Nunca serás mi romcom Capítulo 57
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Capítulo 57

La madera tenía memoria.

Eso lo aprendías cuando llevabas años oyéndola quejarse bajo tus palmas. Cada tablón venía con sus vetas, sus nudos, sus grietas escondidas y esa mala leche de las cosas que parecen firmes hasta que metes la gubia donde no debes y descubres que por dentro estaban esperando a romperse.

Un poco como yo, vaya.

Tenía delante un bloque de olivo viejo, sujeto al banco con dos mordazas, la superficie ya desbastada y una línea de carboncillo marcando la curva principal de la pieza.

Para cualquiera que entrara en el taller, aquello sería un trozo de madera con virutas alrededor.

Para mí era una espalda arqueándose, una garganta expuesta, un cuerpo a punto de entregarse a algo que no sabía si era placer, miedo o rendición. Pero tenía nombre propio: Vero.

Porque últimamente todo terminaba siendo Vero.

Llevábamos una semana acostándonos. Siete noches en las que había prometido no hacerme preguntas imposibles y había fracasado en todas.

Siete amaneceres en los que ella no había vuelto a despertarse sola, salvo porque yo me levantaba antes para poner café, tostar pan y fingir que aquello no era lo más parecido a una vida en común que había tenido en años.

De día hacía los encargos de siempre: una puerta, dos estanterías, una barandilla de iroko para unos guiris que querían «algo rústico pero elegante», que era la forma pija de decir hazme magia y no me cobres lo que vale.

Por las tardes, cuando Vero entraba al bar y Harley se hacía el dueño estresado, yo volvía al taller y me metía con las piezas para la exposición .

La puta exposición.

Todavía me sonaba raro.

Mila había aparecido con aquello como quien deja una bomba sobre la mesa y te dice que es una buena noticia.

No estaba seguro de querer hacerlo. No por falta de ganas: por miedo, que era peor y mucho más humillante.

Hacía años que había dejado de ilusionarme con mi obra, porque así dolía menos.

Si no esperas nada, nada puede partirte en dos.

Pero esculpir era otra cosa. Esculpir era abrirte tú antes que la madera.

Y este verano estaba viniendo cargado de exactamente eso: sueños, esperanza, fe.

Palabras preciosas serigrafiadas en una taza.

Peligrosísimas si las dejabas entrar en casa.

Tenía algunas piezas ya empezadas. Un torso en nogal, un pez abisal en raíz de encina, una figura femenina sin rostro tallada en haya. Cosas que hacía a ratos, cuando no miraba lo que estaba haciendo.

Pero las nuevas eran Vero.

Con su beneplácito, claro.

Se lo había pedido una tarde, después de comer, con más nervios que un adolescente.

—¿De verdad que iba en serio lo de que quieres que pose para ti desnuda?

—Quiero tallarte.

—¿Quieres follarme?

—He dicho tallarte, aunque follarte también.

Se rio tanto que tuve que besarla para que se callara.

Y ahora, a la hora de la siesta, venía al taller cuando el calor hacía que el pueblo pareciera metido en una olla.

Cerraba la puerta, se quitaba la ropa despacio, con esa seguridad que ganaba día a día y todavía no terminaba de creerse, y se tumbaba en el diván viejo junto a la pared de herramientas.

Yo cogía las mías y me ponía manos a la obra, principalmente.

A veces los ojos se olvidaban de la madera y tardaba un rato en recordar dónde tenía las manos.

Su piel clara marcada por el sol, los tatuajes, la curva del vientre, la forma en que intentaba parecer tranquila mientras me veía coger el carboncillo para plasmar en dibujo lo que después esculpiría.

Le pedía que cambiara el ángulo de un brazo, que girara la cabeza, que dejara caer una rodilla, que no cerrara los ojos.

Y otras veces no llegaba a tallar una mierda.

Porque se mordía el labio de esa manera suya, o respiraba diferente, o me soltaba una temeridad para disimular que le daba vergüenza, y yo terminaba arrodillado entre sus piernas aprendiendo su expresión de placer desde dentro, con la lengua y la poca cordura que me quedaba.

Decía que lo hacía por el arte, era mentira, o al menos en parte.

Me gustaba su sabor. Me gustaba muchísimo. Y también quería atrapar su cara en el segundo exacto en que dejaba de defenderse del mundo. Cuando se rompía en mi boca. Cuando su cuerpo entendía antes que ella que no tenía que pedir perdón por desear ni por ser deseada.

Y ahí es donde aparecía el fantasma de Adrián.

No lo habíamos nombrado. Ni una vez. No obstante, flotaba en la habitación cada vez que Vero miraba el móvil, o cada vez que yo me quedaba mirando el techo a las seis de la mañana antes de levantarme pensando en si habrían roto o seguirían juntos y yo era un entretenimiento.

No preguntaba porque sentía pánico por la respuesta.

Simple: era un puto cobarde y no estaba listo para perderla.

La perdí una vez. Por las circunstancias y todo lo que se juntó y me sepultó durante meses.

Pero también por no haber encontrado la forma de llegar a ella después, o mejor dicho, por hacerlo tarde.

Por haberla aparcado. Por ser el hombre que resuelve lo urgente primero y ya veremos si habrá tiempo para su propia felicidad.

Esta vez sí tenía opción. Y, si tenía que jugar sucio el mes que quedaba para convencerla de que podía ser feliz aquí, que no necesitaba ningún médico que pudiera costearle todos sus caprichos porque la auténtica felicidad estaba en las cosas pequeñas, lo haría.

Se lo demostraría sin dudarlo, sin vergüenza. Con las manos, con la boca, con la lengua y la pintura de la mejor calidad del mercado. Porque, si Vero necesitaba una fantasía, yo aparecía pintado de verde, desnudo y con un remo en la mano para ser su orco carpintero o lo que cojones quisiera.

Le había dicho que nunca sería su romcom , pero quizá sí pudiera seguir el camino adecuado para serlo.

Estaba limpiando una arista con el formón cuando escuché sus pasos en el patio.

No tuve que girarme.

Ya conocía su forma de caminar. Ese ritmo suyo, un poco decidido, un poco torpe, como si siempre estuviera a punto de tropezar con la vida y aun así siguiera avanzando.

—¿Molesto al artista atormentado?

—El artista atormentado está arruinando un trozo de olivo.

—Me pone mucho cuando te pones dramático.

Ahí sí me giré.

Vero estaba apoyada en el marco, vestido lila de florecitas, pelo recogido de cualquier manera, gafas de sol sobre la cabeza y las mejillas encendidas por el calor. Dejé la gubia, la atrapé por la cintura antes de que dijera nada más y la besé.

Lento al principio. Después no tanto.

Porque besar a Vero empezaba como un gesto y terminaba conmigo enterrado entre sus piernas.

Su boca se abrió bajo la mía, cálida, suculenta y tentadora.

Me agarró del pelo de la nuca. Yo sentí el golpe bajo en el pecho que no tenía nada que ver con el deseo aunque empezara siempre en el mismo sitio.

La veneraba.

No sabía decirlo de otra manera sin parecer un idiota de postal.

Veneraba sus ojos cuando me miraban con hambre.

Sus dedos cuando me tocaban las cicatrices de las manos.

La forma en que se reía de sus propias desgracias cada vez que debía enfrentarse a unas escaleras.

Me gustaba la Vero caótica, la que era mía durante un rato y ojalá lo fuese durante más.

Cuando se separó, apoyó la frente en mi pecho.

—Sabes lo que me gustan tus besos, pero ha llegado Ramiro y Germán debe estar al llegar.

Me tensé.

—¿Los resultados?

Asintió.

—Mi posible padre viene de camino. Mila está en la cocina dando vueltas como si fuera una viuda de telenovela venezolana. No sabía si molestarte porque estás trabajando, pero… ¿Quieres venir? A la revelación de padre.

Alcé una ceja.

Ella hizo una mueca.

—Suena fatal, lo sé. Será como una revelación de sexo de bebé, pero sin globos, tarta y con una señora de sesenta y ocho años intentando abrir el sobre antes de tiempo.

—Claro que voy.

—Si no quieres…

—Todo lo que sea importante para ti lo es para mí. Esto puedo hacerlo más tarde.

Pensé que había hablado en exceso. Pero Vero solo me miró, con esa mezcla de susto y ternura que me dejaba hecho polvo .

—Vale —susurró.

Cogí el cartel del cajón: «Vuelvo en diez minutos». Lo miré, borré y lo cambié por el de «Vuelvo cuando pueda», que era más honesto. Lo colgué en la puerta.

Le tendí la mano.

Ella la miró como si todavía le sorprendiera que estuviera ahí para enredar nuestros dedos y luego la cogió.

Cruzamos el patio. El calor se había quedado atrapado entre las paredes blancas y Garfio apareció junto a la maceta grande como si lo hubieran invocado. Con el ojo bueno puesto en las chanclas de Vero.

—Ni se te ocurra, pisha —le advertí.

Pero, antes de que iniciara su ataque a cámara lenta, Vero soltó mi mano, cogió un zapato viejo que había dejado estratégicamente junto al muro y lo lanzó al otro lado del patio. Garfio giró la cabeza. Calculó y salió disparado detrás del zapato con una pasión que daba envidia.

Vero me guiñó un ojo.

—Lo tengo dominado.

Solté una carcajada impropia de mí.

—¿Solo a él?

Se rio y esa risa me hizo algo por dentro que ningún formón podía arreglar si un día faltaba.

Al entrar en la cocina, constaté que Vero no mentía.

Mila caminaba de un lado a otro con el sobre en la mano y un abanico en la otra.

—A Germán deben quedarle cinco minutos. ¿Podemos abrirlo sin él?

—No seas impaciente —contraatacó Vero.

—Cariño, a partir de los sesenta la paciencia es una pérdida de tiempo y colágeno. Además, si resulta que es tu padre, necesito saberlo antes de volver a casa.

—Mila.

—¿Qué?

—Nada me haría más feliz que ser vuestra hijastra si os casáis.

Casi se ahogó.

—Quita, quita, que yo solo quería un poco de atún fresco en lugar de en conserva. Yo soy muy feliz soltera y en mi casita.

Fuera sonó un claxon corto.

Fui a abrir.

Germán bajó del coche con camisa clara, como si saliera de ir a misa de domingo. Lo saludé.

—¿Está bien? —preguntó, mirando hacia la casa.

—Nerviosa.

—Yo también.

Me pilló desprevenido. Aquel hombre aguerrido no parecía de esos a los que un resultado les pusiera el vello de punta.

Entramos juntos.

Vero se acercó al verlo con un alzamiento de comisuras comedido. Germán le dio dos besos, torpe, con esas manos grandes, ajadas y llenas de duricias. Mila dejó el abanico sobre la mesa con teatralidad.

—Creo que debería abrirlo yo.

—Tú no —dijo Vero—, que todavía no te has revisado las dioptrías.

—Una sufre de vista cansada un día y ya la condenan de por vida.

—Casi morimos del susto.

—Pero luego se os quedó una mañana estupenda.

Germán miró al techo con disimulo. Yo tosí para esconder algo que no era una sonrisa.

Vero cogió el sobre.

Sus dedos temblaron lo suficiente para que yo quisiera quitárselo y cargar con todo el peso de la respuesta, aunque sabía que no podía. Había cosas que solo se podían acompañar y eso, para un hombre acostumbrado a solucionar vidas ajenas, era una putada considerable.

Rasgó el papel. Sacó el informe. Lo desdobló y susurró un: «Vamos a ello».

Sus ojos corrieron por la hoja en busca de una única respuesta. Tragó con fuerza y, antes de que dijera nada, lo supe. No por el papel, por esa carita decepcionada.

—No eres mi padre —admitió.

Mila se llevó una mano al pecho.

Germán no se movió. Ni una pestaña. Pero algo en él bajó, una sombra pequeña que le cruzó la mirada antes de recomponerse.

—Ya —dijo—. Bueno, no había muchas posibilidades…

Vero levantó la cabeza.

—Imagino que es un alivio para ti. Gracias de todos modos por haber aceptado despejar la duda.

Él negó.

—Me habría gustado… —confesó, con una sinceridad tan seca que dolió más que cualquier discurso—. No voy a mentirte, ya me había hecho a la idea de dejar un legado mío en esta vida. Me habría gustado que fueras mi hija.

Vero fue hacia él y lo abrazó sin pensarlo. Él tardó un momento en reaccionar. Luego la rodeó con cuidado, con esas manos de pescador que sabían sostener cosas frágiles aunque no lo pareciera.

Mila se limpió una lágrima con el dedo.

Cuando Vero se separó, respiró hondo.

—Si no soy hija de Diego y no soy hija tuya… —me miró—, entonces está claro que soy hija de Luc.

El nombre cayó en la cocina como una pieza que llevaba semanas esperando turno.

Me acerqué y la abracé por detrás. Apoyé la barbilla en su pelo.

—Seguiremos buscando.

Asintió. Sus manos se cerraron sobre las mías.

Sabía que aquello no había terminado. Ni la búsqueda, ni el verano, ni lo nuestro, que seguía sin tener sitio claro en su vida, pero que cada día ocupaba más espacio.

Septiembre vendría con sus preguntas y yo me aseguraría de que tuviera todas las respuestas.