Capítulo 63
Había recogido mis cosas.
No todas. Tampoco era un imbécil. Había metido en la mochila la ropa que había ido dejando por el apartamento con esa confianza peligrosa de los que empiezan a creer que un cajón ajeno puede ser suyo.
Cinco camisetas. Ocho calzoncillos. Un cargador.
Mis calcetines de patitos, que habían aparecido debajo de la cama como un cadáver desplumado.
Doblar ropa no te preguntaba nada, cerrar cremalleras tampoco.
El problema era todo lo demás.
Había fregado la taza que usé a las siete. Luego otra que no había usado. Repasé la encimera. Comprobé el gas. El gas otra vez. Una mañana preciosa para convertirme en Brody revisando enchufes con ansiedad, pero en versión con ojeras y una congoja que ni Katy Perry en su era más intensa.
La maleta pequeña de Iker seguía junto al armario y no había rastro de que hubiese pasado por aquí.
Una camiseta doblada. Un pantalón. El neceser vacío porque todos sus productos estaban colocados en el baño.
No toqué nada.
Me quedé sentado en la cama con los dedos enganchados en la cremallera de mi sudadera, tirando arriba y abajo, arriba y abajo, como un gilipollas.
El móvil seguía sin sonar.
Yo no esperaba, claro. Estaba ahí porque él me lo pidió, porque Iker me dijo que fuera al apartamento, que necesitaba pensar. Solo eso. Pensar. Y debía de tener los pensamientos muy enredados porque eran las seis de la tarde y yo llevaba aquí desde las once de la mañana sin noticias de nadie.
Menudo domingo de mierda.
Volví a la cocina. Abrí la nevera. Huevos, yogures, arroz en un táper y una tristeza doméstica que daban ganas de ponerle una mantita. La cerré.
Entonces escuché la llave.
Me quedé quieto.
La puerta se abrió.
Iker entró sin mirarme. Pelo húmedo pegado a la frente, camiseta oscura, arena en los tobillos. Ojeras de preocupación acumulada. Mandíbula dura. Cara de pocos amigos, de pocos enemigos y de pocas ganas de existir en general.
Había estado en el mar, eso estaba claro. Porque él, cuando no sabía qué hacer con una emoción, se metía en el agua a pelearse con ella.
Cerró la puerta. Dejó las llaves en el cuenco. No dijo nada.
Yo tampoco.
Luego, porque tengo un talento legendario para empeorar situaciones delicadas, solté:
—Hay café si lo necesitas.
Iker levantó la vista muy despacio.
—No quiero café.
—Ya. Normal: el que compras es bastante malo, aunque sirve para la función que tiene.
El silencio que vino después tenía cuerpo propio. Normalmente era yo el taciturno, así que me costó adoptar el otro rol, el de quien saca las palabras con sacacorchos.
—¿Estás bien?
La pregunta salió tan idiota que casi me disculpé con ella por existir.
Iker soltó una risa seca, amarga.
—¿Tú qué crees?
—Creo que tienes pinta de haber dormido en una roca y de querer arrancarle la cabeza a alguien. Como no sé si soy candidato, pregunto.
Sus ojos se clavaron en los míos.
—Solo te pedí que te quedaras aquí y me esperaras.
Bufó.
«Oh, oh…».
La frase cayó limpia, sin gritos. Peor.
—Digamos que eso es demasiado pedir para alguien al que siempre terminan pisoteando el corazón y que no tenía idea de dónde estabas.
Lo solté. Iker no replicó. Se frotó la cara con las dos manos.
—Mi padre me llamó.
—Ya me imaginaba.
—Fuiste al hotel.
—Fui a hablar con él, sí.
—No era tu pelea, Harley.
—Quizá no, pero necesitaba aclararle algunas cosas. Lo siento, quizá no actué bien.
Se quedó quieto.
Iker encajó mi confesión sin moverse.
—¿Qué te dijo? —preguntó al final.
—Nada que no estuviera destinado a soltarme su propia verdad. —Me encogí de hombros—. Crítica gastronómica de hombre encantador que cree que sabe qué es lo mejor para su hijo y que resulta que no soy yo. Lo típico.
Su cara cambió.
—No tenía derecho.
—No, pero sí una puntería de la hostia.
Me miró como si acabara de abrir una puerta que no quería ver.
—¿Eso crees?
—Ya no sé lo que creo. Le he dado muchas vueltas, me has dado tiempo de sobra.
Igual estoy siendo egoísta con lo nuestro.
Puede que te guste esta vida porque estás descansando de la otra, no porque la quieras de verdad.
—Me pasé la mano por la nuca—. No lo sé, Iker, puede que en parte él tenga razón y solo sea miedo, por eso me jode.
Dio dos pasos hacia mí y me cogió la cara.
—Yo sé lo que siento por ti y te aseguro que no es miedo.
Empezó a comerme la boca.
—No lo digas así.
—¿Cómo?
—Como si fuera fácil, porque no lo es.
Me soltó.
—No, no lo es.
—Pues eso.
Se hizo un silencio largo. De esos que te dejan oír las tuberías y el mar a lo lejos y tu dignidad arrastrándose por el suelo .
Él levantó de nuevo una mano para acariciarme. Yo no me aparté. Me tocó la cara con los dedos fríos, con sal en la piel, el pulgar rozándome la mejilla, comprobando que seguía ahí.
Qué cabrón, qué forma más sencilla de desarmarme.
Me besó otra vez. Un beso algo duro al principio, como si los dos estuviéramos enfadados con la boca del otro por necesitarla tanto.
Luego se ablandó, su mano en mi nuca. La mía en su camiseta mojada.
El pecho de Iker subiendo contra el mío, nuestra necesidad encendiéndose porque el deseo no entendía de las razones que frenaban a nuestros corazones.
Cuando se separó, apoyó la frente en la mía.
—Te quiero.
La frase salió en un hilo. Sin adorno, sin una declaración rimbombante, sin promesas bonitas. Casi con mala leche.
Me reí un poco porque no sabía si era cierto o cómo gestionarlo, aunque me muriese de ganas que fuera en serio. Respondí con la garganta cerrada.
—Qué oportuno eres, vasco.
Su pulgar me rozó la mandíbula.
—Dilo. Dime que me quieres, que lo deje todo por ti y lo haré.
—Joder.
—Dilo.
Respiré hondo.
—Te quiero. ¿Contento? Pero no pienso pedirte que dejes nada por mí.
Ahí se le rompió algo en la cara. Solo un segundo. Luego volvió a recomponerse, porque Iker también tenía sus armarios cerrados por dentro.
—Harley, necesito que lo hagas.
—Nunca haría algo así —la voz me salió ronca.
Me aclaré la garganta, no mejoró gran cosa y supe de inmediato lo que tenía que pedirle aunque no me gustara—.
Necesitas volver con tu padre y decidir qué es lo que de verdad deseas.
No porque te lo diga yo. Ni porque te lo diga él.
No me perdonaría nunca que no escogieras lo que te haga más feliz, por mucho que me destroce.
Más me destrozaría verte a mi lado siendo un desgraciado.
Iker respiró por la nariz. Una vez. Dos.
—¿Y los niños? ¿Y el bar? ¿Y nosotros? ¿Es que no me necesitas?
Me salió una sonrisa torcida, pequeña, de esas que no engañan a nadie pero al menos mantienen los muebles en pie.
—Me las apañaré, vasco. Todo esto funcionaba antes de que llegaras, mejor o peor, pero lo hacía.
Me las apañaré igual. —Le puse la mano en la cara un momento.
Solo un momento. Pasando el dedo por su ceja partida, por el hoyuelo en la barbilla que tanto me flipaba.
Por esa boca que tanto adoraba—. Ahora debes volver a casa, te lo digo de verdad, es lo mejor.
Iker movió la cabeza negando. Luego no dijo nada, porque los dos sabíamos que esa era la pregunta camuflada. Cuál era su casa. Dónde estaba. Con quién.
Me quedé callado. Si hablaba más, la cagaba.
Me miró durante un rato que no supe medir.
Después entró en el baño y encendió el agua.
Podía imaginar lo fácil que sería desnudarme, meterme con él y terminar jadeando por su culpa. No lo hice, me limité a ponerme en pie, hasta que comencé a oír otro tipo de ruidos.
El de alguien sacando botes para meterlos en el neceser, la cremallera cerrándose.
Un golpe suave contra la pared. Cada ruido era una patada pequeña, ordenada, limpia.
Deportiva, casi. Como él. Al poco rato lo vi aparecer con la maleta en la mano, se detuvo frente a mí y posó sus labios en mi mejilla.
Dejó un beso ahí, no en la boca. La mejilla. Más cruel que cualquier despedida decente. Y supe que o me iba ya o al final le pediría que se quedara, y eso no me lo perdonaría jamás.
—Me marcho. Solo espero que recuerdes con cariño lo que viviste aquí. En mi campamento, mi bar y este pueblo, siempre tendrás un sitio.
«También en mi corazón», aunque eso me lo callé.
—Buen viaje de vuelta —le deseé arrastrando la maleta, sintiendo cómo me rompía un poco más a cada paso.
— Agur , txiki .
— Agur , Iker.
Abrí la puerta y me fui, con los ojos hirviendo y las piernas temblando. Era lo único que podía hacer.