Nunca serás mi romcom Capítulo 52
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Capítulo 52

—Como no abras en diez segundos, tiro la puerta abajo. Diez, nueve, ocho, cinco…

Y entonces lo oímos.

Una risa. Lejana. Clara. Femenina.

No venía de dentro.

Brody dejó de aporrear. Los dos giramos la cabeza hacia las escaleras de piedra que bajaban serpenteando al mar entre roca y matorral. Y por allí subían dos cabezas.

Primero Germán. Luego Mila.

Desde el agua. Como Dios los trajo al mundo.

Mojados, bronceados, con el pelo pegado a la frente y esa calma indecente de la gente que no tiene nada que explicar aunque, técnicamente, lo tenga todo.

Mi cerebro se apagó.

Brody hizo un ruido. No una palabra. Un carraspeo grave.

Algo entre atragantarse, invocar a Dios y tragarse su propio puño.

Se giró con vigor hacia el faro, luego hacia la casa, luego hacia una piedra, como si de pronto hubiera descubierto que el mundo estaba lleno de sitios donde mirar que no fueran los testículos colgantes del Capitán Salmonete.

—Madre mía —susurré, clavada.

Mila levantó una mano con una elegancia insultante.

—Buenos días, corazones.

«Exclamó la prima nudista de Ane Igartiburu».

—¡Mila! —chillé—. ¿Pero se puede saber qué coño…?

Ahora sí que me di la vuelta, que una no estaba como para ver según qué cosas.

Germán pasó junto a nosotros sin inmutarse. Cogió una toalla colgada de una cuerda y se la echó por los hombros. No por donde una habría esperado.

—Germán —dijo Brody, con voz rota—. Por favor. Tápate.

—Llevo bañándome desnudo en esa cala desde antes de que tú supieras mear de pie, así que no me vengas con gilipolleces. Mi casa, mis normas.

—Ni Vero ni yo necesitamos esa imagen.

—Pues no miréis, que yo no os he invitado.

Mila soltó una carcajada, se envolvió en una toalla rosa y se acercó a darme dos besos. Mojada. Descalza. Feliz.

—Pensamos que te había matado —murmuré.

—Siempre imaginando lo peor…

—No contestabas al teléfono.

—El mío no es sumergible y nos apeteció darnos un baño matutino. Va genial para la circulación.

—¿Dormiste aquí?

Mila sonrió pillina.

—Dormir, dormir… hubo ratitos.

Brody emitió otro sonido moribundo. Por fin Germán se ató la toalla a la cintura.

—Ya te advertí que vendría a por pruebas…

—¿Y te lo tenías que tirar? No me dirás que lo hiciste por el ADN…

—No. Una cosa llevó a la otra y, bueno, creo que lo he hecho entrar en razón. ¿Verdad, Ger?

—Verdad.

Algo en la voz de Germán cambió. No fue mucho. Un peso nuevo. Una gravedad que antes no estaba. Bastó para que Brody y yo lo miráramos curiosos.

El capitán entró y volvió un momento después con ropa vieja puesta y el pelo todavía chorreando. Mila desapareció dentro en busca de su kaftán y nosotros los esperamos en el banco de piedra con vistas al mar.

Germán se pasó una mano por la barba.

—Tu madre llegó en julio al pueblo, una noche de hogueras.

Se me cerró el pecho.

—Sí.

Lo había leído en el diario, Mila me lo contó, pero otra cosa era escuchárselo decir a él.

Asintió, mirando al agua.

—Luc, Diego y yo éramos amigos. No de mucho tiempo…

Mi padre era alcalde de este sitio y ellos vinieron con el reclamo de casa gratis a cambio de reformarla y quedarse a vivir.

Bueno, mejor dicho, ese fue Diego; a Luc lo conoció por una sesión de fotos en una exposición de motos y, como Luc era un nómada, decidió venirse con él porque no tenía nada mejor que hacer.

»Eran divertidos, congeniamos porque no éramos muchos de mi edad. Trabajaron bastante duro en la casa. En las tardes libres bajaban al mar. Hacíamos hogueras. Pache tocaba la guitarra fatal, aunque él juraba que no. Luc fotografiaba todo lo que se movía y alguna cosa que no.

Miré al mar y me imaginé a mi madre en ese mar. Antes de mí.

—Elena era increíble y distinta. No sé explicarlo.

No era la más guapa ni la más lista, aunque fuese las dos cosas.

Los cuatro conectamos de un modo inexplicable y Diego, que era el más lanzado, la invitó a pasar el verano con nosotros.

Pensábamos que diría que no, sinceramente, y, sin embargo, aceptó.

»Siempre nos escuchaba, hacía preguntas, se apuntaba a cada plan y recordaba nuestras gilipolleces al detalle.

—Hizo una pausa y yo reconocí a mi madre en esas palabras—.

Yo siempre fui el más taciturno… Luc y yo sabíamos que se había liado con Diego, pero una tarde-noche, que ellos dos estaban en la casa y yo me vine a pescar, ella bajó y empezamos a hablar. Aquí, en este banco. Después de cenar.

—¿Y? —pregunté.

—No sé… Hablamos, era la primera vez que contaba tantas cosas a alguien.

Le dije que me gustaba bañarme desnudo por la noche porque era como entrar en comunión y ella se puso en pie, se quitó el vestido, bajó por las escaleras de piedra como una visión y yo la seguí.

No me planteé nada, en serio… Pero ocurrió y después pasamos la noche juntos, aquí.

No salimos en todo el fin de semana, hasta que Diego y Luc bajaron para ver si estábamos bien.

—¿A Diego no le importó? —pregunté curiosa.

Él negó.

—Teníamos la cabeza llena de cosas, de principios que creíamos que podíamos tener a la vez.

—¿Mi madre era una cosa o un principio?

Germán me miró.

—Tu madre era especial, ya te lo he dicho, y ella no le pertenecía a nadie.

Me ardió algo en el pecho que no quise nombrar .

—Cuando se fue, nos dejó un vacío a todos.

Éramos conscientes de que ella tenía una vida, que vino en busca de respuestas y se las llevó con ella —se encogió de hombros, con el gesto de quien ha llegado a las paces con esa frase a fuerza de repetirla—, y a mí me costó un poco comprender que había hecho su elección, que no regresaría, así que hice lo que muchos…

Poner tierra de por medio y enrolarme en la pesca del cangrejo real.

—¿Nunca supiste si ella estaba…?

—No. —Me miró directo—. Sé que no eres una interesada, Mila me lo ha hecho entender. Simplemente vienes en busca de respuestas y, si eres mi hija… Yo también lo quiero saber. Me haré el test.

Lo dijo sin adornos. Sin épica. Sin música. Asentí.

—Gracias.

Mi voz sonó fatal. Como papel mojado.

—¿Has tenido noticias estos años de Luc? —añadí, porque necesitaba mover algo antes de que se asentara—. ¿Sabes dónde está?

Germán negó rotundo.

—No sé nada de él después de aquel verano. Solo que estuvo un tiempo en la sierra y creo que se largó cuando acabó el trabajo. Siento no poder ayudar más. Llevo años alejado de este lugar… También lamento mucho la pérdida de tus padres —dijo en dirección a Brody.

Mi madre y sus pistas. Su gusto impecable para rodearse de hombres intensos que se iban sin dejar dirección de contacto.

Iba a levantarme. Ya tenía las manos en las rodillas, el peso adelantado, el impulso listo, pero él me detuvo.

—Hay algo más.

Se pasó la mano por la barba.

—El último día, Elena fue al mercadillo, nos regaló una a cada uno y Luc puso el temporizador en la cámara para inmortalizar el momento —«la foto de la casa de Diego»—. Quería que tuviéramos algo que simbolizara nuestra amistad.

No me moví, solo sentí la mía en el tobillo, con los ojos puestos en la de Brody, en su muñeca.

—Diego le había dado la llave de la casa unos días antes. Le dijo que, si en algún momento necesitaba volver, la puerta estaba abierta, para ella y su familia. Que no hacía falta avisar.

«La llave».

—Y esa noche se fue de madrugada dejándonos una nota a cada uno, porque no podía mirarnos a los ojos e irse. Todos teníamos la nuestra con el nombre escrito fuera.

El banco de piedra estaba completamente en silencio.

—No sé qué ponía en la de los otros dos. Nunca nos lo contamos. —Se levantó despacio, con esa forma de moverse de los hombres que han cargado peso físico toda la vida y ya no lo notan—. La mía la he guardado todos estos años. No me preguntes el motivo, porque ni yo mismo lo sé.

Entró en la casa.

Nadie habló.

Brody me tomó de la mano y Mila, que había salido en algún momento del relato, se sentó a mi lado en silencio, que para ella era el mayor esfuerzo comunicativo posible.

Germán regresó con un sobre pequeño. Amarillento. Doblado con el cuidado torpe de quien no sabe si está haciendo lo correcto, pero lo hace igual.

—Toma, imagino que querrás leerla.

Me lo puso en las manos.

Tenía el nombre escrito en el anverso con una letra que reconocí. La misma caligrafía del diario.