Nunca serás mi romcom Capítulo 41
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Capítulo 41

El Bar Baridad estaba petado a las nueve y media.

A las diez no se podía respirar.

A las once entendí que hoy no solo había perdido mi cuarto, también la identidad de mi negocio.

Lo de convertir aquello en una noche fuerte había sido idea de Vero, secundada por Iker con esa eficacia callada suya, y asumida por mí con una resistencia que duró exactamente dos cervezas y media.

Punta Salvaje, que llevaba años acostumbrada a venir al Bar Baridad a pedir un rebujito y una tapa, había decidido reinterpretarse esa misma noche como público entendido.

La barra, llena de personas alzando billetes.

Las mesas, pegadas. Los surfistas, recién duchados y tres dedos por debajo de su capacidad de sensatez.

Y un par de pescadores que juraría que no habían pisado mi local desde que inventaron el datáfono.

En la pizarra de tiza, con una caligrafía monísima de profesora de manualidades, Vero había escrito:

«NOCHE MALAMENTE BUENA».

👏🏻🪭🍸 TRA, TRA 🍸🪭👏🏻

Mi bar.

El que yo había levantado con más deudas que fe y más horas que cordura.

Yo estaba en cocina, sudando como un buey en agosto, sacando raciones a una velocidad que mi madre, que en paz descanse, habría aplaudido entre lágrimas si hubiera sabido que sus clases de cocina sirvieron para mucho .

«Esto es una noche de trabajo —me repetía—. Tu empleado está haciendo su curro. Punto. Tú haz el tuyo. Tienes una fritura pendiente, dos raciones de chopitos y un pulpo que se está poniendo negro y no es por la tinta».

Excepto que no, que no podía.

Mientras montaba un plato de salpicón, lo único que tenía en la cabeza era la cueva, su cuerpo y una boca sobre la mía que no debería estar ocupándome la corteza cerebral durante el servicio.

Iker mojado. Iker riéndose. Iker diciendo «jefe» como si la palabra fuera un maldito pecado. Y aprovisionamiento. La palabra «aprovisionamiento» llevaba toda la tarde danzando en mi cabeza como si yo fuera un puto submarino. Aprovisionamiento de condones, joder.

Eché sal a la fritada. Demasiada.

—Pues será que mi vida está sosa —murmuré—, y seguramente la vuestra también. Ajo y agua; así pedís más cerveza.

Cogí los platos del pase, salí a la barra y...

—¡Pero qué cojones!

Casi se me caen los tres al suelo.

El surfista de mis pesadillas y mis poluciones nocturnas estaba encima de la barra.

En-ci-ma de la ba-rra. De mi barra. Con un pie a cada lado de un cubo lleno de hielo, las botellas en una mano y un trapo metido en el bolsillo trasero del pantalón corto, que ya en sí mismo era una declaración de intenciones.

No estaba bailando. Iker no bailaba. Iker hacía las cosas con esa naturalidad cabronísima suya que la gente decidía interpretar como espectáculo.

Servía un chupito directamente a la boca de una chica del pueblo.

Otra esperaba turno. Una surfista rubia que yo había visto antes en la hoguera lo miraba desde abajo con cara de querer firmar contrato indefinido sin leer las cláusulas.

Y parte de la culpa era que había desaparecido su camiseta.

¿¡Dónde narices estaba!?

¿¡Es que nadie miraba ya por la higiene y las bacterias!?

Las propinas iban y venían. Los billetes le aparecían en el cinturón sin que yo entendiera bien cómo. Y él, con esa expresión de quien está pensando en otra cosa, atendía a todos sin atender a ninguno.

Vero pasó por mi lado, me arrancó los platos de las manos y me dio un golpe con la cadera que casi me hizo pedir una prótesis de titanio con espuelas.

—Harley, sonríe un poco, que parece que estás velando una freidora.

—Estoy velando por mi reputación de empresario. ¿¡Qué es eso!? —Señalé al puto vasco.

—Eso se llama ganar dinero.

Sonrió y se fue con los platos. Llevaba un vestido negro, corto, de tirantes, que en cualquier otra mujer habría sido un vestido y en Vero se había convertido en un instrumento de tortura colectiva.

Tres mesas la siguieron con los ojos. Yo conté.

Tres. Y eso que estaba contando mal, porque la cabeza me funcionaba al cincuenta por ciento.

Volví la mirada a la barra justo a tiempo de ver lo que no quería ver.

Iker había cogido un bote de nata. Nata.

De la cocina de mi bar en algún momento entre las 10:45 y las 11:00 sin que yo lo viera.

Mi nata. La que yo guardaba para los flanes de la abuela, los cafés irlandeses del señor Paco y las fresas, no para que un vasco la usara como pista de aterrizaje de lengua.

Y se había trazado una raya entre los abdominales, sin prisa, mirando al puto surfista de la hoguera con la misma cara con la que le explicaba a un niño cómo agarrar la tabla.

¿Lo peor?

Trazó una punta de flecha en dirección al monte Aitzgorri, el mismo que yo había coronado y en el que planté mi bandera.

«¡Me cago en la hostia!».

El rubio se acercó. Le pasó la lengua desde el ombligo hasta el pecho. Y todo el bar gritó como si acabaran de meter un gol en Mestalla.

Yo me acerqué a la barra con dos zancadas y la vena del cuello a punto de declararse en huelga.

—¿A ti quién cojones te ha dado el carné de manipulador de alimentos? ¿Has oído hablar de las intoxicaciones alimentarias o en Euskadi usáis la nata sobre abdominales como protocolo sanitario?

El rubio se relamió, limpió los restos con el dorso de la mano y sonrió.

—Peores cosas he chupado, encanto. Y te aseguro que no le voy a poner ninguna reclamación si me lo como más allá de la indicación...

—Qué alivio. Estaba preocupadísimo por tu hoja de incidencias de Brad Pitt de mercadillo.

Iker se agachó hacia mí desde la barra. Tenía los ojos brillantes, la boca curvada y esa calma de hijo de puta que sabía perfectamente lo que hacía .

—¿Qué pasa, jefe? ¿Quieres probar?

Le aparté el bote como quien aparta una culebra.

—Quiero que no me cierren el bar por una salmonela coreografiada. Y no, no quiero comerme las babas de nadie.

Me di media vuelta. Me metí en la cocina.

Cerré la puerta de un golpe que sonó hueco, duró dos décimas de segundo, y luego me apoyé en la pared del ventanuco como un imbécil.

Como un perfecto y absoluto imbécil, porque, en cuanto entré, lo que hice fue pegar la cara al cristal como una vieja cotilla a mirar el efecto que producían mis palabras en él, que fue ninguno.

Malamente empezó a sonar justo entonces.

Las primeras palmas retumbaron en el local y la gente reconoció la canción al segundo. Iker le tendió la mano a Vero desde la barra. Vero negó con la cabeza. Iker volvió a tenderla. La gente empezó a jalear.

—No subas, canaria. No seas cabra —murmuré, con la frente pegada al cristal—. No subas. No subas. No subas.

Subió.

Claro que subió.

Porque Vero tenía mucho de prudente cuando la situación no le importaba una mierda y cero de sensata cuando alguien le ponía delante un reto, una canción o un hombre con manos grandes mirándola desde algún rincón.

Brody entró en mitad del estribillo.

Lo vi por el cristal antes de que él me viera a mí.

Cruzó la puerta y la cara le fue cambiando por fases, como una persiana bajando en cámara lenta.

Primero el bar lleno. Después la barra. Luego Iker.

Luego Vero. La temperatura del local bajó tres grados, o igual fui yo, que percibí el peligro como los animales antes de un terremoto.

Salí de la cocina porque ya no podía estar dentro. Llegué a su lado.

—¿Pero en qué mierda estás convirtiendo el bar?

—No soy yo, son ellos, son peor que los putos gremlins cuando les das de comer después de medianoche. A estos no les hace falta metamorfosis.

—Es tu bar. ¡Eres el jefe!

—¡Como si eso los detuviera! Mi bar antes era un sitio decente con deudas, ahora es un lugar indecente con ingresos por su culpa y lo peor es que pasan de mi cara o de mis indicaciones. Estoy procesándolo.

Brody apretó la mandíbula.

A su izquierda, un tío con camisa de lino y demasiada colonia sacó un billete de veinte y empezó a doblarlo en cuatro con la intención más vieja del mundo. Brody alargó la mano antes de que yo abriera la boca y le agarró del cuello de la camisa con esa calma que él tenía y que no era calma.

—Como pongas ese billete en cualquier parte de su cuerpo, te reviento.

El tío miró los bíceps de mi hermano. Después miró su propio billete. Después volvió a mirar a Brody. Levantó las dos manos.

—Era para el bote.

—Pues lo dejas en el bote y miras al suelo.

Le acerqué la hucha antes de que se arrepintiera; total, dudaba que ese tío volviera.

—Lo dejo en el bote, jefe.

Dio media vuelta y se marchó.

—Estupendo. Atención al cliente estilo Pache. Cinco estrellas en TripAdvisor, te avisaré cuando nos lleguen.

Brody soltó un bufido.

—Ni se te ocurra traer a India a este sitio mientras trabajen esos dos.

—No pensaba hacerlo. Estoy muy jodido —dije.

—Y yo.

—Bienvenido al club. Los martes tenemos descuento y un 2x1 en ganas de morir.

—Harley, no pueden seguir bailando ahí.

—Técnicamente pueden, la barra es de madera maciza, te recuerdo que la hiciste tú.

—No me refiero a eso… O los bajas o no me hago responsable de los ojos morados que cerrarán los ojos de tus clientes.

Arriba, Vero se agachó para servir un chupito a una mujer que gritaba como si le fuera la vida.

Iker se movió detrás para apartar una botella con el pie y le puso la mano en la cintura dos segundos para evitar que tropezara, y uno de los tíos de primera fila se pegó un festival de escote que ni en una manifestación de FEMEN.

La vena del cuello de mi hermano sextuplicó su tamaño.

—Tú haz lo que te dé la gana con el vasco —me dijo Brody por encima del hombro—. Pero ella no baila más esta noche.

—¿Cómo que haga lo que quiera con el vasco?

Pero ya no escuchaba.

Avanzó. Cruzó las dos mesas que lo separaban de la barra como si ninguna de ellas existiera, llegó hasta donde Vero seguía contoneándose y se plantó debajo con esa cara de quien ha tomado una decisión y no piensa someterla a debate.

—Brody… —empezó ella con sorpresa pícara, mirándolo desde arriba.

—Baja.

—Estoy trabajando.

—Estás provocando que la mayoría de esos tíos tengan problemas coronarios y más bajas de soldados en sus testículos que en la Segunda Guerra Mundial.

La retahíla de mi hermano pareció hacerle gracia porque sonrió complacida.

Él le tendió los brazos como quien rescata a alguien de un balcón en llamas, y Vero se dejó coger sin oponer demasiada resistencia, por lo menos, al principio, antes de los silbidos de desaprobación del público.

Mi hermano se la cargó al hombro como un saco de cemento de veinticinco kilos. Pura canaria con vestido negro y botas de cuero gritando: «¡Pache, suéltame, animal, que te denuncio, que estoy de servicio!», pero diciéndolo entre carcajadas, lo cual le quitaba autoridad legal a la denuncia.

El bar se vino arriba.

—¡Eh, eh, no te lleves a la camarera!

—¡Que esta tiene que atendernos a todos esta noche, hombre!

—¡Devuélvenosla, payo!

Vero, cabeza abajo y pelo suelto, saludaba al público con la mano como una reina destronada.

Y los dos se fugaron por la puerta hacia la noche.

Yo me quedé detrás de la barra con una bayeta en la mano, Malamente a todo trapo y cincuenta personas pidiendo chupitos a la vez. Apoyé las dos manos en el canto de la madera y respiré hondo. El aire me sabía a fritanga, a ron y a derrota.

Iker se sentó en el mostrador con la misma naturalidad con la que se había subido. Se quedó de cara a mí con la gente rugiendo a nuestras espaldas y me miró.

—Me parece que vas a tener que servir chupitos.

Estaba tan cerca. A un palmo de mí, con las piernas abiertas. Se pasó el pulgar por la punta de flecha que le quedaba pegada al abdomen y me miró con esa media sonrisa lateral, vasca e hija de puta, que me tensó la polla.

—Jefe. ¿A mí también quieres bajarme o prefieres lamer?

Tragué saliva en cuanto acercó el pulgar y me manchó la boca.

Y supe, con una claridad terrible, que esa noche todavía no había terminado.

Ni de coña.

Porque, antes de que bajara, le sujeté la muñeca, abrí la boca y le limpié el pulgar con la lengua.

¡A tomar por culo!

No. No hice eso. Aunque en mi mente sí.

Agarré el trapo, le limpié el dedo y solté:

—Ponte a trabajar.