Capítulo 43
Llegué al campamento antes de las siete con la tabla bajo el brazo, arena pegada a los tobillos y el cuerpo funcionando bastante mejor que mi cabeza, porque hoy me tocaba clase de surf con los enanos y era estúpido volver a cambiarme.
Mi cabeza solía ir bien. Era lo único que había mantenido más o menos en su sitio cuando el mar de Nazaré decidió que podía tragárseme sin pedir permiso, mirándome de frente para escupirme un: «Hoy te trago, chaval, a ver si tienes huevos de volver a por la siguiente».
Yo tenía huevos. También cicatrices, algún miedo mal escondido y una capacidad bastante digna para fingir que todo me resbalaba.
Mi aita llamaba cada dos días. No para preguntar cómo estaba.
Para preguntarme cuánto iba a tardar en volver a ser útil.
Y fue entonces cuando me di cuenta de que el agua seguía reconociéndome a mí, pero yo ya no me reconocía dentro de ella.
No era el cuerpo. El cuerpo hacía su parte.
Era otra cosa: esa ligereza con la que antes entraba sin pensar, sin calcular, sin acordarme de lo que pasa cuando el mar dice no y lo dice en serio.
Lo que no tenía previsto era que, encima de todos mis males, aparecería un hombre capaz de quitarme el sueño de una forma completamente distinta a Nazaré.
Harley en la cueva. Harley mojado. Harley empalmado, indignado y con las manos levantadas ante la Guardia Civil como si lo hubieran pillado traficando con cocaína, órganos o cualquier barbaridad.
Harley mirándome desde la cocina, la barra o cualquier puto punto del Bar Baridad como si estuviera cubierto por una capa de invisibilidad que conmigo no funcionaba ni de puta coña.
Harley, Harley, Harley…
Me pasé una mano por el pelo húmedo y atravesé la entrada del campamento.
Las banderolas de colores se movían con la brisa matutina, medio desinfladas, arrepentidas también de algo que habían hecho la noche anterior.
El olor a pino, a arena fría y a mar tenía esa calma previa al desastre que solo existe en lugares llenos de niños antes de que sus padres suelten a los monstruitos.
En menos de una hora aquello sería una guerra.
Gritos, chanclas perdidas, bocadillos sudando en papel de aluminio, algún crío llorando porque otro le había dicho que su dibujo de una medusa parecía una tortilla.
Y mi jefe en medio, gruñendo como si odiara a la infancia mientras la protegía con más cuidado que nadie.
No lo vi al principio.
Luego me topé con un bulto y me planteé si de tanto pensar en él había logrado la habilidad de la invocación.
Estaba dormido en una de las hamacas exteriores, con una manta fina hecha un churro sobre las piernas y la boca entreabierta.
Una mano le colgaba por un lado. La otra seguía agarrada al cordón de la sudadera, incluso dormido, como si necesitara tocar algo para poder tirar de él y desaparecer si la cosa se torcía.
Me paré en seco.
La tabla me golpeó la cadera.
Tenía el pelo revuelto, las pestañas larguísimas apoyadas sobre la cara y esa expresión rara de quien solo parecía tranquilo cuando no estaba consciente para impedirlo. Más joven. Más solo. Más fácil de querer de lo que alguien como Harley podía permitirse.
A mí, desde luego, no me convenía. Bastante tenía con encontrarme de nuevo.
Y, aun así, seguí avanzando hacia él.
Harley no era tierno. Era una puerta mal cerrada dando golpes con el viento.
Un cartel de «no pasar» escrito con rotulador permanente y cabreo.
Un tío capaz de decirte que te fueras a la mierda sin mover los labios.
Casi te daban ganas de mandarle una reseña de cinco estrellas por la experiencia.
Pero ahí, dormido al raso, era otra cosa.
Y el problema era ese: que yo quería esa cosa.
«Siempre te la han puesto dura las olas difíciles».
Quería que Harley Pache, que lo veía todo con esa atención de quien ha aprendido a fiarse poco, me viera a mí.
No el cuerpo. No el surfista de las fotos de patrocinio, ni el camarero caradura que llenaba el local con solo quitarse la camiseta.
Quería que se fijara en el que llevaba una crisis de identidad de tres pares agarrada a la tabla.
En el que llevaba una temporada sin saber si volvería a competir porque ya no recordaba bien para qué lo hacía.
Quería que él me viera y se quedara por lo que había debajo de todo lo demás.
Porque había algo en él. Algo que no sabía explicar bien y que me atraía.
Cuando estaba a su lado, tenía la sensación de que, si me quedaba quieto cerca de él durante el tiempo suficiente, igual dejaba de tener que demostrar nada. Ni campeón. Ni promesa rota. Ni hijo al que le tocaba volver al circuito. Ni surfista con fecha de caducidad.
Solo Iker.
Y eso era lo que más me apetecía, ¡joder!
Qué peligro tenía eso.
Me planteé despertarlo con un beso. La idea apareció limpia, rápida y muy poco sensata.
Un beso en la boca, suave al principio, solo para notar cómo gruñía, cómo tardaba medio segundo en recordar que me odiaba un poco y me deseaba bastante más.
Como anoche, cuando le manché la boca de nata y él me limpió el pulgar.
Después se me ocurrió otra opción bastante menos suave.
Bajándole el pantalón con cuidado, demostrándole que los vascos sabíamos dar los mejores despertares.
Respiré hondo.
No.
No iba a ser siempre yo el fácil.
Había métodos mejores.
Me incliné hacia él, puse la voz más seria que pude y grité:
—¡Gaviota!
La hamaca giró de forma abrupta y Harley cayó a plomo, boca abajo, contra la arena, como si acabaran de anunciar el apocalipsis de las aves.
Abrió los ojos, soltó un exabrupto, miró a la derecha, a la izquierda, al cielo, con la cara de alguien que ha procesado la palabra pero no el contexto, y empezó a reptar hacia adelante como una salamanquesa atropellada, escupiendo arena y mirando alrededor con pánico genuino .
Me reí sin poder evitarlo, y entonces lo entendió todo con una rapidez que no concordaba con su estado del último minuto.
Su mirada se clavó en mí y se sentó de repente en el suelo.
—¡A ti qué cojones te pasa! —bramó, dándose la vuelta con media cara cubierta de arena.
Intenté frenar, pero no podía dejar de reír. Estaba tan divertido y apetecible que me daban ganas de volver a tirarlo al suelo por otros motivos.
—¡¿Saliste así de imbécil de fábrica o es que te ha entrado demasiada agua salada en el circuito neuronal?! —prosiguió.
Planté la tabla. Me acerqué, secándome los ojos, y le tendí la mano.
—Qué poco humor tienes para ser del sur.
Me miró la palma como si le ofreciera un combate letal.
—Claro, porque por ser de Cai tengo que ser como la flamenca del WhatsApp, pura chirigota con peineta incorporada.
—No he dicho eso.
—Lo has pensado con acento de norte.
Ignoró mi mano, se levantó solo y entró en la caseta sacudiéndose con la indignación específica de quien reparte culpas a los imbéciles descerebrados.
Lo seguí. Fue directo a la máquina de café, se palpó los bolsillos, no encontró nada y miró el aparato con cara de quien no se da cuenta de que está ante el jefe y debería tenerlo en consideración.
Saqué un euro.
—Invito yo.
—No necesito caridad vasca.
—No es caridad. Son mis disculpas.
La máquina empezó a hacer su ruidito característico de café con leche, mientras Harley se mantenía de brazos cruzados aguardando su brebaje.
En cuanto sonó el pitido, lo cogió a regañadientes. Sopló el vaso y alzó la vista.
—¿A ti dónde te han enseñado a despertar a la gente? ¿O en Euskadi os lanzáis rocas directamente?
—Rocas no, pero alguna zapatilla ha volado. Debo confesar que no fue mi primera opción.
—¿El qué?
—Despertarte así.
Se calló y después le pudo la curiosidad.
—¿Y cuál era la primera opción? Deja que adivine… ¿Cogerme en brazos y lanzarme al agua? ¿O ponerme algún pedazo de atún para causar sensación entre las aves migratorias?
Me apoyé en la máquina y lo dejé mirarme.
—Más bien me costó decidirme entre beso y mamada. Aunque, por tu despertar, dudo mucho que te hubiera gustado que te comiera la polla.
El buche de cafeína salió en modo aspersor.
Directo al suelo, al cartel de «Respeta el material común» y por poco a mis zapatillas. Harley se dobló tosiendo, con una mano en el pecho y la otra aferrada al vaso sin espachurrarlo.
—¡Me cago en mis muelas!
—¿Lo ves?
Me miró. Luego miró el café en el suelo, poniendo el foco en el desastre. La punta de sus orejas había decidido volverse roja.
—Tranquilo, lo descarté rápido —dije, bajando la voz—. Ya sé que solo fui un polvo fruto del naufragio y que te quedaste sin ganas de repetir. No me culpes si a mí no me pasa lo mismo.
Hizo una mueca extraña. Después soltó un bufido que rivalizaría con el levante y frunció el ceño con un mosqueo genuino.
—¿Me tomas el pelo?
—Soy vasco, no suelo hacer ese tipo de cosas.
Un sonido de indignación escapó de sus cuerdas vocales.
—Alguna vez estaría bien saber lo que te pasa por la cabeza en lugar de tener que interpretar tus…
No terminé.
Harley soltó el vaso sobre la mesa, cruzó la distancia y se abalanzó sobre mi boca como un jodido animal.
Para el poco deporte que hacía, besaba con una intensidad de cagarse.
Me agarró de la camiseta con los dos puños, tirando de mí hacia él.
Chocamos contra una estantería de cartulinas y pegamento.
Algo cayó al suelo. A ninguno de los dos nos importó.
Su boca se abrió sobre la mía con rabia, con nombre propio, con esa necesidad mal administrada que me dieron ganas de reír y gemir a la vez.
Me empujó hacia atrás, tropezamos con una caja de flotadores y él quedó acorralado entre mi cuerpo y la pared, respirando como si hubiera corrido una maratón con un pulmón trasplantado.
—Esto es lo único que me pasa por la cabeza, joder.
Sonreí.
—¿Y entonces?
Soltó una exhalación arrancada de un sitio profundo, uno al que no dejaba entrar a casi nadie.
—Entonces tenemos algo más de media hora para corrernos, si llevas condones, antes de que esto se llene de enanos gritones.
Me reí contra su boca.
—Me puto flipan los retos, jefe. No llevo condones, pero ¿qué te parece si nos echamos un cinco contra uno y después remontamos en mi piso?
El siguiente sonido que hizo Harley no era exactamente un gruñido, pero me sonó a aceptación.
Me agarró de la nuca y me besó como si quisiera castigarme por estar vivo, por haberlo despertado, por haber dicho lo que él no se atrevía y por no llevar gomas para ir a hacer surf.
—Eres un peligro público —murmuró, mordiéndome.
—Y tú, un jefe pésimo. Mira en qué condiciones laborales me tienes…
—Calla, vasco.
—Oblígame.
Lo hizo.
Y por primera vez en mucho tiempo no pensé en la próxima ola, ni en la llamada de mi aita , ni en la competición, ni en todo lo que se suponía que tenía que volver a ser.
Solo pensé que Harley sabía a café malo, a arena, a mala leche y a mañana peligrosa.
En cuanto perdí el bañador, se escupió en la palma, me envolvió con ella y su mano se enrocó para subir y bajar piel.
«¡Hostia puta! ¡Si es que era bueno hasta con eso!».
Y que yo quería repetir. Muchísimo. Hasta que Harley dejara de usar el deseo como una coartada y entendiera que yo no estaba jugando.