Nunca serás mi romcom Capítulo 47
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Capítulo 47

Hay dos tipos de personas en este mundo: las que se despiertan solas, con suficiente tiempo para existir antes de que el día les exija algo, y las que acaban con la almohada en la cara a las ocho y cuarenta porque Mila Robles Sánchez ha decidido que «hay que aprovechar».

Yo era de las primeras. Ese domingo fui de las segundas.

La mañana empezó con una señora de Sotogrande abriendo las cortinas como si estuviera exorcizando un piso repleto de chupasangres y Buffy Cazavampiros —a la gaditana—, secundándola como portadora de la estaca.

—Venga, arriba, que se te pasa el día —espetó Mila.

—El día no se pasa. El día tiene diecisiete horas más por delante.

—Arriba —insistió India, tirando de mi sábana—. Ya has oído, hay que aprovechar.

Yo abrí un ojo.

Solo uno.

El otro se negó a participar en aquella pantomima social.

—No pensaríais lo mismo si os hubierais dejado las rodillas y la decencia en la barra del Bar Baridad sirviendo chupitos calientes a un montón de surfistas con gusto por la carne y el alcohol.

—¿Puedo probar? —se interesó India.

—No, si no quieres que tu hermano mayor nos eche a las dos. Además, es domingo y los domingos se descansa, ya lo dijo el Señor.

—Eso es de señora beata deprimida —sentenció.

—Uy, lo que me ha llamado…

—Vero, cariño, llevas toda la semana de la casa al bar y del bar a la casa. Esto no es vida, es una condena con vistas al Atlántico, también debes disfrutar…

—Sigo con el duelo, en busca del padre perdido y una relación en pausa con un médico en Houston —murmuré contra la almohada—. Creo que es suficiente por hoy.

India tiró de mi mano.

—No llores tanto y coge las cosas de playa.

—¿Playa? Soy de isla y no me va mucho el sol.

—Da igual, pilla toalla, crema, bañador… Lo típico.

—Yo quiero seguir durmiendo… —protesté, tapándome con el cojín.

—Pues hoy no —resolvió Mila.

—Necesito mear, café y cinco minutos para recordar cómo se articula una rodilla.

—Te damos diez —dijo Mila—. A partir de ahí, te mandamos a Garfio, ya sabes lo que le gustan tus dedos.

Me levanté porque una cosa era querer seguir durmiendo y otra tentar a Satanás con caparazón.

Me duché a medias, lo justo para mojarme el pelo y dejarlo caer en remojo sobre los hombros, porque peinarme me parecía ya un acto de optimismo que no estaba en condiciones de sostener.

Revisé la maleta buscando algo digno para un día de playa y encontré tres verdades: una, que había traído menos ropa de baño de la que debería alguien que se venía a Cádiz en julio; dos, que mi yo de La Palma empacando debía de estar más pendiente de no derrumbarse que de coordinar estilismos; y tres, que el bikini rosa seguía allí, doblado al fondo, esperando su momento como una bomba que nadie debió comprar jamás.

No me gustaba el rosa. Ni un poco. Era el tipo de color que me hacía sentir como un cupcake . Pero fue el último bikini que me compré con mamá, porque era su color y ella insistió en que me quedaba precioso.

—Te ilumina la cara —había dicho ella.

—Mamá, me ilumina hasta el coño, es fucsia.

Se rio tanto que acabó sentada en el probador, con una mano en el pecho y los ojos brillantes. Estaba habituada a mis salidas de tono y, pese a ser profesora, le hacían gracia.

Así que me lo llevé.

Encima me planté un vestido blanco suelto, de esos que prometen frescura y luego te das cuenta de que deberías haberte puesto stick para roces entre los muslos y que se te pegan al culo en cuanto el sol decide ponerse intenso.

Metí en la bolsa la toalla, crema solar por un tubo, agua, pañuelos, gafas y el Kindle, aunque sabía perfectamente que no iba a leer ni media página si aquello terminaba siendo un día de playa con la familia Pache al completo.

Bajé con el pelo húmedo, las gafas de sol en la cabeza, la cara de humana en proceso de ensamblaje y la esperanza mínima de que hubiera café suficiente para reactivar mis órganos.

Entonces lo vi.

Brody estaba junto a la barra.

Bermudas oscuras. Camiseta de tirantes. Gafas de sol. Brazos. Antebrazos y un tatuaje enorme a la vista que no tenía consciencia de que estaba ahí.

«¡Dios mío, pero si tenía tinta!».

Me dieron ganas de pasarle la lengua por toda la flor y no me refería al nardo, que también… Sino a la del tatuaje.

«Pfff, qué domingo más largo se me iba a hacer».

Brody tenía esa cara de hombre que no necesitaba hacer absolutamente nada para complicarte la circulación y la mía gritaba hipertensión por todas partes.

Me detuve en el último peldaño. Mi cuerpo valoró desmayarse; por suerte, no lo hice. Ya no era una amateur .

—Buenos días —murmuró él, decidiendo si tenía problemas para bajar los últimos centímetros o me tenía que socorrer.

—Eso está por ver.

La voz me salió ronca, baja y con un nivel de decoro cuestionable para alguien que acababa de imaginarse cayendo escaleras abajo y aterrizando con el bikini rosa al descubierto delante del problema principal de su verano.

India y Mila estaban en la barra, como dos señoras viendo una final de Eurovisión donde saben que el representante español va a ser el menos votado, pero, aun así, no pierden la fe.

—Siéntate y tómate el desayuno —me invitó.

Solo entonces me fijé en la tortilla con forma de flor sobre una tostada, unas tiras de beicon extra crujientes y fruta fresca para decorar. Por no hablar de la enorme taza de café.

¡Si es que con un hombre así una se tiene que casar!

—He pensado un plan —dijo en cuanto me vio acomodarme y darle el primer bocado a la tostada.

Qué frase más peligrosa en boca de un hombre con hombros tan grandes.

—¿Un plan de domingo o un plan de esos por los que acabamos saliendo en el periódico local?

—Encontré una pista sobre Luc.

Se me fue el humor del cuerpo como agua por un desagüe.

Y yo pensando en un día de playa y tocaba partida de Quién es Quién, versión mi padre.

Esas dos arpías me habían engañado.

—¿Qué pista? —me interesé.

—Un estudio de fotografía y revelado. En un pueblo a un par de horas y media de aquí. Recordé el nombre el jueves. Mi padre habló alguna vez de él, cuando yo era crío. Me vino un flash ; alguna vez comentó que tenía uno de sus mejores amigos que se fue allí, a la sierra.

Brody lo dijo sin dar importancia a lo que podía suponer.

Quizá mi padre siguiera en aquel lugar, en un pueblecito perdido, obviando que ahora todo se hace en digital.

—¿Y Luc sigue allí? —pregunté con la boca pequeña.

—No lo sé, pero podría.

—Podría…

India levantó las cejas con una expresión de «tía, espabila».

Mila sonrió como si acabara de ganar una subasta y asintió.

Yo miré a Brody con el pulso acelerado.

Llevábamos días raros desde el beso. Nos movíamos por la casa como dos personas que habían hecho el mismo simulacro de incendios y aun así dormían con una caja de cerillas debajo de la almohada.

Yo había evitado quedarme a solas con él en la cocina, traté de estar siempre acompañada y reconozco que había pasado varias noches pensando en su boca con una falta de decoro que habría escandalizado incluso a lady Whistledown.

El resultado llegaba mañana. Mañana. Una palabra pequeña con complejo de guillotina, porque, si daba que éramos hermanos, perdería la cabeza.

Así que el domingo tenía que pasar lo más rápido posible y encontrar a la tercera pata del banco de semen de mi madre parecía un buen plan.

—Vale —acepté, comiendo lo más rápido que pude—. Vamos a seguir tu pista, pero entonces dejo la bolsa porque dudo que la necesite en la sierra.

—Llévatela por si acaso, quién sabe dónde puede haber terminado Luc, igual está en Tarifa haciéndoles reportajes a los de kitesurf .

—Bien pensado…

Nunca había desayunado tan rápido y, cuando fuimos a irnos, me di cuenta de que Mila e India no se movían.

—¿No venís? —pregunté.

—Me he levantado con un poco de ciática y la niña ha quedado con las amigas, mejor os esperamos aquí. Suerte.

No sé por qué me daba en la nariz que mentía, aun así decidí no perder más tiempo y aceptar el consejo de Mila de que un trayecto en su descapotable a la sierra podría ser toda una experiencia. Alargó su mano para darme la cinta de mamá que le había mostrado.

—La puedes poner mientras viajáis, que mi clásico va todavía con radiocasete.

Me pareció una idea fantástica.

Brody dio por hecho que conduciría yo, pero le lancé las llaves.

—Anda, llévame, que en Canarias siempre soy la que conduce y me apetece tener chófer.

—A sus órdenes.

Viajamos sin la capota, con el aire llenándonos de aroma a pino y calor. El Atlántico aparecía y desaparecía entre los árboles, como si el paisaje también jugara a dar pistas y esconderlas.

Yo intenté no mirar las manos en el volante.

Fracasé bastante.

Pasamos parte del tiempo limitándonos a escuchar la cinta de mi madre, porque sí, adivinando a quién podían pertenecer los temas. Fueron casi noventa minutos de canciones y las cinco últimas juraría que eran de mamá.

Los ojos se me humedecieron un poco, porque reconocí algunos de los temas: eran los que solía tararear cuando lavaba los platos. Uno, en concreto, solía ponerlo cuando yo era pequeña, las dos estábamos solas y nos hartábamos de cantar y bailar.

Ahora, A quién le importa , de Alaska, cobraba más sentido que nunca y decidí obviar a Brody y cantarla a pleno pulmón, como si ella viajara en el asiento trasero y pudiera verla desde el espejo interior. Quizá lo estuviera.