Nunca serás mi romcom Capítulo 42 #2
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Capítulo 42 #2

Me separé sin apartarme del todo, resollando, fuera de control. Apoyé la frente en la suya. Cerré los ojos con fuerza.

«¡Mierda! ¡Joder!».

—No podemos hacer esto.

Ella no habló. Ni siquiera sabía si me había escuchado o si a mí me había salido la voz.

Agucé el oído esperando una respuesta que no llegó.

Puede que fuera mejor así, porque, si hablaba, si me pedía otra vez que no parara, igual mandaba la iglesia, las campanas y mi puta conciencia al fondo del mar.

—Podríamos ser… —tragué saliva—. ¡Mierda, joder! —Esta vez lo verbalicé, no solo lo pensé.

Ahí estaba. La hostia. La realidad pantanosa entrando en el taller con botas llenas de barro.

Pasaron unos segundos. El tiempo se quedó colgando de alguna viga, inútil, mientras nosotros respirábamos asfixiados.

Vero bajó las manos.

Pensé que se apartaría, que me empujaría, que diría algo con esa boca suya capaz de convertir una desgracia en un chiste y un chiste en un disparo.

No lo hizo.

Giró apenas la cabeza. Sus ojos se fueron hacia el fondo del taller, aunque yo tardé más de la cuenta en entender qué estaba mirando.

La sirena. La puta sirena.

Vero la miró recién descubierta, más hondo esta vez. Entendiendo. Entendiéndome. Entendiendo mi necesidad de tallarla, de tenerla para mí aunque solo fuera esculpida.

Luego bajó la vista y me cogió la mano.

No la que tenía en su muslo. La otra.

La llevó entre los dos y entrelazó nuestros dedos. Me pasó el pulgar por el callo grande de la palma, ese que se me había hecho de tanto apretar herramientas y arreglar cosas que a veces no quería arreglar nadie.

Lo apretó. Y cuando habló, no sonó a Vero haciendo una gracia para salir viva.

Sonó solo a Vero.

—Llevo meses más muerta que mi madre, Brody. Y ella al menos tuvo la decencia de morirse del todo.

El aire me abandonó.

Ella tragó saliva. No me miraba del todo; contemplaba los dedos cruzados.

—Incluso años —rio sin humor—. Y no me había dado cuenta porque hice de ese estado un hábito, hasta que apareciste pintado de verde, mojado y con un remo en la mano, listo para echarme.

No había una sola frase útil dentro de mí.

Ni una.

Podía arreglar una puerta vencida, una mesa coja, una viga podrida. Podía ver por dónde cedía una pieza solo con tocarla. Sabía cuándo insistir, cuándo parar, cuándo dejar que la madera descansara porque, si la forzabas más, se partía.

Con ella no sabía nada.

Solo sabía que me estaba mirando y que acababa de dejarme una herramienta en la mano. Que me estaba pidiendo, sin decirlo, que no la usara mal.

—Lo… lo siento —dije, y odié cómo me salió la voz—. Pero no podía seguir. Si fuéramos… —callé por miedo a que, si lo decía, se cumpliera—. No me lo perdonaría.

Ella alzó sus iris azules.

—Brody…

—Te juro que ahora mismo eres lo que más deseo en mi puta mierda de vida.

Ahí sí se le movió la cara. No mucho. Lo justo para que doliera. Lo justo para que entendiera que no estaba solo en esa mesa, en ese taller, en las ganas mal apagadas.

Paseó las yemas libres por mi barba, con calma.

—Lo entiendo —susurró.

No quería entenderlo. Ni yo tampoco. Y, sin embargo, ahí estábamos.

—Siento mucho haberme extralimitado. En serio.

—No te culpes. No has sido tú. Yo también quería esto, aunque sé que ahora no es lo que toca, por mucho que mi útero opine lo contrario.

Se me escapó una risa por la nariz. Una mierda de risa. Más aire roto que otra cosa.

—Tu útero tiene muy mal criterio eligiendo.

—Y una agenda propia, por lo visto.

Apoyé otra vez la frente en la suya y le pasé los nudillos por la mandíbula. Solo eso. El gesto más pequeño que pude permitirme sin volver a besarla.

Porque quería.

Joder, claro que quería.

Quería besarla hasta que las campanas se callaran, hasta que el bar cerrara, hasta que amaneciera y no quedara ni una excusa de pie entre nosotros.

Quería olvidar mi apellido, el suyo, el diario de su madre, las pruebas, las dudas y todo lo que llevaba semanas atravesándonos.

Quería acuchillar, pulir y pintar cada maldita duda.

Pero no podía, no así.

La bajé de la mesa con cuidado.

Vero apoyó las manos en mis hombros al tocar el suelo y se quedó ahí más de lo necesario. Yo también. Los dos sosteniendo una mentira pequeña.

—Será mejor que vayas a dormir.

—Igual lo mejor es que vuelva al bar. Había mucho trabajo.

—Harley e Iker se las arreglarán. —No quería imaginarla regresando, no ahora.

—¿Y tú?

Miré la mesa. La viruta. Mis manos. La marca invisible de su cuerpo sobre la madera.

—Necesito estar un rato a solas para pensar.

Ella asintió.

—Solo faltan unos días para que sepamos la verdad. No es tanto…

«Sí. Solo unos días para saber si puedo ir a por ti con uñas y dientes o tendré que dejarte partir».

No dije lo que pensé, porque, si lo hacía, tal vez tendría que admitir que una parte horrible de mí no quería saber la verdad si eso implicaba dar un portazo a lo que acabábamos de abrir.

Ella caminó hacia la puerta trasera, la que comunicaba con el patio de casa y que nunca cerrábamos por dentro. Antes de salir, se giró .

Tenía el pelo revuelto, los labios hinchados, algo de serrín pegado al bajo del vestido y los ojos más azules que nunca.

—Buenas noches, Brody.

—Buenas noches, Vero.

Se fue. La puerta quedó entornada. El taller volvió a llenarse de silencio, salvo por mi puto corazón.

Allí estaba, de pie, con la boca todavía sabiendo a ella y la certeza de que, si la madera tuviera memoria, aquella mesa acababa de guardar la peor clase de secreto.

El que no se puede quemar ni lijar.

El que seguirá ahí cada vez que apoye las manos sobre la madera y recuerde que una vez estuve a tres centímetros de perderlo todo.