Nunca serás mi romcom Capítulo 39
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Capítulo 39

El patio tenía sol, bastante espacio con sombra y macetas de colores por todas partes. Plantas, flores y un aroma a azahar y jazmín que me hacía cosquillas en la nariz.

Una mesa con restos de lijado y, a la sombra, acechante, su guardián: el tortugo pirata Garfio, apostado junto a un tiesto enorme, con su parche amenazante y la calavera llena de destellos en la mitad.

Podría haber sido la mascota de Germán. Le pegaba tener un macho con caparazón y fetiche por los pies.

—¿Eso es una tortuga? —preguntó Mila al verlo acercarse.

—Eso es un problema con patas.

Garfio giró la cabeza. Me miró. Miró mis sandalias, mis dedos apetecibles y desnudos… Y decidió que eran un buen entrante.

—No —susurré—. Hoy no, Satanás de jardín. Vengo de hablar con un señor que podría ser mi padre y me ha cerrado la puerta en la cara. No tengo el ánimo para que tú me violes los gruyeritos.

Mila sacó el móvil.

—Esto promete.

—No grabes.

—Estoy documentando la fauna local. ¿Le gustan los pinreles?

—Más que las hortalizas —aclaró Brody, mirándolo de soslayo.

Garfio avanzó con una decisión tan obscena que me faltó poco para subirme a Brody como si fuera una silla de socorrista.

—¡Brody!

—No corras, que es peor.

—¡No estoy corriendo, estoy sobreviviendo! ¡Aparta, degenerado! ¡Mis dedos no están disponibles, por muchos callos que haya podido adquirir después de caminar por este pueblo lleno de cuestas asesinas!

Mila se descojonó. Sin oxígeno suficiente para articular palabras.

Brody usó el recurso de siempre: se sacó la bota y la lanzó al otro lado del patio. Garfio cambió de objetivo de inmediato y se entregó al cuero con una falta de compromiso sentimental que me ofendió.

—Ahí tienes, campeón —murmuró Brody.

—¿Campeón? Después de intentar mancillarme el dedo gordo, ¿lo llamas campeón?

—Es su manera de mostrar afecto. Le gustas.

—Pues que se compre bombones, como todo el mundo.

Mila se secaba las lágrimas.

—Aquí hay comida, hombres guapos, una tortuga pervertida y secretos familiares. No sé por qué alguien querría irse de este lugar. Yo, de ti, me quedaría. Además, dicen que las mascotas se parecen a los dueños…

Agitó las cejas y yo quise estrangularla.

Menos mal que Brody ya estaba con la mano puesta en la puerta del taller y no con la vista clavada en la lianta.

El aroma a madera, barniz, polvo fino y herramientas antiguas nos dio la bienvenida. Mila se quedó dos segundos en el umbral, oteando todo lo que le alcanzaba la vista.

Empezó a recorrerlo sin prisa. Tocó una superficie. Levantó una pieza pequeña, le dio la vuelta. Volvió a dejarla exactamente donde estaba. Y cuando habló, lo hizo con una voz que yo no le había oído todavía.

—Brody. Esto es muy bueno. Y no lo digo para regalarte los oídos, que, a mi edad, no tengo que comerle la oreja a nadie, por guapo que seas.

—Gracias.

Su voz grave era casi un susurro. Daba la impresión de que no se daba cuenta del talento que tenía, porque estaba ahí, en cada pieza.

—No me has entendido —insistió—. Esto. Es. Muy. Bueno. Mis amigas en Sotogrande pagarían un riñón por tener una de estas piezas en el recibidor. Y lo digo en serio, no en plan halago de vieja pellizcamofletes.

Él se rascó el cuello, asintió como si le hubieran dado el parte del tiempo y no supo qué hacer con el cumplido.

—Vendo lo que necesito vender para alimentar a mi familia.

—Qué frase tan masculina y tan absurda. Como decir «respiro lo justo».

No, hijo. Si tienes talento, lo usas, lo enseñas y lo cobras.

Que luego vais por la vida regalando lo que os sale de las manos como si tener un don fuera una deuda con la humanidad.

No. Esto no son simples muebles. Esto es lo que pasa cuando unas manos saben convertir un trozo de madera en algo que a otro le remueve el pecho.

Esto es arte. Y el arte no se mendiga ni se esconde en un taller: se firma, se cobra y, si al cliente le parece caro, que se compre una estantería en oferta de IKEA y no moleste.

El silencio que dejó eso fue pequeño, pero se notó. Brody apartó la mirada. Yo también, porque había frases que aterrizaban en mitad de una habitación y, de pronto, todo el mundo tenía que fingir que no le habían dado en algún sitio.

Mila avanzó hacia el fondo. Hacia una estantería medio oculta tras una mesa, con piezas cubiertas con trapos y otras vueltas hacia la pared, tal vez porque nuestro querido artista no quería enseñarlas al público.

—¿Y esto qué es?

La pregunta salió suave.

Brody se puso rígido. No la rigidez del artesano al que elogian. Otra cosa. Un bloqueo. Una retirada de sangre que le dejó la cara de un color que yo no había visto antes.

—Eso no.

Pero Mila ya había ladeado un trapo y apartado una figurita.

Fue entonces cuando la vi y perdí el aliento.

La sirena estaba vuelta hacia la pared, escondida, como si la hubieran castigado.

Madera oscura, pulida hasta parecer agua.

La cola en tonos azules, hondos, mezclados con destellos más claros que parecían moverse cuando inclinabas la cabeza.

No era una sirena fina, imposible, de las que decoran tazas.

Tenía caderas, vientre, hombros redondeados, clavículas marcadas.

El pelo recogido en un lado, suelto en el otro.

La barbilla alzada con esa mezcla de desafío que yo había visto en mis fotos cuando no sabía que me estaban mirando.

Y los ojos.

Tallados con una técnica que no se enseña, que se siente. Mirando hacia arriba en busca de algo o de alguien. Quizá de una respuesta.

Yo conocía esa sirena.

La llevaba tatuada en la pierna, mezclada con otros dibujos, pero aquella era yo. O una versión de mí que no sabía que alguien hubiera podido guardar así .

Allí estaba. Tallada. En madera. Con los ojos azules. En el taller del hombre al que dejé mi corazón en un Uber.

—Es personal —murmuró Brody.

Mila, por primera vez en toda la mañana, no contestó. Soltó el trapo despacio, como quien acaba de tocar algo sagrado, y le rozó el brazo a Brody.

—Pues esto es incalculable y precioso —susurró Mila—.

Porque una sirena no es solo una mujer con cola, aunque los hombres se hayan empeñado siglos en quedarse con la parte decorativa del asunto.

Una sirena es una frontera. Mitad deseo, mitad peligro.

Mitad tierra que no puede pisar, mitad mar que no puede abandonar del todo.

Y esta… —Tragó saliva, sin apartar los ojos de la figura— esta parece estar esperando a que alguien la mire bien para decidir si vuelve al agua o se queda.

Luego miró a Brody.

—Eso no es carpintería, cariño. Eso es tener algo dentro y haber encontrado la manera de sacarlo sin romperte del todo.

Y, si algún día dejaras de esconderlo como si pedir ayuda fuera una vergüenza, podrías vivir de esto.

Bien. Como viven los artistas cuando aparece una mecenas con buen ojo, mejores contactos y la humilde intención de impedir que un talento así se desperdicie.

Yo no dije nada.

No porque no quisiera. Porque, de pronto, hablar me parecía una cosa demasiado grande para alguien que apenas estaba consiguiendo respirar.

Tenía el vello erizado hasta en lugares donde juraría que no existía vello. El corazón me golpeaba tan fuerte que pensé que Mila también iba a oírlo. Que Brody iba a oírlo. Que aquella sirena de madera iba a girar la cabeza y a delatarme con esos ojos azules que eran míos y no lo eran.

Estaba clavada al suelo del taller, con la sensación absurda de haber entrado en una habitación ajena y haberme encontrado mi propio secreto esperándome en una esquina.

—Lo siento, pero tengo que terminar un encargo —dijo Brody, con la voz más baja de lo normal—. Mis hermanos deben de estar a punto de llegar, así que, si no os importa…

—Claro que no, hijo. Que las musas te pillen trabajando —concluyó Mila, tomándome del brazo—. Venga, regresemos y dejemos al maestro artesano obrar su magia.

Salimos del taller como en una procesión rara .

Mila empezó a hablarme de marquesas divorciadas, de transferencias inmediatas y de lo fácil que era venderle belleza a la gente rica si envolvías bien el dolor.

Yo caminaba a su lado, pero la oía como se oye el mar desde dentro de una casa cerrada: lejos, amortiguado, incapaz de alcanzarme del todo.

Solo podía pensar en tres cosas.

La primera: la sirena estaba apartada. Vuelta hacia la pared. Escondida detrás de otras piezas. Como si Brody no hubiera querido mirarla, pero tampoco hubiera soportado perderla.

La segunda: la había hecho en algún momento. Con sus manos. Con esas manos. Tal vez pensando en mí. Tal vez recordando mi tatuaje, mi piel, aquella versión de mí que ni siquiera yo sabía que alguien podía haber mirado con tanta atención.

Y la tercera, la peor, la que me dejó sin aire justo antes de cruzar la puerta de la casa: no la había vendido.

Seguía allí.

Callada.

Escondida.

De cara a la pared.

Como si una sirena pudiera dejar de llamar solo porque nadie se atreviera a mirarla y lo peor era que yo acababa de oírla cantar como una idiota.