Capítulo 48
Llegamos a un pueblo blanco, tranquilo, de esos que parecen dormidos incluso cuando hay gente en la calle.
El estudio existía. O había existido. La fachada seguía allí, con un cartel oxidado que decía Foto Costa Luz y una persiana metálica cerrada a cal y canto.
En el escaparate quedaban restos de papel amarillento, una cámara vieja dibujada en una pegatina y el fantasma de una época en la que la gente esperaba días para ver si había salido bien en una foto, en lugar de hacerse dieciocho selfies hasta encontrar el ángulo donde la papada decide colaborar.
Brody preguntó en la tienda de al lado. Imposible que supieran nada, eran unos chicos ecuatorianos que la habían cogido hacía un par de años. Nos aconsejaron ir a la panadería.
Allí la dueña recordaba al antiguo propietario, pero de Luc no parecía saber mucho.
No había herederos interesados en rescatar cajas de negativos, carretes, contactos ni recuerdos de nadie. El negocio cerró y era difícil que alguien quisiera dedicarse a algo abocado al fracaso con la llegada de las nuevas tecnologías.
Decía recordar vagamente a un chico extranjero, pero no estuvo tanto tiempo como para que lo recordara bien. Si Luc había pasado por allí, se había ido sin dejar ni una miga .
Contemplé el cartel oxidado con esa sensación específica de cuando algo se desinfla sin hacer ruido.
—Mi madre tenía un gusto estupendo para rodearse de hombres con complejo de pista falsa —dije.
Brody miró el cartel. Luego me miró a mí.
—Hay un sitio aquí cerca donde se come bien. Si te apetece, podríamos ir, queda a unos treinta y cinco minutos, más o menos… Siento no haber sido de ayuda.
—No has sido tú, no es tu culpa. Igualmente, te lo agradezco, en serio.
—Entonces… ¿Te apetece una buena comida?
«¡No pienses en guarradas, Vero!», me reñí.
Y me limité a asentir.
Volvimos al coche. Brody no me había invitado a comer a modo de consuelo. Lo dijo como quien sabe distinguir entre un problema que puede arreglar hoy y uno que no, y decide hacer lo único que sí tiene en su mano: darme de comer.
🌞🌊🌞🌊🌞
El restaurante era pequeño, pegado a la ladera, con una terraza de cuatro mesas sobre un barranco por el que asomaba el mar a lo lejos.
No había carta plastificada ni menú del día escrito en pizarra con faltas de ortografía creativas.
El dueño salió, nos dijo lo que había, nos preguntó si teníamos alergia a algo y desapareció.
—Te prometo que se come bien —me aseguró Brody.
—No todo el mundo que se dedica a la hostelería tiene el don de la simpatía.
—Y para muestra, Harley.
—Harley es simpático, es solo que le gusta gruñir.
—¿Defiendes a mi hermano antes que a mí?
—A ti no hay que defenderte de nadie.
Una camarera nos trajo vino sin que lo pidiéramos, como si tuviera un radar para detectar tragedias y usara la jarra para apagarlas.
—¿Tu padre sabe que buscas esto? —preguntó Brody con tiento.
—¿Mi padre oficial? ¿El de La Palma? ¿El prestigioso médico y catedrático? ¿El señor que cree que conducir guaguas es una fase como teñirse el pelo de azul?
Se limitó a asentir.
—No. Y no voy a contárselo hasta saber qué hay que contar .
—¿No os lleváis bien?
Me encogí de hombros.
—Tampoco mal. Es solo que siempre sentí que nunca cumpliría sus expectativas. Como le pasó a mamá, supongo. Por eso se divorciaron. No es mal hombre, solo cuadriculado y pretencioso.
No dijo nada.
Eso también era una forma de entender.
Nos trajeron pan caliente, queso de cabra con miel, tomates aliñados y carne en salsa que olía que quitaba el sentío .
—¿Tú hablaste mucho de tus padres con Harley después de…? —callé porque no estaba segura de que quisiera responder—. Perdona, no debí…
Brody dejó el tenedor en el plato.
No de golpe. Sin teatralidad. Solo lo dejó.
—Tranquila, está bien. No, no hablamos mucho.
—Ya… Una pregunta idiota.
—No es idiota, cada uno vive el duelo de una manera distinta. Yo me refugié en sacar adelante a mis hermanos y supongo que, un poco, en el silencio.
Miró hacia el barranco. El viento le movió un mechón que se le había soltado del recogido.
—Al principio la gente del pueblo preguntaba. Luego dejaron de hacerlo porque no sabían qué hacer con la respuesta que no les daba. Después aprendí a contestar algo fácil…
—Estoy bien.
—Sí.
Me reí por la nariz.
—La mayor mentira social después de «no te preocupes, no molestas».
—Y «solo será un minuto» —añadí—. Esa la inventó un funcionario.
Brody soltó una respiración que casi fue risa.
Luego volvió a mirar el plato.
—Cuando murieron mis padres, todo el mundo tenía una frase preparada.
Que si tenía que ser fuerte. Que si Harley me necesitaba.
Que si India era muy pequeña. Que si mi padre estaría orgulloso de todo lo que estaba haciendo.
—Pasó el pulgar por el borde del vaso—. Nadie lo decía con mala intención y, sin embargo, a mí me sentaba como una patada en los huevos.
Se me cerró algo por dentro.
Como cuando una puerta vieja encaja mal y tienes que empujar.
—A mí me dijeron mucho lo de «tu madre querría verte bien» y «has sido una buena hija».
Brody me miró.
—Qué frases más cabronas.
—Muchísimo. Porque encima eran verdad. Mi madre querría verme bien y fui una hija abnegada hasta el último minuto.
Aunque también habría querido que hiciese algo que me llenara más que conducir una guagua, que usara hilo dental tras el cepillado y que no escuchara audiolibros guarros donde un orco empotra a una elfa contra un árbol. Ella hubiera preferido que los viviera.
Ahí sí se rio.
Poco. Bajo. Con los ojos.
Y me dieron ganas de meter esa risa en un bote y llevármela a casa para días malos, lo cual era una cursilada asquerosa y habría que sacrificarme antes de que fuera a peor.
—Lo peor del duelo —dije, mirando mi copa— es que todo el mundo sabe que va de perder a alguien, pero no se lo cree hasta que le pasa.
Y sí, por supuesto que va de eso, pero también va de perder la versión de ti que existía cuando esa persona estaba, porque es imposible volver a ser la misma.
Yo con mi madre era hija, cuidadora, una pesada que le colocaba la manta y le discutía las series.
Ahora sigo siendo hija, pero no hay nadie al otro lado de esa palabra y eso duele.
Brody no apartó la vista.
—Y sigues haciendo cosas para contárselas.
—Sí.
—Y te acuerdas después, y piensas en lo que ella habría pensado o, incluso, se las cuentas.
—Y te sientes gilipollas porque sabes que no va a volver para responder.
—No lo eres.
Di un trago a la copa de vino y me limpié con la servilleta.
—¿Tú sigues haciendo eso?
—A veces termino una pieza y pienso que a mi padre le habría gustado ver cómo está ensamblada. O veo a India hacer alguna tontería y pienso que mi madre se habría reído antes de fingir que la regañaba. Se parecen muchísimo, ¿sabes? Son casi como dos gotas de agua.
—Dicen que parte de las células de nuestros padres siempre se quedan con nosotros.
—Bueno, al fin y al cabo, somos fruto de ellos…
Silencio. Esta vez pesó distinto, porque no quería pensar en la posibilidad de compartir ADN con él, así que regresé, obviando la última frase.
—Yo creo que el duelo es una casa sin una habitación. Desde fuera parece la misma. Entras, cocinas, duermes, abres ventanas. Todo sigue ahí. Pero hay una puerta que antes existía y ahora da a una pared y, aun así, tú sigues yendo hacia ella por costumbre.
Brody tragó saliva, alargó la mano y tomó la mía con delicadeza. No había nada erótico en ello, solo piel y comprensión.
Me miró de una forma que me dejó sin ganas de bromear, que ya era grave.
—Sí. Es eso.
No necesitó añadir más. Nos mantuvimos así hasta que la camarera regresó a los pocos segundos.
Comimos degustando cada bocado. Con pausas. Con frases que salían cuando podían y chistes pequeños para no ahogarnos en lo importante. Hablamos de mi madre, de su padre, de las cosas que una persona deja sin saber que las deja.
Cuando trajeron el café, yo tenía los ojos calientes, pero había podido contener las lágrimas.
Brody pagó antes de que pudiera protestar.
—Eh.
—Invito yo.
—Soy una mujer moderna con ingresos inestables, pero tu hermano me paga suficiente para hacer frente a mi parte.
—Hoy no.
—¿Porque me has visto cara de huérfana?
—Porque la pista era mía y ha salido mal y yo he elegido el restaurante. La próxima vez me invitas tú.
—¿Todavía tienes ganas de comer conmigo?
—Ni te lo imaginas…
Lo soltó de un modo que hizo que mis óvulos se pusieran a dar brincos. Después se puso las gafas de sol, cubriendo aquellos ojos color café.
—El día no tiene por qué acabar mal del todo. ¿Te gustaría que lo mejorara?
Lo miré con desconfianza.
—Esa frase, en mi experiencia, suele preceder a una mala decisión.
—Probablemente.
—Si digo que sí… ¿Qué haríamos?
—Sorpresa.
—No sé si me gustan cuando se trata de ti y de mí.
—Ya.
—Brody.
—Venga, te prometo que me portaré bien.
«Qué pena».
«Eso espero, porque mis pensamientos no tienen nada de puros».
Volvimos a Punta Salvaje con el sol empezando a bajar, ese momento en que la luz se vuelve dorada y todo parece más bonito de lo que debería, como si el mundo se pusiera filtro para ligar.
Yo iba apoyada en la ventanilla, con el pelo aún húmedo y el bikini rosa escondido bajo el vestido, y una sensación rara en el estómago.
No era esperanza. Tampoco miedo. Era otra cosa.
Una mezcla absurda de cansancio, deseo y ganas de que el lunes no llegara nunca o que llegara de una vez por todas.
Brody aparcó en el campamento de Harley y fue a por algo a la caseta de material.
Salió con una tabla grande de paddle surf y un remo, con esa facilidad suya para cargar cosas enormes como si fueran bolsas de pan.
Yo lo observé desde la sombra, intentando no recrearme en el movimiento de sus brazos.
No lo logré.
—No… —dije cuando lo vi sacarse la camiseta y los pantalones, mostrando un bañador amarillo.
—Sí, hora de que te metas en el agua y te enseñe mi lugar favorito.
—Yo no hago deporte acuático por sorpresa; de hecho, no hago deporte.
—Vas a ir sentada.
—También vas sentada en una atracción de las que te lanzan al vacío y eso no la convierte en una experiencia grata.
—Mi tabla lo será.
—Eso lo dices tú, que tienes equilibrio, hombros y una relación estable con la gravedad.
Brody dejó la tabla en la arena. El agua estaba calmada, brillante, con pequeñas arrugas doradas. Al fondo, el acantilado empezaba a teñirse de cobre.
—Te prometo que cuidaré de ti. Déjame llevarte a Cala Escondida.
Tragué saliva.
—¿A asesinarme?
—A ver el atardecer.
—Eso también suena a asesinato: voy a llevarte a ver tu último atardecer…
—Vero.
—Vale. Pero si muero, dile a Mila que no convierta mis cenizas en pendientes. Tiene pinta de que lo haría.
Me quité el vestido y las cholas , y lo dejé todo dentro del capazo, en el coche.
Brody me ayudó a subir a la tabla. Su mano rodeó la mía. Suficiente para que mi sistema nervioso hiciera el ridículo completo y amenazara con hacer la croqueta en la orilla.
Me senté delante, tiesa como una señora a la que han subido a una atracción sin firmar consentimiento. Brody se colocó detrás, de pie, y empezó a remar.
La tabla avanzó despacio, mientras mis nervios me ponían los pezones de punta. O eso decidí creer.
El pueblo se fue quedando atrás: las casas blancas trepando la ladera, el Bar Baridad elevado sobre el acantilado, las buganvillas encendidas, las voces lejanas de la playa, el olor a mar y verano pegándose a la piel.
El agua golpeaba suave los laterales. Cada vez que Brody hundía el remo, la tabla obedecía con una calma que me parecía sospechosa.
—Como me caiga… —avisé—, te arrastro conmigo.
—Lo suponía.
El sol bajaba frente a nosotros y el mar tenía ese color imposible que parecía inventado por alguien con mucho talento.
Pasamos junto a las rocas, bordeando el acantilado.
La cala empezó a aparecer poco a poco, escondida entre paredes oscuras y arena dorada, como si Punta Salvaje guardara allí una parte de sí misma para quien supiera llegar.
Y Brody sabía, claro que sabía.
Toqué el agua para refrescarme, mientras el corazón me hacía cosas raras y su presencia detrás de mí me alteraba.
La tabla se deslizó hacia la entrada de Cala Escondida justo cuando el sol tocaba el borde del mar.
Y pensé, con una claridad que me dio miedo, que había días que empezaban con una agresión de cortinas y terminaban pareciendo una trampa mucho más peligrosa.