Nunca serás mi romcom Capítulo 40
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Capítulo 40

Llegar a casa después de doce horas de campamento, dos extra en el hospital porque Ricardito se había hecho una fisura en la muñeca y una de propina para atender a sus padres debería ser un trámite sencillo.

Abres la puerta, gruñes a lo que se mueva, te quitas las botas, te tiras a la ducha y eso, con suerte, te devuelve la condición de mamífero. Un programa cerrado. Sin sorpresas. O eso pensaba yo, hasta que entré en mi cuarto, con la toalla anudada a la cintura, y descubrí que lo habían invadido.

—¡ Acho , tío!

Me quedé en el umbral, chorreando, con la toalla en precario y la poca cordura que me quedaba bajando las escaleras de dos en dos para irse a tomar por culo.

Madre mía, cada día eran más mayores.

Y quién podía culparlos, con la mierda de pensiones que cobraban y las residencias por las nubes.

Seguro que hasta podían acogerse a alguna ley de personas vulnerables aprobada por el Gobierno.

Mira que pasar de los sesenta y cinco y tener que lanzarse a la ocupación…

Qué país se nos está quedando, Manué. Qué país.

Miré el vaso de agua que siempre dejaba en la mesilla. Por lo menos no me había dejado la dentadura dentro.

Algo era algo.

Me fijé mejor.

Al lado del armario había una maleta enorme.

Otra mediana. Un neceser del tamaño de un baúl pirata.

Un caftán turquesa colgado del pomo como una bandera de invasión.

La habitación olía a perfume caro, a polvos de talco y a algo que no logré definir, salvo que aquella abuela no tenía aspecto de necesidad y sí de estar dispuesta a quedarse el tiempo que le saliera del moño.

La señora no estaba muerta, eso también lo comprobé.

Roncaba. Roncaba como si Ricitos de Oro se hubiera zampado a los tres osos y luego hubiera decidido instalarse en mi colchón para hacer la digestión.

Me dio miedo despertarla por si se sobresaltaba y moría, que a esas edades uno no sabía…

Salí al pasillo, cerré la puerta con cuidado y miré a un lado y a otro.

No había rastro de más jubilados en la costa.

Brody tenía que estar en el taller. Y, conociéndolo, tendría una explicación muy razonable para el motivo por el cual yo acababa de perder mi cuarto, mi cama y la siesta con la que llevaba fantaseando desde las nueve de la mañana.

Fui directo hacia él como una bala.

Lo encontré junto a la mesa de trabajo, secándose las manos en un trapo, con esa cara suya de saber que llegaba tormenta y preferir recibirla de pie antes que fingir sorpresa.

—¿Quién cojones es la momia que ha decidido convertir mi cuarto en sarcófago?!

Brody ni pestañeó.

—La prima de la madre de Vero.

—¿Y por qué cojones está en mi habitación?

—Tiene artrosis, no puede dormir en el sofá y le he dicho que tú llevabas tiempo haciendo méritos para dormir en la bañera. Así que te han reasignado.

Lo miré.

Largo.

Muy largo.

—Brody…

—¿Qué? No ibas a pensar que tu desaparición iba a quedarse sin consecuencias.

—¡Brody, hostia, que necesito dormir!

—Nadie te lo impide.

—¡No creerás que voy a meterme en la cama con la sugar mami !

—Lo siento, bombón, pero no eres mi tipo.

La voz llegó desde detrás como una colleja con anillos.

Me giré.

La susodicha estaba en la puerta del taller, con el caftán turquesa ya puesto, un cigarrillo apagado entre los dedos y cara de haber descansado muchísimo más que yo, lo cual me pareció una provocación personal.

—Tú debes de ser el otro Pache —dijo, tendiéndome la mano—. Mila Robles. Anda, no me mires así, criatura. Tienes un sofá muy apañado y unos sillones maravillosos si te va la experiencia uterina con respaldo reclinable.

Abrí la boca. La cerré. Volví a abrirla. Nada.

Mi cerebro había decidido abandonar el cuerpo, quizá para buscar una vivienda sin okupas.

—No pienso dormir en un sillón. Me voy a levantar hecho un cuadro.

Mila me observó de arriba abajo sin el menor pudor. La mar de risueña, además, como si yo fuera una actuación gratuita en las fiestas del pueblo.

—¡Qué lástima tener tan poco aguante a los treinta! En los noventa nos bastaba con una esterilla y buena compañía.

—Hablando de buena compañía… Siempre puedes pedirle a tu amigo el vasco que te ofrezca su cama. Al fin y al cabo, seguro que lo pasáis mejor que pasándoos por la piedra.

Brody soltó una especie de tos que no era tos ni de coña.

Lo miré con odio fraternal.

—¿Me estás vacilando?

—Era una sugerencia logística —dijo él, muy serio—. Muy mal no se te veía en tu reinterpretación de Más adentro .

Juro que escuché reír a la señora.

Me pincé el puente de la nariz. Esto no me podía estar pasando.

—Vamos, Harley, ¿qué hay de tu hospitalidad? ¿O debo recordarte que tú fuiste el primero en ofrecer pensión completa sin avisar?

La oficina, decidí. Dormiría en la maldita oficina del campamento, con la silla giratoria, la manta del coche y el olor a témpera seca, hasta que aquella mujer dejara de existir o se fuera a otra parte. Lo que llegara antes.

Me di la vuelta con toda la integridad que pude reunir llevando solo una toalla y le dije a Mila:

—Deme veinte minutos para hacerme una maleta y vestirme.

Ella ladeó la cabeza.

—Te dejaré media hora, que se te nota que el esperma que te fecundó no fue de los rápidos.

Pasé de replicar.

Suficiente tenía con escuchar las risas de mi hermano y de esa supervillana con arrugas mientras subía a rescatar mis calzoncillos de una habitación que ya no me pertenecía.

Hoy iba a tener un turno de mierda en el bar.

Debí de haber elegido de profesión pitoniso. Porque… ¡qué poco equivocaito estaba!