Capítulo 36
Cuando volví a casa, lo primero que hice fue poner café, porque mi cuerpo había entrado en ese punto peligroso en el que o te pones cafeína en vena o estás en riesgo de caer en coma por noche de verbena y sin control.
Eran casi las cuatro de la tarde, mi hora natural de siesta. Mi franja sagrada, esa en la que ningún ser humano que me apreciara debería hacer preguntas o echarme la bronca por mi poca cabeza.
Tenía el culo dolorido, el pelo oliendo a salitre y una mala hostia nacida del sueño, la vergüenza y el hecho de que Iker hubiera vuelto al campamento como si acabáramos de rellenar juntos un parte de mantenimiento, en lugar de liarnos toda la noche en una cala con más pruebas del delito que un capítulo de CSI: Nabo Salvaje .
Los agentes nos hicieron preguntas, comprobaron que no estábamos heridos, que no había vertidos en el agua, le echaron una mirada larga a la moto acuática encajada donde no debía y dieron una explicación muy tranquila de que habría que retirarla y dejar constancia de la incidencia.
Nada de calabozo, nada de multa inmediata, nada de esposas, que habría sido profundamente irónico y bastante inoportuno.
La moto había salido peor parada que nosotros, aunque yo tenía mis dudas, porque lo mío no se veía por fuera y aun así me escocía bastante.
Al llegar al campamento —porque sí, teníamos que tranquilizar a mi hermana aunque Vero ya la hubiera llamado—, India corrió en cuanto me vio de una pieza, me llamó imbécil, me abrazó y luego decidió que tampoco era necesario quedarse pegada a mí como una lapa cuando había quedado demostrado que no estaba muerto, que estaba de parranda, así que se fue a casa de su amiga, seguramente porque necesitaba procesar que su hermano mediano no solo era idiota, sino que encima había pasado la noche con el vasco.
Iker apenas habló. Dijo que luego pasaría el parte de la moto y desapareció sin darme ni una sola oportunidad de preguntarle si a partir de ahora iba a ser así.
Así que ahora estaba en la cocina, con el café entre las manos, intentando no pensar en él, lo cual era muy fácil si por «muy fácil» entendíamos «imposible y bastante humillante».
—¿Has terminado ya de hacerte el muerto viviente o necesitas que te ponga música triste? —preguntó mi hermano con el ceño extrafruncido.
Levanté la vista.
—No empieces.
—Ah, perdona. ¿Hay horario para hablar de que has desaparecido durante horas, movilizado a medio pueblo y vuelto con cara de haber perdido la vergüenza y parte de la movilidad?
Vero estaba junto al fregadero, de espaldas, lavando una taza con una dedicación que no le había visto ni en el bar. Sus hombros se movían de una forma sospechosa.
—No he movilizado a medio pueblo. Eso lo has hecho tú.
Brody soltó un bufido, su forma de anunciar que venía sermón largo y sin anestesia.
—No, claro. Solo a India, a mí, a Vero, a dos agentes y a Analí, que ya estaba organizando una rifa solidaria llamada «Encontremos el culo de Harley».
Vero hizo un ruidito.
Brody giró apenas la cabeza.
—¿Te estás riendo?
—No —respondió ella rápido—. Estoy… emocionada por el estado del menaje.
—Estás lavando una taza limpia.
—Pues imagina lo comprometida que estoy con la higiene.
Me pasé una mano por la cara.
—Mira, Brody, ya sé que ha sido un lío, ¿vale? Lo siento. Se rompió la moto, era peligroso volver, no llevábamos los móviles y me pareció temerario regresar a nado. Después… se fue de madre.
—¿Se fue de madre? —repitió él, muy bajo—. Harley, una paella se va de madre cuando echas arroz para seis y aparece media playa con hambre. Lo tuyo ha sido desaparecer con una moto acuática, no contestar al móvil y hacer que India pensara que estabas flotando boca abajo en alguna cala.
Ahí ya no tuve réplica.
El café me quemó los dedos a través de la taza, pero no la solté. Igual porque necesitaba tener algo en las manos para no hacer el ridículo con la cara.
—Lo siento —admití.
—India ha pasado un rato de mierda. Yo he pasado un rato de mierda. Y tú pasándotelo en grande en la Isla de las Felaciones.
Vero soltó una carcajada tan repentina que se le escurrió la taza de las manos y golpeó el fregadero con un ruido seco.
—Perdón —dijo, llevándose una mano a la boca—. Perdón, perdón, de verdad. No quería.
Brody la miró.
—Claro que querías.
—Sí, bueno, un poco sí. Pero he intentado no hacerlo y eso cuenta.
—No cuenta.
—Cuenta muchísimo. Hay gente que se habría reído antes de «Isla de las Felaciones». Yo he aguantado hasta el final de la frase.
Cerré los ojos y me pincé el puente de la nariz.
—Me voy a tirar por la ventana.
—Estamos en la planta baja —señaló Brody.
—Pues subiré a mi habitación y me tiraré muchas veces.
Vero se apoyó en la encimera, ya rendida, con los ojos brillantes.
—Es que lo siento, pero la escena tiene demasiadas capas. La desaparición, la moto, la Guardia Civil, tú levantando las manos…
—Vero —gruñí.
—Juro que no miré ahí abajo… Y, si a eso le sumamos la bolsa de reciclaje.
La cocina se quedó en silencio. Yo enfoqué con esfuerzo.
—No digas nada de la bolsa.
Vero levantó una mano.
—Es que era semitransparente.
Confiaba en que mi hermano no se hubiera fijado.
—Vero…
—¿Qué bolsa? —cuestionó Brody.
—La de la comida —añadió Vero, como si eso arreglara algo—. Bueno, de la comida de rabo y de… otras cosas.
Brody me miró.
Menos mal que no le había dado un trago al café.
Ante la evidencia, no me podía defender, así que…
—No íbamos a dejar basura en la cueva —dije, muy digno, que era difícil dadas las circunstancias.
—Eso es verdad —concedió Vero—. Muy cívicos. En medio del pecado, pensasteis en el medioambiente. A mí eso me parece precioso, no vaya a ser que algún atún se tragara uno de esos condones y tuvieras un hijo medio pez.
Brody cerró los ojos con fuerza.
—Por favor, decidme que India no vio eso.
—No lo hizo —confirmé—. La tiré en el primer contenedor que pude.
—Hiciste bien. Además, míralo por el lado bueno: si a la Guardia Civil le hubiese dado por revisarla, solo habría podido certificar que sois responsables.
Brody apoyó las manos en la mesa y bajó la cabeza.
—Esta casa se ha ido a la mierda, y yo con ella.
Me bebí el café, me quemé la lengua y decidí que era el momento de recuperar un mínimo de autoridad, aunque fuera una autoridad descalza, humillada y con sueño.
—A ver, escuchadme bien los dos. Tengo treinta y cuatro años, no quince. Lo que haga con mi cuerpo, con mi tiempo libre y con mi rabo es asunto mío.
—Hasta que tu cuerpo, tu tiempo libre y quien te dé la gana desaparecen en una moto acuática y ponen a prueba nuestra salud coronaria —replicó Brody.
—No desaparecimos. Tuvimos un contratiempo.
—Un contratiempo es que se te acabe el butano.
—No pienso discutir más. Se acabó tu turno de sermón y yo necesito descansar, que a las 19:00 tengo que estar en el bar, así que me voy a la cama antes de cometer un homicidio con bandeja.
—Buena idea —dijo Brody—. Descansa, que igual luego tienes que mirar al vasco a la cara y fingir que no ahogas las tapas en babas.
Vero emitió un chillido de risa.
Le hice una peineta a mi hermano.
—Que os den.
—A ti ya te lo han hecho —se aventuró él.
Agarré el paño de cocina y se lo lancé. Fallé por bastante. Ni eso me salió bien.
Subí al cuarto mascullando, cerré la puerta y me dejé caer sobre el colchón sin quitarme las zapatillas.
La casa quedó amortiguada al otro lado, con sus ruidos de siempre, el murmullo lejano de Vero diciendo algo y la voz grave de Brody respondiendo con esa paciencia de hombre que fingía no estar exactamente igual de jodido que yo.
Cerré los ojos dispuesto a dormirme por pura cabezonería, pero mi cabeza, que siempre había sido muy de tocar los cojones cuando menos falta hacía, decidió traerme a Iker y su última frase entre las olas, antes de que todo se jodiera.
«¿Y si solo quiero quedarme ahí dentro follando contigo?».
Abrí los ojos.
— Acho , tío, no.
Pero sí.
Porque antes ya era complicado sacármelo de la cabeza, con esa forma suya de moverse por el campamento, de reírse poco y de mirarme mientras servía copas.
Ahora tenía recuerdos. Tenía su boca, su sabor, su tacto, sus gemidos.
Y la manera en que después se había vuelto distante, como si lo ocurrido le quemara en las manos y en el alma.
Intenté hacer una lista de razones por las que no quitármelo de encima era una idea pésima.
Se iba en septiembre. Trabajaba para mí.
Era monitor del campamento. Yo ya tenía suficiente caos con el bar, India, Brody, Vero y mi incapacidad nefasta para los negocios con pérdidas.
Pero cada razón venía con una imagen distinta de Iker, y así no había quien fuera racional.
Era como intentar apagar un incendio echándole ron.
Me giré boca arriba y miré el techo.
Esa noche tenía que abrir el Bar Baridad.
Él estaría allí, paseándose por las mesas, moviéndose como si nada, quizá sin mirarme, quizá mirándome peor, o con los ojos puestos en otros hombres. Y yo no tenía ni puñetera idea de cómo hacerlo después de lo que había pasado en aquella cala.
Tendría que haberme dejado rescatar antes. Muchísimo antes de saber cómo sonaba Iker cuando perdía el control.