Nunca serás mi romcom Capítulo 33
49%

Capítulo 33

El huevo llevaba tres minutos en la sartén y Harley todavía no había aparecido.

Después de toda una vida bajo el mismo techo, sabía que mi hermano era, sin excepción, el primero en bajar en cuanto olía a comida y café recién hecho.

India era otro cantar; ella seguía siendo incapaz de levantarse sin un protocolo de negociación de rehenes que incluía un ritual mínimo de veinte minutos en el baño extra para arreglarse.

Harley se dejaba caer en la silla con el pelo revuelto y esa cara de ultratumba que tenía hasta las once, agarraba el café como si fuera lo único que lo mantenía anclado al plano terrenal y refunfuñaba algo incomprensible que los dos habíamos aprendido a interpretar como los buenos días.

Esta mañana, nada.

Apagué el fuego. Mi mano en el mango de la sartén, mirando los huevos a medio hacer, y luego alcé la voz.

—¡Harley! ¡Si te has quedado dormido, te juro que te tiro el desayuno por la ventana!

Con treinta y cuatro años no merecía un despertar más dulce que ese.

Silencio.

Ni un gruñido. Ni un «vete a la mierda». Ni una amenaza.

—¡India! ¡Despierta a tu hermano, que se le han pegado las sábanas y se le han taponado los oídos!

Es lo que tenía la contaminación acústica: demasiadas horas rodeado de música alta y de gente cuya única aportación eran comentarios estúpidos que se te metían en la cabeza como mosquitos .

Un quejido desde arriba. Pasos arrastrados. Luego más rápidos. Luego silencio, más largo del que necesitaría para asomarse a una habitación y sacudir a alguien.

Lo siguiente que escuché no me lo esperaba: India cantando esa cancioncilla de Aitana que no dejaba de canturrear cuando algo olía a shippeo , como ella decía.

«…Y es que me encantas tanto. Si me miras mientras canto, se me pone cara tonta. Niña, tú me tienes loco. Y es que me gustas no sé cuánto. Gogoko zaitut , como dirían los vascos…».

La canturreaba con la energía de alguien que acaba de recibir la mejor noticia del año y no tiene ningún reparo en compartirla con el vecindario entero.

—¡Te he dicho que lo despiertes, no que le cantes una nana!

—¡La cama está hecha y él no está! Mon amour, je t’aime . Parece un cliché, pero no lo es. Contigo aprendí lo que es vivir. Pero ya lo ves, somos increíbles.

Se oyeron dos voces femeninas en el pasillo de arriba. Una era, lógicamente, la de mi hermana, y la otra tenía acento canario.

Vero también estaba despierta.

«¡Mierda, los putos huevos!».

Proferí unos cuantos improperios y me centré en que no se me rompieran. No me di la vuelta hasta que bajaron.

India primero, con esa capacidad suya de pasar del coma al modo presentadora de teletienda en décimas de segundo.

Vero detrás, con el pelo revuelto, los ojos a medio abrir y un camisón largo, verde oscuro, con una inscripción en letras doradas que tardé tres segundos en leer porque me entretuvo la forma en que le caía sobre el hombro izquierdo, con clara amenaza de que se le saliera un pezón.

«El Portador del Anillo no debe saber el camino».

Ese puto aire de «no lo intenta, pero le sale».

Me mordí la cara interior de la mejilla. Porque juro por lo más sagrado que me sabía el camino de memoria.

No dije nada. Porque soy un hombre que sabe controlarse, aunque juro que me dieron ganas de alargar las manos y entonar eso de: «Mi tesoro…» o, en este caso… «Mis tesoros…».

¡Joder, joder y joder!

En cuanto pude apartar la mirada, ya tenía a mi hermana haciendo interferencias.

—¡Que por fin! —anunció India, apoyándose en la encimera con una sonrisa de trescientos vatios—.

La cama: impecable. Ropa tirante. Ni una arruga.

La primera vez en su vida que la hace así, lo cual, sumado a que no vino a cenar y salió en moto acuática con Iker al atardecer, solo puede significar una cosa.

—O que no durmió en ella porque igual se emborrachó y perdió el conocimiento en alguna cuesta —dije.

—O que durmió en otro sitio.

Pausa dramática, que no era necesaria, pero que India ejecutó igualmente.

—Con Iker…

Entonces llegó el gritito y varias palmas de efusividad.

Yo fruncí el ceño y Vero dio la vuelta a la isla para alcanzar la cafetera, no sin antes servirse un vaso de agua y apoyarse en el fregadero, mientras mis ojos le daban la bienvenida a su crujiente silueta.

Escuchaba a India con ese gesto suyo de estar atenta y se le escapó una sonrisa cómplice, mientras mis babas ya estaban pidiendo fregona.

—Tampoco sería tan raro —murmuró.

—¡¿Ves?! —Mi hermana dio una palmada—. ¡Lo sabía desde el primer día que los vi en el campamento! ¿A que sí, Vero? Vero, cuéntale la teoría de los cuerpos en tensión que me explicaste antes…

—No existe ninguna teoría —dijo Vero, sin inmutarse.

—Sí que existe, me la acabas de explicar en el pasillo.

—Únicamente dije que era evidente que en el bar hay química y tensión entre ellos.

—Eso es una teoría.

—Eso es tener un par de ojos y verlos.

Necesité dos o tres respiraciones profundas para dejar de desayunarme a Vero con la mirada y poder centrarme en la conversación sin empotrarla contra la nevera y provocarle a mi hermana un trauma de por vida.

—India —interrumpí, con la voz de cuando ya no queda margen—. Llámalo a ver dónde demonios está.

—Eso es una tontería, porque estará en el piso de Iker. Los dos tienen que ir al campamento, seguro que van directos.

—India… —murmuré, impaciente.

—¿Qué?

—¿Puedes hacer lo que se te dice por una vez? Llámalo.

Me miró. Valoró si vacilarme o no. Concluyó que no. Rodó los ojos, sacó el móvil y marcó.

Esperamos.

—Apagado o fuera de Extremadura —comunicó, quedándose tan ancha.

Esa frase era de Harley. Clavada. Harley se la había cogido a nuestra madre, que la usaba con una frecuencia que habría merecido registro como refrán popular.

—Fijo que se quedaron sin batería de tanto…

Vero entró en mute al ver mi cara.

—…de tanto ir sin el cargador. Ya sabes, no hay enchufes cuando vas en moto de agua.

Y el imaginarlos sobre la moto al atardecer no me gustó nada.

—¿Tienes el móvil de Iker? —le pregunté a Vero.

Se tensó apenas. Lo suficiente para soltar la siguiente frase con cierto retintín.

—Yo no. Pero seguro que lo tiene tu amiga Analí.

Había algo en su forma de pronunciar el nombre de la mejor amiga de mi hermana que destilaba veneno. Suave, sí. Pero veneno.

—Analí no es mi amiga.

—No —intervino India, con la misma naturalidad con que comentaría el tiempo—. Solo quería ser su novia, aunque nunca lo logró.

La apunté con la espátula como si fuera un arma blanca. No se la tiré. Pero las ganas estaban.

—Si abres la boca para decir estupideces, voy a llenártela de acelgas en conserva.

—¡Puaj!

—Desayunad —ordené, y salí al patio con el móvil porque algo dentro de mí me decía que no me estaba preocupando de más.

Analí cogió al segundo tono.

—¡Hola, Brody!

—¿Sabes dónde vive Iker? ¿Tienes su número?

Una pausa. La de alguien que calibra si la pregunta tiene segundas.

—¿Ni buenos días ni nada?

—Analí, es importante.

—En el edificio Palomar, igual que yo. ¿Lo recuerdas? Su piso es el tercero B y el mío…

—Ahora mismo eso no importa… Necesito que me hagas un favor, me pases su número o llames a su puerta. ¿Puedes?

—¿Ha pasado algo?

—No lo sé todavía. No doy con Harley y ayer salieron juntos. Tú no habrás visto a mi hermano, ¿verdad?

—No, pero, si está con Iker…

—Pues ahí está la cosa, que no sé si lo está.

—Vale, te paso su teléfono y, si necesitas que vaya a aporrearle la puerta, me avisas, que solo tengo que subir una planta.

—Gracias, te digo lo que sea.

Colgué y marqué. Tono. Tono. Tono. Nadie.

«¡Mierda!».

Mi pulso comenzó a acelerarse. Igual me estaba preocupando sin motivo, pero…

Volví a llamar a Analí para que tratara de dar con él.

Con el móvil en la mano, espié a Garfio, que estaba montando mi bota porque no le había lanzado otra cosa. Ni siquiera estaba de humor como para interrumpirlo.

El campamento abría en cuarenta minutos. Harley no había dejado de ir un solo día porque, si no, la jornada empezaba torcida para muchos padres y a él eso lo sacaba de quicio. Por mucho que le apretara el ciruelo, habría vuelto. Para recoger a India. Para estar ahí pasando lista a los niños.

A no ser que no pudiera volver.

No quise terminar ese pensamiento. Lo guardé donde se guardan las cosas que todavía no quieres confirmar y volví a marcar.

Nada.

Entonces sonó el móvil: Analí.

—He llamado y no contestaba. Le he pedido la llave a la señora Carmela alegando que era una emergencia.

Se me tensó la espalda.

—¿Y?

—No han dormido aquí. La cama está intacta.

El porche se quedó en silencio.

Colgué, aparté a Garfio con cuidado, ganándome una protesta. Entré, agobiado por la situación. India y Vero me miraban desde la cocina.

Ya no había sonrisas. Ni palmadas. Ni teorías del amor.

Solo las dos en silencio, esperando que alguien dijera en voz alta lo que ya estaban viendo en mi cara.

Me puse lívido. Lo supe por el frío que me subió por dentro, aunque la mañana fuera caliente.

—¿Qué pasa? —preguntó India, más bajito.

—Que esto no me gusta. Tampoco están en el apartamento de Iker y, si salieron al atardecer…

No acabé.

No hubo comentarios graciosos ni réplicas. Nada .

—¿Sabes desde dónde iban a salir con la moto? —le pregunté, tratando de mantener la calma.

—Creo que… desde el campamento.

—Voy a ir hacia allí, no hay tiempo que perder.

Me di la vuelta para coger las llaves.

—Yo también voy.

Vero. Firme. Sin tono de pregunta.

La miré. Camisón. Descalza. Cara de susto real, del que no se actúa.

—Vas en camisón.

—Voy en lo que me dé la gana. Es Harley y esto puede pasar por vestido veraniego.

Terminé por asentir.

India me miró.

—Estarán bien —murmuró, pero ya sin la música de antes.

Yo le pasé la mano por las trenzas.

—Sí. Seguro que se quedaron sin gasolina… o se quedaron fritos en el campamento. Ya veremos.

Besé su coronilla. Y salí con las llaves tintineando en la mano y el corazón subido a la garganta.