Nunca serás mi romcom Capítulo 53
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Capítulo 53

La vida llevaba días comportándose como si le debiera dinero.

Desde que Vero regresó, todo había sido una sucesión de golpes mal distribuidos: verdades a medias, recuerdos que pensaba enterrados, momentos que no sabía dónde colocar sin que se me hinchara la vena del cuello o la polla, incluso las dos al mismo tiempo.

Ayer, en la cala, había estado a un suspiro de perder la poca cordura que me quedaba.

Y ahora tenía la carótida a punto de estallar por culpa del sobre del laboratorio, abierto en las manos de Mila, y de su cara de mala noticia.

Una para la que no estaba preparado si resultaba que compartíamos ADN.

Me había pasado horas autoconvenciéndome de que la vida no podía ser tan cabrona.

Que abrir ese sobre sería como descorchar una botella después de que el Betis ganara la liga en el último partido, con todo en contra, en los penaltis y medio estadio rezándoles a santos que ni sabían lo que era el fútbol.

Una puta recompensa después de tanta mierda no era mucho pedir, ¿verdad?

Pues por lo visto sí, porque, en cuanto abrió el sobre, entrecerró los ojos, se acercó el papel a la cara y exclamó un «¡No puede ser!» que le salió del alma; la mía se fue a cruzar el puto infierno en busca de mi padre.

Vero dejó de respirar a mi lado .

—¡¿Qué?! —la pregunta estalló en sus labios, ahogada. Al no obtener respuesta inmediata, se puso a renegar—. ¡Si es que lo sabía! En cuanto has abierto la carta lo he intuido…

A mí se me paró el mundo.

El aire, el pecho, la sangre. La casa entera.

Mila siguió mirando el papel con la expresión dramática.

—¿En serio? ¿Tanto se me nota que me han aumentado las dioptrías?

Vero se dio la vuelta y yo volví a sufrir otro amago de infarto.

—¿Dioptrías? ¡¿Qué dioptrías?! ¡Mila, por Dios! —Vero casi se lanzó sobre ella—. ¿Somos o no somos hermanos? —La agitó.

Mila volvió a mirar la hoja. La giró. La acercó. La alejó.

—No lo sé, no lo veo.

Un sudor frío me empapó la espalda e hice lo único que se me ocurrió: alargar el brazo y arrebatarle los putos resultados.

—Dame eso.

Me aparté dos pasos para no tener a ninguna de las dos encima. Antes de darles el veredicto, necesitaba procesarlo. Bajé la vista al papel. Leí. Una vez. Dos.

No porque no lo entendiera. Porque necesitaba que mi mente asumiera la sentencia: «Culpable de todos los cargos».

Doblé el papel.

Vero estaba pálida. Mila, intrigadísima. Las dos me observaban como si sostuviera el oráculo de Delfos.

—¿Qué pone? —insistió Vero.

—Mila. —Señalé la puerta con mi corazón corriendo los cien metros lisos—. Entra en el taller. Verás un cartel en el mueble que queda al lado de la puerta oficial de la tienda. El de «Hoy cerrado, disculpen las molestias». Necesito que lo cuelgues fuera y te asegures de cerrar bien después.

Ella abrió mucho los ojos.

—¿Tan grave es?

No quise responder; de hecho, apenas podía hacerlo. Notaba cómo las palabras se me atragantaban.

—Vero y yo necesitamos tratar este asunto en privado y con calma. Te damos el día libre. El bus que baja a la playa pasa en diez minutos; tienes la parada al final de la calle. Si no, llama a Germán y que te lleve a dar una vuelta en su barca, o en su cama, lo que prefieras.

Se nos quedó mirando a los dos y, con los hombros gachos, se fue hacia el taller.

Vero se acercó cuando desapareció .

—Brody, me estás asustando.

—Tienes motivos.

Me agaché un poco, la cogí en brazos y la alcé contra mi pecho antes de que pudiera protestar.

Vero soltó un chillido y se agarró a mi cuello por puro reflejo.

—¡¿Qué haces?!

—No pretenderás que te revele algo así en plena acera.

Si es que ni habíamos llegado a entrar; asaltamos a Ramiro en la puerta.

—¿Dónde me llevas? ¡No me secuestres en un momento tan delicado, hombre de Dios! ¡Necesito una respuesta!

—Y te la voy a dar, pero en un lugar en el que te puedas tumbar.

—¡Ay, Dios, si es que lo sabía!

Una vez dentro, cerré con el pie y subí las escaleras con el pulso reventándome en las muñecas. Ella iba rígida contra mí, con una mano en mi nuca y la otra apretando mi camiseta, sin saber si agarrarse o estrangularme.

—Necesito un adelanto, te juro que no voy a caerme rodando por los peldaños. Dímelo ya, sin anestesia. Ya he asumido que no tendremos temporada feliz como los Bridgerton.

No contesté. No podía.

Llegué a mi habitación y la abrí precipitado.

Era la segunda estancia más amplia de la planta, después de la habitación de mis padres.

No tenía baño, pero sí una cama gigantesca que ocupaba casi toda la pared, enorme, tallada a mano porque ninguna del mercado parecía pensada para soportar a alguien de mi envergadura.

Las patas tenían relieve de olas que trabajé una tarde de enero.

Un sifonier antiguo, restaurado, con espejo biselado que encontré medio podrido en una casa abandonada y un armario ubicado en la pared contraria, que no almacenaba demasiada ropa, porque tampoco es que la necesitara.

Bajé a Vero despacio.

Ella tocó el suelo y retrocedió un paso hacia la puerta que acababa de cerrar.

Yo abrí y cerré las manos dos veces y ella decidió rellenar el silencio con gasolina.

—Si es que no podíamos tener ni un gramito de suerte —soltó, llevándose las manos a la cabeza—.

De los tres, el tuyo tenía que ser mi padre.

¡Claro! A mamá siempre le gustaron los moteros, ¿has visto Sons of Anarchy ?

Lo ponía en bucle. Y tu padre era el del taller de motos, las manchas de grasa y gaditano.

Con chispa y guapo porque tú no has salido de la nada, y todo tiene sentido.

Ahora comprendo por qué el destino nos la lio tan parda.

¡Estaba decidida a acostarme contigo aquel día en Madrid!

—Tragué con fuerza al escuchárselo decir—.

Y aquí tampoco es que me hayan faltado ganas, que conste.

Si es que mi madre y yo llevamos la lujuria en los genes. ¡Qué linaje!

—Vero…

—¡Y encima te toqué tus partes cuando creí que eras el orco de mis sueños! He soñado cosas que se podrían tipificar como delito familiar. ¿Cómo se procesa eso? ¿Me hago una camiseta que ponga «mi posible hermano está buenísimo y yo no pedí ser concebida por nuestro padre»?

—Vero —insistí.

—¡No me interrumpas, que estoy teniendo una crisis y necesito expresarme!

—¡Vero!

Se calló.

Me planté delante de ella.

Tenía los ojos brillantes. Las lágrimas empezaban a asomar, rabiosas, aterradas.

Le tomé la cara entre las manos y le pasé los pulgares por debajo de los ojos antes de que terminaran de caer, y pensé con una claridad que me dejó medio idiota que esa mujer era intensa, loca, preciosa y me había gustado desde que se montó en el asiento trasero de mi coche hasta esta habitación.

—Dilo —me dijo, rota—. Somos hermanos, necesito que lo digas y hacerme a la idea de que algún día seré la tita Vero.

El pecho me subía y me bajaba rápido.

—No puedo.

Su expresión se partió.

—¿Por qué? ¿Eres estéril?

—No.

—¿Entonces?

—Porque yo nunca miento y decir que somos hermanos sería una mentira de las gordas.

Lo vi en su cara. La sorpresa. La duda. La desesperación buscando asidero donde no lo había. El alivio, enorme y desarmado. Y después, sin margen de transición: el cabreo frente a mi sonrisa.

—¡Valiente hijo de Caín! —Los puños golpearon mi pecho antes de que pudiera reaccionar—.

¡¿Que no somos hermanos?! ¡¿Pero tú de qué mierda vas?

! ¿Sabes el susto que me he llevado? ¿Sabes el mal rato que me has hecho pasar acordándome de todos mis ancestros?

—Seguían llegando los puñetazos. No dolían.

Era imposible que dolieran cuando llevaba sonriéndome a mí mismo desde antes de que llegara el primero—.

¡¿Por qué le has dicho a Mila que cerrara el taller como si tuviéramos algo gravísimo que procesar?

! ¿Y por qué has dicho que necesitaba una cama?

Le cogí las muñecas.

La sujeté.

—Porque la vas a necesitar. Si el negocio está abierto, no voy a poder pasarme la mañana follándote como mereces.

Dejó de protestar.

Me miró. Contempló el punto en el que la sujetaba. Volvió a mirarme.

—¿Qué…? Tú… Que yo… ¿Qué quieres follar?

Sonreí. No en plan «me parto el culo con lo que acabas de decir». Sonreí como el hombre que llevaba días atándose las manos para no tocar lo único que deseaba.

La solté.

Ella retrocedió un paso por inercia. La espalda encontró la pared y yo avancé, con lentitud, disfrutando al ver cómo subía y bajaba su pecho y sus dedos trataban de encontrar algo en la pared porque su cuerpo sabía lo que venía antes que su cabeza.

—No quiero follar —bajé el tono adrede—. Quiero follarte, que es distinto. A ti, Vero, solo a ti. Y te dejaré elegir si lo quieres dulce, fuerte, salvaje o a lo guarro, como en tus audiolibros.

»Quiero darte lo que merecíamos en Madrid y con intereses por demora.

Necesito quitarme de encima trece años de ganas, de comeduras de olla; estas semanas de incertidumbre y cada puta vez que he tenido que apartarme y controlar todo lo que me muero por hacerte.

—Me incliné hasta rozar su boca—. Solo puedo decir que, si Elena era la mitad de atrayente que tú, no me extraña que volviera locos a todos los hombres de esta casa.

Eres mi jodida sirena y ya no puedo evitar más tu maldito canto; quiero oírte gemir solo para mí.

Se le escapó un sonido pequeño y no esperé a que me diera permiso para besarla, ya no soportaba estar lejos de ella.

Me hundí en su boca con toda el ansia, sin dudas. Y el cabrón de mi corazón empezó a palpitar más fuerte que nunca.

No era un beso suave, era un puto tren de mercancías a punto de descarrilar y Vero no se quedaba corta. Sus manos aparecieron por todas partes, las mías le amasaron el culo con ganas, apretándola contra mi dureza, porque sí, estaba más cachondo que nunca.

Le abrí la boca con lengua, hambre e intención. La apreté contra la pared hasta que el sonido que hizo se me quedó grabado en algún sitio que más tarde la iba a hacer venerar.

Era tan o más intensa que yo, aunque eso ya lo intuía desde el taller.

—Sigue —jadeó contra mi boca—. No pares… No como la última vez.

—No pensaba hacerlo.

Cuando me aparté, ella tenía la boca hinchada, el pecho agitado y los ojos más azules que el Atlántico.

—Tus besos son mejores que imaginar los de Orcando —admitió.

Solté una carcajada contra su cuello.

—No me compares con un orco de audiolibro; además, a mí me queda mucho mejor el verde.

—Doy fe. Que sepas que era un cumplido enorme, es mi orco favorito.

—A partir de hoy, yo voy a ser tu único favorito y te voy a enseñar lo que es un cumplido enorme.

La agarré por la cintura y, antes de que pudiera seguir hablando, la levanté a pulso hasta mis hombros, instándola a que me rodeara con las piernas y tuviera aquel centro apetecible a tiro de lengua.

Vero gritó.

—¡Brody Pache! ¡Bájame! ¡No quiero morir desnucada antes del primer orgasmo!

—No vas a hacerlo. ¿Qué te apuestas? —la tenté, pasándole la lengua sobre el tejido de algodón, detectando cierta humedad que me enloqueció—. Te he dicho que voy a superar a Orcando y voy a hacerlo. Quiero comerme tu coño contra la puerta y ahogarme en tu sabor cuando te corras.

Ella tiró de mi pelo atrás. Yo di gracias a su pasión y al que inventó los vestidos veraniegos.

—¡Madre mía! No voy a poder quedarme quieta si sigues haciendo eso. Si muero así, nunca serás mi romcom .

La apreté para que no se moviera y alcé la mirada. Ella me observaba desde arriba, agitada, con las mejillas sonrojadas, sus muslos abiertos y una mezcla de miedo, deseo y risa que eran la definición exacta de Vero.

—No puedo ser tu romcom —pronuncié, con la voz tomada por el deseo—.

No estoy hecho para ser el protagonista perfecto de ningún libro romántico.

Soy bruto, cabezota y tengo más serrín que poesía en las venas.

Pero puedo ser tu fantasía hecha carne. Puedo ser el hombre que te haga suplicar pronunciando su nombre y te lo voy a demostrar.

—Le besé la cara interna del muslo. Pasé la lengua y mordisqueé esa zona sensible cubierta por tinta—.

Solo dime que aceptas y te daré el mejor orgasmo de toda tu puta existencia.

Me contempló con los ojos brillantes, las yemas hundidas en mi cuero cabelludo, sin la menor sombra de duda en la cara.

—Sí, joder, sí, hazme tuya.

En trece años la vida no me había devuelto nada, solo me lo había quitado. Mis padres, el sueño, los años, el tiempo. A Vero. Y ahora me la devolvía.

Iba a adorarla como se adoran las cosas sagradas: de rodillas, si hacía falta. Pero primero con la boca.