Nunca serás mi romcom Capítulo 38
56%

Capítulo 38

Cuando mi madre me decía que la familia se elige, yo entendía que se refería a la prima soltera con la que vas de cañas o la vecina que te riega las plantas si te marchas el fin de semana. Una elección razonable. Una decisión adulta tomada en frío.

No a Mila Robles cerrando la puerta del descapotable con más cuidado del que le había dedicado a cualquier ser humano en toda la mañana, mientras yo bajaba con el viento metiéndome el pelo en la boca como si Punta Salvaje también tuviera opinión sobre lo que no podía salir de mis labios.

—Capitán Pescanova de los cojones —murmuré.

—No insultes todavía a tu posible padre —me corrigió, con la calma de la que se ha pintado los labios cinco minutos antes—. Tiene mal carácter, vale. Pero unos hombros interesantes para su edad, una casa con vistas y un puerto privado a tiro de piedra. Eso, en herencia, no estorba.

—Como ese hombre sea mi padre, me tiro por el acantilado.

—No dramatices, hija, que no llevas calzado adecuado para morir con estilo.

Miré mis cholas y luego a ella. Me sonrió.

Tenía la cabeza a punto de explotar y la vejiga en cuenta atrás, porque una cosa que nadie te explica de las investigaciones familiares es que, entre el estrés, el café y los hombres que podrían haber fecundado a tu madre, el cuerpo decide que mear cada cuarto de hora es una forma legítima de recordarte que somos un ochenta por ciento agua.

—Encima —añadí, abriendo la puerta de casa—, ¿qué tipo de señor escucha el nombre de una mujer muerta y lo primero que le sale es lo de la pensión alimenticia? Como si yo hubiera ido allí con una carpeta de reclamaciones, una calculadora y ganas de cobrar atrasos desde el 91.

—Uno que ha pasado muchos años solo, supongo. O uno que ha tratado con demasiada gente viva. Los muertos suelen dar menos guerra. Salvo tu madre, que está demostrando un sentido del espectáculo bastante desarrollado.

—No te metas con mamá.

—Cariño, es lo último que querría, pero estarás conmigo en que mi difunta prima, Dios la tenga en su gloria, lleva semanas montándote una gymkana póstuma con pulsera, llave y tres posibles padres. La que empezó con la comedia fue ella.

Iba a contestarle. No me dio tiempo.

El olor a comida me cruzó la cara y me dejó muda, con las tripas en modo caníbal.

Había cosas capaces de interrumpir mi indignación.

La comida era una. Un hombre cocinando con buenos antebrazos era otra.

Y Brody Pache de espaldas, removiendo una sartén con la camiseta gris pegada al cuerpo y el pelo recogido en aquel moño, entraba en las dos categorías con una falta de vergüenza insultante.

Mila se paró a mi lado.

Y yo noté, sin mirarla, cómo se le encendía el radar de tío bueno a las doce en punto, sin ningún tipo de disimulo.

«Por favor, que no diga nada».

«Por favor, que no diga nada».

«Por favor, que…».

—¡Por todos los dioses del Olimpo, menudo ejemplar! No me extraña que ayer no me cogieras el teléfono. Con uno de esos en casa, yo me olvido de mi madre, de mi padre y del número de la Seguridad Social.

—Mila.

—Si tengo a uno de esos en mi casa, tienen que sacarme de la habitación con respiración asistida.

—¡Mila, por Dios!

—¡Qué espalda! ¡Qué culo!

Brody se giró.

—Y qué cara… —añadió por lo bajo, disimulando un carraspeo.

No la había oído, gracias a la sartén y al ruido del aceite, pero sí me oyó a mí decir su nombre como si me estuviera ahogando. Levantó la barbilla en ese saludo seco que reservaba para el correo, los testigos de Jehová y las amigas de la difunta.

Él arqueó las cejas.

—Vaya, al parecer ha venido visita…

—E-es la prima de mi madre, ya te he hablado de ella.

—Mila, la de la funeraria para mascotas, ¿verdad?

—Milagros Robles Sánchez. Prima de Elena; para los amigos, Mila.

Cómplice de varios secretos que no pienso confesar gratis y empresaria del duelo bonito.

Me dedico a transformar cenizas de mascotas, flores de funeral y recuerdos familiares en joyas que la gente rica se pone para llorar con estilo.

Una profesión preciosa, rentable y un poco perturbadora, como casi todo lo que merece la pena en esta vida.

»Además, soy acompañante de esta criatura en su búsqueda de la verdad y, por lo visto, huésped temporal de esta casa, si te apiadas de esta pobre ancianita por unos días… Dormiría en el sofá, pero la artrosis no me lo permite, así que una cama estaría genial.

Me atraganté con aire.

Brody le estrechó la mano con esa educación práctica suya, de quien también saluda con las manos en modo herramienta.

—Brody Pache, encantado de hospedarla. No se preocupe: mi hermano ha hecho méritos para dormir en la bañera unos días.

Mila se quedó mirándolo más de lo socialmente aceptable.

Le miró la cara, el pelo, la boca, los hombros.

Sobre todo, las manos. Y luego sonrió con la boca pequeña, que era la peor sonrisa de Mila porque significaba que su cabeza acababa de montar una boda, un bautizo y un parto de mellizos sin inmutarse.

—Estoy haciendo arroz con pollo a la crema de leche y champiñones —comentó Brody, volviendo a la sartén—. Hay de sobra.

—Me quedo —contestó Mila, antes de que yo pudiera abrir la boca. Antes de que pudiera explicarle a Brody que se había autoinvitado a Punta Salvaje a las nueve y media de la mañana plantándose en su puerta.

Mila pasó por mi lado para ocupar una de las banquetas y me apretó el brazo al cruzarse.

—Entiendo perfectamente que no quieras que sea tu hermano, sino el padre de tus hijos —me dijo en voz baja—. Como Elena nos haya jodido la marrana, le monto una reclamación a San Pedro que no han visto ni en Gran Hermano 13 .

Ahí entendí yo que las próximas horas iban a ser largas.

🌞🌊🌞🌊 🌞

Comimos en la cocina sin que Mila pusiera ascos a comer en la barra con cubiertos desparejados.

Brody le sirvió primero a ella, que le puso ojitos. Después, a mí, y me puso más de lo que le había pedido.

—No voy a poder con todo eso.

—Sí vas. Llevas toda la mañana de un lado para otro y necesitas alimentarte o no rendirás esta noche. Come.

Lo dijo sin mirarme, como si estuviera comentando que el cielo era azul. Yo me atonté medio segundo, porque mi mente había decidido que lo de rendir por la noche sonaba bastante más horizontal.

Era tan distinto a Adrián. Él me habría preguntado tres veces si no me dolería la tripa, y mi padre habría dado por hecho que debía comer algo más sensato en tamaño plato de postre. Brody simplemente me lo llenaba hasta arriba y me ponía el agua cerca antes de que yo supiera que iba a necesitarla.

Mila lo vio. Por supuesto que lo vio, y asintió complacida mientras yo me centraba poniéndolo al día de lo sucedido en nuestros avances.

—El de la gorra dijo que Germán había vuelto hace un par de años —le conté, pinchando el arroz con más violencia de la necesaria—.

Que estuvo en Alaska pescando cangrejo real o luchando contra monstruos marinos, qué sé yo, todo muy documental de La 2.

Vive junto al faro viejo, en una casa encajada en la roca.

Que no te engañe la puerta azul de Papá Pitufo, porque dentro habita un Gargamel con mucha barba.

—Recuerdo que mi padre decía que, de sus amigos, Germán era el raro.

—Raro es llevar calcetines con sandalias, si no eres inglés o alemán. Ese hombre parecía que, si le dabas conversación, te enterraba detrás de la casa y encima te cobraba.

Brody soltó aire por la nariz en una especie de risa contenida.

—Los testículos se le pusieron por corbata al oír el nombre de Elena —añadió Mila—. Y luego se le cambió la cara. Primero, como si no conociera a nadie; después, como si le hubieran metido un ancla por el pecho.

—Papá decía que era bastante taciturno, que no hablaba de nada que no quisiera hablar. Estaba obsesionado con El gran azul , por eso se fue.

—Pues va a tener que empezar, porque no pienso quedarme con un «largaos» como respuesta oficial.

Bastante tengo con haber descubierto que mi madre pudo montarse su propio Mamma Mia!

gaditano sin canciones y con Brutus en lugar de Popeye como para que ahora venga el Capitán Pescanova a hacerse el estrecho.

A Brody se le escapó una carcajada que me recorrió el útero.

«No puede ser mi hermano, Dios no puede ser tan vil».

Mila levantó un dedo.

—Importante: no le digas Capitán Pescanova a la cara si pretendemos sacarle información.

—Parecías un camionero con herida abierta.

—Soy conductora de guagua, no camionera, y a mucha honra, aunque termine harta de los pasajeros.

Brody volvió a sonreír un poco. Y yo odié que se me moviera algo por dentro, porque estaba cansada, enfadada y con la posibilidad de que un señor que parecía antipatizar hasta con las sardinas pudiera haber puesto la mitad de mis cromos genéticos.

Pero él sonrió, y mi cuerpo decidió que igual el mundo no era un contenedor ardiendo.

Que igual había cosas bonitas. Como su boca.

O esas putas manos, que eran una maldita fantasía.

Mila carraspeó.

—Brody, Vero me ha contado que eres artesano.

«Bingo para ella».

—¿Eso te ha dicho?

—Le he dicho que trabajabas la madera y que estudiaste Bellas Artes porque querías ser escultor.

—Y que hacías piezas bonitas, con alma —añadió Mila, leyendo el subtítulo invisible de mi frase.

Brody recogió mi plato sin que yo terminara la frase y dejó el trapo sobre la encimera. Parecía… ¿avergonzado? No estaba segura.

—Me gustaría verlas —siguió Mila.

—No hago urnas para mascotas. Ni joyeros para cenizas. Lo mío no es el arte funerario.

Ella chasqueó la lengua.

—No te estoy pidiendo que colaboremos, jovencito. Quiero echar un vistazo al taller, tus obras, lo que tallan esas manos. No todos los días una encuentra a un hombre con dedos de escultor y comida decente en la misma casa. Vamos.

A Mila no se le podía decir que no.

Brody la miró como quien comprende, de pronto, que oponerse a ella era discutir con un ficus con dinero, pestañas muy tupidas para su edad y voluntad de hierro.

—Solo te robaré cinco minutos.

Mentira. Mila no sabía hacer nada en cinco minutos.

Él suspiró y supe que había dado la batalla por perdida.