Capítulo 61
El coche de Brody rugía bajo mis manos como si también estuviera hasta los cojones de todo.
Metí cuarta con tanta violencia que la palanca protestó.
—Sí, perdona tú también —solté, apretando los dientes—. Disculpa que hoy no conduzca como miss Daisy camino de misa.
El motor respondió con un gruñido al cual le di réplica.
La carretera se abría delante de mí, larga, vacía y demasiado tranquila para la cantidad de mierda que llevaba acumulada.
El sol todavía no había decidido freír Cádiz como si fuéramos pescaíto, pero ya calentaba lo suficiente para pegarme la camiseta a la espalda. Las manos sudadas en el volante, la mandíbula dura, el estómago en modo: «voy a echar la pota en la siguiente curva».
Si es que lo sabía.
Yo no estaba concebido para tanta felicidad.
Imposible. Demasiado bien estaba saliendo todo.
Iker en mi cama. Iker en mi bar. Iker mirándome como si el mundo pudiera arder y a él solo le importara que no se me enfriara el café.
Demasiado bonito. Y cuando algo era demasiado bonito, venía la vida y te daba una patada en las pelotas para recordarte que no habías pagado la suscripción prémium a la felicidad.
Lo mío era el plan básico, con anuncios y con un señor del norte apareciendo en plena hora del hot shot para joderlo todo.
—Me cago en tus muelas, Etxebarría padre —mascullé.
La noche anterior el curro nos salía por las orejas.
No me había enterado de nada porque estuve metido en la cocina como un condenado.
Pedidos, platos, croquetas, montaditos, fritura, hamburguesas veganas y una señora que quería una ensalada «sin hojas verdes».
Cada vez que asomaba la cabeza alguien gritaba mi nombre.
Harley esto. Harley aquello. Harley, falta hielo.
Harley, la freidora. Harley, hay un tío con los pantalones bajados y el culo en pompa en el ventilador... Me salían ronchas.
Cuando por fin pude dejar la cocina, ya casi era la hora de echar el cierre.
Vero estaba detrás de la barra recogiendo vasos con una cara rara.
Iker estaba al fondo, junto a la salida lateral, barriendo, como si el polvo le debiera algo.
La mandíbula apretada, los ojos perdidos en un punto que no estaba allí, la piel pálida bajo el moreno.
Me acerqué primero a Vero, porque con ella era más fácil entender lo que ocurría.
—Tía, vaya noche. Os juro que os compenso, ¿vale? He estado hasta arriba e imagino que vosotros igual. ¿Estáis enfadados? Si la cosa sigue así, tendré que coger a alguien más.
Levantó la vista.
—No va de eso, Harley.
Me palmeó el brazo con una suavidad que me dio más miedo que si me hubiera estampado un plato en la cabeza.
—Será mejor que hables con Iker, ¿vale? —Me dio un beso en la mejilla y se fue.
La muy cabrona se fue, dejándome allí con el corazón empezando a correr una maratón sin haber calentado.
Crucé el bar hacia él, queriendo entender si el problema era que no le había hecho contrato. Se lo propuse, pero se negó todas las veces…
—Acho, tío —susurré, intentando sonar normal—, tienes una cara que parece que te han dicho que mañana toca animación infantil vestido de gamba.
Nada. Ni una mueca, ni un «cállate, pesado», ni el amago de sonrisa. Malo. Muy malo. Uno aprende a leer a las personas con las que comparte cocina, barra y cama, y esa cara no era de cansancio.
—¿Qué ha pasado? ¿Has tenido algún problema con algún cliente? Porque si es eso…
—Mi padre ha venido esta noche.
La frase cayó entre los dos como un vaso al suelo. El aire abandonó mis pulmones y me quedé en blanco.
—¿Cómo? —Parpadeé—. ¿Qué? ¿Cuándo? ¿Aquí?
Iker tragó saliva. Me contó lo justo. Su padre apareciendo en la hora del hot shot , sin avisar. Lo que vio, la clienta, la escena en la terraza. Los reproches, los patrocinadores al borde de irse. Su carrera cerrándose sola si no volvía y la frase que lo cambió todo.
El lunes como fecha máxima.
El lunes no era septiembre, era pasado mañana. O mañana, teniendo en cuenta que eran las tres de la madrugada y eso ya contaba como domingo. El lunes ya se estaba asomando por la esquina con muy poca gracia.
Noté el corazón en un sitio que no era exactamente el pecho. Más arriba, cerrándome la garganta.
«¡No podía irse, no podía irse ahora, no estaba listo!».
Me obligué a realizar la pregunta que más terror me daba.
—¿Y qué vas a hacer?
Vi la tormenta en sus ojos. Una de esas que arrancan toldos y dejan a la gente cerrando ventanas a toda prisa.
—Llevo toda la noche preguntándome lo mismo y no lo sé, Harley. No. Lo. Sé —respondió—. Necesito pensar.
—Ya. —Qué palabra más inútil—. Bueno, recogemos, nos vamos, dormimos y cuando nos levantemos seguro que la almohada te ha susurrado algo y lo ves mejor.
Negó.
—Hoy necesito estar solo.
«Mierda».
El ruido del bar pareció alejarse de golpe.
—Vale, sí, por supuesto, si quieres puedo ir a mi casa y…
Volvió a negar.
—Ve al apartamento. Lo único que necesito es pensar y tomar distancia. Por favor, no quiero que vayas a tu casa. Dame espacio para ordenar las ideas, solo eso.
Asentí.
Porque en mi cabeza —que a veces era idiota pero optimista— que me mandara al apartamento significaba que él iría después. Que necesitaba caminar, pelearse con sus demonios y luego volvería.
Por eso, cuando me besó, me derretí bajo su boca.
Me cogió la cara como si le doliera hacerlo, como si no quisiera soltarme y, aun así, ya estuviera haciéndolo por dentro. Apoyó la frente contra la mía un segundo.
—Gracias por ser tan bueno conmigo siempre —murmuró.
Casi le dije que no me diera las gracias como si acabara de prestarle una escalera.
—Yo cierro —respondí con un leve carraspeo—. Vete, ya has hecho demasiado por hoy y solo queda subir las sillas.
No se negó. Me dio otro beso rápido y se fue con las manos en los bolsillos.
Pensé que lo de ordenar las ideas iba de una hora o dos, pero debían de estar muy desordenadas, porque eran las ocho y media de la mañana y yo seguía sin noticias de Iker.
Llegué al apartamento a las cuatro menos cuarto, me duché largo, de esos baños en los que te quedas bajo el agua esperando que se te limpie algo que no está en la piel.
Y me tumbé en la cama. A las cuatro y media miré el móvil.
Nada. A las cinco. Nada. A las seis. Nada.
Escribí mensajes y los borré. «¿Estás bien?
». Borrado. «Oye, no quiero agobiarte, pero…
». Borrado. «Txiki, me estoy volviendo loco».
Borrado. Al final mandé dos decentes. No respondió.
Me hice un café a las siete, malo, quemado, de ese tipo que no te despierta, y decidí que tenía que hacer algo con lo que me carcomía.
Porque no era solo preocupación; era miedo, rabia contra un hombre al que no conocía.
Y una pregunta fea, pegajosa, de esas que una vez entran ya no salen.
A las ocho tiré de agenda. Pregunté, llamé, crucé datos. Punta Salvaje es pequeño. Di con el hotel donde se hospedaba el señor Etxebarría. Nos separaban cuarenta minutos por carretera general. Me dio igual.
Le dejé una nota a Iker por si regresaba y fui a por la furgo de mi hermano, la misma que ahora estaba aparcando en el hotel Meliá de Zahara.
—Muy bien, vamos allá.
Entré por recepción con mi mejor cara, preguntando directamente por el señor Etxebarría. Me dijeron que estaba en el restaurante desayunando.
Perfecto, él desayunando como los villanos de las películas que te arruinan la vida entre tostada y café.
Lo encontré enseguida. No porque lo conociera.
Porque era imposible no verlo. Se parecía mucho a Iker, solo que con veintitantos años de más.
Espalda recta, pelo entrecano, cara curtida, manos grandes.
Hablaba por teléfono mientras desayunaba, seco, cortante, vasco hasta en la forma de untar mantequilla.
Me senté frente a él sin pedir permiso. Levantó la vista poco a poco, sin comprender mi intrusismo.
—¿Se ha confundido de mesa o algo?
—Vengo a hablarle de su hijo.
Dijo tres frases más en euskera y colgó.
—¿Y tú quién eres? Porque no tienes pinta de patrocinador. ¿Un fan? ¿Periodista?
—Soy su jefe en el campamento y en el bar.
Soltó una risa seca.
—Manda huevos. Mi hijo solo tiene un jefe y es el mar. —Me observó un segundo—. Espera, tu cara me suena… No serás el que le come la boca en las fotos y los vídeos.
Noté el calor subiéndome por el cuello.
—Ya veo. Qué bajo está cayendo mi hijo. Antes, por lo menos, tenía mejor gusto y se liaba con deportistas, no con perroflautas.
«¡Uy, lo que me ha dicho!».
Vale que no iba con mis mejores galas, pero eso ya era pasarse.
Abrí la boca, la cerré.
Porque lo primero que me salió fue una ordinariez tan grande que habría hecho santiguarse hasta a Vero, y mira que Vero tenía el listón moral en el sótano.
Me ardía la cara. No sabía si de vergüenza, de rabia o de las ganas de levantarme y estamparle la tostada en la frente con mantequilla y todo.
—Mire —dije al fin, y la voz me salió más baja de lo que esperaba—, puede llamarme lo que le dé la gana. Perroflauta, camarero, el de las fotos o el imbécil que se acuesta con su hijo. Me importa bastante poco.
Mentira, me importaba. Me había entrado por debajo de la piel como una astilla. Pero no pensaba darle el gusto.
—Lo que no voy a dejar pasar es que venga aquí a hablar de Iker como si fuera un caballo de carreras que se ha torcido una pata y que ya se puede llevar porque considera que se ha recuperado.
El hombre entornó los ojos. Yo seguí, porque si paraba igual me atragantaba con la lengua o le vomitaba, no estaba seguro.
—Usted solo ve al surfista. Al niño prodigio.
Al tío que salía en revistas y hacía que la gente aplaudiera desde la orilla y, en serio, lo que ha hecho Iker hasta ahora son proezas.
Yo me alegro muchísimo por él, de verdad.
Pero yo conozco al que se levanta antes que nadie para mirar el mar como si le debiera una explicación.
Al que tiene paciencia con un crío que tiembla antes de meterse en el agua.
Al que sabe cuándo un niño está haciéndose el valiente y cuándo está a punto de llorar.
Al que se queda quieto, respira hondo y no dice ni media, aunque se le esté cayendo el mundo por dentro.
Tragué saliva.
—Y sí, ahora trabaja en un bar haciendo que la gente se olvide de sus problemas y lo pase bien. Y en un campamento en el que lo adoran y a lo mejor para usted eso es caer bajo, no lo sé. Para mí, caer bajo es mirar a tu hijo y verlo solo cuando brilla con un trofeo en la mano.
El silencio que quedó entre los dos fue de esos que no se llenan ni con un camión de grava.
Pensé que podía levantarme, de verdad. Salida digna, barbilla alta, Harley Pache, defensor oficial de vascos sin fronteras. Salvo que las piernas no me respondieron y el señor Etxebarría dejó la servilleta junto al plato con una calma que me puso los pelos de punta.
Sonrió sin sonreír.
—Qué bonito. Se nota que llevas un mes follándotelo y te ha dado a base de bien.
—Dio un golpe sobre la mesa que hizo temblar la cubertería—.
¡¿Que no sé quién es mi hijo?! Escúchame bien, niñato.
Yo llevo con él desde que nació y tú llevas a lo sumo un mes en su cama.
—No levantó la voz ni un milímetro—. Lo vi dar sus primeros pasos, pronunciar sus primeras palabras, coger la primera ola y sacrificarse por su sueño hasta la extenuación.
Sé lo que era en el agua. He visto a gente llorar viéndolo surfear.
Tuvo un accidente y casi se mató. Todos sufrimos, Iker el primero, pero los médicos dijeron que ya estaba listo.
El psicólogo también. Si no vuelve no es por el cuerpo, es por miedo y el miedo solo se trabaja enfrentándolo, no escondiéndose en un pueblo con un jefe caliente y un trabajo de mierda.
Apretó las manos sobre la mesa.
—El surf es su vida y si algo de aprecio le tienes, deberías dejar de hacerle cómodo el escondite.
¿Qué vas a ofrecerle tú? ¿Ser camarero? ¿Limpiar mocos a críos en un campamento?
¿Cuánto crees que esa vida lo va a llenar?
Puede que sea la tuya y no te juzgo si a ti te hace feliz.
Pero no es la de él; solo hace falta que lo busques en internet para ver lo que de verdad llena a mi hijo.
Me levanté temblando.
Tenía respuestas. Varias, todas feas, todas cargadas de mierda.
Podría haberle dicho que un padre que solo sabe querer a su hijo cuando gana tampoco debería dar lecciones.
Podría haberle dicho que Iker no era una ola ni un contrato ni una puta marca.
No lo hice, porque, además de esas respuestas, también estaban las preguntas que él me había sembrado y esas eran más fuertes que mi rabia.
Salí sin despedirme, crucé el aparcamiento, arranqué .
En algún punto de la carretera, mi lista de reproducción decidió hacerme bullying emocional y puso The One That Got Away , de Katy Perry.
—No —dije, señalando la pantalla como si pudiera intimidarla—. Hoy no, Katherine. Hoy no me pongas banda sonora al drama.
Sin embargo, no la quité.
Porque soy imbécil. Porque aquella canción llevaba años pareciéndome triste de una forma cómoda y porque hoy, con el mar apareciendo entre curvas y su voz llenando el coche, lo de «el que se escapó» no sonaba a nostalgia bonita, más bien a profecía.
Parpadeé fuerte.
Me pasé el dorso de la mano por la cara con rabia, como si aquello fuera sudor y no lágrimas.
—Me cago en tus muertos, hija de Perry.
Seguí conduciendo herido de muerte, porque el cabrón había metido la duda donde más dolía.
¿Estaba ayudando a Iker o lo estaba reteniendo?
¿Y si el surf era su vida de verdad, y lo que tenía era miedo a Nazaré, a volver, a no ser el mismo?
¿Y si yo era el motivo para no enfrentarse a lo que le asustaba pero era lo que él más deseaba?
¿Y si yo nunca podría ofrecerle lo que más quería?
La pregunta más fea de todas se sentó en el asiento de copiloto como si siempre hubiera estado ahí.
¿Quería que Iker se quedara porque era lo mejor para él, o porque no soportaba la idea de perderlo para siempre?