Nunca serás mi romcom Capítulo 45 #2
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Capítulo 45 #2

—Mejor que bien, aunque se le ha quedado enganchado algo y está un pelín sofocado. Solo le estoy ayudando a liberar tensión.

Harley giró la cabeza lo justo para mirarme con odio puro.

Precioso.

—Vale —respondió el monitor—. Subid con tranquilidad, que vais bien sujetos con los arneses. Os esperamos en la cima.

Levanté el pulgar de la mano libre, aunque no podía vernos bien.

Harley susurró:

—Te voy a matar.

—Luego.

—No puedes hacerme esto en una pendiente y con todos los niños encima de mi cabeza.

—Esos niños no van a ver nada si no te mueves. Y para tu información, puedo hacer muchas cosas.

—No es responsable.

—Pero es morboso y tú estás a cien.

—Estoy acojonado .

—También.

Su respiración cambió. Se hizo más corta, más sucia, más nuestra. No necesitaba ir más lejos para saberlo. Hay cuerpos que hablan antes que la boca, y el de Harley, por mucho que él se empeñara en ponerle candados, solo me gritaba.

Le acaricié la cadera con el pulgar.

Lento. Muy lento. Recorrí su cuello algo sudado con mi lengua.

Lo justo para que se enfadara más. Lo justo para que quisiera más.

—Eres un cabrón —murmuró.

— Bai .

—¿Eso qué significa?

—Que sí y ambos sabemos que te gusta.

Noté cómo tragaba saliva. Cómo apretaba la frente contra la roca.

Cómo sus manos se cerraban alrededor del siguiente peldaño.

Me gustaba así. No asustado. No de verdad.

Me gustaba verlo perder el control justo donde más intentaba conservarlo, porque Harley vivía con una lista mental de cosas que podían salir mal y yo quería meterme en esa lista con rotulador permanente.

Aumenté la presión, bajé la mano por todo el tallo hasta los huevos y él dio un respingo sofocado.

—No voy a aguantar si sigues tocándome así. No quiero correrme en los pantalones —suplicó.

—¿En serio? ¿Por qué no me lo parece…?

—¡Iker, por Dios!

Le di unos cuantos mordiscos sin ceder, notando la respiración irregular contra mi torso.

—Haremos una cosa, cuando bajemos —le dije en voz ronca—: después de dejar a los críos con sus padres, vas a venirte a mi apartamento y vas a instalarte.

Su cuerpo se quedó inmóvil.

—¿Qué?

—Mientras la abuelita feliz siga durmiendo en tu cama, tú te vienes a la mía porque solo me apetece follarte y, si no lo hago, no voy a poder controlarme, estemos donde estemos.

—No puedo mudarme a tu casa así porque sí.

—Puedes porque yo te lo ordeno.

—Yo soy el jefe.

—No cuando tengo tu polla al borde de las lágrimas.

Giró un poco la cara. Sus pestañas, enormes y ridículas, temblaron bajo el casco. Tenía las mejillas encendidas, la boca apretada y esa mirada de «quiero decir que no, pero mi cuerpo se está amotinando contra mí».

—¿Y si no acepto?

Sonreí. Frené en seco. Detuve el movimiento y lo contemplé con intensidad.

—A la menor oportunidad te buscaré y cada una de las veces voy a dejarte con las ganas.

—Eso es chantaje.

—No. Es estrategia y ya deberías saber que siempre gano.

—Eres deportista, no mafioso.

—En Euskadi lo mezclamos.

Se quedó observándome, respirando como si la montaña se le hubiera metido dentro del pecho.

—Sube —dije al final, ronco.

—Si asciendo un peldaño, mi polla va a clavarse como un clavo.

—Si no lo haces, tendremos que explicarles a los padres por qué el dueño del campamento ha muerto empalmado en una ferrata.

—Eres imposible.

—Y tú demasiado besable.

No lo besé. Quise hacerlo. Muchísimo. Pero no.

Bajé un peldaño, le di un cachete seco en el culo, lo justo para que pegara un respingo precioso contra la roca, y me aparté.

—Venga, jefe. Tienes energía extra para llegar al último tramo.

—Hijo de puta —masculló, empezando a subir.

—Más bien de puto, el insoportable es mi padre.

—Te odio.

—Ya.

—No me «yaees».

—Sube, txiki .

—No soy tu txiki .

—Lo vas a ser y voy a conseguir que esto te guste tanto como te gusto yo.

Se calló, apretó los labios y lo vi ascender con más rabia que miedo, las piernas firmes, los hombros tensos, el arnés haciendo cosas muy interesantes y la respetabilidad hecha pedazos pequeños que yo pensaba recoger más tarde, uno por uno, con la boca si me dejaba.

Arriba, los críos lo recibieron con aplausos.

—¡Harley, lo has hecho!

—¡Ha sido brutal!

—¡Señor Pache, iba usted blanco!

—¡Mentira! —protestó él, quitándose el casco y un mechón sudado de la frente—. Era la luz.

Daniela lo miró con una seriedad demoledora .

—Parecía un yogur.

Los niños estallaron en carcajadas.

Harley se petrificó. El viento le movió la camiseta.

Los niños seguían riendo delante, el guía revisaba anclajes y el mundo, por una vez, no parecía empujarme hacia ningún sitio.

Ni hacia una competición, ni hacia mi padre, ni hacia la siguiente ola que demostraría si seguía siendo quien había sido.

Solo estaba allí.

En una pared de piedra.

Con un grupo de críos felices.

Y con Harley mirándome como si yo fuera un problema que le estaba empezando a gustar.

Me incliné apenas, sin tocarlo.

—Esta noche te ayudo a deshacer la mochila en mi armario.

—No he dicho que sí.

—Lo vas a decir.

Su boca se abrió, se cerró y volvió a abrirse, pero no salió nada.

Eso, en Harley, era casi una declaración.

— Aupa , jefe. Vamos a seguir, que todavía nos queda tramo.

Suspiró. Se puso el casco. Empezó a subir.

Yo lo seguí sin prisa, con el cable entre las manos y el sol dando de lleno en la roca.

Arriba ya comenzaban a arremolinarse los críos. Abajo quedaba el mundo con sus plazos, el circuito y las llamadas de mi aita que no pensaba coger hasta mañana.

Por ahora solo había piedra, viento y el culo de Harley a dos peldaños de distancia.

Y, joder, era suficiente.