Capítulo 60
Yo había hecho cosas bastante cuestionables en mi vida.
Había entrado en olas que parecían diseñadas para partirte en dos. Había competido lesionado porque era joven, idiota y tenía el ego más grande que el sentido común. Había dicho «estoy bien» con una costilla fisurada.
Pero bailar medio desnudo sobre la barra del Bar Baridad con un chupito apoyado en el esternón mientras una desconocida se inclinaba hacia mí con intención de llevárselo con la boca no estaba en ninguno de los planes que había tenido para este verano.
La música retumbaba con esa mezcla imposible que a Vero le parecía una genialidad: palmas, bajo, flamenquito pop, una voz rasgada cantando algo de querer mal y querer peor, y el bar entero rugiendo.
Había gente en la barra, gente en las mesas, gente en la terraza, una despedida de soltera con coronas luminosas, dos ingleses color gamba, tres chavales del pueblo grabando con el móvil y una señora que debía rondar los sesenta y cinco y llevaba veinte minutos gritándome: «¡Vasco, enséñame el norte!
». Con una alegría que daba miedo y ternura a partes iguales.
Yo estaba tumbado sobre la barra. Torso desnudo, los vaqueros bajos en la cadera y empujando el trasero arriba y abajo para dar rienda suelta a la imaginación.
No bailaba, que conste. Yo me movía con el ritmo justo para que las propinas siguieran apareciendo, las clientas se rieran, los clientes pidieran otra ronda y Harley no tuviera que cerrar antes de tiempo por colapso económico o cardiaco.
Eso me repetía. Trabajo, solo trabajo. Aunque aquella provocación tuviera a medio pueblo con el móvil levantado y a los extranjeros inmortalizándome para el recuerdo .
Harley no estaba. Habían pedido varias raciones a la vez, el infierno de la cocina se había desatado con fuego, calamares y bravas, y él había desaparecido entre platos y refunfuños.
Gracias a Dios, o a quien se encargara de estas cosas.
Porque si Harley llegaba a verme en ese momento, igual se le salía el corazón por la nariz.
La chica de la despedida se inclinó hacia el chupito.
Yo eché la cabeza hacia atrás, puro teatro. La gente gritó.
Y entonces una mano apareció entre ella y el vasito.
Curtida. Grande. Morena, con los nudillos marcados y los dedos ásperos. Una mano que yo conocía de memoria porque la había visto coger remos, atar cuerdas y apretar el hombro en las únicas ocasiones en las que ese hombre se permitía algo parecido a la ternura.
Cogió el chupito de mi torso. Se lo llevó a la boca y lo apuró de un trago con la mirada cargada de mala hostia.
La chica se quedó congelada.
Yo también. Atrapado por los putos ojos de mi aita .
Mi aita . Ahí. En Punta Salvaje. Contemplándome con esa expresión que raya en la náusea y la decepción.
—¿A esto te dedicas ahora? ¿A enseñar carne por propinas en vez de coger olas? ¡¿Pero qué cojones haces, Iker?!
La frase me pegó justo debajo de las costillas. No por lo que dijo, sino por cómo lo hizo, como quien identifica en voz alta algo que ya había decidido que era una vergüenza.
Se dio media vuelta y echó a andar dejando el vasito de cristal con un fuerte estruendo sobre la barra.
La clienta de la despedida reaccionó tarde y protestó. Vero apareció de la nada, con esa capacidad suya para leer lo que pasa antes de que nadie se lo explique.
—Tranquila, cariño, que a esta ronda invita la casa —murmuró, con una sonrisa tan profesional que casi daba miedo—. Tu chupito y el de todas tus amigas. ¿Cuántas sois?
Me miró. Inclinó la cabeza hacia la terraza, hacia el lugar al que mi padre se encaminaba con firmeza.
—Ve.
En cuatro pasos ya estaba fuera con esa rigidez que yo conocía tan bien. Espalda recta. Manos a los lados. Mandíbula cerrada. Bajé de la barra sin saber muy bien cómo. Agarré la camiseta sin ponérmela y salí detrás de él.
Me daban igual las voces a mi alrededor; lo único que podía escuchar era el latido de mi corazón, que tronaba con violencia .
Anduvo hasta el rincón más alejado, apoyado en la barandilla, mirando hacia la zona de surf, donde las olas rompían con extrema virulencia en la oscuridad.
Las observaba con la misma cara de siempre, esa que tenía tanto al ver temporales como al rellenar formularios.
Neutral. Como si el mundo pudiera hacer lo que quisiera, que él aguantaba.
Me planté a su lado. Los dos en silencio, mirando el agua.
Me moría por preguntar qué hacía aquí, aunque ya supiera la respuesta.
—Te he visto en internet —dijo al fin—. Guitarras, canciones, vídeos que se comparten. Los patrocinadores van a retirar la oferta. Me lo dijeron la semana pasada, a mí, porque tú pasas de responder.
—Estoy recuperándome.
—¿Recuperándote? Estamos a quince de agosto. Físicamente estás bien. El médico lo dijo. El fisio lo confirmó, te di algo de margen porque creí que merecías unas vacaciones, pero esto… —Sonaba decepcionado. Extendió las manos—. ¿Cuánto tiempo más va a durar la pantomima?
—No es una pantomima.
—Eso no es una respuesta.
—Es la única que tengo.
El silencio que usó entonces no era una pausa. Era una herramienta. Treinta años perfeccionándolo y yo treinta y uno aprendiendo a no quebrarme dentro de él. Esta vez tardé más de lo habitual.
— Aita . Casi me mato.
—Lo sé.
—¿Lo sabes de verdad? Porque a veces no me lo parece.
Me miró. En sus ojos había algo que no era frialdad exactamente, pero tampoco era lo que yo necesitaba.
—¿El golpe te dejó secuelas? —preguntó—. Dímelo y se mira, se trata, se trabaja. Porque prefiero pensar eso antes que aceptar que lo único que te pasa es que estás haciendo el gilipollas.
Siempre sabía qué decir para que me jodiera. En ese lugar donde las frases sangran y se quedan.
—Estoy cansado —asumí.
—Todos estamos cansados.
—No. —Solté una risa corta—. No es lo mismo, ya no sé si quiero seguir…
Apenas me salió la voz. Se giró del todo hacia mí.
—¿Por el tío con el que te morreas? También he visto ese vídeo.
El estómago se me cerró. Cuando salí del armario, a mi padre fue al que más le costó, aunque terminó aceptándolo.
Asintió despacio, confirmando algo que ya sospechaba.
—No me importa con quién te acuestes, ya superamos eso, pero sí me preocupa que te plantees dejar lo que eres por alguien que no te conoce, que no sabe cuánto amas lo que haces.
—Qué generoso.
—¡¿Qué cojones te pasa?! ¡Me importa que tires tu carrera por alguien que no va a estar cuando se cierre la última puerta!
—Tú qué sabes quién está o quién va a estar.
—Sé quién ha estado desde el principio.
Solté un bufido agotado.
—Y yo tu respuesta: la tabla, el mar, los entrenadores, los patrocinadores, tú. Siempre todos alrededor de lo mismo.
—Porque eso es lo que eres y lo que siempre quisiste.
Ahí. La frase. Porque en parte era cierto. El ruido del bar llegó amortiguado desde dentro, risas y vasos y una canción nueva arrancando. Todo siguiendo sin mí.
—Eso es lo que hago —asumí—. No lo que soy, no lo que me define o lo que quiero ahora.
Mi padre me miró como si no reconociera mi voz.
Entonces alargó las manos y me agarró por los brazos. Fuerte. De esa forma que usaba cuando yo era adolescente y se empeñaba en que mirara de frente a la ola, al fallo, al miedo.
—Espabila, seme .
Seme . Hijo.
Esa palabra me pegó más que todo lo anterior.
—Ya puedes volver. Lo tengo hablado y atado con Eneko, con Maialen, con todos. Si empezamos ya, todavía no es tarde. Te quedan años buenos. Pero tienes que dejar de jugar y despertar.
—No estoy jugando.
—¿Qué es esto entonces? —Señaló el bar con la barbilla—. ¿Qué cojones es todo esto, Iker? No perteneces a este sitio ni eres lo que circula por las redes, te he criado y te aseguro que el cantante de medio pelo que se desnuda para que lo chupen y se morrea con cualquiera no es mi hijo.
Sus palabras me dejaron sin aire.
Porque mi mente estaba llena de imágenes que no podía enseñarle y que probablemente no entendería.
Yo enseñando a un crío a perder el miedo al agua.
Tocando la guitarra con Harley fingiendo no escuchar.
Despertándome sin pensar que mi cuerpo era una herramienta rota pendiente de revisión.
Riéndome en una cocina con olor a fritura sin que nadie me preguntara si el hombro aguantaba o cuándo volvía a competir.
Yo sin miedo a la vida y con ganas de sentir…
—No sé todavía quién soy —admití—. Solo trato de descubrirlo.
—Pues más te vale saberlo rápido. Estoy en el Meliá Zahara.
Te doy hasta el lunes para despedirte de todo esto y venir conmigo a Getxo.
Si no vuelves ya a entrenar, los patrocinadores se van y tu carrera se cierra sola.
Te quedarás en nada; todo tu esfuerzo se acabará encima de esa barra y, si es lo que quieres, tú mismo.
Se calló. Se dio la vuelta y caminó hacia la salida sin mirar atrás, con esa forma de andar que era toda una declaración de principios.
Recto, sin dudar, sin preguntarme cómo estaba.
Sin decir que se alegraba de verme vivo, entero, respirando.
Dando por hecho que lo que estaba haciendo era una gilipollez y dándome una colleja final para que espabilara, junto a un ultimátum.
Lunes. Ese era el plazo.
Seguí apoyado en la barandilla con la camiseta arrugada y el mar rompiendo abajo. Pensé en los vídeos que había visto mi aita , porque yo también lo había hecho.
En la imagen que mi padre y los que habían construido una estatua de mí se llevaban. En que desde fuera todo parecía exactamente lo que él había dicho: un tío perdido haciendo el imbécil mientras su carrera se desmoronaba sin que nadie lo empujara.
Lo peor no era que mi padre lo hubiera visto. Lo peor era que no sabía si eso me importaba suficiente para cambiar algo, para tomar la decisión que él anhelaba.
Había pasado media vida creyendo que el agua era libertad. Esa noche me pareció una jaula enorme con muy buenas vistas.