Nunca serás mi romcom Capítulo 45
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Capítulo 45

A los críos de doce a catorce años no había que entretenerlos. Había que agotarlos. Era distinto.

Entretenerlos era ponerles una pelota, cuatro normas y rezar para que ninguno terminara con un ojo morado.

Agotarlos, en cambio, era llevarlos a un sitio donde el cuerpo les pidiera cama antes de que se les ocurriera grabar un TikTok tirándose por una cuesta dentro de una caja de cartón y les diera algo de tiempo extra y de calidad a los padres.

Yo creía mucho en el desgaste físico. Tanto en el de los padres como en el de los hijos.

Harley, no tanto.

Él creía en la vigilancia, el orden, las autorizaciones firmadas, las listas con nombres subrayados, las alergias apuntadas en tres sitios y la idea bastante ingenua de que los niños podían llegar a ser criaturas civilizadas si les hablabas con paciencia.

Iluso.

—¿Me puedes explicar otra vez por qué no estamos haciendo paddle surf en un mar sin tiburones en lugar de venir hasta esto? —preguntó con la cara de quien empezaba a sospechar que lo habían vendido a una secta de montaña.

—Porque después de lo de la moto de agua dijiste que no querías volver a saber nada de una excursión con cosas que flotaran, tuvieran motor o pudieran aparecer en un parte de sucesos marítimos.

—Era una frase dicha desde la rabia. No una invitación a llevarme a morir a una pared .

Miré la zona que había escogido para la salida con los críos mayores. Estaban excitadísimos. Gritos, risas, alguien cantando una canción de reguetón mientras a otro le colocaban el arnés y otro preguntaba si habría cobertura arriba para subir stories .

—Ponía que era nivel intermedio —dije.

Harley me miró.

—¿Intermedio entre la vida y la muerte o qué?

Sonreí sin apartar la vista de la vía ferrata, que tenía bastante desnivel.

— Lasai , jefe.

—No me vengas con algún tipo de insulto, vasco.

—Solo te he dicho que estés tranquilo.

—Es imposible estar tranquilo a sabiendas de que debo subir ahí con mis músculos de mantequilla.

Estábamos junto a una explanada pequeña, con la montaña delante como una pared de piedra caliza levantándose contra el cielo. El guía de la empresa estaba dando explicaciones a los chavales.

Era un tío moreno, seco como una rama de olivo, con un montón de cascos, arneses, disipadores y esa alegría sospechosa de la gente que cobra por colgar personas de sitios donde las personas normales no se cuelgan.

—¡Esto es brutal! —gritó Nico, señalando la altura.

—¡Hay hierros clavados! —añadió Daniela, como si acabara de descubrir América.

—¿Eso se sube? —preguntó otro.

—Eso se sube —contesté—. Nosotros lo subiremos.

El grupo vitoreó ante mi fe.

Harley se puso pálido.

—No sabes cómo hacerlo para que muera antes de cumplir los treinta y cinco, ¿verdad? ¡¿Pero dónde nos has traído, animal?! —murmuró, acercándose a mí mientras el monitor empezaba a repartir una segunda ronda de cascos.

—A una vía ferrata.

—Eso ya lo sé, Iker. Leí el correo. También he firmado treinta autorizaciones y he plastificado una lista de teléfonos de emergencia como un puto psicópata. Lo que pregunto es por qué parece que vamos a invadir Mordor con menores.

—¿Porque es divertido?

—¡Pero si parece el corredor de la muerte! O salimos de aquí en cajas de pino o en las noticias. Verás los padres cuando los niños se lo cuenten, si es que llegan a contárselo…

Me reí. No pude evitarlo.

Harley era muchas cosas: gruñón, exagerado, controlador, cabezota, descomunalmente bonito cuando se enfadaba y muy poco consciente de lo fácil que resultaba querer tocarlo cuando se ponía nervioso.

Pero también era bueno. De esos buenos de verdad.

Se notaba en cómo miraba a los críos, incluso cagado de miedo. Primero ellos. Siempre ellos.

—Míralos —le dije, señalando al grupo—. Pero no desde el temor.

La tropa estaba flipando con los cascos, comparando mosquetones, haciéndose los mayores y preguntando si podían adelantar al guía, lo cual era la prueba definitiva de que la adolescencia temprana era una enfermedad que afectaba al sentido común.

—A estas edades necesitan desgaste. Son como cabras.

Harley me clavó un dedo en el pecho.

—Como una puta cabra estás tú. Y yo más por seguirte. Ya tendría que haber escarmentado con lo de la moto de agua.

—Aquello salió bien.

—¡Acabamos volcando!

—Pero nadie murió y follamos como locos.

—Tu concepto de éxito me preocupa muchísimo.

El guía nos dio las instrucciones. Nada de soltarse del cable. Siempre un mosquetón enganchado. Distancia entre participantes. Manos firmes. Pies donde tocaba. Sin hacer el idiota.

Los niños asintieron con la seriedad temporal de quien se sabe observado por adultos y va a romper la norma en cuanto pueda.

Empezamos la aproximación por un sendero corto, empinado y lleno de piedras sueltas. Los críos iban delante con el guía, saltando como si tuvieran muelles en los tobillos. Harley iba el penúltimo por si alguno se despeñaba, para que entre los dos amortiguáramos la caída.

Iba con la mochila apretada al pecho y la expresión de una señora que ha visto el precio de los huevos camperos.

Yo cerraba el grupo.

Me gustaba ir el último. En el agua y en la montaña. Desde atrás lo ves todo: quién se cansa, quién se hace el valiente, quién empieza a tener miedo y quién necesita una palabra antes de pedirla.

Harley necesitaba una palabra. También que le metieran mano con frecuencia, pero eso era otro tema.

Llegamos al inicio de la pared. Los peldaños de hierro subían clavados en la roca, estrechos, verticales, con el cable de vida siguiendo la línea como una promesa metálica. La que servía para recordarte que la gravedad no tenía sentido del humor.

— Aupa , txapeldunes —dije a los chavales, que les molaba que usara palabras de mi tierra—. Despacio y con cabeza. Quien corra baja conmigo y recoge basura del campamento una semana.

—¡Eso es tortura! —protestó Nico.

—No. Tortura es escucharos cantar en el autobús.

Se rieron.

Harley no, él seguía con la mirada en el recorrido.

—Esto no puede ser nivel intermedio —susurró—. Esto es una escalera puesta por alguien que odiaba a su madre, o a su suegra.

—Venga, jefe. Tú delante de mí.

—¿Para poder recoger mis restos?

—Para mejorarme las vistas…

Se giró tan rápido que casi chocó con el casco contra mi barbilla.

—¡Iker!

—¿Qué? El arnés te queda de vicio.

—Estamos trabajando.

—Tú estás trabajando. Yo estoy disfrutando.

—Me cago en la hostia.

—Eso es muy vasco, ¿será que ya se te está pegando algo mío?

—Lo que se me debe estar pegando es tu mala cabeza si resulta que pongo un pie ahí.

Y lo hizo, en cuanto llegó su turno. Refunfuñando, eso sí. Ya me había habituado, era parte de su encanto.

El grupo avanzaba con una mezcla de concentración y subidón.

Daniela iba narrando cada paso como si estuviera en un documental de supervivencia.

Nico preguntó si aquello contaba como escalada «de verdad».

Otro dijo que su madre no se lo iba a creer.

Una niña llamada Julia, que era bastante tímida, soltó desde arriba que aquello era mejor que las actividades del campamento del año pasado, donde se especializó en pulseras y zumba.

Harley levantó la cabeza.

—¡Las pulseras desarrollan la motricidad fina!

—¡Esto desarrolla la supervivencia! —gritó Julia.

—¡Y mi aneurisma! —devolvió él solo para que yo lo oyera.

No le salió bien. Los críos se partieron. Yo también.

Subimos un tramo vertical. Luego otro más estrecho, pegado a una grieta en la roca. El viento entraba por un lateral y olía a piedra caliente, a monte seco y a verano de los que aprietan. Harley iba dos peldaños por encima de mí, muy tieso y bastante acojonado.

—Respira.

—Si no respirara, ya estaría cadáver.

El guía y los críos alcanzaron una pequeña repisa más arriba. Desde allí no nos veían bien porque la pared hacía un quiebro. Bajo nosotros no quedaba nadie. Solo roca, aire y mi jefazo apretado contra la pared como si intentara fusionarse con ella, inmóvil.

Subí hasta su mismo peldaño.

Se tensó.

—¿Qué haces?

—Ayudarte.

—Estoy perfectamente.

—Estás abrazado a la roca.

—Las rocas también necesitan afecto.

Me acerqué más. Lo suficiente para que mi pecho rozara su espalda y para notar cómo se le cortaba la respiración de verdad, no por miedo, sino por mi cercanía. Bajé la voz junto a su oído.

—¿Y tú también lo necesitas?

Se quedó tieso.

—No.

—Sí.

—No, aquí no.

—Ya te digo yo que sí. Sobre todo con ese culito enmarcado por el arnés.

—Iker, te juro por la Virgen del Carmen que como sigas hablando…

—¿Qué? ¿Me despides?

—Te despeño.

—Estamos enganchados al cable.

—Improvisaré.

Pasé una mano por su cintura, solo eso. Por encima del arnés. Por la tela. Por el borde donde la camiseta se le había subido un poco. Noté su piel caliente bajo mis dedos y cómo todo su cuerpo, ese cuerpo nervioso y refunfuñón que intentaba fingir control, se iba hacia mí sin querer.

—Nos pueden ver —susurró agobiado, con los ojos puestos arriba.

—No nos ven.

—Nos podemos caer.

—Tampoco.

—Seguro que este hierro no sujeta el peso de los dos.

—Tú pesas poquito.

—No soy un llavero.

—No. Eres peor. Eres una tentación continua.

Mi mano voló a su entrepierna, que ya se estaba ganando consistencia, al igual que la mía. Moví la mano sobre la tela, dando la presión justa para ponerlo tan cachondo como yo.

Se le escapó un sonido. Pequeño. Cabreado. Casi mío.

Apoyé la boca cerca de su oreja.

— Lasai , jefe. No voy a hacer nada que no puedas aguantar.

—Ese es precisamente el problema. Joder, Iker…

—¿No me dijiste ayer que te molaban los sitios públicos y el petting …?

—Sí, pero no en una pared vertical rodeados de los hijos de mis clientes, porque los podemos traumatizar.

—No estamos rodeados, lo único que está rodeado es tu rabo por mi mano. Ellos están arriba y nosotros gozándola aquí.

Presioné y él gimió.

El guía gritó desde lo alto:

—¡¿Todo bien por ahí abajo?!

A Harley le salió un gallo tan perfecto que hasta una cabra en la ladera se habría sentido representada.

—¡Sí!

Yo alcé la voz sin moverme de su espalda.