Nunca serás mi romcom Capítulo 32
48%

Capítulo 32

No fue el beso, ni su puto sabor, ni el modo en que jadeó en el interior de mi boca mientras mi lengua se enredaba en la suya y sus dedos se aferraban a mi pelo, ofreciéndome leves tirones de puro arrebato.

Tampoco fue lo fogoso que estaba resultando bajo aquella apariencia de tío helado lo que más me sorprendió, sino que no me calzara una hostia para la que llevaba días preparándome.

Un surfista sabe cuándo la ola va a ser limpia y larga o va a ser corta y traicionera… y Harley era de las que te levantan sin avisar y te dejan sin respiración antes de que te dé tiempo a pensar si deberías haberte metido en el agua o en su boca.

Me gustó que no me apartara, que no dudara ante mi asedio y que, en lugar de golpearme, me elevara, atrayéndome hacia él.

Porque cuando alguien no está convencido, se nota. Se le va el cuerpo medio paso atrás, se le tensan los labios, aparece ese segundo de «espera». Harley no hizo nada de eso.

Respiró con fuerza ante la sorpresa inicial y después se aferró, como si el mundo acabara de inclinarse un poco y él estuviera en un avión a punto de saltar en paracaídas.

A mí me dio exactamente igual que nunca hubiera saltado a lo bruto con nadie, porque lo único que deseaba era que lo hiciera conmigo.

Llevaba toda la semana midiendo, probando, acercándome lo justo, tirando de la cuerda para ver hasta dónde aguantaba. Intentando distinguir si había tensión real o me la estaba imaginando.

Ahora sabía que me tenía tantas ganas como yo a él. Que la erección que sentí en la moto no fue un acto involuntario por roce.

Y que me importaba entre una mierda y un cojón el estado de la puta moto si el accidente iba a darnos la oportunidad que llevaba días anhelando.

Puede que Harley no encajara en el molde de lo que me solía gustar y, quizá, por eso precisamente me fascinaba tanto.

Demasiado borde. Demasiado a la defensiva.

Demasiado de gruñir antes que hablar y, sin embargo, ahí estaba.

Con la boca entreabierta, el pecho subiendo y bajando más rápido de lo que le gustaría admitir, y esa mirada incendiaria que, en otra ocasión, no sabría si quería echarme de la cueva o empotrarme contra la pared.

Me daba a mí que estaba a punto de averiguarlo por las malas. O por las buenas, según se mirase.

Me aparté lo justo para sacarme la camiseta por la cabeza. Lo desafié a que hiciera lo mismo.

Sonreí al ver que se enredaba un poco en la prenda mojada y, aun así, lograba hacer a un lado la barrera.

—No soy un tío de gimnasio… —confesó al ver que ponía la vista en él.

Parecía un poco avergonzado de su físico y eso me hacía gracia, porque yo solo podía imaginar lo fáciles que serían ciertas posturas que ya me estaba imaginando con alguien como él.

—No lo había notado —murmuré, tirando de su nuca para morderle el labio y después bajar a lamerle un pezón.

Lo llevé a mi boca y lo succioné con gula. Quería probarlo, tantearlo, entender qué lo ponía cachondo y multiplicarlo por diez o por cien.

Cuando encontré el nivel exacto de succión, las yemas de sus dedos presionaron mi cuero cabelludo y jadeó entrecortado.

Sonreí contra su piel y recorrí la distancia hasta el otro punto exacto a base de besos y mordiscos. Cuando llegué, le ofrecí el mismo tratamiento.

—Joder… —farfulló.

—¿Te gusta? —pregunté, ofreciendo otra pasada de lengua.

Sabía que sí; solo quería escuchárselo decir.

—¿Tú qué crees?

Eso me hizo volver a su boca para besarlo sin aviso.

Metiéndome en él. Más lengua. Y esas ganas que ya no había forma de frenar, mientras mis manos tiraban de él para tenerlo tumbado y amasarle el culo a voluntad. Encajaba perfecto en mis manos .

«¡Hostia puta!».

Que nuestras erecciones no pararan de frotarse hambrientas me hablaba de un festín sin precedentes.

Colé las manos por dentro de la goma. Y adoré el tacto aterciopelado en mis palmas.

Harley respondía, dejaba de aguantar y empezaba a entrar en un torbellino de pura necesidad animal tan bestia como el mío.

Sentía los labios magullados. Cada uno de nuestros besos era de los que te agarran por dentro y te obligan a seguir.

Me gustó un montón lo bien que congeniábamos.

«¡Joder!».

Le pasé la mano por la mandíbula. El vello trató de rascarme un poco, provocando un escalofrío inmediato.

Noté su piel todavía fría por el agua y el calor subiendo por debajo, y cambié las tornas girando sobre nuestro eje para quedar encima, apresándolo, dejando que sus piernas rodearan mis caderas y nuestras pollas ardieran bajo el material sintético de los bañadores.

La piedra estaba helada a su espalda. Se tensó en cuanto su cuerpo chocó contra ella… En lugar de apartarse, se pegó por completo y se frotó en busca de mi calor.

Ahí sonreí.

Porque eso ya no era duda: era intención.

Deslicé la boca por su labio inferior, mordiéndolo lo justo para que reaccionara, y, cuando se le escapó el aire contra el mío, bajé un poco, rozándole la comisura, el borde de la mandíbula… despacio, sin prisa, degustándolo. Tenía todo el tiempo del mundo.

No lo tenía, pero quería que lo pareciera.

—Iker… —se le escapó mi nombre, bajo, ronco, cuando inicié el descenso hasta su ombligo.

Lo observé sin separarme del todo, dándole un pequeño bocado de tanteo justo encima del cordón, donde había piel al descubierto.

—¿Sigues pensando que esto es una idea de mierda? —quise saber.

—Lo es —afirmó sin moverse, sin apartarme.

—Ya.

—Pero es mierda de la buena.

Lo había dicho al estilo Harley, con esa mezcla rara entre cabreo y necesidad que me puso sin que pudiera remediarlo.

Le pasé la lengua por el mismo punto donde acababa de morderlo. Lento esta vez, notando cómo se le erizaba la piel, cómo el cuerpo reaccionaba antes que la cabeza. Cada vez que lo probaba un poco, me gustaba más. Así de simple .

Llevaba días intentando entender qué era y había llegado a la conclusión de que simplemente era él.

Me gustaba. Mojado. Caliente. Empalmado. Con la respiración descompasada y los ojos oscurecidos.

Apoyé la barbilla sobre su erección, sin dejar de tocarlo, solo para mirarlo bien.

—Llevo toda la semana dándole vueltas —admití en voz baja—. Pensando que se me pasarían las ganas de follarte, pero ha pasado lo contrario y no puedo ni quiero aguantar.

Lanzó un bufido que no sonó a burla.

—Pues ya ves.

—¿Te pasa? —quise saber.

—¿Tú crees que hay algún puto ser al que no le pongas cachondo? Solo tienes que ver cómo se ha puesto el bar desde que estás.

—Me dan igual los demás, a quien quiero poner cerdo es a ti.

Él contuvo la respiración cuando tracé la largura todavía enfundada con la lengua.

—Dilo, jefe. Di las ganas que tienes de hundir tu polla en mi boca.

—Eres la hostia de romántico.

Me picó. Podía ver en su mirada que le excitaba que fuera directo; aun así, entré.

—Te sorprendería mi vena romántica.

—¿Y por qué no la he visto?

—Porque la tengo cruzándome el rabo. Si quieres, bajas ahí y la descubres.

Eso lo hizo reír. Y joder… no recordaba haberlo oído reír así antes.

El contraste del frescor de la superficie y el calor que desprendía su cuerpo contra el mío era la puta hostia. Se movió, ajustándose sin pensar cuando empecé a darle atenciones con la boca, todavía con la barrera textil, y ese gesto… ese pequeño movimiento inconsciente… me terminó de joder.

Porque no era solo deseo.

Era comodidad dentro del caos.

—Eres un puto problema… —murmuró, buscando mi pelo con los dedos.

Sonreí contra su polla.

—Eso dicen mi aita y los patrocinadores, aunque tú tampoco te quedas corto…

—Prométeme que solo va a ser esta vez y ya está.

Soltó, buscando la reacción en mis ojos. La petición me pilló fuera de juego. Apreté la mandíbula, porque no debería haberme dolido y, aun así, dolió.

No es que me molestara que quisiera establecer reglas. Siempre solía ser yo el que dejaba caer la bomba.

Lo que pasaba es que pensaba que Harley sería distinto.

No estaba en posición de hacerme el ofendido; al fin y al cabo, me largaría en septiembre, volvería a mi vida… así que podía asumir que era un polvo. Aunque, joder, tenía la esperanza de que repitiéramos.

—No creo que te baste con una vez… pero, si cuando terminemos es lo que deseas, lo aceptaré.

No sonó a reproche. Fue un acuerdo tácito. Uno que ninguno iba a cumplir.

Di un paso, metí los dedos por la goma y él alzó las caderas para facilitarme la tarea.

Me levanté un poco para quitarle el bañador y lo contemplé desde arriba. Listo. Dispuesto. Abierto ante mí como un puto festín.

—Dame un minuto —le dije, saliendo al exterior con la prenda.

—¡¿Qué haces?! ¡¿Dónde vas?! —lo escuché reclamar—. ¡No te atrevas!

Reí y salí disparado hacia la moto.

Cuando volví, completamente desnudo, con condones y lubricante, me miró como si acabara de invocar al puto mesías.

Y ahí seguía. Duro. Esperándome.

—Tenía la esperanza de que íbamos a follar —comenté.

—No llevas bengalas para pedir auxilio, pero sí condones… Muy lógico, vasco.

—También llevo comida y agua. ¿Algo que reprochar?

—Nada que declarar, señoría.

Y entonces sí.

Volví a por él. Más pausada. Más consciente. Saboreando cada reacción. Cada gesto que se le escapaba cuando dejaba de controlarlo todo.

Y él… respondía a todo.

No nos movimos hasta que su espalda dio contra la roca y su boca me devoró como si también llevara días esperando esto.

Y ahí ya no había vuelta atrás.

Cada vez que lo probaba, cada vez que se le escapaba el control, cada vez que dejaba de gruñir y empezaba a sentir… me flipaba.

Y eso no había quien lo parara.

Bajé hasta su polla y la engullí como deseaba. Con lametazos largos desde la base hasta la punta, recreándome en el glande con succiones y pasadas cortas, mientras una de mis manos masajeaba sus pelotas como a mí me gustaba que me lo hicieran.

A Harley también parecía gustarle.

Los ligeros tirones de pelo me instaban a continuar.

Lo hundí hasta que me alcanzó el fondo de la garganta y un jadeo bronco se le escapó.

—Iker…

Estaba tremendamente cachondo. Me habría gustado probarlo sin condón, pero hacerlo habría sido una temeridad.

Cambié el ritmo y ahondé hasta que le costó respirar.

—Voy al límite —confesó.

—Date la vuelta —lo tanteé.

Nuestros ojos conectaron y obedeció.

Separé sus nalgas y hundí mi lengua en él.

Su mano derecha bajó a la erección para tocarse.

Me gustaba la mezcla de su sabor con la excitación.

Lo tanteé con un dedo hasta dilatarlo un poco y escucharlo jadear entrecortado.

—¿Quieres que…?

—Sí.

No hizo falta que acabara la frase.

Fui a por el sobre de lubricante, vertí un poco en la entrada y seguí trabajándolo hasta que mi dedo entró sin la menor dificultad.

Él seguía masturbándose, yo también.

—No puedo más —confesó.

—Me alegro, porque yo tampoco.

Me puse detrás y me abrí camino con los dedos anclados a su cintura.

El gemido de los dos reverberó en la cueva una vez estuve dentro al completo.

Mi corazón golpeaba acelerado. El ritmo de mis estocadas se incrementó al nivel de sus resuellos.

Subí las manos hacia sus pezones y los pellizqué mientras seguía fundiéndome en él.

—Me corro, Iker…

—Hazlo, yo voy justo después.

Bajé la mano a su polla, le quité el condón, escupí en mi palma y la moví sobre su piel caliente sin dejar de penetrarlo.

La combinación fue una ida de olla.

Harley empezó a convulsionar. El primer estertor impactó contra la piedra. El segundo fue directo al suelo. Su cuerpo se tensó hacia atrás como un arco y el líquido del tercero, cálido, cayó sobre mi piel.

Me daba todo tanto morbo que no me pude contener.

Solté su miembro satisfecho, hundí las yemas en sus caderas y, en tres envites, me dejé arrastrar por la marea, estrellando su nombre contra la piedra.