Nunca serás mi romcom EPÍLOGO
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EPÍLOGO

Si alguien me hubiera preguntado años atrás qué significaba la felicidad, habría soltado una respuesta aceptable para no preocupar a nadie.

Algo en plan: tener salud, un piso al que le funcionen bien las tuberías, trabajo estable, gente que te quiera y poder dormir sin que la ansiedad te haga la cucharita a las cuatro de la mañana.

Tan correcto como falso, igual que las pestañas de una drag queen en fin de año.

Porque la felicidad, al menos la mía, no era una palabra enorme con música de violines, ni una postal con frase motivacional, ni una de esas tazas que dicen «come, reza, ama» y que deberían estar prohibidas por atentar contra el buen gusto.

Aquello era una rareza que se encontraba donde menos la buscabas.

Era estar desnuda en Cala Escondida, en la segunda semana de septiembre, con un fuego encendido a pocos metros, la piel salada, el culo sobre una toalla extragrande llena de arena y Brody Pache detrás de mí, a modo de asiento portátil, enorme, caliente y mío, mientras sostenía un palo con una nube tostándose al fuego como si fuera nuestra única preocupación.

Y, sinceramente, igual lo era.

Brody acercó la nube a mi boca.

—Sopla un poco.

—¿Me estás alimentando o intentando provocarme una quemadura de tercer grado?

—Confía.

—Dijo el hombre que me recibió el primer día que puse un pie en su casa con el rabo fuera.

—Tú me agarraste ese rabo.

Lo movió provocador contra mis nalgas.

—Porque pensé que eras una aparición erótica con muy buen presupuesto.

—Eso no mejora tu defensa.

Le mordí la nube. Crujiente por fuera, cremosa por dentro, dulce de ese que no empalaga porque tiene el fondo ahumado justo. Me manché el labio. Brody lo vio, claro. Me limpió con el pulgar y se lo llevó a la boca.

Vale. La felicidad también era eso. Ver a un tío como ese lamer todo lo que venía de ti.

—¿En qué piensas? —preguntó, con la voz pegada a mi oído.

—En que la felicidad está muy mal explicada. Nos venden que es estabilidad, planes y equilibrio. Pero yo creo que es darte cuenta de que tu vida se fue a la mierda por un barranco y, aun así, acabaste en el sitio que merecías.

Brody me besó el hombro.

—Muy optimista, igual te ficha Mr. Wonderful.

—Soy más de Puterful.

—¿En serio? No me había dado cuenta —susurró jugueteando con el tatuaje de mi muslo.

Las cosas habían cambiado. Para todos, sobre todo para las personas que más me importaban.

La relación de Harley e Iker no podía ir mejor.

Mi cuñado acumulaba una cantidad obscena de reproducciones en Spotify.

Había discográficas llamando, representantes, gente con muchas palabras en inglés y muy pocas intenciones limpias.

Así que Harley, que no sabía gran cosa del negocio musical, se convirtió en su manager por pura mala hostia preventiva.

No sabía de cláusulas, ni de royalties , ni de estrategias de mercado.

Pero de fruncimiento de ceño tenía un máster, un doctorado y una oposición aprobada con plaza fija. Y funcionaba.

No te lo vas a creer, pero a Garfio también le había salido novia.

Iker llevó a India a un refugio de reptiles maltratados porque la niña llevaba semanas insistiendo en que no podía ser bueno que se tirara a todo el calzado, no fuera a ser que pillara hongos. Y el vasco le organizó un First Dates de mascotas refugiadas.

La idea era visitar, colaborar, quizá donar algo y volver.

Error. Volvieron con Pocojuntas: una tortuga zamba, con una pata que iba por libre y la energía romántica de una señora que ha enterrado a tres maridos y aún conserva ganas de bailar bachata.

En cuanto la soltaron en el patio, Garfio adoptó el rol de dóberman, ya sabes, tieso, apuntando con la patita y el rabo listo antes de detectar el objetivo.

Él la vio, ella lo vio, y aquello fue amor a primer caparazón. Menudos maratones se pegaban.

Desde entonces, al muy cabrón se le había olvidado su pasado de fornicador de chanclas.

Todo era tan inverosímil que si me lo cuentan habría pedido cambiar de autora.

La faceta artística de Brody también estaba dando frutos.

Por fin, el mundo miraba donde tocaba y le daba la oportunidad que merecía. Sotogrande fue el pistoletazo de salida. Salieron artículos, críticas y una segunda exposición que llegaría en diciembre. Todo el mundo quería hacerse con un Pache original.

Yo tenía el mío, a mis espaldas, en versión carne, lujuria y manos grandes.

Y otro en nuestra habitación, en formato sirena.

Porque sí, ahora la habitación de sus padres era nuestra.

Dormíamos juntos todas las noches, después de enredarnos en las sábanas, quemar la cena y despertar con su palma abarcando una de mis tetas.

Era pensar en la exposición y ver a India girándose a cámara lenta para gritar a la sala entera, con la naturalidad de quien anuncia que ha encontrado cobertura: «¡Vero, he encontrado a tu padre!».

«Hostia, puta, menuda escena».

Sin duda, aquel señor era Luc. Uno de los tres amantes de mi madre, o compañeros de verano con beneficios. Yo ya había decidido no hacer preguntas cuya respuesta pudiera obligarme a imaginar a mamá en posturas que ninguna hija debería.

Aceptó venir a tomar algo a casa de Mila cuando todo terminara para darme su versión de aquel verano.

Todos nos sentamos bajo la pérgola del jardín, con una copa en la mano, salvo India, que por edad se pilló un 7Up y contó las cosas como las recordaba, con la honestidad tranquila de quien no tiene nada que ocultar.

—Tu madre fue musa y luz en aquel verano —dijo—.

Llegó con miedo, con una maleta ordenada y una vida esperándola lejos, y durante un tiempo aprendió a respirar, a amar, a bailar sobre la tierra mojada, a dar largos paseos en moto y a posar sin capas bajo el obturador de mi cámara. Sin pedir permiso o perdón.

Luc la fotografió. Tenía una colección que jamás le había enseñado a nadie porque según él era demasiado íntima y porque se lo prometió a mi madre.

—Elena riendo. Elena dormida al sol. Elena con el pelo mojado. Elena mirando a cámara como si, por una vez, no tuviera que ser buena, ni correcta, ni la hija de nadie, ni la futura esposa de nadie. Solo Elena.

En algún momento preguntó por lo que India había dicho.

—¿Soy tu padre?

Jugué con el borde de la copa y sentí un escalofrío.

—No. Yo ya tengo un padre. Se trata de una confusión… Una tontería que aclaré en La Palma hace unos días.

Luc asintió. No insistió. Me contó que vivía en una isla pequeña del norte, en una casa donde el frío mordía las paredes y la tecnología entraba solo cuando él la dejaba.

Que tenía dos hijos ya mayores y que la madre de sus hijos se casó hacía diez años con otro hombre, porque él nunca llegó a hacerlo.

Venía al sur de tanto en cuanto. A buscar luz. A recordar. Y se sabía poco de él o de su trabajo porque lo publicaba bajo pseudónimo para tener tranquilidad. Nunca le gustó el reconocimiento público.

Fue un día muy agradable, lleno de emociones de esas que te dejan el cuerpo raro.

Nos despedimos de Mila, de Luc, quien prometió mantenerse en contacto con Brody para darlo a conocer, y regresamos a Punta Salvaje.

El lunes siguiente le dieron el alta a mi padre y el mismo lunes recibí una notificación al correo.

Eran los resultados del test de ADN. Mi padre había insistido en el hospital, quería que nos los hiciéramos por mi tranquilidad, por cerrar heridas, por no dejar fantasmas.

Miré el email y lo mandé directo a la papelera.

Mi padre siempre sería mi padre y yo no había ido a Punta Salvaje a por el último modelo.

—Estás muy lejos —murmuró Brody, devolviéndome al fuego.

—Pensando.

—Eso suena peligroso.

—Sobre todo desnuda.

—Ahí roza la emergencia.

Cogió otra nube. Esta vez no la llevó a mi boca. La bajó. Me la acercó al pezón, caliente pero sin quemar, y mi risa se cortó en la garganta.

—¿Qué haces?

—Sacarte de la ensoñación y prepararme la cena .

Me dio la vuelta con esa facilidad suya con la que me encajaba sobre sus muslos, se inclinó y se llevó lo que quería a la boca. Succionó. Yo le tiré del pelo.

—Eres terrible —dije. Sonó bastante menos firme de lo que pretendía.

—Y tú estás demasiado buena.

Alzó la cabeza con la sonrisa torcida que tanto me gustaba.

—Dilo.

—¿El qué? —pregunté.

—Que he superado con creces a Orcando y que soy tu romcom perfecta.

—Lo eres, tú fuiste quien no quiso esa titulación —admití—. Pero respecto a Orcando te diré que tenía un encanto muy particular que…

No terminé la frase, porque me hizo caer de espaldas y me llenó de cosquillas con una crueldad inmensa.

—¡Para! —chillé saliéndome de la toalla—. ¡Me está entrando tanta tierra por el culo que voy a cagar ladrillos!

—Pues reconoce que le gano al ogro por goleada.

—Sigues en periodo de pruebas y de prácticas.

—¿Pruebas y prácticas?

En un santiamén me cargó al hombro sin esfuerzo y echó a correr hacia el agua.

Entró sin dudar, como hacía siempre, como si el frío fuera un inconveniente menor que no merecía consideración.

Me bajó entre las olas mientras yo gritaba y escupía agua como una fuente.

Yo le rodeé el cuello. La espuma nos golpeaba las piernas y el cielo se inclinaba encima de nosotros como si también quisiera ver cómo terminaba esto.

Lo miré. Al hombre que había sido herida, misterio, deseo, hogar y una cantidad indecente de posturas sexuales resueltas con matrícula de honor.

—Nunca serás el orco de mis sueños —le dije, con los labios rozándole la boca—, porque ya eres el hombre de mi vida.

Brody me besó entre las olas y durante un instante el mundo entero fue agua, sal, piel, risa y amor. De ese que no cabe en un diario, ni en una cinta, ni en ningún verano lleno de curvas infinitas.

Nadie me había preparado para Brody Pache y mucho menos para la historia de mi vida.

FIN

¡Y una mierda!

¿En serio pensabas que esto acababa aquí?

A ver, que una es buena, pero también curiosa, y sabe recuperar archivos de la papelera de reciclaje cuando la vieja del visillo la invade a las tres de la madrugada.

Sí, confieso que lo hice. Tal vez no debería haberlo hecho. Tal vez tendría que haber dejado las cosas así, cerradas y selladas, como una protagonista evolucionada de verdad. Pero me pudo esa señora con bata de flores, rulos y necesidad patológica de saber qué pasa en el tercero B.

Abrí el archivo.

Leí el resultado.

Y solo me salió una frase.

La única que pienso compartir :

«No. Me. Jodas.».