Capítulo 46
Los jueves por la noche el Bar Baridad tenía una teoría muy clara sobre la vida: si habías sobrevivido a la semana hasta ahí, lo mínimo era celebrarlo con música, una bebida decente y la posibilidad real de hacer el ridículo antes de medianoche.
A mí esa teoría me parecía peligrosa.
A los clientes, maravillosa.
En los altavoces sonaba La Plazuela con palmas y guitarra eléctrica, ese rollito de flamenquito moderno que hacía que el bar pareciera, según Vero, «el hijo bastardo de un tablao de Cádiz y El bar Coyote».
Luego entró María Peláe, la gente coreó medio estribillo y una señora de sesenta años se subió a una silla cuatro segundos antes de que su marido la bajara con cara de quien estaba intentando salvar una cadera y un matrimonio.
Vero estaba a mi lado detrás de la barra, sirviendo dos rebujitos con demasiada concentración.
Apuntaba comandas con una letra que parecía haber sufrido un accidente de tráfico y las gestionaba sin perder el hilo de tres conversaciones a la vez.
Llevaba semanas haciéndolo bien y parecía gustarle más de lo que estaba dispuesta a reconocer.
Iker andaba por las mesas con la bandeja en alto. Camisa negra abierta con unas palmeras en la espalda, el pelo todavía húmedo de la ducha, ese andar tranquilo que tenía como si el suelo le perteneciera.
Entonces una de las chicas de la despedida de soltera del rincón levantó el brazo y gritó:
—¡Oye, tío bueno, hot shots para todas!
Iker preparó los chupitos en la mesa sin inmutarse: vasitos en fila, mechero, llama azul y esa paciencia de vasco que puede explicar a ocho personas borrachas que hay que beber cuando el fuego se apaga, no mientras sigue ardiendo, sin perder la sonrisa.
Una de las chicas se lo agradeció apoyándole la mano en el antebrazo y diciéndole algo al oído que desde aquí no oí, pero que me hizo cortar la lima con más fuerza de la necesaria.
Vero no levantó la vista.
—No pongas esa cara.
—¿Qué cara?
—La del Fari chupando limones.
—Estoy trabajando.
—Claro. Por eso llevas mirándolo desde que empezó su jornada.
«Llevo mirándolo desde esta mañana y sin quitármelo de la cabeza desde que casi hace que me corra contra una roca».
Cogió una botella de ginebra y empezó a medir.
—Sabes que está interpretando… que es curro, ¿no? —preguntó cuando me vio acuchillar la lima al ver la lengua de una de esas víboras lamiéndole sal en el pecho—. Como los actores que se besan con quien les da la gana, pero solo se acuestan contigo —prosiguió.
—Eso díselo a Jennifer Aniston cuando a Brad se le cruzó Angelina.
Abrió la boca. La cerró.
—Bueno, siempre hay excepciones. Iker no tiene por qué ser una de ellas.
Dejé el cuchillo y me limpié los dedos en el trapo para anclar las manos a mis caderas.
—¿Pero tú nos has visto? Él es la Bella y yo soy la Bestia. Sin convertirme en príncipe guapo al final.
—Oye, pues a mí me gustaba más la Bestia.
—Tu criterio es cuestionable. A ti te ponen cachonda los orcos y, muy cerda, mi hermano, dicho sea de paso.
Volvió a boquear como un pez.
Nada. Ni una réplica. Ni una pulla. Ni un insulto creativo de conductora de guagua con el alma en vilo por culpa de una cana al aire de su madre.
Me llevé una mano al pecho.
—Exacto. Set y partido para Harley Pache.
—Que no a todos nos gusta lo normativo, a ver si te entra en esa cabezota.
—Ya, pero es que yo no soy normativo, soy normalito, que es distinto, y él…
Iker levantó la vista desde la terraza justo en ese momento y me pilló mirándolo. Sonrió. No mucho. Solo una curva ladeada, de esas que te desordenan las sábanas y algo un poco más abajo.
Vero chasqueó la lengua.
—Él está pilladísimo. Y tú molas, gruñiditos.
Resoplé. Ella se partió.
La noche siguió con ese ritmo del bar en verano: picos de tres pedidos a la vez, valles donde nadie quería nada, conversación siempre a medias y siempre retomada.
Yo iba y venía entre raciones y limas. Vero preparaba las bebidas e Iker entraba a por alguna que otra tapa rozando mi espalda o una nalga al pasar, como si la barra fuera más estrecha de lo que era.
No lo era tanto. El muy cabrón sabía lo que me provocaba.
La última vez Vero agitó las cejas.
—Lo que yo te diga… Lo tienes comiendo de tu… —«rabo»— mano —«Casi…».
—Me ha pedido que estos días me quede en su piso —solté al final, porque mi boca tenía menos filtro que la cafetera.
Vero paró. Botella en el aire. Me miró expectante, sin decir nada, dejándome el silencio para que yo lo llenara.
—¿Y?
—No me ha dejado más remedio que aceptar. Es muy persuasivo cuando le da la gana.
Pasaba de dar detalles, tampoco es que le hiciera falta gasolina a su imaginación.
Su cara hizo varias cosas seguidas. Luego gritó, dio palmaditas y terminó con un:
—¡Virgen de Guadalupe! No hay nada mejor que un tío te la chupe.
«¡Hostia puta!».
Me entró la carcajada antes de poder hacer nada por evitarla y ella se rio conmigo.
—No creo que tengas polla como para opinar.
—Bueno, tampoco es tan difícil de extrapolar. Tengo Kindle Unlimited y una vida interior muy rica.
—Tu vida interior necesita supervisión.
Me dio con el trapo en el brazo y siguió sirviendo como si no acabara de soltar un disparate en mitad de mi bar.
La carcajada se fue y lo que quedó debajo no era tan divertido. Lo noté en cuanto mi vasco favorito salió otra vez a la terraza y yo me giré para no verlo.
—No sé si estoy haciendo bien —dije, más bajo.
—¿Por qué? ¿Porque curra para ti o por darte una alegría con un tío que está tremendo?
—Porque yo soy de los que se enamoran primero. Y este tiene fecha de caducidad, como las tapas del yogur.
—A mí me flipa lamer las tapas…
No le seguí la broma. Vero dejó el trapo.
Me miró de una manera distinta. Sin humor. Sin pulla. Con la guardia bajada y el septum brillando bajo los ojos de buey.
—Si algo me ha enseñado la vida, aparte de que no hay que fiarse de un pijama de Temu ni de un hombre desnudo pintado de verde, es que no sabes cuánto tiempo vas a estar en ella.
—Se apoyó en la barra con los codos—. Yo he pasado mucho tiempo con miedo a hacer cosas, a elegir, a pedir más.
Y quizá lo que me ha enseñado mi madre, con su muerte y su carta, es que a veces toca vivir.
Aunque dé miedo. Aunque las consecuencias sean nefastas.
Aunque luego te estampes con una moto de agua.
Porque lo otro, quedarte con las ganas, también tiene consecuencias y esas no tienen final bonito.
La música cambió a algo más lento, con cajón y una voz rota cantando sobre querer.
—Te gusta mucho Brody, ¿eh? —le dije.
—Te diré una cosa. —Se puso muy seria—. A mí la Virgen de Guadalupe me tiene que atar en corto para que no se la chupe.
Lo último que esperaba era eso.
Nos reímos los dos al mismo tiempo, de esas risas que salen de un sitio un poco hondo cuando la guardia se cae sola.
Justo entonces apareció mi vasco con la bandeja vacía.
—Os veo muy animados hoy, ¿no?
—Eso parece. —Vero cogió la bandeja que había estado preparando, me guiñó un ojo y dijo—: Anda, métete un rato a la barra, que me toca a mí servir.
Salió moviendo las caderas como si entrara en un videoclip y no cruzara un bar lleno de gente con sed y ganas de guerra.
Iker no dio la vuelta para entrar por la puerta lateral.
Claro que no.
Apoyó una mano en la madera, saltó con una agilidad indecente y aterrizó a mi lado, cerca, oliendo a él y a noche caliente. Se quedó ahí sin moverse, buscándome los ojos y la boca con la mirada.
—¿Estabas celoso? ¿O me lo ha parecido?
—Estaba trabajando.
—No te he preguntado eso.
—Haces muchas preguntas para alguien contratado por horas.
Sonrió sin prisas, como quien sabe que tiene tiempo y no necesita gastarlo.
—Que yo sepa, aquí soy más voluntario que currante… ¿Seguimos lo de la montaña en mi piso esta noche?
Dudé. Porque él me hacía dudar. Porque no quería dolor y, sin embargo, como decía Vero, tampoco deseaba arrepentirme de no vivir este verano con él.
—Harley.
Mi nombre en su boca sonó diferente. A habitación con la puerta cerrada, a intimidad.
Me puse a sacar vasos del lavavajillas porque, si no hacía algo con las manos, las ponía donde no debía.
—Estoy cagado —admití, casi sin voz.
Iker no hizo una broma. No intentó arreglarlo.
Solo se inclinó un poco más.
—Ya lo sé y no tienes por qué estarlo, no conmigo.
Y eso fue peor. Porque sonaba seguro. Me miraba como quien ya tiene el mapa y espera a que el otro decida si quiere aceptar la ruta marcada o aventurarse en lo desconocido.
Estuve unos segundos paralizado, con la bandeja de vasos entre las manos, sin saber muy bien qué hacer con ninguna de las dos cosas.
Vero pasó junto a la barra con la bandeja llena y soltó sin detenerse:
—¡Prende la mecha, cobarde, que tengo mesas esperando!
Iker se rio por lo bajo.
Respiré con fuerza y solté los vasos sobre la barra interior.
—Cuando cerremos, nos vamos a tu piso. Solo espero que tengas condones suficientes.
Su sonrisa fue lenta. Peligrosa. Muy poco profesional.
—Esta tarde me pasé por la farmacia. Creo que la caja nos durará como mínimo hasta mañana.
Me tembló una risa en la boca.
—Fantasma.
—¿Contigo? Me encantaría encadenarme o desaparecer.
Me tomó la cara y esta vez el que me besó fue él. Dejé que lo hiciera, sin importarme quién miraba. Este verano iba a disfrutarlo. Lo que pasara después con nosotros, o con mi corazón, ya tendría tiempo de doler.