Capítulo 35
Mi cuerpo había presentado una queja formal antes incluso de que abriera los ojos.
Un infarto fulminante después de una discusión absurda con un proveedor de pan congelado habría sido más digno.
Un atragantamiento con una aceituna, también.
Incluso una caída tonta en el campamento delante de cuarenta niños que, traumatizados de por vida, recordarían mi cadáver como «el monitor que se mató por no recoger un flotador».
Lo que no habría imaginado jamás era morir deshidratado, con el culo, las rodillas y sitios que no veía sin ayuda de un espejo llenitos de marcas de piedra, la boca hinchada de besar y el cuerpo entero pidiendo una compensación por culpa de un vasco llamado Iker.
Pero ahí estaba yo.
Tumbado en una cueva, desnudo, usando como almohada un chaleco salvavidas y una camiseta húmeda que olía a sal, a sudor y a decisiones que, en algún momento, dejaron de ser sensatas y empezaron a pedir abogado, con la espalda pegada a una roca que se me había clavado en sitios donde una roca no debería tener licencia para tatuarse.
El sol ya había despuntado hacía rato. No lo veía del todo desde dentro, pero la luz se colaba por la boca de la cueva con esa mala leche de los días preciosos en los que tú estás hecho polvo.
Y yo estaba hecho mistos. M-i-s-t-o-s.
¡Jesús con el vasco!
No me extrañaba que en el norte levantaran piedras con el cuerpo.
No era tradición, era entrenamiento para sobrevivir a tíos como Iker Etxeberria desnudos, mojados y con ganas de guerra.
Ese hombre no follaba, declaraba estados de emergencia con la polla.
Te cogía, te desmontaba, te volvía a montar con piezas sobrantes y encima tenía la poca vergüenza de sonreír después como si lo hubieses estado deseando.
Bueno, puede que un poco sí lo deseara y un mucho también.
La cena de anoche me había sabido a gloria. Sándwiches medio aplastados, Solán de Cabras caliente, fruta cortada a mordiscos y chocolate derretido en los dedos porque la vida, por una vez, decidió ser bastante más obscena que Pinterest.
Comimos como dos náufragos.
Luego nos comimos el rabo como dos gilipollas.
El primer asalto fue culpa suya. Esto lo digo con toda la objetividad que puede tener un hombre que aún notaba su barba en zonas muy concretas de su anatomía.
Yo estaba enfadado, preocupado, mojado, con frío y con esa tensión acumulada de semanas mirándole las manos como quien mira una estantería que no puede permitirse comprar.
No se estrelló la moto, nos estrellamos nosotros en la misma estupidez.
El segundo asalto fue culpa mía. Vale. Lo admito. Después del primero, debería haberme apartado con saber estar, haber puesto límites, haber dicho algo del estilo: «Uno y no más, santo Tomás».
Estaba clarinete que repetir con Iker era un error, uno húmedo, musculado y con una capacidad pulmonar preocupante para besar, pero un error.
En cambio, lo vi abrir el precinto de la botella de agua con los dientes, porque por lo visto también necesitaba humillar a los mortales en tareas básicas, y mi cerebro se desconectó del todo.
El tercero ya no fue culpa de nadie.
Fue culpa de la luna, de la cueva, del sexo atrasado, del roce de su piel, de que todavía quedaran un par de gomas en la ristra y de que Iker me mirara como si yo fuera una mala idea que pensaba repetir aunque le costara la vida.
No hubo un cuarto porque nos quedamos sin condones y sin agua.
Menos mal.
Porque, con la racha que llevábamos, yo habría terminado escribiendo mi testamento con un palo en la arena y legándole el campamento a India junto con una nota: «Tu hermano murió como vivió, tomando malas decisiones y quejándose de la logística» .
Tragué saliva.
Me escocían los labios y lo que no eran los labios.
No voy a entrar en detalles porque todavía me quedaba un mínimo de honradez, aunque anoche la hubiese perdido a mordiscos contra una pared de roca.
Tenía tatuajes nuevos en forma de marcas de dedos donde no sabía si echarme crema o hacerme un álbum conmemorativo, y una rozadura en el culo que me hacía replantearme seriamente el romanticismo de follar como en el Paleolítico.
Las novelas mentían. La piedra no era sexy . La piedra era una hija de puta.
Iker no estaba dentro. Había salido hacía un rato a vaciar la vejiga, según sus propias palabras, porque hasta los hombres tallados por los dioses de la montaña tenían vejiga.
Por ahora nadie había venido a rescatarnos, y eso que el sol ya debía de llevar un buen rato dándole los buenos días al mundo.
Me incorporé con un quejido muy poco varonil.
Conociendo a mis hermanos, India ya habría dado la voz de alarma. Brody también.
Mi hermano era muchas cosas: insoportable, mandón, con la sensibilidad de una puerta blindada y capaz de mirarme con la mandíbula apretada cuando yo necesitaba exactamente lo contrario.
Pero, si yo no aparecía, no iba a quedarse sentado esperando a que la vida le explicara qué había hecho con mi body .
Movería medio pueblo, al campamento entero, a la Guardia Civil, a Salvamento Marítimo y, si hacía falta, a una médium con buena reputación.
Nos encontrarían, eso estaba cantado. No podía ser tan difícil.
Estábamos en una cala a doce kilómetros, no en el Triángulo de las Bermudas.
—Harley.
Levanté la cabeza.
La voz de Iker llegó desde fuera, ronca, tranquila, como si no acabara de hacer que me replanteara toda mi existencia y varias de mis posturas morales.
—Harley —repitió, impaciente.
Tragué con fuerza. Los labios me tiraron un poco y me escocieron. Maravilloso. La boca de payaso triste después de haber sido devorado por una estrella de surf. Muy digno todo.
—Voy —respondí, aunque la voz me salió como si me hubiera pasado la noche gritando en un concierto.
Técnicamente, tampoco estaba tan lejos de la verdad, porque gritar había gritado y a lo bestia .
Busqué el bañador entre la ropa tirada y me lo puse con cuidado.
Primero, porque, de repente, me había entrado un pudor absurdo.
Segundo, porque no sabía si por allí podía pasar una lancha recreativa, un pescador jubilado, un dron turístico o una excursión de jubiladas alemanas con prismáticos.
Y, tercero, porque salir con la chorra al aire después de la noche que habíamos tenido me parecía tentar a la mala suerte.
Seguro que pasaba una gaviota y confundía mi morcón con un salmonete a la deriva.
Me até el cordón como pude y salí.
Error. Gran error.
Iker estaba en el agua, sumergido hasta las rodillas, de espaldas a mí, con el mar golpeándole las espinillas y regalándome un primer plano de ese culo que anoche me había comido con una falta de educación alarmante.
Y, claro, mi cerebro hizo lo único que sabía hacer últimamente: traicionarme.
«Le dijiste que solo ayer. No va a haber más sexo. No lo mires así».
Lo miré más, porque soy idiota.
Iker se giró y allí estaba, en toda su sierra de Aizkorri.
Menudo macizo. Lleno de músculos, venas, sombras, resaltos y esa tranquilidad ofensiva de quien sabe el efecto que provoca.
El agua le resbalaba por el pecho, por el abdomen, por la línea indecente de la cadera, y marcaba esa uve indómita.
Yo intenté no mirar más abajo porque había límites.
No muchos, pero alguno me quedaba, y acababa de traspasarlo cuando mis pupilas cayeron en picado, atraídas por aquel pico insolente que se alzaba invitante y que, desde luego, no parecía sentir las aguas frescas de Cádiz.
Iker alzó una ceja y sonrió.
—Ven aquí y date un baño conmigo, jefe.
«Jefe. ¡Mierda!».
Ya había vuelto a ser el puto jefe.
«¿No era eso lo que querías? Pues ahora vas y te jodes o, mejor, no jodes más».
—¿Qué pasa? —preguntó al ver mi incapacidad para caminar.
—Nada.
—Me miras como Aratz.
Entrecerré los ojos, porque el nombre sonaba a deidad.
—¿Alguna criatura del folclore vasco ?
—El perro de mi padre. Cuando lo castramos, mi aita lo llamaba para comer y lo miraba igual. Con hambre, pero con desconfianza.
¡Qué hijo de pelotari!
Cómo sabía dar donde más dolía.
—Eres un poeta —murmuré—. Bécquer, a tu lado, era un amateur .
—Y tú, un cobarde. ¿Qué haces en bañador? Me sé de memoria hasta dónde me calzas en la garganta. No me seas gilipollas y quítatelo, que después de lo de anoche toca darse un agua, aunque sea salada.
Él ni siquiera esperó respuesta. Arrancó a correr hacia dentro, levantando agua como un animal, y se zambulló con una facilidad insultante.
Yo me planté en la orilla, con los pies hundidos en la arena húmeda y el bañador pegado al cuerpo.
Pensé si meterme o no.
También pensé en lo que había dicho sobre que era idiota por cubrirme. En parte no le faltaba razón. Al fin y al cabo, no se oían lanchas, ni patrullas de rescate, ni niños gritando mi nombre, ni Brody amenazando a las autoridades competentes. Nada.
Solo el mar, la cueva y el vasco emergiendo a unos metros como un tritón con exceso de bíceps.
Iker se sacudió el pelo hacia atrás y me salpicó incluso desde lejos.
—Anda, ven. Antes de que tu amiga Gavi decida volver con sus colegas para desayunarte mejor —profirió, señalando al cielo.
Lo señalé con un dedo.
—¡Serás cabrón! —lo insulté, y me bajé el bañador con la vista puesta en las nubes.
Sí. Lo hice. En la puta cala que no era nudista. Como un degenerado. Como un hombre que había perdido el juicio, el agua potable y la capacidad de decirle que no a Iker Etxeberria.
Lo dejé sobre la arena y arranqué a correr en bolas directo al agua, bajo su atenta mirada.
Una mirada bastante complacida, por cierto.
No es que yo tuviera el aspecto de ese tío del anuncio de colonia que volvió loca a media España.
Seguramente era más de Puleva, con tanto tolón, tolón, pero Iker parecía más de leche que de aftershave .
Cuando conseguí apartar mis inseguridades y lanzarme de cabeza al agua con un estilo bastante perfeccionable, emergí resoplando y tieso.
—¡Joder! ¡Qué fría!
Iker se acercó a mí riéndose.
—Se nota que no eres un chicarrón del norte. Para mí está estupenda.
—¡Cállate!