Capítulo 56
No sé en qué momento exacto mi pueblo decidió convertirse en un anuncio de gente feliz, pero yo empezaba a sospechar que alguien había tocado algo raro en el universo y pronto tirarían de los trapos sucios para convertirlo en Gran Hermano , edición Punta Salvaje.
Desde que llegaron Vero e Iker, la casa, el bar y hasta mi hermano parecían otros. Por no hablar de la ocupación de Mila, que me llevó a aterrizar en el colchón de Euskadi. ¡Bendita república independiente vasca!
El bar funcionaba mejor que nunca. En el campamento no habíamos tenido incidentes graves, que en términos del Salitre significaba que nadie había perdido un diente definitivo, ningún padre había amenazado con denunciarme y ningún niño había metido un cangrejo en una mochila ajena.
Un triunfo, vaya. Y encima Brody tenía una exposición a finales de agosto en Sotogrande —Mila tenía más dotes de convicción que el presidente de la Junta de Andalucía y se había propuesto convertirse en la mecenas de mi hermano—, así que entre todos lo habíamos empujado al taller como quien empuja a un burro cabezón hacia la felicidad que le ha sido negada durante años.
Protestaba, claro. Pero se le notaba ilusionado.
Vero le había devuelto una chispa que yo creía enterrada bajo ingentes capas de serrín, facturas y silencios, y verlo así me daba una alegría rara, de esas que te calientan por dentro y luego te asustan, porque todo lo bueno parece venir con fecha de caducidad.
¿La nuestra? Septiembre.
Cuando agosto llegara a su fin, la excedencia de Vero también lo haría. E Iker debería volver al circuito. Y todo apuntaba a que, si no había un giro dramático de las circunstancias, la burbuja estallaría y los Pache volveríamos a nuestros gruñidos provocados por el síndrome del corazón vacío.
Mila era la primera en abandonar el pueblo y mi cuarto. Regresaba mañana a Sotogrande después de que llegaran los resultados que confirmarían si Germán era o no el padre de Vero.
Nadie hablaba de lo que supondrían aquellas tres partidas.
Ni ellos. Ni nosotros. Ni yo, sobre todo yo.
Porque el vasco tampoco sacaba el tema. Me miraba como si el futuro no estuviera esperando al fondo de la barra con una copa en la mano y ganas de joder la noche. Y yo, que necesitaba que las cosas se dijeran, me estaba conformando con lo que teníamos porque era incapaz de verbalizarlo.
Qué estupidez. Qué maravilla. Qué ganas de pegarme una colleja a mí mismo.
El lunes veintisiete de julio, el Bar Baridad estaba imposible.
Parecía sábado de feria. La terraza llena hasta los topes, dos despedidas de soltera con diademas luminosas y cero vergüenza, una pareja de guiris que había preguntado tres veces si aquello era typical flamenco show y suficiente rebujito de colonias como para tapar el olor a mar.
Yo estaba en una esquina calculando si nos quedaría hielo hasta el cierre cuando alguien —no vi quién, pero seguro que fue alguno con más alcohol que instinto— le pasó una guitarra a Iker.
—Venga, vasco, cántate una.
Yo resoplé, porque sabía lo que venía.
Iker cogió la guitarra con esa falsa pereza suya, como si no le apeteciera, como si no supiera perfectamente el efecto que iba a provocar en cuanto apoyara los dedos sobre las cuerdas.
Se sentó en el borde de la silla, con los pies firmes en el suelo y el pelo un poco revuelto por el viento.
Bajó la cabeza, afinó dos notas y el murmullo del bar empezó a caer solo.
Sin que nadie les mandara callar.
Como si hubiera recibido una orden invisible.
Entró su voz. Rota por abajo, limpia por arriba, con esa grieta controlada de quien sabe exactamente dónde rasgarla para que doliera bien.
La canción de la hoguera. La misma que había cantado una noche tras otra y que me tradujo en la cama para que mi corazón aleteara como un idiota cuando confesó que se había inspirado en mí, en lo que este lugar le hacía sentir .
Yo no era capaz de memorizar la letra en euskera, pero sí que me quedaba atascado en el mismo sitio cada vez que él llegaba al estribillo, levantaba la mirada y me encontraba.
Esta noche también lo hizo. Claro que lo hizo.
Los teléfonos se levantaron casi al mismo tiempo. La gente dejó de pedir, de hablar, de reír y puso cara de haber entrado en una iglesia sin querer.
« Acho , tío».
¡Qué asco de hombre! En el buen sentido.
Vero apareció a mi lado con dos cervezas y me puso una en la mano sin preguntar.
—No sé cómo no se dedica a la música —susurró—. ¿Has visto el efecto que tiene en la gente? Todos comen de la palma de su mano.
«Y yo de la punta de su polla», la observación se me quedó atorada.
Me fijé en la mano de Iker sobre el mástil. Los dedos largos, firmes, moviéndose con una seguridad que me hizo pensar cosas que no venían a cuento en horario laboral.
Bueno, a quién quería engañar, porque estaba visto que a mi nueva amiga no.
—Tiene muchos talentos —murmuré.
—Eso ha sonado sucio.
—Lo era.
Ambos reímos con complicidad.
Si para Brody Vero era su sirena, para mí Iker era mi tritón. Uno vasco, cabezón, con abdominales de persona que no había descubierto el placer de cenar patatas fritas con regaliz negro. Qué pena de hombre.
—Sigo sin entender qué ha visto en mí —se me escapó.
Vero giró la cara.
—¿Perdona?
—Que podría pasar el verano con cualquiera. Míralo, tiene a todos los tíos buenos deseando hincarle el diente. Podría elegir. Y luego estoy yo, aquí, calculando servilletas, oliendo a fritanga y con una mancha de granadina en el pantalón.
Vero dejó la cerveza en la barra. Me cogió de la muñeca y tiró de mí hacia un rincón.
—¿Por qué haces eso?
—¿El qué?
—Hacerte de menos.
—No me hago de menos. Soy realista y un tirillas.
—Lo que eres es gilipollas.
—Gracias, qué bonito, yo también te quiero.
—Escúchame. —Me señaló con un dedo—. Eres observador, generoso, trabajador hasta rozar lo absurdo y tienes un corazón enorme aunque te pases el día intentando esconderlo detrás de esa cara de gruñón.
Haces que los niños se sientan seguros. Haces que este bar parezca una casa.
Y el primer día que aparecí aquí con una maleta y la vida hecha cenizas me diste trabajo, techo y un sitio donde reconstruir mi hoguera sin pedirme nada a cambio.
Tragué con dificultad porque sus palabras me emocionaron.
—No empieces.
—Ya he empezado. ¿Es que no te das cuenta?
Tenemos mucha suerte, tú y yo. Hay dos personas que son capaces de ver más allá del envoltorio.
Que nos desean, se ríen con nosotros y nos miran como si fuéramos algo bueno, qué digo, lo mejor que les ha pasado en la vida y tal vez lo seamos.
No hay nada malo en ti ni en mí. Lo malo está fuera, en lo que lleva toda la vida intentando convencernos de que solo merece que lo deseen quien cabe en un molde, quien no molesta, quien no ocupa demasiado o quien ocupa demasiado poco.
¡Una mierda! Lo que te hace ser alguien es quiénes somos en realidad.
Es cuidar, escuchar, quedarte cuando todo se complica.
Tú haces todo eso, Harley. Nos merecemos todo lo bueno que nos pase y ellos también.
Tanto para tu hermano como para Iker, nosotros somos lo mejor, así que disfrutémoslo porque los cuatro lo merecemos.
Callé un momento.
La abracé. Sin avisar, porque si lo pensaba no lo hacía.
—Puede que no seamos hermanos de sangre —murmuré emocionado—, pero has logrado en este mes que te quiera como si lo fuéramos.
—Para. Que al final me haces llorar y se me corre el rímel, que he venido a trabajar, no a parecer un mapache.
—Qué intensa eres.
—Y tú un blandito con mochila.
Nos separamos riendo justo cuando Iker terminó de cantar.
Primero el silencio. Después los aplausos.
Luego los gritos, los silbidos, las palmas.
Tocó dos temas más. Uno animado con palmas y otro medio triste que hizo que una de las despedidas de soltera llorara abrazada a un taburete como si el taburete le hubiera roto el corazón.
Cuando terminó, le pidieron autógrafos. En servilletas, en una funda de móvil, en el brazo de una chica que prometió tatuárselo.
Iker firmó con una humildad que me dio más rabia todavía, porque uno no podía estar tan bueno, cantar así y encima no comportarse como un idiota. Era abusar.
La música normal regresó por los altavoces. Los pedidos volvieron como una plaga bíblica. Y él vino directo hacia mí.
Yo fingí ordenar vasos. Muy ocupado. Importantísimo.
Me abrazó tras saltar por encima de la barra como si no le importara que media terraza siguiera pendiente de él.
—Te estás convirtiendo en una estrella musical.
—¿Ah, sí?
—Sí. Te va a salir un representante y la oportunidad de cantar en bodas, bautizos y comuniones.
—Mientras no sea en la tuya, me basta.
Le sostuve la mirada.
—Qué tonto eres.
—Vaya. —Se inclinó rozándome la boca para depositar un mordisco—. Ahora me insultas. Lo que hace la confianza y follarse a la estrella del momento.
Me besó. No uno discreto ni de compromiso. Me besó como si el bar entero pudiera desaparecer y le diera exactamente igual. Como si todavía le quedara canción en la boca y quisiera metérmela hasta que la interiorizara.
No vi el móvil. No vi a la chica de la funda rosa en la mesa de la esquina, todavía grabando. No vi cómo enfocaba justo cuando Iker me sujetaba por la nuca y yo, que siempre decía que estas cosas en público me ponían nervioso, le devolvía el beso con una falta de criterio bastante alarmante.
Pero el móvil estaba ahí, grabando para después ser subido a redes junto a la canción.
Entonces sonó Malamente .
El bar reaccionó como si alguien hubiera encendido una mecha porque era la señal acústica que indicaba la hora de los hot shots . Vero, ya detrás de la barra, hizo sonar la campana que había instalado.
—¡Vasco! ¡Arriba!
Iker se apartó apenas de mí. Tenía los labios brillantes y una mirada que prometía problemas.
—El deber me llama, jefe.
—No soy tu jefe ahora mismo.
—Siempre lo eres un poco. —Me guiñó un ojo—. Pero después no te escapas de mi cama.
Saltó encima de la barra entre aplausos. Le extendió la mano a Vero, que subió con él para contonearse .
Esos dos eran puro fuego, solo tenías que ver las caras encendidas del público para entenderlo.
Ella se agachó en modo sexy , le pasó una botella y él la tomó para verter el líquido directamente en algunas bocas, sin que tocara labios por higiene.
De mientras, Vero agarró el grifo extensible con una sonrisa de pícara profesional.
El primer chorro helado atravesó la camisa blanca de Iker, de manga corta y cuello desabotonado.
El pecho quedó empapado. La gente gritó y él les dedicó unas ondas que me pusieron malo.
Alzamiento de prenda para mostrar que la belleza sí se oculta en el interior y en sus abdominales.
Otro chorretazo de «Dinamita Vero» e Iker partiendo la camisa como si estuviera en una boda gitana.
Los botones salieron disparados y la lanzó hacia un grupo de turistas que casi se matan por atraparla.
Yo apreté los dientes. No eran celos. Bueno, sí, un poco. Pero, sobre todo, era que mi bragueta había decidido montar una acampada reivindicativa al ver el despliegue, y eso que ya debería estar habituado.
Vero seguía empapándolo mientras bailaba y servía chupitos como si hubiera nacido encima de una barra y no detrás del volante de una guagua.
Mi bar estaba a punto de despegar del acantilado.
Entonces él se giró.
Me buscó, me encontró y yo recorrí con hambre su torso mojado, el pelo cayéndole sobre la frente y esa sonrisa de hombre que sabe exactamente lo que está haciendo.
Cayó de rodillas en la barra y se desplazó a cuatro patas mientras Vero creaba un efecto de lluvia artificial y los clientes estallaron en llamas. Yo también, pero por dentro.
Me guiñó un ojo. Uno solo.
Resoplé, agarré un vaso y murmuré para mí, porque si lo decía más alto iba a parecer un puto enamorado:
— Acho , tío. Como septiembre venga a joderme, prendo fuego al calendario.