Nunca serás mi romcom Capítulo 49
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Capítulo 49

El remo pesaba distinto cuando llevaba a Vero delante.

No me refería a los gramos, sino al modo en que la madera me llenaba la mano: esa presión conocida en la palma, el borde liso contra los dedos, la humedad metiéndose por las grietas pequeñas que no se veían si no sabías dónde mirar.

Y yo solo podía contemplar el espacio que ella ocupaba delante de mí.

Lo hundí a la derecha, empujé, sentí la tabla ceder bajo mis pies y corregí con la rodilla antes de que notara nada, o antes de que gritara, que también era una posibilidad bastante realista.

—Como esto se mueva mucho, voy a morir con una postura muy poco favorecedora —farfulló sin girarse.

Había abierto las piernas hacía unos minutos, el pelo estaba ligeramente humedecido porque se había ido mojando para mitigar el calor, cayéndole por la espalda.

La imagen de ella quitándose el vestido blanco para mostrar aquel biquini rosa que enmarcaba a la perfección sus curvas se quedaría grabada en mí hasta el día de mi muerte.

Intenté no mirar su escote, aunque juro por lo más sagrado que mis ojos trataban de buscarlo continuamente.

Bueno. Miré una vez, puede que dos.

Vale, lo admito, tres si contaba el descarrilamiento visual de ahora mismo.

Después traté de no salirme más porque el Atlántico no tenía curvas, pero sí olas que en cualquier momento te podían tirar, por muy tranquilo que estuviese en este instante.

—Esto se mueve mucho.

—No te vas a caer .

—Eso decían los del Titanic y mira.

—El Titanic era un barco y yo no era el capitán.

—No me vengas con tecnicismos acuáticos, Pache.

Hundí el remo otra vez. El agua abrió una línea limpia, oscura, que enseguida se cerró detrás. El sol nos daba de frente y ella iba justo ahí, en la parte más bonita de la tarde, con la luz dorándole los hombros y el mar reflejándose en su piel.

La puse delante porque quería que viera la cala aparecer antes que yo. Porque se había pasado demasiado tiempo observando cosas que dolían. Y porque, si iba a enseñarle mi sitio, quería que entrara con el sol dándole la bienvenida.

Así de simple.

—¿Falta mucho? —preguntó.

—Cinco minutos.

—Eso en idioma de hombre significa veinte —protestó.

—Eso en idioma de mujer impaciente significa que llevas quejándote desde la orilla y que cuando yo digo cinco son cinco.

Giró un poco la cabeza y me lanzó una mirada por encima del hombro. Las gafas de sol se le habían deslizado por la nariz.

—No me provoques en alta mar. Aquí no hay testigos.

—No podrías volver, necesitas mis brazos para regresar.

—Minucias.

Me salió una risa baja. El pecho me vibró con ella y tuve que apretar un poco más la mano en el remo, porque aquel sonido no me salía tan fácil, aunque desde que Vero apareció lo hacía más a menudo. No así.

El pueblo quedó atrás: las casas trepando la ladera, la terraza del Bar Baridad recortada sobre el acantilado, las buganvillas encendidas como brasas. Aquel paisaje me llevaba siempre al mismo sitio.

A mi padre con las manos llenas de grasa, esas manos llenas de cortes pequeños y una paciencia que no usaba para demasiadas cosas, pero sí con nosotros.

A mí, con ocho años, intentando remar con un palo más grande que mi autoestima infantil.

A él diciéndome que dejara de pelearme con el agua y que esto iba de fluir.

—No la partas, Brody. Acompáñala.

No entendí aquello hasta mucho después y, aun así, a veces seguía costando.

—Estás muy callado —dijo Vero.

—Estoy remando.

—Ah, perdona. No sabía que el remo anulaba las cuerdas vocales.

—Si quieres, canto.

—No, gracias. Aprecio mi oído interno y no tienes pinta de sirena.

La tabla pasó junto a las rocas que separaban la zona de baño de la parte más abierta. El agua cambió ahí: más fría, más honda, con ese movimiento que no se ve desde fuera, pero se nota en los tobillos, en la forma en que la tabla pide una mano firme.

Vero lo notó también, porque dejó de bromear y se agarró a los laterales.

Bajé el remo.

—Respira.

—Estoy respirando.

—Estás apretando el culo como si eso fuera a estabilizar la tabla.

—Mi culo y yo hacemos lo que podemos.

—Pues dile que afloje.

Soltó una carcajada nerviosa, de esas que se le escapaban antes de decidir si quería matarme o darme la razón. El sonido rebotó contra la piedra y se metió en la entrada estrecha de la cala.

Ahí estaba.

Cala Escondida no se veía a simple vista.

Primero aparecía una pared oscura; luego, una curva de roca; después, una lengua de agua más tranquila, y solo al final la arena dorada se abría entre las sombras como una pieza bien encajada en un mueble antiguo.

Si no sabías dónde estaba la junta, pasabas de largo.

Arrimé la tabla y bajé para sentarme como Vero, para no darme con la cabeza contra las rocas en la parte en que la gruta bajaba.

Me puse justo detrás y le tapé los ojos con las gafas puestas y ella gritó.

—¡¿Qué haces?!

—Shhh, solo respira, solo serán unos segundos…

El agua en esa parte se volvía cristalina y podías ver las rocas, los corales y los peces.

En cuanto pasamos la pared de piedra, desplacé los dedos sintiendo el calor de su cuerpo, tirando un poco hacia mí para compensar y que quedáramos en el centro.

Que encajáramos tan bien era una maldita locura.

Solo tenía ganas de besarla y demostrarle, con las manos, cuánto me gustaba .

Desde que lo hicimos en el taller me fue imposible no recrear la imagen en bucle una y otra vez. Su sabor, sus sonidos, la textura de su piel.

Miré el tatuaje de la pierna bañado por la luz del atardecer y bajé poco a poco la mano sin apartar la que la sujetaba por la cintura.

—Ahora ya puedes mirar —susurré en su oído.

Noté cómo se contraía entera y exhalaba con fuerza ante la maravilla que se desplegaba frente a nosotros.

Era un sitio diminuto y tan mágico que le cortaba la respiración a cualquiera.

—¡Madre mía, es precioso!

Lo era, claro que lo era, aunque lo que lo volvía más brutal era estar ahí con ella.

—Date la vuelta.

—¡¿Qué?!

—Que te gires, yo te ayudo.

—¡¿Aquí?!

—No. En Albacete. Claro que aquí.

—Te recuerdo que soy una mujer de tierra firme, azúcar en sangre irregular y propensa a morir por las escaleras.

—Aquí no hay escaleras, solo agua, y si te caes te cojo.

No dije más, la ayudé a que se girara y, aunque la tabla nos amenazó en el proceso, logramos que lo hiciera sin volcar.

Estaba preciosa y algo sonrojada porque el sol nos había dado de cara.

—Así puedes quitarte las gafas y el sol no te molesta —le aclaré.

—Y yo creyendo que te considerabas las mejores vistas.

—Bueno, eso deberías juzgarlo tú…

La vi resoplar.

Miró mi mano; luego, el agua; luego, mi cuerpo hasta alcanzar mi cara. Tragó saliva y negó.

—No es justo que estés tan bueno.

«Ni tú que me pongas tan cerdo, pero aquí estamos los dos».

Tenía los hombros un poco tensos y esa forma suya de confiar a medias, como si su cuerpo quisiera acercarse y su cabeza estuviera rellenando una hoja de reclamaciones.

—Bueno —dijo, mirando al fin alrededor—. Vale. Entiendo que este sitio te flipe y no quieras mostrarlo mucho, o se llenaría de influencers y después de gente intrépida buscando la foto del mes.

La cala estaba mitad en sombra, pero el sol todavía entraba por la boca abierta al mar y dejaba una franja naranja sobre el agua y la arena.

Las cuevas quedaban al fondo, con la marea baja respirando dentro.

En la pared de roca había vetas blancas, grietas viejas, marcas de sal.

Una higuera torcida había crecido donde no debía, agarrada a una repisa con la cabezonería de quien no acepta un no por respuesta.

Me gustaba ese árbol.

Era feo de una forma preciosa, imposible, y seguía ahí.

—Mi padre me la enseñó, me traía de pequeño —expliqué.

Ella se mantuvo en silencio—. Cuando tenía tres años, mi madre biológica me dejó en la puerta de la casa de mi padre y su nueva mujer.

No recuerdo si llegó a darme alguna explicación, solo sé que los primeros días lloré bastante y que después, gracias a la paciencia de ambos, se me pasó.

Al principio preguntaba lo normal, por qué no venía.

A papá no se le daba muy bien mentir, así que un día, cuando ya fui lo bastante mayor como para entender mejor las cosas, me trajo aquí.

—¿Y qué te dijo? —preguntó ella con los ojos humedecidos.

—Que hay gente que no sabe quedarse. Que eso no siempre tiene que ver con lo que deja atrás.

Vero miró al mar.

—Duro para decírselo a un niño.

—Mi padre no era de algodón de azúcar. También me enseñó a remar ese día. Me dijo que, si empujas el agua como un bruto, te cansas antes y no avanzas recto. Que hay que entrar limpio, desplazar y sacar sin romperlo todo.

Nos quedamos un rato mirando cómo el sol bajaba. La luz le tocaba la cara de lado, le marcaba la nariz, la boca, las pestañas. Había dejado las gafas encima de su cabeza y los ojos se le veían más claros por el reflejo del agua.

Azules.

La clase de color que podía meterte una herramienta en el pecho y girarla hasta crear una escultura solo para pintarla de ese azul.

—¿Así que este era tu sitio secreto de adolescente para traer a los ligues? —preguntó, y la sonrisa ya le asomaba con malicia—. Muy discreto. Muy «ven, Mari Carmen, que te voy a enseñar una gruta y de paso me muestras la tuya contra una roca».

Solté aire por la nariz.

—Jamás he traído a nadie.

—¿A nadie?

—A nadie .

—¡Venga ya! No soy de esas que se ofenden por repetir sitio, entiendo que has tenido una vida y supongo que bastante actividad… No te voy a juzgar.

—Vero, no miento, es en serio, ni siquiera he traído aquí a Harley o a India. Este lugar me lo reservo para mí.

—Perdona. Es que me cuesta imaginar a un adolescente con este sitio que no lo usara para fines delictivos hormonales.

—Te aseguro que mis hormonas no eran unas santas, pero había más lugares. Este nunca lo usé para eso; más bien era mi refugio.

—Está bien, te creo…

No insistió.

Me fijé en mis manos, abiertas sobre las rodillas.

Grandes, morenas, con marcas de gubias, lijas y clavos.

De adolescente pensaba que esas manos iban a hacer piezas enormes.

Esculturas imposibles. Cosas que no servían para sentarse, guardar vasos ni arreglar humedades, pero que te removían por dentro aunque no supieras explicar por qué.

Luego murieron mis padres y las manos aprendieron a convertir el arte en utilidad. Arreglos, muebles, puertas que cerraban bien. Barras que aguantaban el peso de medio pueblo. Cosas que la gente podía pagar y yo podía entregar rápido.

Tenía que sostener a mi familia, eso era mucho más urgente que sostener un sueño.

Vero señaló las cuevas con la barbilla.

—Este sitio tiene pinta de tener leyenda. Si me dices que no, me decepcionas muchísimo como guía local.

Agradecí que me sacara de aquel cajón antes de que se me quedaran los dedos atrapados dentro.

—La tiene.

—Lo sabía.

—Dicen que este lugar no lo encuentra quien quiere, sino quien necesita parar aunque no sepa que lo necesita.

—Qué intenso el sitio. Me cae bien.

—Hace mucho, vivieron dos personas que se quisieron mal y a destiempo. Él era de mar, de arreglar redes, remos, puertas. Ella tenía el alma inquieta y pasaba aquí los veranos. Dejaban señales cuando uno venía y el otro no. Una piedra blanca. Una cuerda. Una flor metida en una grieta.

Vero subió las piernas sin darse cuenta y se abrazó las rodillas.

—Las tonterías son peligrosísimas.

—Lo son.

—¿Y qué pasó? ¿Se enamoraron? ¿Se conocían? ¿O era rollo «te dejo un mensaje, pero no dentro de una botella porque eso ya lo hacía medio litoral»?

Miré la boca de la cueva, donde el agua entraba y salía con un sonido bajo.

—Se conocían. Solo que eran otros tiempos y lo suyo era imposible. Se rumorea que ella estaba casada, aunque no enamorada. Dicen que este sitio se quedó con lo que no fueron capaces de gritar en voz alta. O de vivir fuera de aquí.

Vero dejó de moverse.

—Qué cabrón el sitio.

—Un poco.

—¿Y luego?

La marea nos había llevado hasta casi la orilla. Hundí la mano y cogí una piedra blanca de la arena. Pequeña. Lisa. De esas que el mar deja suaves después de darle golpes durante años.

—Luego la leyenda dice que, si dos personas que se quisieron mal y tarde vuelven a encontrarse aquí, el lugar les devuelve lo que dejaron pendiente.

Vero miró la piedra en mi mano.

—¿Y qué les devuelve?

—Depende.

—Qué respuesta más ambigua.

—A veces una verdad. A veces un beso. A veces el valor para quedarse y tomar decisiones que dan miedo. Otras simplemente les deja claro lo cerca que estuvieron de cagarla.

Tragó saliva y apartó la vista hacia la arena, ya casi en sombra.

Bajé y le tendí la mano para que hiciera lo mismo.

Nos sentamos justo en el borde, donde la espuma alcanzaba nuestros pies.

El sol rozaba el agua. La línea naranja se partía en pequeñas astillas sobre las olas, y durante un segundo pensé que aquel sitio hacía justo eso con la luz: la rompía en trozos pequeños para que pudieras mirarla sin quemarte.

Vero apoyó la barbilla sobre las rodillas y me miró a los ojos de lado. El septum le brilló con un destello mínimo.

—Tengo miedo de mañana —confesó sin drama.

Sonó a verdad, de esa que te tragas y tienes miedo a soltar.

Podría decirle que todo iría bien, pero no lo sabía. Podría decirle que no pasaba nada, pero pasaba.

Pasara lo que pasara con el resultado. Pasaba porque ella estaba allí, sentada en mi cala, con el miedo sentado en el pecho, y yo ya no sabía en qué parte exacta del verano había dejado de ser prudente.

Sabía que la amaba más que a nada. Más que a nadie.

Que si resultaba ser mi hermana me dolería como un hierro candente. Aunque lo que más daño me haría sería que desapareciera y no volviera a verla.

Tardé en responder porque había frases que, una vez dichas, no volvían al sitio. Como un corte mal hecho en madera buena: podías lijar, corregir, disimular, pero la veta ya no era la misma.

Miré la piedra blanca.

Luego miré la grieta de la roca que quedaba a mi izquierda. Y la dejé allí.

Vero siguió el gesto con los ojos.

—¿Eso qué significa?

Me sacudí la arena de los dedos.

—Que mañana, si la cala tiene algo que darnos, ya sabrá dónde encontrarnos.

No dijo nada, yo tampoco.

El mar entró poco a poco, lamió nuestra piel y volvió a retirarse como si no quisiera meterse donde nadie lo había llamado. Vero se quedó mirando la piedra. Después, apoyó el hombro contra el mío y dejó que su cabeza descansara en él.

Lo justo para que yo notara el peso. Lo justo para que doliera al imaginar cómo sería este lugar sin ella.

Porque la mujer de la leyenda también había tenido miedo. También había tenido un verano. También había dejado algo en una grieta antes de marcharse y, aun así, lo hizo para no regresar nunca.

Y yo, con treinta y siete años, arena pegada en las manos y el corazón haciendo el imbécil contra las costillas, entendí que acababa de hacer lo único que llevaba media vida evitando.

Dejar una señal por si ella decidía volver.