Capítulo 58
Mila se fue semana y media después, con tres maletas, dos bolsas de tela y una caja de cartón que supuestamente contenía «cositas», pero pesaba como si hubiera decidido llevarse también el porche.
Entre tú y yo, se llevó varias piezas de Brody para alardear con sus amigas de que tenía varios Pache.
La abracé fuerte. Ella me apretó más.
—Llámame para cualquier cosa —dijo con la boca en mi pelo.
—Lo sé.
—Para lo que sea, a cualquier hora, para todo lo que necesites…
—Mastercard.
Me miró mal.
—Perdona, me queda claro.
—Tiraré de varios hilos a ver si damos con Luc, aunque te digo una cosa: lo hagamos o no, disfruta, como hizo tu madre, de este verano. Lo mereces.
La solté, le aguanté la mirada y asentí. Ella me evaluó dos segundos con esa cara suya de detectar mentiras y luego se giró hacia Germán, que cargaba la maldita caja de cartón con estoicismo.
Creo que se besaron, aunque la mirada que él le dirigió no era exactamente de adiós cuando le abrió la puerta.
Tampoco sabría cómo definirla, simplemente algo había ahí.
Harley no volvió a casa, daba igual que la prima de mi madre le hubiese devuelto su habitación.
Y eso fue una de las cosas más tiernas y ridículas de toda la semana, porque se plantó en la cocina con cara de delincuente pillado robando magdalenas y le preguntó a Brody, con una seriedad que me encogió por dentro, si no le importaba que siguiera unos días disfrutando de la hospitalidad vasca.
«Hospitalidad vasca».
Un tío de treinta y cuatro años pidiéndole autorización a uno de treinta y siete para quedarse en un apartamento ajeno. Como si tuviera que hacerlo, oiga.
Yo me mordí la sonrisa.
Brody levantó la vista de la tostada.
—Harley, por si no te quedó claro, hace dieciséis años que cumpliste la mayoría de edad.
Duerme donde te dé la gana y con quien te dé la gana.
Iker parece buen tío, no como el abominable hombre de las liendres, del que te pillaste la última vez…
Lo importante es que no te haga sufrir ni te contagie una venérea por tirarse a todo rabo que se mueva.
—Qué gilipollas eres cuando quieres.
—Pero me adoras igual.
India, que había aparecido detrás con el pelo en un moño imposible y una camiseta tres tallas más grande, los miró como si estuviera viendo el mejor capítulo de una serie.
—Sois mi contenido favorito.
Las cosas habían ido así desde entonces. Pullas, risas y complicidad máxima.
Germán apareció tres días después de la marcha de Mila con pescado fresco y cara de no querer dar demasiadas explicaciones sobre por qué venía de visita.
Lo dejó en la cocina, dijo algo sobre que había sobrado en la lonja.
Se fue antes de que nadie pudiera agradecérselo en condiciones.
Brody le hizo unos remiendos en la barca como contraprestación.
Y al final se ganó una invitación a casa Pache para comer el domingo junto a Iker.
Fue una velada muy agradable. India, incluso, no paraba de preguntarle al viejo capitán por sus aventuras en el mar del Norte.
Casi parecíamos una familia, algo extraña, pero familia.
A Harley cada vez se le veía más relajado en el bar con las muestras de afecto que Iker le prodigaba a la menor oportunidad. Una mano en la nuca, un beso en el hombro, un «ven aquí, txiki » dicho como si fuera lo más normal del mundo.
Al principio le gruñía avergonzado. O miraba alrededor como si el pueblo entero estuviera pendiente de si el surfista le acariciaba la cintura mientras servía rebujitos. Pero poco a poco había dejado de gruñir y ahora, la mayor parte del tiempo, lo veía sonreír .
Desde que supe que no me unía ningún cromosoma a ellos, yo también estaba mucho más tranquila. Lo cual no quería decir que no estuviese preocupada.
Seguíamos sin noticias de Luc y yo tenía una necesidad vital de dar con mi padre biológico.
Mi padre —el que me crio— me había llamado una vez desde que me vine.
Yo lo había llamado otra. Dos conversaciones educadas, raras, de esas en las que preguntas por el tiempo que hace, la salud y poco más.
Puro trámite, porque hablar de lo importante era abrir una puerta que no estaba segura de querer cruzar.
Me sentía un poco extraña, culpable, por tirar de la manta y porque yo era el fruto del pecado de mi madre.
También era consciente de que él merecía saber la verdad.
Y luego estaba Adrián.
Mi ex me había mandado un mensaje. Me limité a leerlo por la ventana emergente.
«Espero que estés bien. Quiero que sepas que sigo aquí y quiero avanzar contigo».
Correcto, amable y dejando claro que la puerta seguía abierta, por lo menos para él. Muy Adrián.
No contesté. Lo tenía ahí, como una piedrecita en el zapato, porque por una vez en mi vida quería imitar a mi madre.
No en lo de ocultar secretos durante tres décadas, sino en haber tenido, aunque fuera un verano, la valentía de disfrutar sin tener en cuenta la opinión de los demás.
Y eso era lo que estaba haciendo: disfrutar.
El lunes y el martes pasaron en un suspiro. Había muchísimo trabajo en el bar y Brody estaba embebido preparando las piezas para la exposición, y yo no quería molestarlo, que en cuanto aparecía por su horizonte nos liábamos a follar.
Me dijo que me compensaría porque el miércoles era el día de la patrona del pueblo y cerraría el taller.
El miércoles 5 de agosto Punta Salvaje amaneció con banderines verdes, blancos y azules colgados entre las casas, mesas largas junto al paseo, niños con pistolas de agua y señoras organizando bandejas de tortilla infinitas.
Resultaba que Nuestra Señora de las Nieves, la patrona de La Palma, también lo era de este pequeño pueblo encalado. Me hizo gracia. Una gracia rara, de esas que te hacen plantearte si existen las casualidades o si alguien lo está orquestando todo.
Harley me lo explicó con tono de documental y yo lo acabé resumiendo :
—O sea, que me voy de mi isla bonita para acabar en un pueblo de Cádiz celebrando a la misma santa.
—El destino es una señora con mucho tiempo libre.
Reí y él me ayudó a cargar las cosas en la furgoneta para bajar a la playa. Disfrutaríamos de las actividades al aire libre con Iker, India y sus amigas, que ya la estaban esperando cuando llegamos. El grupo más caótico de toda la orilla.
Harley miró el programa de actividades con cara de gestor de riesgos.
—Vero, ¿sabes que Brody es el monitor de flyboard ? —preguntó la pequeña Pache, mientras yo disimulaba que no lo estaba buscando bajo mis enormes gafas de sol.
—Sí, me lo dijo. Me parece genial —dije.
Me fijé en una cola enorme, repleta de mujeres, que avanzaba hacia una pasarela de madera adentrada en el agua.
Allí, Brody, con camiseta de tirantes empapada, bañador y el pelo recogido en su particular moño, recibía a las personas deseosas de alzar el vuelo sobre el agua subidas a aquella especie de monopatín.
—Se sacó el título a los dieciséis —me informó Harley—, no hay nadie con más experiencia en la región. Deberías probar a subirte, es muy bueno.
—¿Yo? ¿Tú me has visto cara de querer montarme sobre dos mangueras a presión? Si me da miedo bajar unas escaleras, imagínate montarme en esa cosa. No, gracias.
—Es muy chulo —insistió India—. Te levantas un montón y Brody sabe hacer mogollón de piruetas, no dejaría que cayeras.
La miré.
—Me da igual lo bien que lo haga, mi concepto de disfrutar no incluye ser disparada al aire con fontanería agresiva. No me parece de lo más seguro, la verdad.
Aquella cola sospechosamente femenina me arrugó el ceño antes de que pudiera evitarlo.
Turistas, vecinas, primas de alguien, mujeres que no habían mostrado en su vida interés por los deportes de riesgo y que de pronto parecían dispuestas a volar sobre el mar si eso implicaba que Brody les ajustara el chaleco con las manos.
Las manos, sus manos, en cinturas ajenas. Sentí cómo se me calentaba la nuca.
Brody ayudó a Analí, con un bikini rojo imposible, a ponerse el casco.
Ella se rio. Él sonrió de medio lado, profesional, amable, insoportable.
Luego le ajustó una correa cerca de la cintura y ella apoyó una mano en su antebrazo más tiempo del estrictamente necesario.
¿Por qué llevaba la parte de arriba al revés, enseñando toda la parte inferior de la teta? Algo dentro de mí sacó una navaja.
—Mira, va a subirse Analí —informó Iker, como si en mi interior no se hubieran activado ya diez alarmas.
—Qué maja —mascullé, masticando las letras.
India abrió mucho los ojos.
—Madre mía.
—¿Qué?
—Le estás tirando muchísimo beef con los ojos.
—¿Qué ha dicho? —le pregunté a Harley.
—Ni idea, la última vez que interpreté una de sus expresiones me salió como el culo.
Analí se inclinó hacia Brody cuando la cosa arrancó, pegándose a él como una lapa.
—¡¿Pero por qué se le adhiere como una pezonera de silicona?!
—Es muy funable su actitud, te lo dije antes. Tienes que subirte porque está pilladísima por mi hermano.
—Ni borracha. Y no sé si su actitud se fuma o no, pero no me gusta.
Las adolescentes se rieron, seguramente porque habría dicho alguna barbaridad.
India tiró de mi mano cuando Brody se puso a dar vueltas y Analí se agarró a él de tal forma que yo me puse como un calamar en su tinta: negra de ira.
—No te resistas y reclama a tu crush .
—He visto vídeos —me defendí—. Si pesas mucho, te hundes.
Las chicas me miraron mientras mis mejillas se coloreaban.
—No te hundes por pesar —dijo Iker a mi espalda—. Depende del gas, de la presión, de cómo te equilibre el monitor, y dudo muchísimo que Brody dejara que te hundieras.
—Estupendo. Mi vida en manos de una manguera y un escultor de madera.
—Tu vida lleva en manos de mi hermano desde que llegaste —se sumó Harley.
Lo miré ofendida. Iker me rodeó los hombros.
—Yo, de ti, me subiría y les demostraría de quién es ese hombre.
Y entonces canturreó, con una solemnidad espantosa:
—¿Quién es ese hombre, que me mira y me desnuda…?
Harley giró la cabeza muy despacio.
—¿Cómo sabes esa canción? ¡Eso es muy Pasión de gavilanes !
—Yo sé muchas cosas. —Iker puso voz de culebrón—. Tú eres el gavilán que llegó a mi hacienda para poner mi mundo patas arriba.
—Como vuelvas a llamarme con algún mote de pájaro, te tiro al mar.
—Hazlo, pero bésame primero.
Y Harley, que antes habría mirado alrededor, habría gruñido, habría hecho cualquier cosa para fingir que aquello no iba con él, esta vez solo resopló y después lo besó.
Allí. En mitad de la playa. Sin esconderse. Sin pedir perdón. Un beso corto, firme, de los que no buscan impresionar a nadie, pero miras de todos modos.
—¡Qué buena pareja hacen! —suspiró María.
—¿En serio que vas a dejar que todas esas mujeres sobeteen a mi hermano sin marcar territorio? —me preguntó India por lo bajini—. Tienes que demostrarle a Analí que estás dispuesta a arrancar cabelleras.
Me dio coraje, porque en realidad nunca había hecho nada intrépido más allá de pisar a fondo el acelerador de la guagua cargadita de jubilados, así que entoné por dentro un porqué no, que no supe con exactitud de dónde salía.
Supongo que cedí porque soy débil, porque estaba celosa y porque Brody acababa de agacharse para ajustar otra correa y una mujer de cuarenta años le miraba el culo con una falta de disimulo que me dieron ganas de dejarla sin dentadura.
Así que me quité las gafas de sol, respiré hondo y decidí que, si iba a hacer el ridículo y hundirme como una piedra, al menos lo haría por una causa noble: recordarle al universo, a Analí y a todas las divorciadas vocacionales de la cola que ese escultor con manos de pecado no era una atracción de feria: era mío.
Y estaba dispuesta a subirme a una manguera asesina para reclamarlo.