Capítulo 54
Pasé la lengua arriba y abajo de la hendidura, primero sobre la tela, hasta que la tuve tan empapada que podría haber descifrado cada pliegue a la perfección.
Vero no había dejado de gemir y tirar de mi moño, que a estas alturas ya estaba deshecho, como ella.
Alcé la vista con autosuficiencia y la encontré temblando y ardiendo al mismo tiempo, con los ojos cerrados y los labios tan separados como los muslos.
Me detuve para contemplar aquella imagen que estaba seguro de que esculpiría antes o después, tenía incluso el título: Mi maldita sirena ahogándose en placer.
Ella alzó los párpados y las dos esferas azules orbitaron hasta encontrarme.
—¿Por qué paras? ¿Te has cansado?
—¿De ti sobre mis hombros rebañándote? Nunca —aseveré—. Pero ya te dije que quería que te corrieras en mi boca, así que… ¿qué tal si apartas la tela y dejas que te deguste sin prendas incómodas?
Vero se mordió el labio inferior. Era una postura muy poco pudorosa y entendía que pudiese tener cierto reparo; aun así, movió la mano y cedió, expectante.
Mis ojos volaron de su cara sonrojada al dulce manjar que tenía delante.
Ni en mis mejores sueños había tenido algo así tan cerca de la boca. Voluptuoso, abierto, húmedo y listo para mí.
Soplé un poquito solo para escucharla jadear y volví a otear su rostro .
—No quiero que cierres los ojos, no esta vez. Quiero que veas y sientas lo mucho que me gustas, quiero que te entregues al cien por cien, ¿crees que podrás? —pregunté, dándole un pequeño lametón de prueba en el lateral del labio.
Ella cerró los ojos y gimió. Yo chasqueé la lengua varias veces en señal de negación.
—Eso es justo lo que no debes hacer o pararé.
Los abrió tan rápido que me dieron ganas de reír. No lo hice, aunque cada vez tenía más ganas. Vero me había devuelto algo que no recordaba haber perdido: el buen humor, y ahora solo me apetecía recuperarlo junto a ella.
—No quiero que pares.
—Vale, entonces probemos de nuevo…
Cambié de labio y tanteé… Vi la intención de bajar los párpados; aun así, los mantuvo abiertos, estoica.
—Mmm, bien, has aprobado. ¿Piensas que podrás aguantar?
—Si tú puedes comerme el coño de pie, conmigo sobre tus hombros, es lo mínimo que puedo aportar.
Volví a sentir esas ganas inmensas de reír a carcajadas y callarla a base de sonidos guturales; opté por la segunda opción y fui directo a barrerle el clítoris clavado en sus pupilas dilatadas.
—¡Joder, joder, joder! —exclamó, haciendo un esfuerzo titánico para mantener la mirada en la mía.
Yo también me estaba esforzando para no ceder a mis impulsos, bajarla, tumbarme en la cama y dejar que me montara como me apetecía, llevándome sus tetas a la boca como si fueran golosinas…
Eso tendría que dejarlo para más tarde.
Hice pasadas lentas, sinuosas; aumenté el ritmo del trazado cuando ella lo solicitó.
—Dios, sí, más rápido, solo un poc… ¡Oh, Dios! ¡Ese es el punt…!
Las frases se le entrecortaban mientras mis yemas se hundían en el agarre y sus jugos se combinaban con mi saliva.
Adoraba sentir su peso en mis clavículas, sus dedos dando pequeños tirones cuando el placer no le daba tregua y aquellos sonidos ahogados que llegaban en respuesta a mis acciones.
—No puedo, no puedo… —gimoteó.
«Claro que puedes, cariño, puedes y te vas a correr».
No dije nada porque prefería verlo.
Continué con pericia, observando cada expresión que le cruzaba la cara. La forma preciosa en que su gesto mutaba al asomarse al borde. La respiración irregular. El gesto crispado de los labios buscando aire. El azul vidrioso y la rigidez del clítoris torturado.
—Brody… —Sorbí, succioné y lo sentí. El firme golpeo, la sucesión de pequeños avisos rítmicos antes de que la tierra se abriera y se sacudiera bajo mis pies—. Bro…
No llegó a completar mi nombre por segunda vez. Me preparé para recibir la recompensa y encajé mi lengua en su interior. Ella me recibió con un espasmo.
Se tensó de la cabeza a los pies. Pequeñas convulsiones recorrieron su cuerpo, la espalda se arqueó y empujó su coño contra mi cara sin dejar de moverlo.
Dejé que lo hiciera, dejé que me anegara en sus jugos para calmar mi sed, mientras mi polla se enrocaba pidiendo alivio.
«Tranqui, colega, a ti te toca después».
Me quedé ahí, maravillado, asumiendo el regalo que acababa de darme, colmándola de atenciones con la boca hasta que dejó de gritar y pudo volver a la realidad de lo que acababa de suceder.
—Joder, Brody…
«Ya lo creo, mi sirena».
Esparcí unos cuantos besos y me relamí para que lo viera.
—Me encanta tu sabor.
—Y a mí tu barba… —Mis comisuras se alzaron—. Ha sido brutal. Voy a darte el veredicto: Brody Pache uno, Orcando cero.
Solté una carcajada de puro triunfo y por fin la bajé al suelo para poder besarla a voluntad.
Aceptó de buen grado mis besos y yo, que sus manos inquietas buscaran desnudarme.
No le puse demasiadas trabas a que prácticamente me arrancara la ropa.
Cuando estuve desnudo, ella caminó hacia la cama para tomar distancia y mirarme.
Lo que encontré en sus ojos me gustó. A mí me daba igual mi puto aspecto; lo que no me daba igual era cómo me miraba Vero.
—Si es que a ti tuvo que esculpirte alguien con muy buen gusto y talento. Eres el David de Miguel Ángel, pero en tu caso te dejaron el cincel clavado ahí abajo.
—Espero que eso sea un cumplido.
—Lo es.
—Bien, porque es tu turno, yo también te quiero ver…
—Ya me has visto en biquini y con la braga a un lado.
—Ya, pero quiero el pack completo…
—¿Y si no te gusta? —La vi dudar.
—¿Por qué no me iba a gustar?
Ahí estaba un deje de inseguridad del que no me había percatado.
—Bueno, en los últimos meses he engordado bastante y no ayuda que tú y Harley cocinéis tan bien.
Me acerqué, elevé su cara con adoración, tomé su mano y la llevé a mi erección.
—Esto es lo único que engorda cuando te miro. Me encantas tal y como eres, no pensaba que a estas alturas tuviera que aclarártelo, pero, por si dudas… ¿qué te parece si mejor te lo demuestro? Esto no va de tallas, sino de lo que siento.
Le di un beso suave y me tumbé en la cama dejándole algo de margen, para que decidiera.
—No tienes nada de que avergonzarte o que no desee, absolutamente nada; de hecho, solo espero que hayas disfrutado antes porque, en cuanto me montes, no garantizo una duración muy larga.
Me pones demasiado y llevo mucho tiempo queriendo hundirme en ti —murmuré, acariciándome para que viese lo mucho que me excitaba.
Mis palabras debieron de sonarle a «Ábrete, Sésamo», porque a los pocos segundos tiró del vestido hacia arriba con decisión, quedándose en braguitas y sujetador.
Apenas podía contener las ganas de ir a por ella para acoplarla encima de mí.
Llevó las manos a su espalda, se desabrochó el sujetador y la gravedad se ocupó de mostrarme que la realidad superaba la ficción, y menuda realidad.
Iba a hacerle una colección de esculturas y le pediría que posara para mí desnuda y en directo.
«¡Hostia puta!».
El gruñido me salió solo.
Al sujetador le siguió la única prenda que quedaba y, una vez sin nada, palmeé el colchón. Vero subió a la cama.
No lo hizo de forma precipitada.
Empezó por los pies, gateando y fue esparciendo besos por mis piernas, dejándome un espectáculo que no iba a olvidar en la puta vida.
Sus pechos se balanceaban, el colchón cedía y mis pelotas rugían con hambre al intuirla.
Pasó la lengua por mis muslos y, cuando llegó a mi miembro, me apartó las manos .
—Esto es mío, mi tesoro… —jugueteó, pasando la lengua desde el tallo hasta la punta, donde se concentraba una gota de deseo líquido.
Jugueteó con ella, la saboreó esparciéndola por el glande, y mi polla dio un brinco.
—No me hagas esto ahora, no aguantaré ni el primer asalto.
—Pero yo también quiero degustarte… —protestó.
—Y yo que me hagas una mamada en condiciones, pero créeme ahora mismo no llegarías ni al primer lametón. Es cuestión de prioridades, y de no quedar en ridículo. Lo único que quiero es hundirme en ti hasta perder el juicio. —Eso la hizo reír—. Tengo condones en la mesilla.
—Y yo un DIU puesto desde hace un año. No tengo ninguna ETS.
—Yo tampoco, pero, si prefieres ir sobre seguro…
—Lo prefiero así.
Se subió, colocó el glande en su entrada y empezó a masturbarse, dejándome observar, volviéndome loco ante el vaivén que amenazaba con hacerme cortocircuitar.
—No me tortures, mujer.
—¿Te gusta mirar, escultor?
—Me gusta mirarte. Aunque ahora mismo mi capacidad de aguante suspendería cualquier examen.
—¿En serio? Dime qué quieres que haga y quizá me piense si te lo doy.
Volvió a frotarse juguetona, húmeda, caliente, sin dejarme entrar del todo.
A estas alturas de la película ya sabía que le molaba cuando me ponía en plan intenso y mandón.
—Soy más de actos que de palabras, así que…
Le arrebaté el testigo y la encajé en mi polla hasta el fondo.
Los dos jadeamos, Vero con cara de sorpresa, yo atormentado ante la posibilidad de correrme antes de que ella llegara a puerto por segunda vez.
Encajábamos tan bien que asustaba.
Vero no me riñó, al contrario. Buscó mi boca con la suya y empezó a balancearse, marcando su propio ritmo.
Me estaba mareando. Todo era excesivo, intenso y ella mía, aunque no lo supiera todavía.
El pelo se me pegaba a la piel.
Vero se alzó, apoyó las manos en mis pectorales y empezó una cabalgata que amenazó la integridad de mis muelas.
El sonido mojado de la carne entrechocando me puso muy bruto.
Llevé las palmas a sus pechos. Me obligué a morderme con fuerza el interior de la mejilla para aguantar un poco más, mientras le pellizcaba los pezones.
Me encantaba que sus tetas desbordaran; todo en ella era grande, delicioso, listo para ser amasado, lamido y adorado.
Las paredes de su vagina se tensaron y mis jadeos presagiaron un final que se aproximaba rápido.
—Si sigues con ese brío, me voy a correr.
No era una amenaza, era una constatación.
Vero se movía tan bien, arrasándome hasta el fondo, que no podía más.
—¿Quieres correrte, Brody?
Tenía los párpados entornados, la mirada hambrienta y una leve curva en los labios.
«¡Quiero quedarme aquí para siempre, joder!», pensé.
Aunque, si era sincero, no iba a aguantar ni treinta segundos.
—Sí. Tócate y no me saques de tu interior hasta que te corras tú también.
Hizo caso, apoyó una mano en mis abdominales, la otra voló a mis labios para empujar los dedos entre ellos y que los chupara. Cuando los tuvo bien humedecidos, los sacó para frotarlos contra su clítoris mientras subía y bajaba sin dudas, con el pelo acariciándole los hombros.
Otra imagen para la galería.
Las pelotas se me tensaron al instante y, a la tercera bajada, noté cómo todo estallaba y la anegaba por dentro. Rugí su nombre.
Ella curvó el cuello hacia atrás y siguió tal y como le había pedido hasta verse arrastrada por un nuevo orgasmo que la derritió sobre mis muslos.
No me sacó ni siquiera cuando terminó.
Se quedó ahí, desvanecida sobre mi cuerpo, como si ese fuera su lugar en el mundo. Y ojalá lo fuera, porque yo no quería que estuviera en ningún otro.