Nunca serás mi romcom Capítulo 51
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Capítulo 51

El lunes por la mañana empezó con una verdad incómoda: yo no estaba hecha para esperar resultados de laboratorio.

No lo digo en plan «me corto las venas».

Bueno, sí, pero con razón. ¡Menuda angustia!

Había desayunado medio café, una tostada mordida por una esquina y tres uñas, que no contaban como proteína, pero casi.

Desde las siete llevaba el móvil pegado a la mano como si fuera una extensión de mi sistema nervioso.

Lo desbloqueaba cada dos minutos, miraba la pantalla, comprobaba que tenía cobertura, batería, sonido activado, vibración activada y el alma en modo centrifugado.

Nada.

Ni llamada. Ni mensaje. Ni señal divina. Ni una paloma mensajera entrando por la ventana con un sobre en el pico y ganas de resolverme la vida.

—Como sigas mirando el móvil así, va a pedir una orden de alejamiento —dijo Brody, mirándome desde el otro lado de la barra—. Ya te dije que no empiezan a repartir hasta las nueve y que me avisarán.

Estaba apoyado en la encimera, descalzo, con una camiseta vieja que usaba para trabajar y el pelo recogido todavía húmedo de la ducha.

Tenía esa calma inhumana de hombre que podía estar a punto de descubrir si quizá se había enrollado con su posible hermana y aun así era capaz de dar la vuelta a la tortilla sin que se le pegara.

Yo, en cambio, estaba a una llamada de comerme una cortina.

—No lo miro tanto .

Brody levantó una ceja.

—Lo has desbloqueado siete veces desde que he entrado y a esta hora deberías seguir roncando.

—¿Y tú por qué lo cuentas?

—Porque estás inquietando hasta a la tostadora.

Miré la tostadora. Era verdad que acababa de saltar con violencia, pero igual era su forma natural de expresarse. ¿Quién era yo para cortarle las alas?

—Hoy llegan los resultados —dije, como si él no lo supiera, como si no llevara días viviendo dentro de ese dato conmigo.

—Lo sé.

—¡Los resultados de ADN! ¡Los que pueden convertir esta situación en tragedia! ¡Que nos hemos enrollado!

Ahí sí se le movió la boca. Apenas. Una amenaza de sonrisa que intentó esconder con el café.

—No te preocupes. El repartidor me llama antes de venir.

—Estoy a punto de descubrir si mi madre me dejó una bomba genética póstuma y tú acabas de tranquilizarme con logística de mensajería.

Se encogió de hombros.

—Es lo que hay.

Y lo peor era que me hizo gracia. Un poco. Una cantidad ridícula, indigna y peligrosa, porque a ese hombre le bastaba existir, encima en horizontal, para descolocarme la rabia.

—Eres práctico hasta para el incesto potencial.

—No hay incesto potencial.

—Todavía no lo sabemos.

—Yo sí. Lo presiento.

Lo dijo bajo. Seco. Seguro.

Y mi estómago, que llevaba toda la noche haciendo parkour entre el miedo y la ansiedad, se paró.

Me giré hacia la ventana.

—¿Y Mila? ¿No debería haberse levantado ya? Suele tener el mismo horario que las gallinas.

Brody frunció el ceño.

—Ahora que lo dices… Ya debería haberse despertado.

—¿Y si le ha pasado algo? —Los dos miramos escaleras arriba con preocupación.

Anoche llegamos bastante tarde, porque después de Cala Escondida nos fuimos a cenar y volvimos cuando India y Mila ya dormían, y no quise molestar.

—Voy a ver. Tú quédate aquí.

Como si me apeteciera enfrentarme de nuevo a una subida de escaleras…

Lo escuché golpear la puerta, llamarla y después bajar de dos en dos las escaleras.

—No está —aseveró en cuanto regresó.

—¿Cómo que no está? No puede haberse ido sin avisar.

—Sus maletas y su ropa siguen ahí. Pero la cama está hecha. No parece que haya dormido aquí.

¡Dios bendito! ¿Dónde se había metido?

Mila no era una mujer, era un evento meteorológico con kaftán.

La llamamos. Buzón de voz. La llamamos otra vez. Y otra más.

Entonces apareció India en la cocina con la camiseta del campamento, el pelo recogido en una coleta y expresión de no entender nuestro estado de nerviosismo.

—¿Sabes dónde está Mila? —pregunté—. No está en su cuarto.

Ella se quedó quieta, demasiado quieta como para no parecer sospechosa.

Brody la miró con esa calma de hermano mayor que no necesitaba levantar la voz para hacerte confesar hasta los pecados de tu vida anterior.

—India.

—¿Qué?

—¿Sabes dónde está?

—A mí me dijo que iba a casa del Capitán Barbazul anoche. Que era mayorcita para irme sola a dormir y no montar ninguna fiesta en su ausencia porque ibais a venir en cualquier momento.

Abrió la nevera como si aquel dato no hubiera activado veinte alarmas.

Brody cerró los ojos.

Yo me llevé una mano a la frente.

India sacó un yogur, cogió una cucharilla y nos miró con una seriedad que no le pedimos.

—¿Pensáis que le ha podido hacer algo malo? ¿Y si la ha matado y se la ha dado de comer a los atunes? Una vez quise grabar un TikTok con mis amigas con la casita de fondo y nos amenazó con echarnos a los peces.

—Dudo que le haya hecho daño.

—Pues a nosotras nos dijo: «Os vais a enterar, criaturas del demonio, que el mar se traga muchas cosas».

—Eso no es una amenaza directa.

—Eso sale en las pelis antes de encontrar un zapato flotando.

Yo busqué a Brody con la mirada. Él me la devolvió igual de tenso. Y ahí se terminó la parte en la que fingíamos que todo era normal.

Llevamos a India al campamento porque nos pillaba de camino y con ella no podíamos ir.

—Si encontráis un rastro de sangre, no toquéis nada, que las pruebas no se pueden contaminar —comentó antes de bajarse del coche.

—No vamos a encontrar sangre. Espera a Harley en la caseta, me ha dicho que está a punto de llegar.

Brody arrancó sin añadir nada más.

El camino del faro era estrecho y yo estaba demasiado atacada como para que mi sistema nervioso colaborara.

Aparcamos el coche lo más cerca que pudimos y bajamos el sendero hasta las escaleras que llevaban a la casita.

—¿Puedes o te llevo? —preguntó mirando los cinco peldaños.

—Puedo, pero dame la mano.

Lo hizo sin rechistar.

Brody fue directo a la puerta. Tocó. Nada. Volvió a tocar.

—Germán. Abre. ¿Está Mila contigo? Soy el hijo de Diego Pache.

Silencio.

Estaba a punto de decirle algo cuando vi la chancla. Tirada junto al escalón. Dorada. Con una flor enorme en la pala.

«¡Mierda! ¡Mila!».

¿Y si India tenía razón y la había aniquilado para darle de comer a las sardinas?

—Brody… —Señalé.

Él la vio también. La mandíbula se le tensó. Volvió a llamar con el puño.