lo que esperaba.
Harley me había dejado ir. No porque no me quisiera. Porque me quería bien, a la puta manera horrible de la gente que sabe amar sin cerrar la mano.
Sonreí un poco, apenas nada.
Me metí en el agua con la ropa puesta, sin pensar en el pantalón ni en la camiseta ni en la maleta esperando en la arena y el teléfono a unos metros, olvidado.
Avancé hasta que una ola me golpeó las piernas, luego la cintura, luego el pecho, y cuando llegó la siguiente respiré hondo y me sumergí entero.
El frío me cerró la piel de golpe.
Me quedé bajo el agua un segundo más de lo necesario, con los ojos cerrados, oyendo solo el golpe sordo del mar alrededor.
Salí a la superficie empapado. El sol de Punta Salvaje estaba casi en el horizonte, naranja y enorme, despidiéndose de mí o de sí mismo, que con los atardeceres nunca se sabe.
Y entonces lo enfrenté de cara, con un nudo en la garganta, antes de girar en redondo hacia el punto en el que se veía la terraza del bar que había sido casa, trabajo y motivo de muchas risas.
Me dirigí a él, como si allí estuviera la figura del hombre al que me había entregado sin darme cuenta, observándome desde las sombras.
—Gracias por dejarme ser, Harley Pache. Nunca lo olvidaré .
La ola siguiente me llegó a los hombros y supe que era hora de regresar.