Capítulo 59
Me puse a la cola sintiéndome ridícula antes incluso de empezar. El bikini nuevo me lo había traído India el día anterior. Según ella, me sentaba «de vicio». Según yo, me dejaba más al descubierto que un secreto familiar en manos de Mila después de dos vinos.
Brody me vio cuando llegué al principio de la cola.
Vi cómo su mirada bajaba, se detenía y volvía a mi cara con una lentitud que me encendió sitios muy poco festivos.
Bendita braga brasileña con lacitos a los costados.
Se acercó dando un trago largo a un botellín de agua helada.
—Vero.
—Brody.
—¿Vas a subir?
—He venido vestida así para apoyar el deporte local.
—Te queda bien el apoyo al deporte local —dijo, asomando la mirada a mi trasero desnudo.
—No empieces.
—No he dicho nada.
—No ha hecho falta.
Dejó la botella, cogió un chaleco y se plantó delante de mí.
—Brazos.
—Puedo ponérmelo yo.
—Ya, pero a mí me gusta cualquier actividad que implique tener mis manos sobre tu piel.
«Qué burra me ponía, joder».
Levanté los brazos.
Me colocó el chaleco lentamente, con demasiado roce. Sus dedos palparon mis costillas al ajustar una tira. Luego bajaron a la hebilla de la cintura. Tiró de ella y me acercó un poco a él. Solo un poco. Lo suficiente.
Lo suficiente para que algunas mujeres preguntaran un «¿quién es?».
«¡La que se lo folla cada noche, cacho perra!».
—¿Estás nerviosa?
—Estoy rodeada de gente que quiere que le toques el velcro.
Su boca tembló.
—¿Celosa?
—No.
Tiró de otra correa.
—Claro.
—Es preocupación. Muchas de esas mujeres están casadas y con hijos… No queremos una corte de viudas y huérfanos.
Sus nudillos rozaron mi abdomen al comprobar el cierre.
—Respira —murmuró—, necesito que lo hagas para lo que te pienso hacer…
Una señora a nuestra derecha, con abanico y plato de pescaíto , le dijo a otra sin bajar la voz:
—Yo quiero eso.
—¿El patinete acuático?
—No, niña. Eso, el tiburón.
Señaló a Brody, que seguía ajustándome el chaleco.
Cerré los ojos. Brody soltó una risa baja.
Yo miraba al horizonte con la poca decencia de una mujer a la que se le estaba desintegrando la escasa ropa que llevaba.
Brody se puso de cuclillas y levantó la vista desde abajo.
Error. Gravísimo error.
—Como sigas mirándome así, voy a hacer una estupidez.
—¿Aquí? —preguntó él, acariciándome el tatuaje.
—No me tientes.
Su sonrisa creció.
Las madres del abanico volvieron a murmurar.
—Pues yo también quiero que me mire así y que me toque.
—Ponte a la cola, Carmen.
—Tu marido está al lado.
—Mi marido tiene vista cansada.
—Cansada no sé, pero ahí te montas casada y bajas divorciada.
Me tapé la cara.
—Este pueblo es una condena.
—Y tú eres la mía —pronunció, levantándose.
Me llevó hasta el agua. La tabla flotaba junto a la orilla, conectada por una manguera enorme a la moto acuática. Fría. Real. Muy poco compatible con hacerme la valiente.
—No puedo.
La frase me salió flojita. El temblor de las rodillas me delataba. Brody me miró y se dio cuenta de que estaba asustada.
—Sí puedes.
—No, en serio. Me voy a caer. Voy a hacer el ridículo. Me voy a partir algo y seguro que pierdo las bragas.
—Para que las pierdas conmigo no es necesario que caigas al agua.
—Qué tranquilizador.
—Yo voy a estar aquí, contigo.
Me sujetó por la cintura.
—Mírame.
Lo hice.
—No tienes que demostrarle nada a nadie.
—Pensaba que el plan de hacer una cosa así era demostrar de quién eras.
—Eso ya lo sé yo.
Mi estómago hizo una cosa bastante indigna.
—¿Ah, sí?
—Sí.
—¿Y de quién eres tú?
Me arrepentí en cuanto lo dije. Sonó peligroso para una mujer que seguía teniendo la vida en pausa y un mensaje sin responder. Él no se apartó.
—A estas alturas deberías saberlo.
El aire abandonó mis pulmones. Lo vi colocarse las botas sin dejar de mirarme con intensidad.
Después se puso de pie.
—Solo tienes que agarrarte a mí y dejarte llevar. No luches contra el agua. Deja que te suba.
Hizo que me subiera a la plataforma. Lo agarré con firmeza, temiendo lo peor.
Tenía un miedo espantoso a que aquella cosa no se elevara y alguien soltara algún comentario sobre mi peso.
Aunque intentara que no me afectara, aunque supiera que a Brody le gustaba tal y como era, no podía controlar esa pequeña vocecilla que me decía cosas feas. Y dolía, aunque no quisiera.
La presión empezó suave. La tabla vibró bajo mis plantas.
—Brody.
—Estoy aquí, preciosa, y siempre lo estaré. Respira. Mírame.
Fue entonces cuando me di cuenta de que estaba apretando los párpados a lo bestia.
—¿Y si peso más de lo que calcula la máquina? —verbalicé.
—Vero.
—¿Qué?
—Me he pasado media semana levantándote contra paredes, mesas y una puerta. Sé perfectamente lo que pesas y me encanta.
Me quedé muda.
El agua subió de presión. Mis pies dejaron de tocar fondo y solté un grito tan poco sensual que hasta una gaviota se apartó.
—¡Brody!
—Shhh, solo confía en mí y disfruta.
Subimos otro poco. El agua rugía debajo. La playa aplaudió. Estábamos mojados y yo ni siquiera había sentido el frescor. Brody me abrazaba, empapado, firme.
—¡Eso es! —gritó India—. ¡Ahí vuela la reina del mar!
Seguimos elevándonos, quizá solo un metro o dos, pero para mí fue la estratosfera.
El aire me golpeó la cara. El mar se abrió debajo.
Brody me tomó de una de las manos, estiró nuestros brazos y se puso a dar vueltas como si bailáramos.
Entonces, contra todo pronóstico, me reí.
Como una loca. Como alguien que llevaba demasiado tiempo conduciendo una vida en línea recta y acababa de descubrir que también podía elevarse un poco, aunque fuera con miedo y haciendo el ridículo delante de todo el pueblo.
Él tenía una sonrisa preciosa y, sin que lo esperara, me tomó en brazos haciendo gala de una fuerza y un equilibrio que hicieron aplaudir a la audiencia.
Mi pelo se agitaba. Brody voló y descendió para hacer algo completamente inesperado: nos sumergió de lleno en el agua para después emerger chorreando y trazar un mortal perfecto que me hizo gritar y reír al mismo tiempo.
—¡Estás loco!
—Por ti, mi sirena, siempre por ti.
Los latidos de mi corazón eran ensordecedores.
Me hizo apoyar los pies en la plataforma, aunque fue breve, porque acto seguido me subió a su cintura con sus enormes manos en mi culo para apretarme contra él.
No sabía si estaba divertida, excitada o enamorada como una idiota. Puede que las tres.
—Estira los brazos y déjate caer.
—Ni hablar.
—Hazlo, confía — insistió.
Terminé obedeciendo. Él flexionó un poco las piernas y se puso a dar vueltas, conmigo chillando.
Oía los aplausos, pero, sobre todo, a mi corazón diciéndome que Brody Pache era el indicado.
Intenté incorporarme sin avisar y nos descompensé.
La tabla se inclinó y nos hundimos en el agua de lado con la elegancia de una lavadora lanzada desde un balcón.
Escupí agua.
Sin embargo, Brody no me soltó.
—¿Estás bien?
—Me he tragado medio Atlántico.
—Eso es que tenías sed. ¿Te bajo?
Estábamos muy cerca. Siempre demasiado cerca. O no lo suficiente.
Me miró con una ternura que me dio más vértigo que la tabla.
—¿Podemos seguir un poco más?
Miré la tabla. Miré la playa. Miré a las madres del abanico, que seguían observándonos. Luego lo miré a él.
—Podemos seguir toda la vida si me lo pides.
La frase salió de mi boca antes de que pudiera ponerle bozal.
Brody no sonrió como si hubiera ganado algo.
No hizo un chiste. No aprovechó para besarme delante de medio pueblo ni para marcar territorio, aunque las madres del abanico habrían vendido una nevera portátil por verlo.
Solo me miró. Con el agua resbalándole por la cara, el pecho subiendo y bajando por el esfuerzo y esa ternura suya que no pedía licencia, pero tampoco empujaba.
—Vero…
Mi nombre en su boca sonó a pregunta.
Y eso, precisamente eso, fue lo que terminó de romperme un poquito.
Porque Adrián me había ofrecido una vida ordenada.
Una casa, una familia, un futuro de muebles bien puestos y cenas elegantes.
Brody, en cambio, me tenía empapada, muerta de miedo, colgada de una manguera asesina y riéndome como si alguien me hubiera devuelto el aire después de años respirando a medias.
No tenía ni idea de qué iba a pasar cuando acabara el verano.
No sabía qué haría con mi padre, con Luc, con Adrián, con la verdad de mi madre ni con todas las piezas de mi vida que seguían desparramadas como una vajilla rota.
Pero sí sabía una cosa .
En ese momento, con los pies temblando sobre una tabla imposible y las manos de Brody sujetándome como si pudiera salvarme incluso de mí misma, no quería bajar.
—No digas nada —le pedí, antes de que pudiera hacerlo—. Solo… no me sueltes todavía.
Sus dedos se cerraron un poco más sobre mi cintura.
—No pensaba hacerlo.
El agua volvió a rugir bajo nosotros.
Brody me sostuvo la mirada, sonrió lobuno y la tabla empezó a elevarse otra vez. La playa gritó. India chilló algo sobre sirenas, reinas y derechos adquiridos. Las madres del abanico aplaudieron como si aquello fuera una boda, una procesión o el principio de una desgracia anunciada.
Y yo me reí.
Me reí con la boca llena de sal, con el corazón haciendo el imbécil, con el miedo todavía dentro, pero cada vez más pequeño.
Hoy no estaba conduciendo en línea recta, estaba volando y, aunque fuera una locura, aunque fuera tarde, aunque fuera peligroso, aunque después tuviera que recoger los pedazos si me estrellaba, pensé que quizá mi madre tenía razón en algo.
Quizá había veranos que no venían a salvarte, venían a despertarte. Y yo, entre los brazos de Brody Pache, acababa de abrir los ojos.