Capítulo 35 #2
—Estabas muy mono saltando sobre las olas…
—Te odio.
—Ya.
Me atrapó por la cintura y me levantó como si yo pesara lo mismo que una toalla mojada.
—¡Eh!
—¿Qué?
—Que no soy un flotador.
—No, jefe. Ya lo comprobé anoche, aunque te aseguro que tú serías lo primero a lo que echaría mano si fuera a ahogarme.
Me hundió un poco en el agua y yo le salpiqué en la cara. Él respondió con una aguadilla. Yo intenté ahogarlo con mis escasas habilidades físicas. Él me mordió el hombro. Yo le tiré del pelo. Él me agarró por los muslos.
Y entonces, de repente, aquello dejó de ser un juego.
Porque aceptamos pulpo como animal de compañía. A ese tío le salían tentáculos por todas partes. Manos en la espalda, dedos en la cintura, boca en el cuello, barba en la mandíbula. Y uno en concreto ya se había rozado con el mío a lo bestia.
Volvíamos a tenerla dura. Él, yo, ambos.
¿Quién podía juzgarlo con semejante cruce de chistorras?
Me encontré de nuevo apretado contra su cuerpo, con el agua moviéndonos, las piernas enganchadas a sus caderas y la respiración convertida en un «respiro para no morir». Me faltaba el aire y los argumentos, sobre todo los argumentos.
Porque en lo único que pensaba era en besarlo.
Iker me miró con esa sonrisa lenta que anoche me había mandado directo al infierno.
—¿Qué pasa, jefe? ¿Quieres desayunarme?
—Cabrón.
Iba a ceder. Por supuesto que iba a ceder.
Iba a comerle la boca otra vez, a pesar de las rozaduras, de la falta de agua, de la ausencia de condones, del sentido común y de mi promesa absurda de que aquello había sido solo una noche.
Iba a hacerlo porque era débil, porque él estaba caliente contra mí y porque Iker tenía esa forma de mirarme que convertía cualquier decisión sensata en un mueble en kit sin instrucciones.
Pero entonces lo oí. Un rugido lejano.
Me paralicé a un centímetro de sus labios.
Él frunció el ceño.
—¿Por qué paras?
Me dio un lametazo lento, intencionado, justo en la comisura de la boca.
Se me arrugaron los dedos de los pies.
Las manos del vasco ya estaban en mi culo, y yo tenía las piernas formando un nudo marinero alrededor de sus caderas difícil de deshacer sin ayuda profesional.
Otra vez aquel ruido. Más claro. Más cerca.
—¿No lo oyes?
Iker pasó bastante de mi pregunta y siguió torturándome el cuello con la barba.
—¿El qué?
¿Se puede estar cachondo y preocupado a la vez?
Mi ingle dio un tirón en respuesta.
«Confirmamos, pero no juzgamos».
Sus dientes en mi oreja…
—Me pones burrísimo , jefe… ¿Estás seguro de que no quieres repetir?
«No me preguntes eso cuando tengo toda la sangre concentrada en los chocos».
El ruido del motor volvió a sonar, esta vez con una claridad que llamó mi atención. Ya no había duda. Era una lancha y venía a toda hostia.
—Iker…
—Harley… —gruñó, moviéndome apenas contra él.
Casi vi a Dios. Y luego recordé que Dios, si existía, probablemente llevaba horas observando aquello con una libreta de incidencias.
— Acho , acho , acho . ¡Para, joder! ¡Es un motor! ¡Vienen a rescatarnos!
Iker se congeló.
Se separó lo justo para mirarme. Respiraba con fuerza.
Tenía las pupilas dilatadas, la boca entreabierta y una expresión cargada de algo sombrío, algo que no le había visto nunca.
No era deseo. O no solo. Era un gesto oscuro, contenido.
Una especie de protesta muda contra el mundo por atreverse a aparecer justo entonces.
—¿Y si no quiero que me rescaten? —dijo, bajo—. ¿Y si solo quiero quedarme ahí dentro follando contigo?
Se me paró algo en el pecho.
¿Podía ser lo más bonito que alguien me había dicho nunca ?
«Calla, corazón enamoradizo. Los tíos como Iker te plantan la polla en el nido y se largan con los huevos».
¿Por qué pensaba en alegorías de pájaros ahora?
Con el terror que me daban, parecía Vero con las escaleras.
El motor sonaba cada vez más fuerte. Iban a pillarnos como a Adán y Eva en el paraíso, pero sin hoja de parra y con bastantes más evidencias que una manzana mordida.
—Déjate de estupideces y vámonos.
Bajé de su cintura y tiré de él, intentando correr hacia la orilla. Lo cual era complicado, porque las olas no colaboraban y porque mi cuerpo tenía la elasticidad de un señor de ochenta años después de una mudanza.
Miré atrás. Iker seguía clavado en el agua. Desnudo. ¿Cabreado? Precioso.
Maldita fuera mi vida.
—¡Venga, vasco de los cojones, que te los van a ver!
Jamás lo había visto enfadado. No de verdad. Tenía la mandíbula tensa, los hombros duros y los ojos fijos en mí como si el rescate no le pareciera una salvación, sino una interrupción imperdonable.
No llegué ni a la orilla.
Tampoco me dio tiempo a ponerme el bañador.
La lancha apareció rodeando la roca de la cala con el motor rugiendo y el casco golpeando el agua.
Era una semirrígida de la Guardia Civil, de esas que no entran en escena para hacerte sentir tranquilo, sino culpable aunque no hayas hecho nada.
Dos agentes iban a bordo, uno al timón y otro de pie, sujetándose con una mano y alzando un megáfono con la otra.
—¡Permanezcan donde están! —sonó la voz amplificada, rebotando contra la piedra—. ¡Vamos a aproximarnos despacio! ¡Mantengan la calma!
Yo levanté las manos. No sé por qué. Instinto o demasiadas series de narcos.
Como si me hubieran pillado traficando con hachís en vez de desnudo, con un vasco empalmado a dos metros y el decoro haciendo aguas.
—¡Estamos bien! —grité.
El del megáfono bajó el aparato.
—Señor —dijo, con una calma de quien ha visto mucho—, las manos no hacen falta.
—¡Harley!
Esa voz no salió del agente.
Salió de la cubierta .
Giré la cabeza y vi a Brody.
Mi hermano. Con cara de estupor y gesticulando hacia abajo.
El mensaje estaba bastante claro: «Tápate, imbécil».
El universo era un sitio cruel y yo acababa de darme cuenta de que seguía empalmado, con la minga al aire, enseñando las palmas en lugar de cubrirme.
—¡No mires! —le grité.
—¡No estoy mirando! —rugió él.
—¡Me estás señalando la polla!
—¡Porque la tienes fuera!
Me cubrí con brusquedad.
Brody estaba de pie, agarrado a una barra, con la cara desencajada por una mezcla muy concreta de alivio, furia y trauma familiar irreversible. A su lado, Vero tenía la cabeza girada y la mano delante de sus ojos como si perteneciera a un programa de protección de testigos.
El agente del megáfono bajó el aparato. Tenía cara de estar deseando jubilarse.
La que iba al timón murmuró algo a su compañero que no llegué a escuchar del todo, aunque sí capté «todos los fines de semana» y «por eso pedí el traslado».
Vero seguía mirando hacia el horizonte como si de pronto le interesara muchísimo la migración de las aves.
Iker apareció a mi lado con una calma indecente y el agua abriéndose a su paso como si el mar también le debiera algo.
—Voy a vestirme. Deberías hacer lo mismo, jefe.
Recalcó la última palabra con una frialdad que me heló por dentro.
Y yo, con el agua por los tobillos, las rojeces ardiendo, mi hermano traumatizado a veinte metros, una agente de la Guardia Civil intentando no partirse y Vero rezando a todos los santos para que nadie le pidiera desembarcar por una escalerilla, solo podía pensar en una cosa, más allá de cómo ponerme el bañador sin hacerles un saludo al sol.
Que, si aquello había sido solo una noche, el mundo iba a saberme a muy poca cosa a partir de entonces.