Capítulo 55
Nadie me había advertido de que el sexo bueno tenía resaca.
No la de alcohol, que esa la conozco y viene con jaqueca. Esta era otra cosa. Esta era la de quien ha pasado una mañana entera sin salir de una habitación y ha empleado ese tiempo con la misma moderación con la que antes prometía comerse solo una patata.
Mentira, siempre.
La mañana se nos había ido en-te-ra.
Me la había pasado en la cama de Brody, gozándola a lo bestia con él entre mis muslos, su boca saboteando la mía, mis uñas clavándose en su espalda, en sus nalgas y en cualquier parte que me permitiera hundirlas para dejarle la marca.
Adoré su risa baja, mi vergüenza evaporándose a una velocidad preocupante, cuando me puso a cuatro patas para que pudiera vernos follar en el espejo del sifonier sin parar de decirme lo mucho que lo ponía.
Había acumulado una cantidad de jadeos que, si fueran coleccionables, tendría el álbum completo.
El segundo asalto fue más lento, más deliberado. Con esa mezcla de hambre y cuidado que me descolocaba más que cualquier guarrada que pudiera haberme susurrado, que fueron bastantes.
El cabecero de la cama golpeó la pared un par de veces y juro por Dios que dejó una muesca en ella que me hizo sonreír.
No me reconocía y lo decía para bien.
Cuando terminamos la maratón sexual vino la ducha, porque sí, teníamos que parar para comer otra cosa que no fuéramos nosotros mismos .
Mi primera ducha compartida con un hombre.
No porque no hubiera intentado antes ese experimento social, sino porque Adrián tenía una relación con el aseo corporal muy definida: agua, jabón, champú, aclarado a solas y fuera.
Cinco minutos. A veces seis, si se sentía especialmente salvaje y se lavaba dos veces el pelo.
Para él, la ducha era un trámite higiénico.
Para Brody, por lo que descubrí, una actividad recreativa, espiritual, deportiva y probablemente inventariable como causa mayor en cualquier seguro médico.
Salí redistribuida.
Antes de bajar, me miré en el espejo del pasillo.
El balance era claro: labios hinchados, pelo húmedo, cuello con una marca roja que parecía el sello de calidad de Brody Pache, escote con otra, y una cara.
Ay, Juan, la cara. La cara de una mujer que había descubierto un parque acuático sin salir de una habitación.
—No tengo buena pinta —dije cuando él me abrazó por detrás.
—Tienes una pinta increíble.
—Tengo pinta de que me ha atacado una aspiradora.
—No ha sido una aspiradora, ha sido mi polla y mi boca.
—Gracias por la aclaración técnica.
Él sonrió, me dio otro mordisco en el cuello y me amasó las tetas. A ese par le gustaban demasiado sus manos.
—Me vuelves loco.
«Pues anda que tú».
No me dejó bajar las escaleras, cargó conmigo en brazos y me dejó directa en la banqueta para que lo pudiera mirar mientras guisaba.
Cocinó como esos tíos que salen en TikTok y parecen capaces de desregularte el ciclo menstrual con una papaya. Solo que él lo hizo con tomates, huevos, pescado, fuego y esas manos que me tenían deseando convertirlas en patrimonio nacional.
Era imposible que dejara de contemplarlo como una imbécil.
—Deja de mirar el cuchillo así —dijo sin girarse.
—No miro el cuchillo.
—Mis manos, entonces.
—Peor. Mucho peor… Estoy imaginando cosas en esa encimera.
Se le movió la boca.
Y me levanté para poner los cubiertos.
Necesitaba hacer algo útil y dejar de pensar en cosas cerdas.
Él pasó por mi lado y me rozó la cintura con los dedos. Nada, medio segundo. Me dejó temblando de todas formas .
—Me flipa cómo cantas cuando te corres, sirena —murmuró en mi oído.
—No me digas esas cosas, que te juro que no puedo…
La puerta se abrió sin aviso.
Y di un salto tan grande que por poco me dan una medalla olímpica.
Los escuché antes de verlos.
Pasos, voces superpuestas y el inconfundible «¡Verooooo!» de India, que atravesó las paredes como si fueran de mantequilla.
Entraron en tromba.
La pequeña Pache, la primera. Harley detrás, con cara de estar listo para gestionar una desgracia. Mila con expresión entre consternada y solemne. Y cerrando la comitiva, con el paso de quien no estaba del todo seguro de si debía formar parte de todo esto: Germán.
El Capitán Pescanova. O mi posible padre, dicho sea de paso.
La vida, cuando se pone creativa, no tiene límites ni vergüenza.
Todos se pararon en seco al vernos.
A Brody, junto a la sartén.
A mí, con los cubiertos en la mano, el pelo húmedo, las rojeces del cuello, los labios hinchados y su camiseta a modo de vestido oversize .
India fue la primera en hablar, claro.
—Vale. Esto es shippeo máximo. Mila se ha confundido y no somos hermanos, ¿verdad?
—India —la avisó Brody.
—¿Qué? Nadie mira así a su hermana salvo en una serie turca muy turbia, cancelada por Netflix en la segunda temporada por razones obvias. Lleva puesta tu camiseta favorita y… A ver, soy joven, pero no tonta. Esas marcas no son de ir a cazar espárragos.
—A menos que fuera uno muy gordo y talludito —murmuró Harley.
Brody resopló por la nariz.
Yo quise morir, reencarnarme en alga y que el mar me llevara lejos.
Mila, que al parecer había venido preparada para otro tipo de funeral, tardó un minuto en recalibrar. Luego sonrió. Muchísimo. La sonrisa más ancha que le había visto desde que la conocía.
—Ay, qué alivio. Veníamos sin saber si darte la bienvenida a la familia Pache o el pésame por formar parte de ella.
Descubrir que te has encaprichado del hijo de quien pudo ser tu padre amarga hasta el mejor gazpacho.
Pero fíjate… —hizo una pausa que provocó que yo misma mirara hacia mi s pies descalzos—.
Estás espléndida, cariño. Brillas. Tienes el rostro de una mujer muy bien atendida.
—¡Mila! ¡Que hay ropa tendida! —exclamé, cabeceando hacia India al comprender por dónde iba.
La pequeña de los Pache frunció el ceño.
—Yo no he dejado nada tendido.
—Semental, querida Watson —soltó Mila, quedándose tan a gusto.
Germán tosió hacia un lado.
Harley abrió los ojos con un sufrimiento casi religioso.
—¡Por favor, que es menor! Aunque de alma tenga ciento seis.
Mila hizo un gesto con la mano, como quien espanta una mosca muy pesada.
—La menor tiene wifi, Harley. No te esfuerces, que el mayor peligro está en First Dates y de eso tiene un máster.
—La menor tiene que preparar la actividad de orientación de esta tarde.
—¡Pero si casi la tengo lista! —India intentó asomarse por debajo de su brazo—. Necesito saber si hay shippeo oficial. ¿En qué punto estáis? ¿Se puede hacer una playlist o un suculento storytime ? Porque material hay, claramente.
—No voy a hablar de esto contigo —la amenazó Brody con la cuchara de palo—. Y te recuerdo que tu habitación no es pirolítica, no se limpia sola.
—Arreando, que los mayores tienen que hablar.
—¡Esto es discriminación por edadismo!
—Esto es que, o recoges tu cuarto, o te quedas sin paga —le advirtió Brody alcanzando su objetivo.
India soltó un bufido dramático y subió las escaleras de dos en dos, ofendida como solo puede ofenderse una adolescente privada de salseo en directo.
Mi Orcando de carne y hueso se giró hacia la sartén, con los hombros tensos, esta vez de risa.
El muy cabrón…
—Besa fatal —lo provoqué, dirigiéndome a mi audiencia.
Mila me miró con una decepción absoluta.
—No sabes mentir.
—Soy conductora de guagua, no actriz de HBO.
—No beso fatal —soltó el imputado desde su baldosa—. No parabas de pedir bises cuando pasaba por cierta zona.
—¡Brody! —exclamé, sintiendo el calor trepando por mi cuello .
—¿Qué? Yo tampoco sé mentir.
Mila soltó una carcajada tan grande que tuvo que apoyarse en Germán, que aguantó el tipo con el empaque de un hombre que había sobrevivido a tormentas atlánticas. Aquello, en comparación, debía de parecerle lluvia fina.
—Ay, Elena estaría dando palmas desde el cielo —murmuró entusiasmada.
La mención me pilló sin defensa.
El rubor se me mezcló con otra cosa. Algo más blando. Más hondo.
Ella lo notó, porque se acercó y me cogió la cara entre las manos con una ternura que no pegaba nada con su sonrisa de alcahueta profesional.
—Tu madre estaría muy feliz de verte así. Roja, despeinada, viva. Sobre todo viva.
Tragué como pude. Germán, que había permanecido en silencio, miró a Brody.
—El resultado ha sido el esperado, entiendo.
—Sí.
Una sola palabra que a mí me sonó enorme.
—Buenísimo, matizaría yo —apuntó Harley—. No veía a mi hermano tan feliz desde la primera comunión.
Brody arqueó una ceja.
—Pero si ninguno la hicimos.
—Por eso mismo. —Harley miró de uno a otro con una prudencia muy poco suya.
—Eres gilipollas.
—Un gilipollas que necesita actualización. Vosotros dos estáis… ¿juntos?
Ni Brody ni yo supimos qué decir. Solo nos miramos. Era demasiado reciente. Demasiado difícil. Demasiado todo. Ni siquiera habíamos tenido tiempo de debatirlo entre gemidos.
—Estamos en la misma cocina, que ya es mucho —resolvió Brody al ver que yo no encontraba salida—. ¿Y tú? ¿Estás de paso o es que ya te has hartado de comer delicias vienesas?
Harley entornó los ojos.
—No lo pillo, Iker es vasco.
—Ya, pero te pone fino a salchicha.
Harley abrió mucho los ojos, le lanzó un trapo y se hizo con un arma, una espátula mortal del tarro de los utensilios.
—Eres un capullo, Pache.
—Y tú otro.
Brody alzó la cuchara y se pusieron a cruzar madera.
Volvían a ser dos críos grandes a punto de batirse en duelo por la honra familiar y una frase de dudoso gusto.
Y entonces me reí. Me reí con la garganta suelta, el cuerpo dolorido y el corazón haciendo una cosa rarísima en el pecho.
Porque aquello era absurdo, era ruidoso y, aun así, era fácil.
Fácil estar allí, fácil mirar a Brody junto al fuego, fácil escuchar a Harley refunfuñar, a Mila reírse, a India protestar desde arriba y a Germán ocupar un rincón como si no quisiera molestar, pero tampoco marcharse.
Fácil sentirse parte de algo que no sabía nombrar.
«Madre mía, mamá. En qué jardín me has metido».
Aunque, si era honesta conmigo misma, no tenía ninguna prisa por salir de él.