Capítulo 44
Procesar un beso debería venir con instrucciones, contraindicaciones y, a ser posible, una bolsa de papel marrón para respirar dentro sin que nadie te juzgue.
Porque yo había besado antes. No era una monja recién fugada de un convento con el rosario en llamas.
Había tenido una relación de diez años, había follado, había tenido algunos líos en el instituto, calentones y decisiones hormonales bastante discutibles con los hombres ficticios de los libros que leo; decisiones que, según cualquier psicólogo con ganas de facturar, merecerían una sesión aparte.
Pero aquello no había sido un beso.
Aquello había sido una demolición controlada.
Bueno, controlada no.
Controlada habría sido si alguien hubiera avisado antes, hubiera puesto conos, chalecos reflectantes y un señor con casco diciendo: «Cuidado, señora, que en cinco segundos se le caen las bragas».
Lo de Brody fue más bien entrar con una excavadora por la pared maestra y después preguntarme si tenía presupuesto para reformarme los bajos.
Me desperté con la boca todavía sensible. No era una metáfora. El labio inferior me tiraba donde me había mordido, o donde lo había mordido yo, porque anoche hubo un momento en que dudé de si nos habíamos convertido en dos perros asilvestrados peleando por el mismo hueso.
El taller. La mesa. Sus manos en mis muslos recorriéndome el tatuaje de la sirena.
Las virutas pegadas a mi piel. Su boca bajando por mi cuello con esa paciencia de hombre que construye muebles y destruye ropa interior con la misma concentración.
Las campanas de la iglesia sonando justo cuando el mundo estaba a punto de arder.
Cristo bendito, si estuviera India soltaría un: «Literal».
Me tapé la cara con la almohada.
—No fue para tanto —me dije.
Mentira.
Fue para tanto, para más y para abrir una comisión de investigación.
Me incorporé con el pelo hecho una catástrofe natural y el cuerpo recordando cosas que mi cerebro intentaba archivar en carpetas con nombres profesionales tipo «incidente del taller», «contacto físico no programado» y «posible recaída en hombre con antebrazos para enmarcar».
Qué poco se habla de que me sacó del bar como si llevara una pluma a la espalda, sin una mísera molestia, oiga.
¿Cuándo había hecho eso Adrián?
Jamás. Y no es que fuera un tirillas; es que simplemente no era el tipo de hombre que talla troncos. Más bien los usa para meterlos en una chimenea de diseño.
Ay… Adrián…
Gracias a Dios y a la distancia transatlántica, solo estaba en mi cabeza.
Era imposible que dejara de pensar en él de la noche a la mañana. Mi ex, con su voz educada, su futuro diseñado, su Houston, sus camisas planchadas y su forma de quererme como quien sostiene algo valioso que no sabe dónde colocar.
Me levanté porque quedarme en la cama era peligroso. Una cama, después de casi follarte a un carpintero en su taller, no era un mueble. Era un lugar listo para imaginar.
Bajé a la cocina con intención de tomar café, parecer normal y no pensar en la lengua de Brody recorriendo el borde de mi escote o mordisqueando mis pezones.
Plan precioso.
Duró hasta que Mila levantó la vista de su taza.
Estaba sentada en la barra, impecable con un caftán color coral y una tostada con mermelada. Me miró una vez. Solo una. Y con una le bastó.
—Ajá —pronunció.
Me detuve en seco.
—No he dicho nada.
—Por eso. Lo llevas escrito hasta en el nacimiento del pelo, que, dicho sea de paso, necesita una buena hidratación.
Fui directa a la cafetera.
—No ha pasado nada.
—Eso es una frase de mujer a la que le ha pasado de todo, o casi… Dime, ¿hubo incesto anoche?
Vacié parte de la cafetera con una violencia innecesaria.
«No abras el pico, Vero. No. Abras. El. Pi…».
—Tres. Coma catorce. Diecinueve. Me besó.
«¡Mierda!».
Mila dejó el cuchillo sobre el plato con una delicadeza teatral.
—¿El carpintero?
—No, el Espíritu Santo, que se me apareció entre tablones entonando Rucucú paloma . ¿Tú qué crees?
—No te pongas sarcástica conmigo, que yo inventé el sarcasmo cuando tú todavía te comías los mocos cuando creías que no te miraban. ¿Y?
—¿Y qué?
—¿Te gustó?
El café me supo amargo, negro, acusador. Igual que mi futuro.
¿Por qué no le había puesto leche?
«Porque tú quieres otro tipo de leche de pantera».
—Mila… —Sacudí la cabeza.
—Vero.
—Fue un beso, solo uno.
—Claro. Y yo soy una mujer recatada que solo usa el escote para ventilarse.
Me apoyé en la encimera y cerré los ojos.
—Vale, fueron muchos y con demasiada intención. Y, si solo se hubiera quedado en eso… —confesé.
Ella no sonrió. Podría haber hecho un comentario obsceno sobre mesas resistentes o sobre lo práctico que era tener un hombre de oficio cerca si se te rompía algo por dentro. Pero no. Se quedó mirándome con una ternura que me desarmó más que cualquier burrada.
—¿Qué pasó? Y quiero la versión extendida, que a esta edad no me gusta tirar de imaginación. Dame algo digno para llevar a la tumba.
La puse al corriente sobre lo ocurrido, desde que Brody entró en el bar hasta que yo volví sola a mi cuarto.
—¿Le dijiste que llevabas meses más muerta que tu madre?
El golpe fue limpio. No fuerte. Limpio.
No me moví, con la taza quemándome un poco los dedos, sin soltarla porque quizá necesitaba que algo doliera en un sitio sencillo.
—Era una forma de hablar.
—No. Era algo que tenías enquistado. De esas verdades que salen cuando una está cansada para seguir maquillándolas. —Hizo una pausa—. ¿Con Adrián eras feliz?
Le di vueltas al café.
—Adrián es buena persona.
—Eso no es lo que te he preguntado.
—Ya lo sé. —Pausa—. Supongo que sí, pero de un modo distinto. Con Adrián todo fue cómodo. Nunca me ha presionado, ha aceptado todas mis decisiones. Sin rozaduras. Sin campanas a destiempo.
—Sin besos de esos que te hacen anhelar el incendio —contribuyó.
—Sin besos de esos.
Terminé admitiendo.
Fuera, el pueblo empezaba a moverse. Una gaviota discutió con otra por razones que solo ellas entendían.
—Tu madre llegó a este pueblo con una vida ordenada también. —Dejó la tostada y buscó mis ojos—. Con un plan. Y ese verano descubrió que había más cosas.
—Tres hombres, concretamente.
—No me refería a eso. Lo que descubrió fue que había una versión de sí misma que no cabía en el espacio disponible. Y tomó una decisión.
—No me lo recuerdes, yo soy fruto de esa decisión.
—Tú eres el resultado de que alguien eligió vivir en lugar de sobrevivir, de que apostó por ella misma. —Me miró fijo—. Qué curioso que su última voluntad fuera que vinieses aquí…
—Puede que quisiera que diera con mi verdadero padre.
—Si hubiera querido eso, te lo habría puesto en la carta. Dudo que ese fuera el plan de Elena.
Callé.
—Me parece que quería que llegaras a la misma conclusión a la que llegaste anoche.
A veces una mujer no elige lo que quiere —continuó—.
A veces elige lo que puede y a veces elige lo que menos miedo le da.
Pasa años llamándolo destino para no tacharse de cobarde, para no reconocer que quizá no hizo lo suficiente por comodidad.
Se me hizo un nudo en el pecho.
—¿Crees que mamá fue infeliz?
—Creo que Elena fue muchas cosas. Feliz a ratos. Cobarde a ratos. Valiente a ratos. Como todas. El problema es que a las madres las convertimos en estampitas y luego nos escandaliza descubrir que también tuvieron cuerpo, deseo y dudas.
Miré hacia la ventana. El mar brillaba al fondo, insolente y sin agenda.
—Yo no sé qué estoy eligiendo.
—Todavía no. Pero ya estás dejando de elegir por inercia. Eso, aunque te parezca poco, es una revolución con sujetador incómodo. Ahora solo hace falta que te atrevas a ir en tetas.
Solté una risa floja. Ella sonrió, satisfecha de haberme hecho respirar.
—Y ahora que hemos arreglado un poco tu mañana con una tostada y una frase profunda —dijo, cambiando de tono con la brusquedad de quien cierra una ventana—, necesito que me acompañes a cometer una imprudencia.
—Me da miedo preguntar.
—Germán.
—No.
—Sí.
—Paso del capitán Pescanova. La última vez nos cerró la puerta en la cara.
—Esta vez no vamos a llamar. —Se atusó el pelo con la calma de un general revisando un mapa—.
Solo pasamos por delante. Casualmente. Y, si la naturaleza nos brinda la oportunidad de recoger un pelo de su barba para una comparativa de ADN por nuestra cuenta, la naturaleza habrá sido muy generosa esta mañana.
La miré.
—¿Quieres robarle un pelo al hombre que podría ser mi padre?
—Prefiero llamarlo obtener una muestra sin intermediarios. Suena más a frase de CSI . Me encanta esa serie.
—Suena a delito y a posibilidad de terminar arrestadas por allanamiento de morada.
—Cariño, si ese hombre tiene tus genes, el delito fue en el noventa y uno y te debe mucha pensión compensatoria. Ya te digo yo que tiene las de perder. Y, si no, lo llevamos a Que pase Laura .
—¿Que pase quién?
—Déjalo, eso es el último recurso. Adoro a esa mujer y a su agilidad para golpear con el mazo .
Llegamos al camino del faro viejo a las nueve menos diez, con el sol dando caña y Mila explicándome su plan con la seriedad de alguien que ha visto demasiadas pelis de espías.
La estrategia consistía en pasar. Con naturalidad.
Por un camino que no llevaba a ningún otro sitio salvo a la casita de la roca, lo cual hacía que nuestra naturalidad fuera bastante discutible, pero ella insistía en que la convicción lo era todo.
La casa apareció con su puerta azul desconchada y su terraza sobre el mar.
Me paré.
—¿Y ahora qué?
—Pues deberíamos comprobar si la puerta está abierta o guarda la llave bajo alguna maceta. Si no, pedrada al cristal.
—¿No lo dirás en serio?
—¿Tú qué…?
No terminó.
Porque por la escalera exterior de piedra, la que bajaba desde la casa a las rocas donde Germán amarraba la barca, apareció el capitán Pescanova.
Desnudo.
Con un machete entre los dientes.
Subía los peldaños con la agilidad de quien lo lleva haciendo décadas, completamente ajeno a nuestra existencia, el pelo gris revuelto, el cuerpo curtido y sin una sola prenda encima.
—¡Jesús! —exhaló la prima de mi madre.
Tiré de su brazo para que un arbusto lateral nos camuflara y le tapé los ojos.
—¡No mires, que podría ser mi padre!
Ella me apartó la mano con indignación.
—El tuyo, no el mío. Y que mire no le hace daño a nadie, necesito calibrar por si debo sacrificarme en una lucha cuerpo a cuerpo. —Suspiró, contemplativa, mientras yo buscaba en un saliente cualquier cangrejo, alga o piedra con la que salvar mi concentración—. ¡Qué barbaridad! ¡Menudo atún!
—¡Mila! —la reñí.
—Lo digo con todo el respeto científico del mundo.
Germán se detuvo en el último escalón. Se quitó el machete de la boca despacio, miró en nuestra dirección sin ninguna prisa, en plan «sé que me habéis visto, venid a por mí si os atrevéis», y entró en la casa sin decir una sola palabra.
La puerta azul se cerró.
Sentí su suspiro en mi cuello .
Sacó del bolso una pinza de depilar con una pulcritud que daba miedo, solo le faltó sacar un par de guantes de nitrilo.
—¡¿Qué haces?!
—Mira y aprende… A su edad se pierde mucho pelo…
Se acercó a la zona en la que Germán había estado hacía unos segundos, se puso de cuclillas, pilló algo y lo elevó satisfecha.
—Tengo la evidencia.
—Podría ser el bigote de una gamba.
—¿Así de gris y rizado? Más bien de un langostino.
—¡Por Dios, qué asco! ¡Haz el favor de venir aquí! Y no te resbales.
Cuando llegó a mi altura, me hizo abrir el bolso para meter la prueba número uno en un sobrecito de plástico hermético y se recolocó las gafas de sol con la satisfacción de alguien que acaba de ganar un partido que nadie más sabía que se estaba jugando.
—¿Tienes otro de esos kits en casa o tenemos que ir a por otro a la farmacia?
—Mila.
—Dime.
—Eres lo más aterrador que he conocido en mi vida.
—Lo sé, cariño. ¿Y sabes lo mejor de todo? Que soy de tu familia. —Me palmeó el brazo y empezó a caminar—. Vámonos antes de que salga con el machete en otra posición y tenga que ofrecerme de rehén para que puedas huir y hacerte el test.
«¡Que alguien le quite algo de spicy a mi imaginación!».
Imposible, demasiados años dedicándome a las guindillas.
Mi madre, estuviera donde estuviera, se lo estaba pasando en grande. Y, conociéndola, encima estaría tomando notas.