Nunca serás mi romcom Capítulo 50
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Capítulo 50

La cama de Iker Etxeberria era una trampa.

Una de sábanas limpias, colchón firme, olor a suavizante y deportista vasco recién duchado que me estaba haciendo replantearme varias decisiones vitales, entre ellas seguir teniendo casa propia y una relación sana con mi aparato reproductor.

Llevaba viviendo allí desde la usurpación territorial de Mila.

Bueno, viviendo.

Técnicamente, dormía allí. También gemía allí y desayunaba cuando Iker dejaba que me levantara de la cama para ducharnos juntos e ir bien servido antes de trabajar, lo cual estaba ocurriendo con la frecuencia que mi cuerpo de treinta y cuatro años y mi forma física de señor prejubilado consideraban sostenible.

Brody no había dicho nada; India tampoco. Vero solo nos miraba con aquella sonrisita pícara cada vez que el vasco me robaba un beso y asentía con vehemencia.

Así que allí estaba yo, domingo por la tarde, tumbado en la cama de Iker, desnudo bajo una sábana blanca, con el cuerpo blandito y una caja de condones en la mesilla que había llegado llena el viernes y ahora parecía una urbanización después de la crisis del ladrillo.

Arrasada.

Me daba vergüenza mirarla.

Mentira, me daba orgullo.

Un orgullo sucio, cansado y ligeramente inflamado.

Iker había salido a correr porque, por lo visto, después de pasarte medio domingo follando como si alguien hubiera activado un protocolo de apareamiento vikingo, lo lógico era calzarte las zapatillas y hacer series por la carretera del acantilado.

Yo, en cambio, necesitaba hidratación, un comprimido de Sexocilina , dos de Calmax y que nadie me pidiera bajar escaleras.

—Vuelvo en cuarenta minutos, txiki —me había dicho, ya con el reloj deportivo puesto y esa camiseta técnica pegada al pecho que no deberían vender a tíos como él, mientras yo me echaba la siesta—. Espérame desnudo.

Como si tuviera energía suficiente para poder vestirme sin ayuda.

Lo dijo como quien pide que no olvides comprar pan.

Santo Dios, ¿pero ese hombre qué desayunaba? ¿ Orgasmatrón 500 mg?

Había añadido una nota al lado de mi Aquarius para recuperar electrolitos.

Doblada en cuatro. La abrí, la leí, la doblé otra vez y la metí en el cajón porque, si la dejaba en la mesilla, me daba TOC que alguien la pudiera ver y yo no estaba para explicar la cadena de hechos que había llevado a que un tío vasco de casi metro noventa me dejara instrucciones escritas sobre las posturas que nos quedaban para completar hoy.

Me levanté a por algo de comer. Llevar veinticuatro horas operando a base de rabo de vasco y adrenalina tenía sus límites.

La nevera de Iker era un laboratorio.

No una nevera normal. Un laboratorio.

Había una bandeja de táperes con números escritos a mano en las tapas.

Dos gramos de esto, cuarenta y dos de lo otro.

Yogures griegos con proteína apilados como si esperaran una revisión de Hacienda.

Cuatro docenas de huevos en la balda de abajo.

El atún en aceite colocado en fila, todos mirando al mismo lado, como un pelotón de Calvo e Isabel.

Más táperes con pasta y vasitos de arroz brillante, y el cajón de las verduras colocadas por tamaño y color.

Por no hablar de la colección de bebidas isotónicas y batidos proteicos varios.

Aquello no era una nevera. Era un gimnasio con frío.

Saqué un yogur alto en proteína porque era eso o lamer la encimera, que de comer pepino ya iba servido. Probé una cucharada.

—Sabe a pared pintada con vainilla —murmuré, controlando una arcada—. No me extrañaba que lo primero que pidiera para currar en el bar fuera un plato de comida. ¡Qué asco!

Me lo comí igual.

Mi honor se había quedado anudado junto a mis soldados en dos condones.

Por la mañana se me ocurrió levantarme a hacer café. Iker me miró desde la cama, que el apartamento era de un solo ambiente.

—¿Te apetece un café ahora?

—Sí, ¿te pongo otro a ti? ¿Tienes leche en algún sitio?

«Menuda pregunta de primero de lerdo».

Se puso en pie con una sonrisita perversa. No respondió, se limitó a levantar una ceja y besarme contra la puerta de la nevera hasta que se me olvidó protestar para susurrar en mi oído un «la leche la pongo yo, arrodíllate».

Lo peor no fue quedarme sin café para obedecer.

Lo peor fue que no me costara adaptarme.

Yo, Harley Pache, hombre que dormía con el móvil entre las sábanas y que tenía un cajón en la cocina lleno de pilas sueltas, tapones de corcho, tres llaves que no sabía de qué eran y un mechero de un festival de 2018, estaba en el piso de un deportista nato adicto a la creatina y no me estaba entrando urticaria.

Al contrario. Me gustaba.

Me gustaba saber que el café podía cambiarlo por una mamada, que las toallas estaban dobladas en el último estante del diminuto baño y que, si Iker decía «vuelvo en cuarenta minutos», volvía en cuarenta minutos exactos.

También me gustaba que sus llaves siempre estuvieran en el cuenco de la entrada, que cogiera siempre la botella de la segunda balda y que los vasitos de arroz tuvieran etiqueta aunque fuera evidente que era arroz.

Me gustaba muchísimo, incluso que me llamara por ese mote ridículo. Y eso sí que era para llamar a emergencias.

Porque una cosa era acostarse con alguien y otra encontrarle encanto al interior de su nevera hipocalórica.

Eso ya era un paso serio hacia la ruina sentimental.

Estaba tirando el yogur a la basura cuando oí voces en el rellano.

Sonaba a Iker. Bajo, tenso. Con un tono borde que no era el suyo, o no el que yo conocía.

Fui hacia la puerta sin hacer ruido, lo cual era fácil porque estaba en bolas y los pies descalzos no hacen ruido. Me dije que no quería espiar. Solo quería saber si estaba bien.

Eso es exactamente lo que diría una vieja del visillo antes de asomarse a la mirilla, pero en mi defensa diré que solo me estaba preocupando por él.

Me pegué al agujerito y lo vi .

Iker estaba en el rellano, sudado, con la camiseta pegada al pecho y las manos en las caderas. Se movía de un lado a otro como un animal en una jaula estrecha. Llegué a pensar que estaba discutiendo con el aire. Luego vi que le hablaba al reloj.

¡Al puto reloj!

Muy Black Mirror todo.

— Aita , no te estoy discutiendo. Te estoy diciendo que Nazaré no es una prueba normal.

Pausa.

—Sí, ya sé lo que esperas de mí, que, si no lo hago, defraudaré a los patrocinadores y probablemente a mis seguidores. Llevo toda la vida sabiéndolo.

Se me enfrió algo dentro de mí.

Otra pausa más larga. Iker se paró, apoyó la mano en la pared, bajó la cabeza.

—Ya te diré algo. Buenas noches.

Colgó.

No de forma suave.

Me aparté de la mirilla tan rápido que el pie izquierdo chocó con la pata del mueblecito de la entrada. El mueble arañó el suelo con un sonido que habría despertado a los muertos del cementerio de Punta Salvaje y a alguno del de Cádiz capital.

Di varios saltitos atrás en plan pingüino tirolés tratando de no poner cara de dolor y remontar.

La puerta se abrió.

Iker entró y me encontró ahí, de pie, buscando disimular con una postura que solo puedo describir como toga de senador romano fracasado: una mano en la pared, el otro brazo sin saber qué hacer, el culo al aire y buscando una sábana de invisibilidad en el aire que no tapaba absolutamente nada.

Me miró.

Su ceja subió.

—¿Qué haces?

—Esperarte. Soy la Maja desnuda de polla.

Soltó una risa corta. Pequeña. Casi sin querer, pero no le llegó a los ojos. Se me pasó el dolor al instante al ver algo turbio en los suyos.

—¿Ocurre algo? —pregunté.

—Nada que deba preocuparte. Venga, majo, vamos a la ducha.

Pasó a mi lado.

Lo detuve sujetándolo por la muñeca .

Estaba caliente del esfuerzo. La piel, húmeda por el sudor. El pulso, acelerado bajo mis dedos.

—Hablo en serio —lo frené.

Me miró.

—Yo también.

Solté un bufido amargo porque supe que tocaba confesión.

—Te juro que no quería espiarte, pero he oído que discutías y…

Su gesto quedó en el aire. Era como esas grietas que ves en una pared y te dices que no pasa nada, que es pintura, hasta que un día se te cae medio techo encima mientras estás friendo unos chocos.

Iker soltó la muñeca despacio. No fue brusco. Fue a la nevera, buscó una de esas bebidas que te reponían hasta las sales de baño y bebió como si necesitara tragarse media conversación antes de que saliera sola.

—Mira —dije, cruzándome de brazos y arrepintiéndome al instante porque no tapaba absolutamente nada—. Ya sé que solo follamos y que estoy en tu piso de invitado sexual por culpa de una señora con complejo de okupa elegante, pero si necesitas hablar con alguien de lo que sea, yo…

—No digas eso.

Muy bajo.

—¿El qué?

—Que solo follamos. Me molesta.

No pude replicar.

Eso era rarísimo en mí. Una vez me quedé sin palabras delante de una gaviota, pero era porque el animal intentaba asesinarme y yo fingir ser su compatriota a base de graznidos.

Iker dejó la botella en la encimera. Apoyó las dos manos en el borde y bajó la cabeza.

—Mi padre quiere que vuelva a la competición, al circuito y a Nazaré. Lleva meses con eso y yo llevo meses diciéndole que necesito tiempo para decidir porque no me siento el mismo, y él lo interpreta como que me estoy acobardando por lo del accidente.

—¿Y te estás acobardando? —Sabía lo que le había ocurrido, era vox populi . Analí me lo contó y yo no quise sacarle el tema a Iker por si le molestaba.

—No lo sé.

Esa honestidad me pilló sin paraguas.

—Antes de venir aquí estaba muy jodido. La caída que tuve no fue normal.

Me tragó la ola, perdí la tabla, perdí el aire, perdí arriba y abajo, y creo que incluso a mí mismo.

—Apretó la mandíbula—. Durante unos segundos no sabía dónde estaba la superficie y, cuando desperté, habían pasado varios días y estaba en el puto hospital.

Se me enfrió la espalda.

—Joder.

—Sí. Joder. —Sonrió sin ganas—. Todos dijeron que había sido un susto y un milagro.

Más allá de la lesión, de la que ya estoy recuperado, mi cabeza me pasó factura y el psicólogo le dijo a mi padre que me vendría bien recuperarme fuera de Bizkaia.

Vine aquí a recuperar la cabeza y las ganas.

Mi padre lo vio bien al principio. Ahora ya se está cansando de que no le dé una fecha de regreso.

Cogió la botella otra vez, pero no bebió.

—En mi casa parar nunca ha sido parar. Ha sido prepararte para volver más fuerte. Si te caes, te levantas. Si te lesionas, haces rehabilitación. Si tienes miedo, entrenas más, que para eso eres vasco. Si dudas, es porque estás flojo. Así desde crío.

—Eso es una mierda.

—Ya.

—¿Y tú qué quieres?

Me miró por fin.

—Yo adoraba surfear. No competir. Surfear.

Madrugar, meterme en el agua cuando todavía no había nadie, notar la ola antes de verla.

Eso era mío. Después vino el don, como todos lo llamaban.

Para ser del todo franco, ¿a quién cojones no le gusta ganar y que le regalen los oídos?

A mí me flipaba ser la promesa, que me compararan con los grandes a los catorce y dominar el mar.

Pero nadie te habla del todo sobre los viajes, la presión, las marcas, los patrocinadores, el no poderte atar a ningún sitio, el que toda tu vida gire por y para la ola más bestia rezando para que no se te vaya la pinza mientras la cabalgas.

—Negó con la cabeza—. Y ahora hay algo que no quiere volver a meterse debajo de una pared de dieciocho metros solo para demostrar que puedo.

Me acerqué un poco, no mucho, no quería que se cerrara.

—¿Y no puedes decir que no?

—Poder, puedo. Pero una cosa es poder y otra no sentir que le estás pegando una patada a toda tu vida.

Me miró de una forma rara. Como si acabara de decirle justo la frase que él no quería decirse.

—¿Qué opinas? —preguntó.

Respiré.

Lo fácil habría sido decirle que le diera una patada a todo y se quedara. Que no fuera a ningún sitio. Que yo prefería tenerlo aquí. No dije eso porque no era justo, y porque me importaba lo suficiente como para ser egoísta de una forma tan barata.

—Que las cosas cambian y las personas también —dije—. No deberías hacer algo que te apasionaba solo por obligación o por no decepcionar a los demás. Sobre todo cuando lo que te juegas es la vida, Iker. No un contrato. No una medalla. Tu puta vida.

Bajó la mirada.

—Estoy seguro de que tu padre te quiere. A su manera vasca de presionarte hasta que te salga una úlcera, pero te quiere. Y entenderá, le guste o no, que elegirás lo que es mejor para ti. Pero eso solo funcionará si tú sabes primero lo que quieres.

«Ojalá sea yo».

El silencio lo envolvió.

Fuera sonó una moto.

—Eres más listo de lo que pareces, jefe —dijo al fin.

—No te flipes. Estoy desnudo y hace diez minutos me he llamado la Maja de polla. Mi imagen pública está en mínimos históricos.

Sonrió, esta vez sí.

Se apartó de la encimera y cruzó la cocina. Cuando llegó, me cogió del pelo por la nuca y tiró hacia atrás con la presión justa para arrancarme el aire y hundirse en mi boca con un beso que me cortó el puto aliento.

—¿Sabes lo que ahora mismo es mejor para mí?

—¿Un psicólogo deportivo? —jadeé.

—No.

—¿Bloquear a tu padre del reloj?

—Tentador.

Me hundió la lengua por segunda vez.

Fue un beso de los que te recolocan las prioridades a hostias de lengua. De los que dicen gracias, cállate, no te vayas, ven aquí, todo a la vez sin pronunciar una sola palabra.

Le sujeté la camiseta con las dos manos y tiré hasta que mi espalda chocó contra la encimera.

—Una ducha juntos hasta que te corras en mí. Vamos, txiki . Ahora mismo lo único que quiero es a ti.

«¡Me cago en su puñetera estampa, que a mí eso no se me puede decir! ¡Que me ilusiono y soy un blando!».

Me cogió de la mano y tiró hacia el baño, mientras me llenaba de besos y magreos por todas partes.

Lo seguí sin pensarlo, y en algún punto entre el diminuto apartamento y el baño me di cuenta de lo jodido que estaba. No por el sexo ni por la ducha, sino porque cada día que pasaba con él me gustaba más que el anterior.

Y eso, para un hombre que había empezado esta historia pensando que solo iba a echar un polvo con su monitor buenorro , era una putada mayor que cualquier ola portuguesa.