Nunca serás mi romcom Capítulo 34
51%

Capítulo 34

Una semana antes, si alguien me hubiera dicho que iba a acabar un lunes por la mañana subida a una camioneta espolvoreada de serrín, en camisón y junto a un tío que me quitaba el aire, le habría recomendado cambiar de camello.

Pero ahí estaba yo: en chanclas, con el pelo hecho un cuadro, la hermana pequeña de Brody a punto de echarse a llorar y una sensación en el estómago que no tenía nada que ver con el hambre.

Brody no hablaba, y eso ya era mala señal.

No es que fuera un tipo especialmente charlatán, tampoco nos íbamos a engañar, pero siempre tenía algo que soltar: una pulla, una queja, un comentario con mala leche, una frase seca capaz de dejarte la autoestima tiritando —para bien— y las bragas en proceso de baja voluntaria. Algo. Lo que fuera. Ahora no.

Iba unos pasos por delante, después de aparcar frente al campamento, con la mandíbula apretada y el cuerpo en tensión. Daba la impresión de estar conteniéndose para no salir corriendo más rápido de lo que ya iba.

Casi me doy de bruces por culpa de una de las chanclas, que se me hundió en la arena tratando de seguir su ritmo.

Menos mal que India me sujetó, o habría estado comiendo arena hasta fin de siglo.

—Gracias —resoplé, agarrándome a ella y maldiciendo por dentro al inventor del calzado con una tira entre los dedos.

¡Qué dolor!

—¿Y si les ha pasado algo? —su voz ya temblaba—. ¿Y si han tenido un accidente?

Ahí estaba. El pensamiento de mierda que nadie quería verbalizar.

Se me encogió algo por dentro al verla así, porque una cosa era India Pache en modo cotilleo profesional, con sus teorías de First Dates y su capacidad para detectar tensión sexual a tres manzanas de distancia, y otra muy distinta verla con los ojos brillantes, la respiración acelerada y ese miedo que no nace de imaginar una desgracia, sino de haber sobrevivido ya a una.

—Eh. —Le pasé una mano por el brazo, frenándola un poco—. No les ha pasado nada.

—¿Cómo que no? No han vuelto y no responden.

—Que no —repetí, más firme, aunque por dentro mi sistema nervioso estuviera en plan luces de emergencia y sirenas—. Es imposible.

Me miró como si acabara de decir la mayor estupidez desde que alguien decidió vender tangas como prenda interior cómoda. Ya te digo yo que no lo era, y mucho menos para alguien con mis curvas.

—¿Imposible por qué?

—Porque Iker es prácticamente un puto pez. Vive en el agua, ha crecido ahí y sabe lo que hace. Se rumorea que tiene agallas y que Tritón lo quiso adoptar.

No logré que sonriera ni un ápice.

—Ya, pero Harley… —Tragó saliva con esfuerzo, y esa pausa me dolió más de lo que habría querido—. Mi hermano es nefasto con el deporte. En las carreras de sacos con los niños, si llega a meta, lo hace tarde, sudando y culpando al saco de alta traición.

—Porque se deja.

—Ya te digo yo que no.

—Esos sacos son unos traidores, no es lo mismo tener tamaño Minion que medir metro setenta y cinco.

Además, una cosa es eso y otra muy distinta caerse al mar y ahogarse.

Tiene unos brazos que ya los quisiera yo para abrir un bote de garbanzos sin ayuda.

¿Tú has visto cómo cocina y vuelca esas perolas gigantes sin que caiga nada al suelo? Eso no lo hace alguien sin fuerza.

—Vero…

—Además, está con Iker —insistí, apretándole el brazo—. Confía. Él no dejaría que se ahogara.

No sé si lo hacía por ella o por mí.

Probablemente por las dos.

India asintió, pero no parecía convencida ni de lejos. Y la verdad era que yo tampoco lo estaba del todo, porque, si todo fuera bien, Harley habría aparecido en casa, en el campamento o en cualquier parte, soltando improperios con cara de haber dormido mal.

Pero no.

Seguíamos corriendo.

Y Brody seguía sin hablar.

Llegamos a la caseta principal, donde se suponía que Harley hacía las gestiones.

Crucé los dedos para encontrarlos despanzurrados y borrachos.

Brody palpó el marco de la puerta y sacó una llave oculta en la tapeta.

Contuve el aliento cuando abrió.

Entró el primero, sin frenar, y nosotras lo seguimos con esa clase de silencio que solo aparece cuando todos piensan lo mismo y nadie tiene ovarios de decirlo.

La oficina estaba vacía.

Y no vacía de «han salido un momento».

Vacía de las que te bajan el estómago a los pies.

Ni rastro de ellos, salvo por los móviles sobre la mesa: el de Harley sin batería y el de Iker cargado de llamadas perdidas.

La ropa de ambos estaba en una de las taquillas abiertas. Seca, doblada sin mucho cuidado, tal y como la habrían dejado antes de cambiarse y evaporarse.

—Joder… —se me escapó en un hilo de voz.

Brody no dijo nada. Se detuvo en mitad de la habitación, mirándolo todo como si estuviera haciendo un puzle a toda velocidad: los móviles, la ropa, la puerta, el reloj, la ausencia. Todo.

Y entonces lo vi.

Ese instante en el que algo encajó dentro de su cabeza.

No era bueno.

Después regresó al exterior y se alejó por la arena siguiendo unas marcas.

Su hermana y yo lo perseguimos.

Se puso de cuclillas y tocó la zona en la que la marca desaparecía al internarse en el agua.

—Salieron en la moto y no volvieron…

No fue una pregunta. Fue una conclusión, con los ojos puestos en el horizonte.

India dio un paso atrás.

—¿Y si…?

—No —la cortó él, seco.

Ahí volvió a ser Brody. El que mandaba. El que no dejaba que la cosa se descontrolara, aunque por dentro probablemente estuviera tan aterrado como nosotras.

—No vamos a empezar con los «y si» —añadió, girándose por fin—. Pensamos, actuamos y nos movemos.

India se abrazó a sí misma, intentando contenerse. Yo la tomé por los hombros y la apreté hacia mí. Estaba temblando.

—Pero…

—India. —La miró fijo, con esa autoridad de hermano mayor que había aprendido a base de golpes y años de hacer de adulto antes de tiempo—. Respira. Lo peor que puedes hacer cuando estás así es adelantarte a algo que ni siquiera sabemos si ha pasado.

Y ella respiró, porque, aunque no quisiera, lo creía.

Yo también, para mi desgracia hormonal y emocional, porque Brody podía estar igual de jodido que nosotras, pero por fuera funcionaba. Y ahora mismo eso era lo único que teníamos.

—¿Qué… qué hacemos ahora? ¿Llamamos a la policía? ¿A los guardacostas? ¿A los vigilantes de la playa? —pregunté, atropellada.

—Vale —continuó él, ya en modo práctico, mientras se ponía en pie—. Escuchad. Seguro que se han quedado tirados en alguna cala; puede que no calcularan bien la gasolina o que sufrieran alguna avería inesperada. La moto no es del campamento, así que, si hubieran regresado, estaría aquí.

Asentí. Tenía sentido.

O necesitaba que lo tuviera.

—¿Y entonces? —insistí.

—Toca mover el culo y organizarse —respondió, sin adornarlo ni un poquito—. India, tú te quedas aquí y llamas a tus amigas, que te echen un cable.

—¿Qué? ¡No!

—Sí. Los padres están a punto de llegar; también los otros monitores. Alguien tiene que recibir a los niños y ganar tiempo. Tú sabes hacerlo, llevas desde pequeña en este campamento, y, si alguien puede tomarle el relevo a Harley, eres tú. Lo has visto hacer cientos de veces.

—Ya, pero yo quiero ir con vosotros.

—Lo sé. —Le acarició la cara con paciencia—. Lo que ocurre es que Harley te necesita aquí más que nunca. Tú eres su mano derecha, y los dos sabemos que puedes lidiar con esto hasta que dé con él —replicó, más bajo, pero con una firmeza que no admitía discusión—. Hazme caso.

India dudó.

Muchísimo.

Le tembló la barbilla, lo justo para que yo quisiera abrazarla y meterla en una burbuja, pero al final dio su brazo a torcer.

—Vale…

—Eso es. Ve a la oficina y llama a las chicas. Corre.

Lo hizo. La arena salió disparada por todas partes bajo su carrera.

Me giré hacia Brody.

—Yo voy contigo.

Me miró de arriba abajo: camisón, chanclas imposibles, pelo de señora que ha peleado con una almohada y ha perdido por KO…

—Sigues en camisón.

—Y tú sigues perdiendo el tiempo si piensas que eso me va a detener. Es un pueblo fundado por hippies, dudo mucho que les importe mi aspecto frente a una desaparición.

Una esquina de su boca se movió. Casi una sonrisa. Apenas. Pero no había espacio para eso.

—Muy bien, vamos.

—¿Dejamos sola a India?

—No corre peligro, fíjate. —Apuntó con el dedo a un coche que llegaba—. Son monitores del campamento.

—Pues entonces no perdamos el tiempo…

Emprendimos el camino de regreso a la camioneta. Él delante, yo detrás, con las chanclas hundiéndose en la arena a cada paso.

Brody no iba a decir que estaba asustado.

Yo tampoco.

Hay cosas que, si las verbalizas, se vuelven reales.

Y yo no estaba lista para darle al miedo ese tipo de poder.