Nunca serás mi romcom Capítulo 37
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Capítulo 37

El martes amaneció con una calma sospechosa.

De esas que mira una por la ventana y piensa: qué bonito todo, qué paz, qué luz, qué ganas tiene el universo de meterme una hostia con la mano abierta. O en formato señora mayor con maletas.

Yo estaba en la cocina de los Pache, en pijama, con un café medio frío entre las manos y una sonrisa idiota pegada a la cara desde hacía rato.

Lo cual era preocupante, porque yo no era una mujer de sonrisas matinales.

Lo mío, por la mañana, era más bien sobrevivir, mear dos veces y no matar a nadie antes del primer sorbo.

Lo más importante es que no sonreía por mí: lo hacía por Harley.

Bueno, por Harley, por Iker y por la noche anterior, que había sido una clase magistral de tensión sexual mal resuelta, por mucho que se hubieran puesto tibios en la cueva.

La estrella del surf había vuelto del rescate como si no hubiera ocurrido nada entre ellos dos, que era precisamente el problema, porque hacerlo lo había hecho todo.

Y Harley, mientras tanto, parecía el ayudante de un faquir experto en que le arrojaran cuchillos.

Quieto, mandíbula apretada, intentando comportarse como un jefe responsable mientras por dentro debía de estar girando como un espeto sobre las brasas.

Me había dado la vida verlo, porque Harley se pone muy gracioso cuando está desubicado y anoche lo estaba, y mucho.

Después de tantas semanas de diarios, pulseras, posibles padres biológicos y mi propia vida sentimental convertida en un programa de centrifugado a la piedra, verlo hecho un manojo de nervios por un surfista buenorro me parecía más terapéutico que el yoga.

Suspiré paladeando la tranquilidad de estar sola, mientras decidía si retomaba el audiolibro de Orcando , aunque, con mi necesidad extrema, no sabía si era muy buena idea.

Harley e India se habían ido al campamento a primera hora. Brody estaba en el taller con sus manos en la madera. Y yo seguía en pijama porque, técnicamente, a las nueve de la mañana de un martes tenía derecho a que mis tetas vivieran libres y sin sujetador hasta que el mundo exigiera lo contrario.

Sonó el timbre.

Pensé: el repartidor o alguna vecina en busca de sal. Como fuera Analí buscando a Brody, la mandaba a las marismas.

Abrí la puerta y me di de bruces con ninguno de los dos.

Allí, frente a mí, estaba la prima Mila.

Con dos maletas enormes, gafas de sol del tamaño de un parabrisas, un caftán verde mosaico y la expresión de una mujer que ha venido a reorganizarte los chakras y el vestidor.

Tardé varios segundos en procesar.

—¿Mila?

Ella me miró de arriba abajo con una lentitud ofensiva.

—¿Quién voy a ser, si no? Necesitas gafas y un nuevo fondo de armario. —Arrugó la nariz—. Eso que llevas parece confeccionado por una enemiga del buen gusto.

Pasé de su comentario sobre mis gustos por la comodidad textil.

—¿Qué haces aquí? ¿Has hecho una parada antes de salir de viaje?

—No, querida. He venido a ayudarte. Voy a quedarme unos días, quizá algunos más de los dos que había previsto, porque a la vista está que necesitas ayuda y de la buena.

—¡¿Qué?! Pe… pero no puedes… Tú no… Ellos no… ¡Mila! ¡Deben invitarte!

—Ya lo has hecho tú.

—Yo no…

—Haz el favor de ser educada, éntrame el equipaje y prepárame una infusión, que tengo la boca seca. No pienso abordar un misterio familiar sin la suficiente saliva.

No hizo el amago de meterlas; dudaba mucho que pudiera desplazarlas, aunque llevaran ruedas.

¿Quién lleva tanta ropa para dos días?

Quizá una era para los modelitos y la otra para armas de destrucción masiva .

—¡Vamos! ¡Muévete! Que no tenemos todo el día —dijo, ya alcanzando la puerta que daba a la cocina.

Esta tía debería estar prohibida por ley.

Le hice caso y las entré. No sé por qué, quizá tuviera alma de ama de llaves o Mila tuviera ese efecto de persona que te hace hacer cosas antes de que puedas negarte.

Cerré la puerta con la sensación muy concreta de que había dejado entrar a una cabra con pedigrí a una cristalería.

Mila se sentó en una de las banquetas como si la casa fuera suya, examinándolo todo con ojo de tasadora.

—Casa vivida. Madera buena. Demasiados hombres. Huele a café, mar y testosterona mal gestionada.

Y eso lo soltaba sin haber visto todavía a Brody en mangas de camisa.

—¡Por Dios, Mila!

—No lo digo como crítica, es intuición.

Le hice la única infusión que había porque discutir con ella me parecía una forma absurda de morir joven.

Cuando la tuve lista, se la planté delante y ella la removió con el meñique estirado.

—¿En serio tenías que plantarte aquí? —ataqué.

—No me llamas lo suficiente.

—Te he llamado.

—No lo suficiente —repitió—. Y eso solo puede querer decir dos cosas.

Una, que sigues más perdida que el barco del arroz, sin avances.

O dos, que ya has dado con la piedra filosofal de tus orígenes y has pasado de contarme nada.

En cualquiera de los dos casos, necesitaba verte la cara para saber si mientes.

—¿Por quién me tomas? No tengo por qué engañarte.

—Ya, bueno, eres hija de tu madre y mira lo engañadita que te tuvo hasta su muerte.

«¡Qué cabrona!».

—Actualiza y yo lo juzgaré.

Le conté lo del diario, lo de los tres hombres de los que mi madre disfrutó y lo del ADN contaminado, porque hasta la ciencia había decidido ponerse flamenca. Y yo seguía con una gestación de nervios sin epidural.

Mila no se escandalizó. Ni una mano al pecho, ni un parpadeo dramático. Solo dejó la taza en la mesa y entrelazó los dedos.

—Bien. Tenemos a Diego Pache identificado y con las pruebas del descarte en marcha. Quedan los otros dos.

—No digas «bien» como si estuviéramos jugando al Cluedo.

—Cariño, ojalá fuera el Cluedo. Allí al menos el cadáver ya viene confirmado. ¿Qué has averiguado de los otros dos?

—Brody me dijo que se fueron del pueblo cuando él era pequeño. Entre los seis y los ocho años, calculó. No ha sabido nada de ellos desde entonces.

—Puede que él no, pero alguien del pueblo seguro que sabe más de lo que cuenta…

—¿Y qué propones? Que esto no es un cozy crime . ¿Quieres que haga un vídeo en TikTok, rollo: «Busco señores que se zumbaron a mi madre en los noventa, abstenerse curiosos»?

Mila me miró como si acabara de declararme intelectualmente insolvente.

—Los jóvenes de hoy solo pensáis en redes sociales. Tenéis el cerebro atrofiado de tanto deslizar. Lo que tenemos que hacer es preguntar. Los pueblos pequeños tienen memoria larga, ya lo verás. Cámbiate, vístete a la altura de Agatha Christie y saca mi descapotable a pasear.

Media hora después, conducía por Punta Salvaje con Mila a mi lado, dirigiendo una operación militar que ni el Desembarco de Normandía.

Me hizo parar en la plaza, donde habló con la mujer de la farmacia, que tenía cara de saber hasta quién compraba crema para hongos.

Luego, en el kiosco, donde compró agua, caramelos de menta y un abanico «por si había que golpear a alguien».

Después, en la tienda de abastos, donde logró que una mujer nos diera una empanada y media historia genealógica de los Pache sin pedirle ni una cosa ni la otra.

Acabamos en la lonja sobre las doce.

—¿Estamos aquí para comprar merluza y que nos la cocine Brody?

—Tú sí que eres una buena merluza. Aquí hay pescadores jubilados quemando el mundo con un carajillo y un dominó. Si alguien tiene datos, son ellos —apuntó con el dedo huesudo hacia los hombres curtidos por la mar.

Estaban sentados en la terraza de un bar diminuto; las mesas eran barriles y los taburetes los identifiqué sin dificultad: eran obra de Brody, seguro.

Nos acercamos con cuidado al grupo.

—Buenos días. Disculpen, queríamos preguntarles por unos hombres que vivieron aquí hace años.

Mila se adelantó, por supuesto .

—Buscamos a dos varones de buen ver, probablemente muy irresponsables, sobre todo en materia de decisiones sexuales. Compartieron casa con Diego Pache y mi prima Elena a principios de los noventa, durante un verano.

Un señor con gorra se quitó el palillo de la boca.

—¿Esto es una cámara oculta?

—Es una investigación familiar —dije rápido—. Elena era mi madre, estuvo aquí aquel verano y dejó un mensaje póstumo para esos hombres que debo entregarles. Uno era pescador y le gustaba mucho bucear.

Técnicamente, no había mentido, porque yo era el mensaje.

Se miraron entre ellos. Pasó algo, una corriente extraña, un gesto de complicidad.

—A mí me suena tu madre —dijo uno—. Aquel verano fue épico y ella iba con los tres de allí para allá. La canaria guapa, la llamábamos; era rubia, ¿no?

Sentí que el estómago se me caía a los pies.

—Era castaña clara —corregí, no sé por qué.

—Para nosotros era la rubia —sentenció el de la gorra—. Siempre andaba descalza y riendo con los de la casa de arriba.

—¿Recuerdan a los otros dos hombres? Se llamaban Germán y Luc —insistió Mila.

Los hombres volvieron a mirarse. Fue el de la gorra el que habló.

—Pache fue el único que se quedó en el pueblo. Eso ya lo saben. De los otros dos… Uno se fue a los mares del norte. Germán, el Lobo, le decían. Cruzó el charco para dedicarse a la pesca del cangrejo real, en Alaska. Mucha pasta y muchos años perdidos. Volvió hace un par a jubilarse.

—¿Germán está aquí? —pregunté con la voz temblorosa.

—En la casa tallada en la roca, cerca del faro viejo. Puerta azul, no hay ninguna otra. Les aviso de que no habla con nadie y apenas sale.

—¿Y Luciano? —preguntó Mila.

—Luc, no Luciano; se llamaba como el de La guerra de las galaxias —la corregí.

—Igual se cambió el nombre porque le daba vergüenza; que tu nombre rime con ano en aquella época era motivo de burla. Confía en mi destreza y en el proceso.

Los hombres parecían alucinar casi tanto como yo, que ya era decir. Algunos se encogieron de hombros.

—De ese, ni idea… Era ex tranjero, siempre con una cámara de fotos al cuello. Se esfumó y no volvió.

—Gracias por su ayuda. Seguiremos su consejo y visitaremos a Germán.

El de la gorra tiró ficha con fuerza para llamar nuestra atención.

—No le digan que yo las he mandao , no quiero afrentas con el Lobo y no me culpen si les muerde.

Mila sonrió encantada.

—Adoro a los hombres difíciles y estoy especializada en embalsamamiento de mascotas. Vero, vámonos —comentó, dejándolos boquiabiertos.

—Voy, voy.

☀️🌊☀️🌊☀️

La casa estaba exactamente donde habían dicho. Pegada al acantilado, medio tallada en la roca, con una puerta de madera azul desconchada y una terraza diminuta sobre el mar. Las paredes tenían una pátina grisácea sobre el blanco, de las cosas que llevan tiempo sin que nadie las mime.

Llamé. No había timbre, así que golpeé con los nudillos.

—Déjame a mí, que tú no estás acostumbrada.

Mila llamó otra vez, con autoridad.

—Como tenga una escopeta, verás…

—Si nos encañona, te pones tú delante, que yo tengo menos posibilidades de sobrevivir al quirófano.

Volví a golpear.

La puerta se abrió sin preaviso y por poco le di un puñetazo a mi posible padre, sin intención.

El hombre que apareció no era lo que esperaba.

Mayor, sí, pero no de los que se apagan.

Pelo gris revuelto, piel curtida, hombros todavía fuertes y unas manos enormes de alguien que había pasado la vida peleándose con el agua y ganando a ratos.

Ojos claros, barba espesa. Y una cara que decía que prefería tragarse cristales antes que socializar, aunque ya veníamos avisadas.

—No necesito que salven mi alma —gruñó—. Ni un seguro, ni estampitas ni lo que sea que vendan.

Mila abrió la boca.

Le pisé el pie.

—Venimos por Elena —solté.

El hombre frunció el ceño todavía más.

—No conozco a ninguna Elena .

Y una mierda. Lo había dicho como quien se traga una espina.

—Elena era mi madre. —Todavía me escocía referirme a ella en pasado—.

Estuvo en este pueblo hace unos treinta y cinco años.

Con Diego Pache y otros dos hombres. Uno de ellos…

—me la jugué—, usted. —Me aclaré la garganta—.

Aquel verano, Elena se quedó embarazada y, por lo que sé, usted podría ser mi…

Su mirada cambió. Primero, desconfianza. Después, alarma. Después, algo más feo, más hundido. Algo que llevaba mucho tiempo tapado con tablas.

—Mira, niña, no sé qué te habrán contado, pero yo no pienso pasarle ninguna pensión alimenticia a nadie, que ya estás talludita.

Mila soltó una carcajada seca.

—Por favor, si quisiéramos dinero, no habríamos venido a una casa decorada por un calamar deprimido.

—¡Mila!

—¿Qué? ¿Tú has visto este sitio?

—Solo necesito saber si mi madre… —dije, más bajo—. Ella murió y yo solo intento entender qué pasó aquel verano.

Algo le cruzó la cara. Algo real. Dolor, quizá. O culpa. Las dos cosas peleándose por el mismo gesto.

Durante un segundo, pensé que iba a hablar. No lo hizo.

—Largaos y no volváis. Y te lo advierto: no vayas soltando habladurías que no son.

Y nos cerró la puerta.

Mila y yo nos quedamos en la terraza de piedra, con el mar abajo y el viento metiéndose por todas partes como una vieja cotilla.

—¿Volvemos esta noche con una ganzúa? —dijo Mila.

—Volvemos con un test, que no es lo mismo. Ese hombre oculta algo y la fecha le encaja.

Miré la puerta azul desconchada, el faro viejo a lo lejos, estático sobre la roca, y pensé que aquel hombre había hecho dos cosas en treinta segundos.

Se había asustado al oír el nombre de mi madre. Y no había preguntado de qué había muerto.