Capítulo 42
Vero seguía cantando contra mi espalda.
Con el pelo cayéndole por un lado de la cara, las botas colgando cerca de mi pecho y el culo apoyado sobre mi hombro, convencida de que aquello era una forma perfectamente razonable de abandonar un bar a casi medianoche.
— Malamente … tra, tra…
—Como sigas cantando, te dejo en una maceta.
—No puedes, mi culo no cabe en una de esas —murmuró—. Además, es de primero de secuestro que los secuestradores no abandonan a sus víctimas por mucho que se te esté durmiendo el hombro.
—Mi hombro está más que despierto, eso te lo aseguro —gruñí.
Aunque tenía razón, no pensaba abandonarla en una maceta. Ni en ningún sitio.
La puerta del Bar Baridad quedaba unos pasos por detrás.
El ruido se amortiguó, aunque todavía se filtraban la música, los gritos y las carcajadas de la gente.
Mi hermano iba a matarme. O a darme las gracias.
Con Harley nunca se sabía. Había construido su personalidad sobre la queja, así que incluso le habría parecido mal que le moviese los vasos de sitio.
La calle estaba desierta. El pueblo, desde allí arriba, parecía tranquilo, casi inocente, ignorante de que medio bar había deseado meterle billetes a Vero por el escote hacía tres segundos.
Tres putos segundos.
Tampoco hacía falta más para que yo perdiera la cabeza tratándose de ella .
Hacía siglos que no me enfrascaba en una pelea, y hoy había estado a punto.
Tenía tres opciones.
Seguir recto hacia casa.
Girar a la izquierda e ir al aparcamiento.
O meterme por el callejón que llevaba a la entrada principal del taller.
La primera no me pareció buena idea. India estaría despierta o fingiendo que no. Mila también, porque las señoras como ella no dormían: se recargaban en vertical mientras conspiraban. El aparcamiento no era un lugar discreto, así que elegí el taller. Lugar de confrontación. Lugar de caída libre.
No lo pensé, porque pensar habría significado admitir que llevaba semanas conteniéndome a golpe de mandíbula apretada, manos quietas y frases secas.
Admitir que el deseo por la mujer que cargaba no se me iba.
No había lija suficiente para desgastarlo.
Porque el deseo no se lijaba: se clavaba como astillas en la piel o, en este caso, en la punta de mi nabo.
Vero levantó la cabeza cuando entramos en el callejón.
—Uhhh… —canturreó, con esa voz suya de mujer que sabe perfectamente cuándo está tocando los cojones—. Cambio de ruta. ¿Qué vas a hacerme, carpintero? ¿Me montas el belén o este es el momento en que te declaras asesino en serie y me encierras en un sótano secreto?
—No tengo sótano.
—Eso diría un asesino con sótano.
—Cállate.
—Qué romántico.
Abrí la puerta con una mano y la cerré con el pie. Dentro, el aire era otro. Más íntimo. Más mío.
Vero dejó de canturrear cuando notó el cambio de atmósfera.
La bajé despacio. La hostia de despacio. Lo bastante para recrearme en la fricción de su cuerpo contra el mío.
Sus dedos rozaron mi pecho al deslizarse. Sus manos se apoyaron en mis hombros para encontrar el suelo, pero no llegó a tocarlo, porque la senté directamente sobre la mesa grande de trabajo, la que usaba para lijar las piezas pequeñas, y apoyé las manos a ambos lados de sus caderas.
Quedó a mi altura. O peor. Quedó justo donde no debía.
Con las piernas entreabiertas, el vestido subido más de la cuenta, el aliento cálido rozándome la boca y el pecho moviéndose de una manera que no ayudaba a ningún hombre a obrar con benevolencia.
Tenía una viruta pegada al muslo, una hebra clara sobre la piel cubierta de tinta.
La miré y la ley de la atracción hizo el resto.
Alargué la mano. Se la quité con dos dedos. Nada más. Una simple pasada. Un contacto mínimo de yema contra piel suave, dibujada, viva.
Vero se calló.
La viruta cayó al suelo y el ruido ni se oyó, pero dentro de mí retumbó un tablón soltado desde un segundo piso.
Ella bajó la vista a mi mano. Luego a su pierna. Luego a mi boca. Y terminó en el punto de partida, anclada a mis ojos.
Entonces pasó un dedo por el borde del escote, poco a poco, apartando una arruga que no existía.
—No hagas eso.
Mi voz descendió una octava.
—¿El qué?
Me estaba contemplando con cara de: «¿Te las pongo para llevar o te las sirvo a domicilio?».
No dije nada. Porque, si abría la boca otra vez, igual se me salía el hambre. Y puede que un mordisco.
—¿Brody? —susurró, ladeando un poco la cabeza—. ¿Por qué tengo la impresión de que en cualquier momento vas a ponerme sobre tus piernas para darme unos azotes?
Mi instinto respondió antes que la cabeza. Nunca le había azotado el culo a nadie, ni siquiera a mis hermanos, por muy merecido que lo tuvieran. Pero a Vero… A Vero no me importaría.
Un paso. Después otro.
El borde de la mesa me golpeó los muslos y ella abrió un poco más las piernas para hacerme sitio. O para condenarme. A esas alturas, la diferencia era pequeña.
—Podría hacerlo —dije—. Solo para que fueras consciente de que lo que has hecho en el bar no está bien.
Alzó una ceja.
—¿Bailar?
—Hacer que medio pueblo quiera follarte y que el otro medio vaya a tocarse imaginando algo que no va a suceder jamás.
El silencio se tensó.
Ella respiró por la nariz. Los labios le brillaban todavía, manchados de tequila o de vete tú a saber qué pecado servido en vaso pequeño. Me daban igual los detalles. Todos. Solo podía pensar en saborearlos y limpiarlos con mi saliva.
—Parece que sabes mucho —dijo, bajito—. ¿Y qué va a suceder, señor Pache?
La tenía tan cerca que podía verle el pulso en la garganta.
Las tetas a punto de salirse del vestido.
Las manos abiertas sobre mi pectoral, fingiendo despiste.
El muslo caliente bajo mis dedos, porque mi palma seguía allí, animal y sin dueño, sin recibir órdenes de nadie.
—Lo que debería haber sucedido desde que llegaste.
Sabía que no era buena idea y, aun así, lo mandé todo a la mierda.
La besé.
No hubo delicadeza. Ni sutilidad. Ni un ápice.
No fue un beso de contar luego con voz bonita. Fue madera cediendo. Una puerta reventada a patadas. La clase de golpe que no pregunta si puede entrar.
Besar su boca fue volver a Madrid. A aquella noche que no llegó a existir. Al móvil roto. A trece años de incertidumbre. A imaginar qué habría pasado si el mundo no me hubiera arrancado la vida de las manos cuando todo era tan bonito, pero todavía mucho más brutal.
Vero sabía a tequila, a ella y a ganas.
Sabía a lo que más deseaba. A lo que podía convertirse en lo que más temía y anhelaba a la vez.
Hizo un sonido contra mi boca en cuanto nuestras lenguas chocaron.
Me agarró la nuca, clavó las uñas y ahí se terminó lo poco que quedaba de mí.
La besé más fuerte. Más hondo. Hasta que la palabra «basta» dejó de existir.
Le metí una mano en el pelo; la otra se afianzó en su cintura.
Tiré de ella hasta el borde de la mesa y se pegó a mí con un jadeo que me atravesó como una hoja mal colocada.
Sus piernas se cerraron alrededor de mis caderas.
Tiró ligeramente de mi pelo. Me mordió el labio o la mordí yo.
Quizá fuimos los dos; no estoy seguro. Aquello no tenía técnica depurada. Solo hambre.
Hambre acumulada. Hambre sucia. Hambre de haberla tenido delante casi un mes sin tocarla.
Mis manos subieron por sus costillas, sintieron el temblor bajo la tela y bajaron otra vez a su cintura, a sus caderas, al muslo desnudo.
Noté la piel suave, caliente, viva. La acerqué más a mí y me moví contra ella sin pensar, buscando presión, fricción, cualquier cosa que calmara esa locura que me estaba comiendo desde dentro.
Mi entrepierna ardió, desesperada por hundirse. Por atravesarla.
Vero arqueó la espalda y el sonido que hizo con mi nombre me dejó la sangre en la cabeza, pero no precisamente en la que tenía encima de los hombros.
—Brody…
Mi nombre en su boca fue peor que cualquier palabra. Peor que verla sobre la barra imaginándola entre manos ajenas, porque no quería escuchar a nadie más pronunciarlo de ese modo. No así. No mientras la cabeza me daba vueltas y el corazón luchaba por salirse de mi pecho para colarse por el suyo.
Dejé de besar sus labios para memorizar la línea de la mandíbula y pasar al cuello.
La mordí despacio. Luego menos despacio.
Ella tiró de mi camiseta, furiosa con que siguiera existiendo entre nosotros.
Yo llevé la boca más abajo, sobre la tela del vestido, rozando, mordiendo, chupando sin llegar a donde quería, porque todavía quedaba una parte mínima de mí intentando sujetar el desastre.
Recorrí el borde del escote con la lengua. Lamí los pezones sobre la barrera del tejido.
«Un milímetro más y no paro».
Lo supe con una claridad brutal.
Mordí la dureza y ella gimió.
«Un milímetro más y no paro».
Mi mano actuó motu proprio , palpando la carne expuesta de su muslo. Por la cara interior. Ella abrió más las piernas, respirando en busca del aire que no entraba, deshaciéndose de todo lo demás.
—No pares —exhaló con fuerza—. No pares, joder…
Me cagué en mi vida.
Porque mis dedos estaban a tres centímetros de perder la poca vergüenza que me quedaba.
A tres centímetros de colarse bajo el vestido, de comprobar si ella estaba tan mojada como sonaba, tan perdida como yo, tan fuera de sí que pudiéramos olvidarnos de que mi puto padre podía haberla jodido muy fuerte.
Necesitaba un milagro para no avanzar. Para no echarme el mundo por montera y…
Y entonces sonaron las campanas.
Dong.
El sonido nos sacudió el cuerpo en llamas.
Dong .
La iglesia anunció la medianoche con la mala hostia de quien llega justo a tiempo para salvarte de ti mismo.
Me sentí en un puto ring de boxeo. Justo cuando rozaba el KO, alguien hacía sonar la campana para mandar a cada uno a su rincón antes de que fuera tarde.
Dong.
Eché el freno. La boca pegada a su pecho, la mano detenida en su muslo, el aire saliéndome en sierra.
Dong.
Vero también se quedó inmóvil, con los dedos apretados en mi nuca, la respiración rota, las piernas abiertas y las neuronas, probablemente, hechas tortilla francesa.