Capítulo 62
Había cosas que mi madre no me contó sobre la vida.
Muchas. Pero específicamente esto —que si venías a Punta Salvaje podías acabar un domingo de julio tumbada desnuda en el taller de un hombre mientras él te dibujaba y tallaba en madera— no lo mencionó.
Igual no lo sabía, igual también se lo habría guardado para ella.
Esta vez estaba sobre una sábana de seda extendida en el suelo, con cojines de los mullidos para estar cómoda.
Un brazo por encima de la cabeza y la otra mano sobre la barriga, intentando no moverme, no hablar, no rascarme la nariz y no hacer ninguna de esas cosas que el cuerpo decide necesitar justo cuando debe comportarse.
La luz entraba de lado por los ventanales altos, cortando el polvo en suspensión en rayas lentas y doradas.
Fuera existirían el pueblo, el bar, India, Harley, Iker, los vecinos con radar para el cotilleo y probablemente Garfio desvirgando una zapatilla.
Salvo que aquí dentro, solo estábamos nosotros.
Brody estaba de pie frente al bloque de madera, con una camiseta vieja llena de serrín, el pelo recogido de cualquier manera y las manos trabajando con una concentración que llevaba cuarenta minutos provocándome dos cosas: ternura y ganas de comerle la polla.
Él llevaba días diciéndome que tenía una pieza en mente que quería tallar en directo.
Con esa calma suya de hombre que suelta una bomba y luego se va a lijar una puerta, dejándote con el sistema nervioso haciendo palmas.
—Quiero hacerte en bruto —me había dicho.
Y yo, claro, había respondido:
—Qué bonito. ¿Antes o después de cenar?
La gubia entraba con un sonido suave. Ras. Ras. Ras. Yo intentaba respirar normal y fracasaba mientras mis pezones se endurecían con solo verlo trabajar.
Treinta y cuatro años, y ahí estaba, a punto de explotar porque el hombre que me gustaba me miraba en silencio, como Dios me trajo al mundo y con una concentración digna de un desactivador de bombas profesional.
Brody no me miraba por partes, que es como está acostumbrada una: la cara, los ojos, las tetas, el culo.
Lo que sobra, lo que falta, lo que tendría que ser distinto.
Me miraba entera, con esa atención suya que quitaba más ropa que cualquier mano, y yo no sabía muy bien qué hacer con tanta verdad.
El pie derecho se me durmió, lo moví apenas.
Brody levantó la mirada.
—Quietita.
Esa palabra me bajó directa por la columna al útero.
—No me digas quietita con esa voz si quieres que me quede quietita.
No sonrió. El muy cabrón volvió a la madera.
—Respira, Vero, necesito que estés calmada.
Otro ras de la gubia. Otro silencio, otro segundo de su mirada posándose sobre mi cadera, mi vientre, mis muslos, mis pechos, sin apartar los ojos de ningún sitio que yo habría preferido dejar en penumbra. Los veía todos, los aceptaba todos, los hacía importantes y eso me excitaba.
No podía controlarme. Así que hice lo único que sé hacer cuando estoy a punto de sentir demasiado, abrí la boca soltando una frase de una de mis pelis favoritas.
—Dibújame como a una de tus chicas francesas.
Él detuvo el movimiento.
El silencio cayó tan rápido que hasta el polvo pareció quedarse quieto para no molestar.
Brody dejó la herramienta sobre la mesa. Se limpió las manos en un trapo, rodeó el bloque de madera, cruzó el taller hacia mí sin decir nada y se arrodilló.
Ese hombre tenía el talento irritante de convertir la falta de sonido en una amenaza hormonal. Apoyó una mano a cada lado de mi cuerpo y bajó la cabeza.
Su pelo me rozó la piel antes que su boca.
Luego me lamió un pezón, lento, deliberado, sin prisa. Solo lengua, calor, succión y una pausa larga que me vació la cabeza de golpe .
—¡Joder! —susurré, porque tampoco iba a ponerme poética cuando me estaba comiendo una teta.
Levantó la cara apenas. Los ojos oscuros, serios, clavados en mí.
—Solo joderemos si me prometes que, si este barco se hunde, habrá sitio en la tabla para los dos.
Tardé dos segundos en procesarlo. Dos segundos y mi dignidad al carajo a través de una risa sin freno.
Me mordí el labio. Solo Brody Pache podía saber que era de Titanic .
—¡¿Pero tú has visto lo grandes que somos?!
Entonces sí sonrió. Poco. Lo justo para arruinarme la poca cordura que me quedaba.
—Continuamente. Y eso es justo lo que más me pone. Ábrete de piernas para mí, Rose.
Me quedé sin réplica. Lo hice.
Brody bajó la vista con una devoción tan sucia y tan honesta que me dieron ganas de morderlo y de llorar.
Me besó el muslo primero, luego la cadera, luego la barriga, justo donde yo habría apagado la luz, donde habría metido una sábana, donde habría hecho todo tipo de trampas para sentirme menos expuesta.
Él no hizo trampas y me besó ahí también, desarmándome por completo.
Llevó sus dedos a mi entrepierna y se tumbó a mi lado, solo para masturbarme sin dejar que me moviera, observando las contracciones involuntarias de mis músculos, cómo me humedecía y se erizaba mi piel al completo.
—Eres preciosa —murmuró llevándolos bien adentro.
Jadeé.
—Brody…
—Shhh, no digas nada, solo quiero que lo sientas, que sepas cuánto me gustas, lo loco que me vuelves…
Ahondó todavía más y con el pulgar rozó mi clítoris.
El pecho me subía y bajaba ahogado cuando apartó los dedos para lamerlos a conciencia. No había nada que me pusiera más cachonda que hiciera eso y lo sabía.
—Te quiero así, desnuda, expuesta, libre, mojada y mía.
«No llores ahora, imbécil. Estás en bolas en un taller con un tío que está demasiado bueno para ser real».
Pero la emoción se me quedó en la garganta de todas formas, porque había algo demasiado íntimo en que me saboreara sin pedirme que me escondiera .
Fue besando y lamiendo mi piel hasta llegar a mi vientre y volvió a recorrer mi sexo con los dedos. Ya estaba sin aliento cuando me separó bien los muslos y no se detuvo hasta tenerme empapada y agonizando. Solo entonces me puso un cojín para alzarme un poco.
Se bajó los pantalones y los calzoncillos, y se puso a trazar círculos en mi entrada con el glande.
—Por favor… —supliqué al ver lo duro que estaba.
—Si quieres esto, mírame.
«¡Claro que lo quería! A todas horas y muy dentro».
Mis ojos se clavaron en los suyos y solo entonces se hundió, con la mandíbula apretada y una mano abierta en mi cadera. Yo arqueé la espalda y solté un sonido que no tuvo nada de discreto o civilizado.
—Sigue conmigo —su voz salía demasiado ronca.
Follar mirando a alguien a los ojos debería venir con advertencia, porque hacerlo mientras Brody se movía dentro, mientras contenía el cuerpo para no arrasarme y al mismo tiempo perdía un poco el control a cada embestida, era de las que te reorganizaban por dentro hasta lograr que no encontraras ni el puto corazón.
Le rodeé la espalda con los muslos y lo acerqué más. Él bajó la boca a mi cuello, respiró contra mi piel. Su barba me hizo cosquillas.
Apreté los músculos vaginales en la siguiente acometida para sentirlo mejor y él tembló.
Brody Pache, el hombre de las manos firmes y el silencio eficiente, temblando encima de mí con los dientes apretados.
Me agarré a sus hombros, a su pelo, a lo que pude.
La sábana se arrugó bajo nosotros. El mar golpeó lejos, o cerca, o dentro de mi cabeza, ya no lo sabía.
Hundí las uñas en su espalda. Le mordí el hombro, mientras él se movía cada vez con mayor intensidad y llevaba una de mis manos a su boca para chuparme los dedos y llevarlos a mi clítoris.
—Tócate.
Me gustaba esa mezcla de hombre mandón, considerado y perverso que me volvía lujuriosa al mil por mil.
—Si lo hago, no voy a durar —confesé.
—No quiero que dures, quiero que te corras a lo bestia.
Lo decía de un modo que era incapaz de no alterarme. Empujó con fuerza, se llevó uno de mis pezones a la boca y con mis yemas frotando fue la combinación ganadora. Sentí que me atravesaba al(el?) placer hasta los dedos de los pies.
Cuando me corrí no grité. Se me rompió un sonido pequeño, húmedo, casi torpe. Él me sostuvo la cara con una mano y me besó mientras me atravesaba el temblor entero.
—Eso es —murmuró contra mi boca—. Eso, Rose.
Aguantó unos segundos más, la frente apoyada en la mía, los ojos cerrados, respirando con dificultad. Después salió, se puso a tocarse y se tensó entero con los ojos puestos en mi abertura. Se dejó ir sobre mi sexo con un gemido ronco, profundo, de esos que se te quedan viviendo en la pelvis.
Alargó la mano libre, para recoger su corrida y tocarme de nuevo por dentro y por fuera, empapándome en su simiente. Fue tan crudo, tan sexy , que el segundo orgasmo me alcanzó cuando apenas se había extinguido el primero.
Esta vez sí que grité su nombre a lo bruto.
Tres golpes sonaron en la puerta.
Firmes y sin vergüenza.
Abrí los ojos de golpe.
«¡Mierda, ya los había cerrado otra vez!».
—¡Estamos ocupados! —voceó Brody sin dejar de acariciarme maravillado.
No se alteró. Ni un poco. Seguía ahí, tocando aquel punto, indecentemente tranquilo.
Desde fuera, la voz de India atravesó la madera con la naturalidad devastadora de una adolescente criada entre adultos incapaces de cerrar una puerta a tiempo.
—Lo sé, ya he oído que estáis en modo audiolibro de orcos. Pero hay un señor fuera que pregunta por Vero.
Me morí. Varias veces. Después de ese día ya podía decir que tenía alma de gata, y no por los maullidos.
Brody levantó la cabeza y nos miramos. Solo pude pensar una cosa.
—¿Y si es Luc? —La posibilidad hizo que me incorporara casi sin recordar que seguía desnuda, con sus dedos dentro y la ropa repartida por el taller.
—Pues que espere —gruñó.
—Brody… —hice un puchero. Y él soltó una exhalación.
—Dile al amigo de Vero que espere en la cocina —voceó.
—Vale, pero daos prisa.
Me ayudó a incorporarme, no sin antes darme un beso de los que te dejan sin aire.
—Después seguimos, Rose, no he acabado contigo.
—Eres insaciable.
—Mi vida perfecta sería estar follando y tallandote hasta el fin de nuestros días.
Me gustó demasiado esa imagen.
Empecé a buscar mi ropa con la coordinación de un pulpo borracho.
Las bragas del revés. La camiseta también.
El sujetador, en algún lugar imposible que mi cerebro no procesaba.
Intenté abrocharlo bien. Me lo puse mal, me lo quité y desistí, porque, si aquel hombre era Luc, poco le importaría la simetría de mis tetas.
Brody se subió los pantalones en silencio.
Me observaba con los ojos aún oscuros y la expresión de vuelta a ser él.
Salí al patio con el pelo hecho un desastre, la camiseta girada y las piernas todavía con el temblor encima mezclado con algo que ya era puro nervio.
India estaba junto a la puerta de la cocina con las cejas en alto y la cara de quien ha decidido que su silencio costaría bastantes euros extra esta semana.
—Ha dicho que prefería esperar fuera —dijo, señalando hacia la calle.
—Voy yo —murmuré con la boca seca.
Tragué saliva sin fijarme que aquel par me seguían de cerca. Crucé el pasillo. Abrí la puerta pasándome las manos por las mejillas encendidas y clavé la mirada en el hombre que estaba de espaldas en la entrada. Alto, correcto, con camisa clara y una maleta pequeña junto al pie.
Se giró y el mundo me dio una bofetada invisible, limpia, sin previo aviso, porque esos rasgos los conocía más que bien y no porque se parecieran a los míos.
—Hola, Vero.
Mi garganta no hizo nada útil. Él dio un paso hacia mí, me tomó del rostro y me besó antes de que pudiera apartarlo. El beso fue apretado de los que duran apenas tres segundos. Yo seguía sin poder articular palabra al entender que Adrián estaba en Punta Salvaje.
—Siento no haber avisado, pero quería sorprenderte.
He dejado Houston. He aceptado una oferta en el hospital de La Palma.
He entendido el ultimátum, nunca debí presionarte para que cambiaras tu vida por mí, era yo quien debía dar el paso —una respiración profunda—.
Por eso estoy aquí. Quiero que construyamos la vida que merecemos juntos.
Te quiero, Vero, y quiero que te cases conmigo.
—Sacó una cajita de terciopelo del bolsillo que contenía un anillo—. Dime que sí, cariño.